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Rusos en Ceuta

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De repente comenzaron a llegar barcos de la Armada rusa al puerto de Ceuta. Los marineros, con sus característicos sombreros, llenaban la ciudad. La primera vez se les veían perdidos buscando, pero en las sucesivas visitas el conocimiento transmitido oralmente dentro del buque y la ayuda de locales les permitió tener un mapa claro para encontrar lo que buscaban en Ceuta.

Pronto nos acostumbramos a ellos. Decían que era bueno para la economía local y para el puerto y sobre todo para la empresa suministradora de combustibles. Los marineros rusos se hicieron parte del tipismo local, un elemento más de su variedad y pluralidad.

Me ha resultado sorprendente ver esos reportajes en noticias en The Guardian, New York TimesLe Monde.

Entiendo que se cancelen los permisos de unas fuerzas armadas para una actividades que España y nuestros aliados hemos condenado como crímenes de guerra, pero me extraña que se descubra algo que se estaba dando con toda normalidad desde hacía años.

No comprendo ni comparto que desde Ceuta se cuestione la polémica y la decisión por un dinero que es poco y que beneficia a todos, dado que se calcula que tras sesenta atraques desde 2010 la economía local (no la Hacienda municipal) ha ingreso entre tres o cuatro millones de euros, entre 50.000€ y 66.667€ euros de media por buque.

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Algo he leído de los documentos filtrados desde la Fundación de Soros, así como algunas entradas y artículos sobre su contenido. La verdad es que me parece la “revelación chorra” de la década.

Soros tiene una Fundación que tiene como misión pública defender determinados valores (democráticos y decentes) dentro de diferentes Estados y de la Unión Europea. Soros ve con malos ojos al Presidente Putin y su Fundación también explora los cauces institucionales para que las sociedades sean consciente de lo que él considera una amenaza.

Hasta ahora no he leído nada que no sea ni legal ni la actividad propia de un lobby. Tener informes sobre partidos, medios de comunicación y diputados haciendo valoraciones de la cercanía a sus posiciones, no es nada del otro mundo. Esta filtración, como las de los correos del Partido Demócrata en EEUU, siempre “daña” a los no poco enemigos del Presidente Putin

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El amigo ruso

Podríamos trazar una región intraeuropea que comprendería el conjunto de países en los que es mayoritaria la Iglesia Ortodoxa y común el rito bizantino, con sus variedades.

Cuando se negociaba el rescate de la Unión Europea con Chipre y surgieron serias dificultades internas, apareció el fantasma de Rusia como posible alternativa a la Unión Europea para salvar a Chipre de la bancarrota.

Pero resultó que los rusos no querían rescatar a los chipriotas a un interés menor y con exigencias menos onerosas que los comunitarios. El gobierno de Rusia lo que querían era salvaguardar los intereses de miles de titulares rusos de depósitos en Chipre.

Frente a la política de la Unión Europea de seguir dando préstamos a bajísimo interés a Grecia a cambio de reformas y recortes, ha reaparecido la figura de Rusia como alternativa a las “maldades” de Bruselas.

La bajada del precio del petróleo no sitúa a Rusia en la mejor situación para prestar dinero a los mismo intereses que la UE. Si Rusia prestase dinero a Grecia no pediría recortes o reformas, porque prestaría a interés de mercado que en el caso de Grecia es un interés salvaje, impagable.

Nadie duda de que Rusia querría llevar su influencia a Grecia, pero no tiene capacidad de prestar a un interés ridículo a Grecia durante décadas. ¿Estaría Grecia dispuesta a salir de la UE y de la OTAN a cambio de asistencia financiera por parte de los jerarcas del Kremlin? ¿La Panortodoxia no tiene por ahora una vertiente política ni financiera?

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El otro día en mi TL de Twitter podía leer la conversación de algunos de los que por allí aparecen en torno a la cantidad de bulos que surgen a diario y que por tienen al rumor como fuente, sino a datos presupuestarios manipulados o incluso las estadísticas de Eurostat.

Vivimos unos tiempos que duran demasiado de demagogia barata y de utilizar cualquier cosa para atacar, sea verdad, mentira, malinterpretación o pura ignorancia.

La cuenta de Twitter (@EsppeonzAguirre) que parodia a la presidenta del PP de Madrid cayó el pasado domingo en la trampa. Acusó al gobierno de abstenerse, junto a Suiza, en una votación en las Naciones Unidas sobre una resolución de condena del Nazismo, del neonazismo o de otras lacras similares.
EsPPeonza

La prueba era la reproducción gráfica de la plantilla de la votación. Efectivamente España se había abstenido, Suiza también, pero igualmente todos los países de la Unión Europea. Una cosa es que a un gobierno se le puede haber ido la cabeza o que el representante en la votación no estuviera muy fino, pero que eso hubiera sucedido con todos los países de “nuestro entorno” parecía sumamente difícil. Ucrania, Canadá y Estados Unidos habían votado en contra.

Sin tardar demasiado llego a la nota de prensa de la oficina correspondiente de las Naciones Unidas que sintetiza la intervención de la explicación de voto del representante de los Estados Unidos. Dice que el país promotor de esta resolución, Rusia, cuando habla de Nazismo se está refiriendo a Ucrania y la descripción que hace es para poder describir a Ucrania como un país neonazi.

Luego entro en los tweets de @EsppeonzAguire y veo que justa antes del tweet en cuestión hay otro enlazando una información de “Russia Today” (rt.com), que es un conocido servicio de propaganda de Vladimir Putin y muchas gente lo cita sin ningún filtro.

Parece que los estadounidenses tienen razón y que la resolución pretende condenar a Ucrania y “nazificarla” sin nombrarla. Esto se confirma cuando se lee la primera versión de la resolución, que es la que presentaron los rusos antes engordarla para encontrar apoyos en la Tercera Comisión de la Asamblea General.

Y así es como se pone de manifiesto lo que es un burdo y ridículo ataque al Gobierno de España, el cual no goza de mis simpatías, pero al que no hay que criticar cuando parece que ha obrado correctamente, aunque siempre habrá un nostálgico comunista que se sienta prorruso a pesar de todo.

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PetroPresupuestos
El 14 de octubre pasado “The Economist” publicó el gráfico que preside esta entrada, que fue ampliamente comentado en numerosos webs y blogs.

El gráfico indica qué precios del petróleo necesitaban cada uno de los países indicados para tener los ingresos previstos según los cuales habían determinados sus gastos, en definitiva, a cuánto debía estar el barril de petróleo para cuadrar el presupuesto.

Muchos de estos países han diseñado sus políticas a todos los niveles, desde la social a la exterior, pensando que los precios del petróleo se mantendrían altos. Muchos de ellos han sacrificado tener una política recaudatoria moderadamente sensata; otros han emprendido grandísimos programas de gasto.

Pensaban que el petróleo les daría la utopía: impuestos bajos de hecho o de Derecho, altos niveles de servicios y fuertes inversiones.

¿Dónde está Noruega? Noruega está entre los quince principales países productores de petróleo con casi dos millones de barriles al día. A la vez mantiene una fuerte presión y fiscal y calcula el equilibrio presupuestario, desde 1987, sin tener en cuenta las aportaciones petrolíferas, de forma cuando dicen tener superávit o déficit lo tendrían en la misma cuantía si mañana se quedasen todos sus yacimientos. Desde el Libro Blanco del años 2001 se legisló que el superávit del petróleo y de la industria petrolera, toda estatal, se dedica a las pensiones por jubilación.

Noruega no tiene un petropresupuesto, esto es, sus políticas no dependen de que el precio del barril de petróleo se mantenga por encima de determinado precio. Es cierto que es lógico que algunos países tienen que recurrir, a día de hoy, a contar con los ingresos del petróleo para cuadrar su presupuesto, pero otra cosa muy diferente es que lo hagan a precio como los que el cuadro indica para Irán, Venezuela o Rusia.

Si un país necesita que el barril permanezca a más de cien dólares asume un alto riesgo y, además, se convierte en un potencial desestabilizador internacional, ya que las crisis normalmente ayudan a que los precios suban y cuando menos se mantengan.

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Uno de los motivos comunes a todos los países que deciden tener o más bien mantener unas fuerzas armadas es la garantía de su integridad territorial. Depende de un conjunto amplio de variables que las fuerzas armadas sean más o menos efectivas en ese objetivo primario que es el mantenimiento de la integridad territorial, pero al menos deben ofrecer alguna dificultad al invasor.

Las fuerzas armadas de Ucrania han visto como las tropas rusas con base en Crimea han apoyado la secesión e incorporación de esta república autónoma a la Federación Rusa con una mezcla de entrega de buques, declaraciones de lealtad a Rusia y tratar de no moverse nada para pasar desapercibidas. Algo que podría comprenderse respecto de las unidades estacionadas en Crimea, pero que es a priori inexplicable respecto del resto de las fuerzas armadas ucranianas.

No han movido un dedo. Nadie ha hecho nada porque todos temen un enfrentamiento contra una potencia militar consistente, con un ejército rearmado con petrodólares, y con un Presidente que no tiene en cuenta las potenciales bajas, ni siquiera entre sus filas, a la hora de tomar decisiones.

Ninguno de ellos ha querido enfrentarse a los rusos y puede que sea la decisión más razonable. Pero que sea la decisión más razonable no elimina la cuestión consecuente: ¿para qué sirven las fuerzas armas ucranianas si no son capaces de ofrecer la mínima resistencia ante un ataque a la integridad territorial? ¿para qué sirven si no ofrecen la mínima disuasión?

La única amenaza real y con posibilidades es la amenaza rusa y todos sabemos lo que han hecho o más bien lo que han hecho. Desde luego no tiene sentido esperar una amenaza ni de Polonía, ni de Eslovaquia, ni de Bielorrusia, ni de Moldavia o de Rumanía.

Ucrania, según los datos publicados por la CIA, emplea el equivalente al 2,77% de su PIB en gastos militares (6144 millones de dólares). Bien podría abolir las fuerzas armadas por absolutamente inútiles e incapaces y dedicar esos dólares a otros menesteres, por lo menos que funcionen.

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La “reductio in Hitlerum” anda camino de convertirse en el elemento explicativo de cualquier crisis internacional con resonancias bélicas que se da con países del primer mundo o medianamente poderosos implicados. Todo lo que sucede es una réplica de los años anteriores a 1939, con su Hitler, su Churchill y su Chamberlain, por supuesto.

Recuerdo cuando la Segunda Guerra del Golfo se hablaba de parar los pies a tiempo a los tiranos y no hacer acuerdos con ellos porque eso solamente nos podía llevar a un mal mayor. Hitler era Sadam, Churchill era el interlocutor que estaba a favor de la guerra (o los estados que se involucraron en ella) y la cruz de ser Chamberlain era para el interlocutor que planteaba objeciones (o para los estados que se opusieron a ella).

Reductio in Hitlerum
Durante la tarde de hoy ha circulado un retuit de la imagen situada sobre este párrafo donde se recurre a lo de siempre, pero con el sabor de poner a Slobodan Milosevic, por si a alguno Hitler le empezaba a caer un poco lejano. Pero no, Putin no es Hitler, ni los ahora gobernantes ucranianos unos angelitos inocentes en manos del nazismo, ni Europa está buscando a su Churchill. Han pasado muchas cosas y la historia no se repite, sobre todo, porque al conocerla modifica ya nuestra percepción. Tampoco Rusia es la Alemania de los años treinta, ni Ucrania es Checoslovaquia o Polonia, ni  Crimera es la ciudad de Danzig.

Evidentemente se buscan patrones, relaciones, causas comunes dentro de las Relaciones Internacionales, pero que todo lo que nos quede de vida y de conflicto internacional sea una mera repetición de lo acontecido desde los Sudetes al 1 de septiembre de 1939 es de una flojera intelectual digna de Wert y sus secuaces.

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Tras la caída de la Unión Soviética, hubo un tiempo (pequeño) en el que los moscovitas pudieron elegir democráticamente a su alcalde. La involución personificada en Vladimir Putin les ha quitado ese derecho y el alcalde de Moscú (y también el de San Petesburgo) es elegido directamente por el Presidente de la Federación Rusa.

El Presidente Dimitri Medvédev ha destituido al alcalde de Moscú por apoyar que Putin vuelva ser el Presidente después de tener que estar ejerciendo el poder como Primer Ministro durante el mandato de la actual marioneta.

Parece que Medvédev quiere volver a repetir y no se acuerda que él fue puesto como Presidente con las siguientes misiones: guardarle el puesto a Putin y así no tener que reformar la Constitución que queda feo; firmar las decisiones de Putin; darse unos cuantos viajes en el estupendo avión que tienen los presidentes rusos; y hacer bonito en las fotos con líderes extranjeros.

Es lógico que a Médvedev le hayan dejado algunas parcelas de decisión autónoma para que se sienta bien: el color del papel higiénico en el Kremlin o la marca de vodka que le sirvan cuando tenga ganas de un trago. De camino, como es natural en Rusia, tendrá su sector de enriquecimiento descarado y algunas cosas que les sean propicias para recibir regalos de interesados en llevarse bien tanto con la marioneta como con el operador.

El problema de los títeres humanos es que descubren que, en el fondo, tienen algo de valor y que nominalmente su poder es grande y, tarde o temprano, se terminan creyendo que ellos valen por sí mismos y que pueden librarse que quien los ha puesto y los maneja. Putin, si él quiere, volverá a ser Presidente, Zar o Secretario General de un renacido Comité Central del Partido Comunista y se quitará al cara bonita de Médvedev con mucho menos esfuerzo que con el que logró la dimisión de Yeltsin. Esto es así porque los grandes resortes del poder ruso siguen en manos de Putin: Servicios Secretos, Fuerzas Armadas y los grandes beneficiados por la subasta de Estado ruso.

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Michael VOSLENSKY: La Nomenklatura. Los privilegiados en la URSS. Traducción de Fernando Claudín. Argos-Vergara. Barcelona, 1981. 397 páginas.

Cicerón le escribía a su hermano diciéndole que, en las elecciones consulares a las que se presentaba y en las que resultó elegido, no iba a utilizar ‘nomenclator’. El ‘nomenclator’ era una persona que se conocía a todas las personas relevantes o medio relevantes de la sociedad romana de la República tardía.

El disidente soviético utilizó este latinismo para designar a la clase dirigente soviética, a la que denominó, en una expresión que tuvo éxito, ‘Nomenklatura’. Este libro publicado en occidente en los años ochenta (hubo una edición clandestina previa en la Unión Soviética) reveló al gran público tanto la estructura del poder en la URSS como la forma de vida de los dirigentes comunistas. Sin lugar a dudas supuso un varapalo para los comunistas occidentales que todavía mostraban fuerza y convencimiento.

Leído a estas alturas de siglo XXI no dice nada que alguien medianamente interesado en la historia política contemporánea no sepa y algunas de las insistencias del autor se dan por descontadas, especialmente la que ahonda en la idea de que el poder no se ejerce desde las instancias formales y jurídicas, sino desde instancias política que se refugiaban dentro del inmenso aparato del PCUS.

Tomando distancia se puede decir que el autor describe lo que es cualquier ‘aparato’ tanto de un partido como de una organización de otro tipo, en el que las relaciones clientelares y cuestiones de protección de los propios intereses personales y corporativos pueden primar sobre las ideas que se dice defender. La gran diferencia entre la ‘Nomenklatura’ soviética y otras ‘nomenklaturas’ pasadas y presentes, es que la primera no tenía oposición alguna, consecuencias de sus métodos criminales aplicados durante décadas.

Para quienes en sus tiempos creyeron en el paraíso soviético, este libro debió suponer una gran contrariedad moral, porque ver como la lucha obrera era realmente una lucha por extender el dominio de una clase dominante no puede ser del agrado de cualquier persona bienintencionada que militase en una formación comunista o tuviera concomitancias ideológicas.

El libro describe desde los contornos de quienes pertenecen o no a la ‘Nomenklatura’ (la clave parece estar en tener o no un determinado tipo de línea telefónica y estar en una lista telefónica del Comité Central del PCUS), los modos de acceder a los cuadros dirigentes y la subsiguiente carrera dentro de la ‘Nomenklatura’, hasta consideraciones en torno al comportamiento de este grupo como clase social dominante, desde una perspectiva marxista de la que el autor no se puede o no se quiere liberar.

Para terminar sí creo que el libro tiene un punto débil. El autor acusa a los occidentales de ser demasiados ingenuos con la Unión Soviética, pero él cae en lo que critica cuando hace referencia comparativa a las instituciones y a los políticos occidentales. Evidentemente el fenómeno de la ‘Nomenklatura’ que él describe no ha tenido paragón en los países occidentales, pero sí hay situaciones que presentan sospechosos parecidos y, desde luego, los políticos occidentales no son esos señores sencillísimos, hartitos de trabajar y casi sin ayudantes, que él presenta. No lo es ahora ni tampoco cuando Voslensky publicó el libro.

En mi opinión Voslensky comete otro error, quizá porque asume inconscientemente la propia propaganda soviética. Al hablar de la política exterior dice que la de los países occidentales cambia tras las elecciones, mientras que la soviética tenía planes a largo plazo. Esto es cierto pero sólo para los matices, porque si algo caracteriza la política exterior de las potencias occidentales es la continuidad de ésta, independientemente de los detalles que el gobierno de turno le confiera.

Un libro recomendable, y más en verano, y sobre todo cuando uno se pirra por la política de la segunda mitad del siglo XX.

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Iván, El Terrible

Isabel de MADARIAGA: Iván, El Terrible. Alianza, Madrid, 2008. 654 páginas.

Este voluminoso biografía ha sido considerada por algunos críticos como definitiva. La autora no es tan pretenciosa e indica en las páginas iniciales que no hay tanto una investigación original como una síntesis de lo publicado sobre este célebre zar ruso hasta el momento.

El primer capítulo me parece absolutamente genial. Repasa las principales visiones historiográficas sobre Iván IV y como las diversas tendencias ideológicas han querido proyectar en su época los gérmenes de una modernización de Rusia que tardó en llegar, o todavía no lo ha hecho. Las interpretaciones marxistas-soviéticas, contra lo que ‘a priori’ se pudiera pensar, son generalmente favorables a este crudelísimo zar puede ser porque ven en él un agente de cambio histórico en Rusia y, quizá, porque Stalin se sentía identificado con Iván IV por y en sus prácticas.

El resto del libro despliega un apabullante conocimiento de la Historia de Rusia, no en vano la autora es profesora emérita de Estudios Eslavos en la Universidad de Londres. Un conocimiento que, cuando uno es como yo, un conocedor de aspectos generales, le resulta desconcertante. Hay un constante desfile de nombres y de situaciones que se dan por descontadas sin una explicación en el caso de las situaciones o de las instituciones, o sin una mínima presentación en el caso de los ‘personajes’.

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