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Posts Tagged ‘Unión Soviética’

George STEINER: Campos de fuerza: Fischer y Spasski en Reykiavic, 1973. La Fábrica, Barcelona, 2004, 128 páginas.

Éste es un libro sobre unas cuantas partidas de ajedrez. Pero es mucho más que eso, es un libro que parece escrito por Jorge Luis Borges en el que todo tiene una unidad temporal circular de modo que se da una concurrencia masiva y ordenada. Un libro absolutamente recomendable.

Steiner parece transformarse en el escritor argentino. Partiendo de lo que es la narración de la final del Campeonato del Mundo de Ajedrez en 1973, entre Fischer y Spasski, recorre la historia del ajedrez, Islandia y su relación con el ajedrez, la política de bloques imperante en la época, la psicología del ajedrez, el carácter de cada uno de los contrincantes, la irrupción de la televisión, la entrada del ajedrez en el mundo del ‘deporte comercializado’, la fábrica de las piezas, el ambiente, la presencia de los periodistas y todo en ello con profundidad y capacidad sintética.

Pero quizá lo más grandes que hace Steiner es una desvalorización tremenda del ajedrez. Pertenezco a una generación que se crió en las postrimerías de la Guerra Fría, en la que los deportes y el ajedrez eran un incruento campo de batalla entre los dos bloques ideológicos y más concretamente entre los Estados Unidos y la Unión Soviética.

Steiner mantiene que el ajedrez tiene una profundidad tremenda, que requiere genialidades para ser dominada, pero todo ese esfuerzo, toda esa grandeza y genialidad no dejan de ser un coste titánico para un juego, para una trivialidad. En nada mejora el mundo un resultado, una salida o una jugada magistral, por difícil que sea y capacidad intelectual que se necesite.

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Aleksandr Lukashenko ha sido reelegido por cuarta vez como Presidente de Bielorrusia. El porcentaje de votos que ha recibido sugiere que o bien es un grandioso gobernante, o bien realmente es un dictador que realiza elecciones para guardar determinadas apariencias formales.

En el Índice de Democracia de ‘The Economist’ Bielorrusia figura en el terrible puesto 132 del mundo; en el Informe de libertad de prensa de ‘Reporteros sin Fronteras’ se encuentra en el 154. Parece que la segunda posibilidad es la correcta.

Bielorrusia es una especie de fósil viviente de la antigua República Socialista Soviética que era. Mantiene una economía estatalizada en más de su mitad. Es un reducto, muchas veces olvidado, de gobierno autoritario en Europa, aunque característico de buena parte de las antiguas repúblicas soviéticas.

La dictadura de Túnez ha caído y muchos ciudadanos se han sorprendido de que en ese destino turístico de ‘resorts mediterráneo’ se viviera en esa situación de represión. Lo que sucede es que cuando las dictaduras no nos dan problemas, entonces nos olvidamos de ellas y de sus maldades.

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Tras la caída de la Unión Soviética, hubo un tiempo (pequeño) en el que los moscovitas pudieron elegir democráticamente a su alcalde. La involución personificada en Vladimir Putin les ha quitado ese derecho y el alcalde de Moscú (y también el de San Petesburgo) es elegido directamente por el Presidente de la Federación Rusa.

El Presidente Dimitri Medvédev ha destituido al alcalde de Moscú por apoyar que Putin vuelva ser el Presidente después de tener que estar ejerciendo el poder como Primer Ministro durante el mandato de la actual marioneta.

Parece que Medvédev quiere volver a repetir y no se acuerda que él fue puesto como Presidente con las siguientes misiones: guardarle el puesto a Putin y así no tener que reformar la Constitución que queda feo; firmar las decisiones de Putin; darse unos cuantos viajes en el estupendo avión que tienen los presidentes rusos; y hacer bonito en las fotos con líderes extranjeros.

Es lógico que a Médvedev le hayan dejado algunas parcelas de decisión autónoma para que se sienta bien: el color del papel higiénico en el Kremlin o la marca de vodka que le sirvan cuando tenga ganas de un trago. De camino, como es natural en Rusia, tendrá su sector de enriquecimiento descarado y algunas cosas que les sean propicias para recibir regalos de interesados en llevarse bien tanto con la marioneta como con el operador.

El problema de los títeres humanos es que descubren que, en el fondo, tienen algo de valor y que nominalmente su poder es grande y, tarde o temprano, se terminan creyendo que ellos valen por sí mismos y que pueden librarse que quien los ha puesto y los maneja. Putin, si él quiere, volverá a ser Presidente, Zar o Secretario General de un renacido Comité Central del Partido Comunista y se quitará al cara bonita de Médvedev con mucho menos esfuerzo que con el que logró la dimisión de Yeltsin. Esto es así porque los grandes resortes del poder ruso siguen en manos de Putin: Servicios Secretos, Fuerzas Armadas y los grandes beneficiados por la subasta de Estado ruso.

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Michael VOSLENSKY: La Nomenklatura. Los privilegiados en la URSS. Traducción de Fernando Claudín. Argos-Vergara. Barcelona, 1981. 397 páginas.

Cicerón le escribía a su hermano diciéndole que, en las elecciones consulares a las que se presentaba y en las que resultó elegido, no iba a utilizar ‘nomenclator’. El ‘nomenclator’ era una persona que se conocía a todas las personas relevantes o medio relevantes de la sociedad romana de la República tardía.

El disidente soviético utilizó este latinismo para designar a la clase dirigente soviética, a la que denominó, en una expresión que tuvo éxito, ‘Nomenklatura’. Este libro publicado en occidente en los años ochenta (hubo una edición clandestina previa en la Unión Soviética) reveló al gran público tanto la estructura del poder en la URSS como la forma de vida de los dirigentes comunistas. Sin lugar a dudas supuso un varapalo para los comunistas occidentales que todavía mostraban fuerza y convencimiento.

Leído a estas alturas de siglo XXI no dice nada que alguien medianamente interesado en la historia política contemporánea no sepa y algunas de las insistencias del autor se dan por descontadas, especialmente la que ahonda en la idea de que el poder no se ejerce desde las instancias formales y jurídicas, sino desde instancias política que se refugiaban dentro del inmenso aparato del PCUS.

Tomando distancia se puede decir que el autor describe lo que es cualquier ‘aparato’ tanto de un partido como de una organización de otro tipo, en el que las relaciones clientelares y cuestiones de protección de los propios intereses personales y corporativos pueden primar sobre las ideas que se dice defender. La gran diferencia entre la ‘Nomenklatura’ soviética y otras ‘nomenklaturas’ pasadas y presentes, es que la primera no tenía oposición alguna, consecuencias de sus métodos criminales aplicados durante décadas.

Para quienes en sus tiempos creyeron en el paraíso soviético, este libro debió suponer una gran contrariedad moral, porque ver como la lucha obrera era realmente una lucha por extender el dominio de una clase dominante no puede ser del agrado de cualquier persona bienintencionada que militase en una formación comunista o tuviera concomitancias ideológicas.

El libro describe desde los contornos de quienes pertenecen o no a la ‘Nomenklatura’ (la clave parece estar en tener o no un determinado tipo de línea telefónica y estar en una lista telefónica del Comité Central del PCUS), los modos de acceder a los cuadros dirigentes y la subsiguiente carrera dentro de la ‘Nomenklatura’, hasta consideraciones en torno al comportamiento de este grupo como clase social dominante, desde una perspectiva marxista de la que el autor no se puede o no se quiere liberar.

Para terminar sí creo que el libro tiene un punto débil. El autor acusa a los occidentales de ser demasiados ingenuos con la Unión Soviética, pero él cae en lo que critica cuando hace referencia comparativa a las instituciones y a los políticos occidentales. Evidentemente el fenómeno de la ‘Nomenklatura’ que él describe no ha tenido paragón en los países occidentales, pero sí hay situaciones que presentan sospechosos parecidos y, desde luego, los políticos occidentales no son esos señores sencillísimos, hartitos de trabajar y casi sin ayudantes, que él presenta. No lo es ahora ni tampoco cuando Voslensky publicó el libro.

En mi opinión Voslensky comete otro error, quizá porque asume inconscientemente la propia propaganda soviética. Al hablar de la política exterior dice que la de los países occidentales cambia tras las elecciones, mientras que la soviética tenía planes a largo plazo. Esto es cierto pero sólo para los matices, porque si algo caracteriza la política exterior de las potencias occidentales es la continuidad de ésta, independientemente de los detalles que el gobierno de turno le confiera.

Un libro recomendable, y más en verano, y sobre todo cuando uno se pirra por la política de la segunda mitad del siglo XX.

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