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Posts Tagged ‘República y Monarquía’

Defino República como aquel sistema de gobierno en el que el Jefe del Estado es elegido directamente o indirectamente por los ciudadanos por un periodo de tiempo razonable y entre una amplia gama de candidatos posibles.

Y ya está, esto es una República, si mi definición es medianamente correcta. Luego vendrá la decisión de si el Presidente de la República tiene más o menos poder y todas las cuestiones de ingeniería constitucional.

La cuestión que estoy viendo en las redes sociales tras la Abdicación es que los que quieren una República quieren una República ideológica, más allá de los principios de la democracia liberal y del estado social de Derecho. Se quiere una República participativa, solidaria, socialista, igualitaria, medioambiental, federal, agraria, postindustrial, confederal, cantonal, plurinacional, laica y miles de apellidos más.

Si se llegase a establecer una República desencantaría a la inmensa mayoría de los que hoy la sueñan, porque es tan grande el número de las exigencias que le hacen que solamente puede causar frustración. Cuanta mayor sea la intensión en un concepto, menos será la extensión. Pura lingüística y pura política.

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Una monarquía adquiere su legitimidad de la tradición y no de las urnas. Cuando una monarquía logra la legitimidad democrática se refuerza, se hace indestructible, no hay forma ni argumento para atacarla.

Grupos y partidos republicanos anda pidiendo un referéndum para decidir sobre la sucesión tras la abdicación del Rey. Esta decisión jurídicamente no se puede tomar por referéndum sino por el diabólico procedimiento agravado de reforma constitucional, pero todos sabemos que esta cuestión no se resuelve según procedimientos jurídicos, sino por medio de decisiones políticas.

Lo peor que le pudiera pasar a los que defienden la opción del referéndum sobre la sucesión es que efectivamente hubiera un referéndum y que ganase la Monarquía, como es de esperar. Tendría otra Monarquía refrendada por un referéndum, como la de Juan Carlos lo fue, en la interpretación monárquica, por el referéndum de 1978.

Las Monarquías no pierden referéndum. Las Monarquías caen.

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Peñafiel es un clasista. Él considera que dependiendo de la condición social en la que uno ha nacido debe tener un tratamiento y unas oportunidades determinadas. Peñafiel cree que la Monarquía es una institución positiva, que debe existir, y que siendo el cierre de todo el sistema de clases pseudoestamental de nuestro país, debe reflejar esa misma estructura.

Nunca se ha ocultado al rechazar los matrimonios morganáticos de las hijas y del hijos del Rey; siempre ha considerado que debían proceder de familias también regias los destinados a casarse con ellos, porque solamente los que han sido criados de esta forma pueden comprender determinadas cosas, aguantar otras y sonreír siempre.

Esto es, solamente los que se han criados en los palacios coronados saben que los problemas de salud no se pueden tener en un gimnasio durante tu presunto horario laboral (mejor no tener horario); saben que no se organizan fundaciones ni empresas para organizar eventos sobrecosteados, sino que se organizan cenas y se aceptan regalillos o donaciones para una buena obra; conocen que uno no puede querer intimidad y que uno pueda expresar ciertas preferencias; y finalmente están convencidos que si tu pareja regia de pata negra te pone los cuernos debes sonreír y actuar como siempre.

Ninguno de los plebeyos que han entrado en la Familia Real ha estado a la altura. Unos por unas cosas y otros por otras, pero la realidad es que la familia política a lo único que ha ayudado ha sido a hacer más pronunciado el desprestigio de la Monarquía. Muchos dicen que, singularmente Marichalar y Urdangarín, son realmente agentes republicanos encubiertos.

Peñafiel tenía razón en todo, menos en dos cosas, en que la Monarquía no es ni buena ni debe existir.

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La justificación más cercana en el tiempo y en la mentalidad de la existencia de una Monarquía recurre a la idea de que esta institución proporciona una conveniente estabilidad en medio de los cambios permanentes y que, especialmente en los tiempos difíciles, le da un soporte fundamental al resto de las instituciones del Estado. Se suele invocar, en este punto, el papel desempeñado por la monarquía británica durante la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro modelo de monarquía ha adoptado esta justificación, además de las inconfesables e inconfesadas ideas tradicionales, y sobre ésta se han edificado las características e inmunidades de nuestra monarquía constitucional.

No estamos en guerra, pero sí en una grave crisis económica y multidimensional que socava las confianzas básicas de los españoles en su sociedad y en su Estado: hay millones de parados, un empobrecimiento general de los ciudadanos y una indignación creciente frente a todo.

Era el momento de la Monarquía, el tiempo para justificarse en los actos y no sólo en las hipótesis, y ha fracasado. La Monarquía reinstaurada en Juan Carlos I no ha sabido justificarse en medio de una crisis nacional que le exigía y está muriendo de los mismos pecados de los que nos tenía que preservar. O la Monarquía entre en su segunda versión y veremos la tercera versión de la República

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El descrédito de la Corona no es sólo el desafecto creciendo que las encuestas de opinión nos reflejan, sino que el soporte de la Monarquía está perdiendo su soporte final: los millones de juancarlistas (republicanos ocasionalmente monárquicos).

Los medios oficiales intentaron hacer un lavado de cara al monarca las pasadas navidades: una entrevista y un programa especial. Todo fue un fracaso porque los éxitos que se reivindican (Transición y 23-F) no son vida sino historia para todos los españoles menores de cuarenta años.

El Rey se parece cada día más a la involuntaria parodia protagonizada por Juanjo Puigcorbé en esa infame miniserie de Telecinco titulada ‘Felipe y Letizia’. Entre sus más que frecuentes hospitalizaciones, sus intervenciones quirúrgicas menores que terminen con tratamiento en una clínica especializada en Oncología y el escándalo de la cacería de paquidermos, así como su más que evidente envejecimiento, el Rey Juan Carlos es una sombra.

A todo ello se le une que sus hijas parecen que no anduvieron muy diestras en las selección de los que habría de ser sus esposos y los agraciados con la entrada en la Familia Real fueron dos tipos que reflejan el espíritu de sus esposas pero no la altura deseable (aunque hay que señalar que Cristina se ha llenado de gloria).

La Monarquía está sitiada. Desgaste, falta de imaginario común con los españoles del presente y de las futuras generaciones, escándalos de derroche y la corrupción de Urdangarín hacen que quien necesita del calor popular solamente sienta frialdad.

La salida tendría que ser a la nederlandesa. No porque haya un ambiente tranquilo, sino porque no lo hay y porque si el Rey y los monárquicos piensan que la institución es lo realmente importante, deben salvarla antes que termine siendo uno de los chivos expiatorios de la crisis multidimensional que vive España.

El Príncipe Felipe no tiene méritos excepcionales pero da la impresión de que su mundo no comienza en un chalet en Estoril y termina conteniendo a unos generales fascistoides. La Princesa Letizia puede recibir opiniones muy diversas, pero todos saben que ha sido, hasta su matrimonio, de las nuestras (familia de trabajadores que han promocionado con los estudios, madrugones, condiciones laborales cambiantes, inestabilidad y esas cosas) de modo que es capaz, pese a todo, de generar mayor empatía que la que actualmente causa Sofía Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg.

Los Príncipes no son dos jovenzuelos, tienen dos hijas que garantizan la sucesión y no hay motivos para cerrarles el paso (están absolutamente limpios). Precisamente en esta crisis multidimensional (como fue la de los años setenta) pueden ellos elaborar una nueva narrativa de legitimación monárquica válida para otros treinta o cuarenta años, porque querer vivir de la Ley de Reforma Política o del 23-F en 2030 puede ser ridículo y suicida.

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Ésta podría haber sido una época de oro para la Monarquía en España. Buena parte de la mitología de respaldo del Rey se basa en su actuación durante una crisis, la del 23-F, donde reportajes, series y películas insisten en su papel absolutamente determinante para el fracaso del intentos o intentos de golpe de Estado.

En las crisis es cuando estas instituciones que simbolizan la estabilidad y la quietud, así como una concepción sin tiempo ni mandato de la política, se encuentran más cómodas. Ellos pueden representar la cara amable de un Estado cuyo gobierno tiene que ser, por necesidad y/o ideología, la desagradable. La Monarquía británica sigue viviendo del papel desempeñado durante la Segunda Guerra Mundial con una estupenda película que ha avivado el mito como es ‘El discurso del Rey’.

Las funciones del Rey en la España actual están tan acotadas que es muy difícil hacerlo mal. El Rey solamente tiene que firmar lo que el Presidente del Gobierno le ponga por delante.

Una vez terminada esta función constitucional se debería haber ido a visitar cada barrio de las grandes ciudades y cada comarca y pueblo con más de cinco mil habitantes del país para que le enseñen de lo que están más orgullosos, que el pueblo salga treinta segundos en la televisión, escuchar los problemas que no serán pocos ni leves y dar muchos ánimos a los allí residentes comprometiendo el afecto de la Corona.

Si este hubiera sido el proceder del Rey de su familia no hay duda que el apoyo social a esta institución sería tremendo y más en unos tiempos en los que nadie se fía de nadie y, por pura necesidad psicológica, se busca algún refugio de seguridad.

El Rey y su familia no han hecho ese trabajo que es sencillo pero es monótono y fatigoso. Ellos han preferido seguir dando juego a los vicios creados y mantenidos en silencio hasta que todo ha saltado casi a la vez. El problema, desde un esquema de preservación y promoción de la institución, no es que el Rey se haya ido a Botswana a matar elefantes en medio de una crisis con casi seis millones de parados, lo peor es que él ha seguido haciendo lo que siempre ha hecho porque la crisis y fenómenos parecidos son ajenos a él y a los suyos.

Es cierto que hay más personas en España a las que no les afecta la crisis y que viven ‘a todo tren’. La diferencia es que ninguna de ellas es el Jefe del Estado y tiene unas obligaciones morales con la ciudadanía, además de sus escasos deberes constitucionales.

Si nos retrotraemos al clásico esquema de la legitimidad elaborado por Max Weber, la Monarquía es muy difícil que encaje en una legitimidad burocrático-racional y una legitimidad meramente tradicional, la que mejor ajuste tiene con esta institución, tiene pocos apoyos en una sociedad como la española. Si la Monarquía quiere preservarse y proyectarse en el futuro lo primero que tiene que hacer es romper con los vicios creados.

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El Rey ha pedido disculpas. Los sectores más monárquicos no solamente se han dado por satisfechos sino que han roto en alabanzas sin fin para las tres lacónicas expresiones del monarca. Parece como si nadie se hubiera disculpado en España nunca y como si las acciones, al común de los españoles, les salieran normalmente tan baratas.

Todo esto parte del hecho de que el Rey no es como el resto de los españoles, ni siquiera como cualquier que ocupe un puesto de cierta importancia en el Estado. El Rey es el Jefe del Estado y al ejercer la primera magistratura del país le es exigible una moral más alta y no más baja que al resto.

Pero el Rey no es solamente Jefe del Estado, sino que lo es de forma vitalicia, de manera que no puede ser reprobado electoralmente. El hecho de que no pueda ser censurado políticamente aún cuando tiene la mayor representación política del Estado debería ser acicate para un mayor cuidado no en la imagen, sino en el comportamiento.

Quien ejerce la Jefatura del Estado y que solamente puede ser desplazado de ese ejercicio por propia voluntad o por la muerte debe a los ciudadanos de su país no solamente disculpas, sino también explicaciones, especialmente cuando la Casa Real ha reconocido que el Rey fue invitado, sin aclarar quienes más fueron invitados, quienes invitaron y que intereses podía unir a los invitados entre sí y/o con los organizadores.

Las disculpas,  o más pedir perdón, pueden valer, y no en todos los casos, para un chico de 1º de la ESO. A un Jefe de Estado hay que exigirle al menos un poco más que a un chaval de doce años.

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Más allá de las cuestiones concretas, de los tiros inoportunos, del yerno que es sacado de un gimnasio para ser ingresado de urgencia, del yerno que tiene algunas cosas en los Juzgados de Palma de Mallorca, de los tiros que van y que vienen, de los elefantes u osos o de esos viajes privados de los que la prensa no informa y que no se saben cómo se financian.

El problema de la Monarquía es que está contrastando en demasía respecto de la imagen transmitida por la doctrina oficial. La ‘Campechanidad’ es una buena dneominación para el imaginario creado para asentar y fortalecer la institución monárquica: estabilidad, desapasionamiento político, sencillez, austeridad, seriedad, trabajo, profesionalidad, perfección, familiaridad, humor o determinación en los momentos difíciles.

La ‘Campechanidad’ va perdiendo valoración progresivamente, tanto en los sectores más tradicionalmente republicanos como en la nueva derecha ‘amonárquica’: el Rey y la Familia Real comienzan a caer francamente mal, se les ve antipáticos y ajenos.

Los problemas que la Monarquía va acumulando no son únicamente un episodio desafortunado y especialmente largo de mala comunicación política, sino de una ruptura de lo que la inmensa mayoría de los españoles piensan y creen acerca de lo que es y de lo que debería ser la Monarquía.

El ocaso del imaginario monárquico que ocupó el lugar del ‘Juancarlismo’ exige un nuevo imaginario o acusar la desafección con la que una sociedad que nada tiene que ver con la de los años setenta comienza a la Monarquía cuando cada vez, por imperativo biológico, la sucesión está más cerca y necesitará más apoyos sociales.

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El pasado fin de semana ABC publicó un artículo defendiendo la Monarquía frente a la República que realmente es una defensa de la superioridad de la homosexualidad frente a la heterosexualidad.

La segunda razón o argumento que expone el autor del artículo, Ramón Pérez-Maura, dice así:

“La República es un sistema más natural; es decir, es más elemental, más retrasada. Toda la civilización es una resta a lo natural. Todo lo que es más natural es más inferior. […]”

ABC además de un medio conservador y monárquico es católico. Su línea editorial considera que la homosexualidad es contraria al orden natural, de manera que siguiendo la línea argumentativa de Ramón Pérez-Maura la homosexualidad es más civilizada que la heterosexualidad y, consecuentemente, la heterosexualidad es inferior por ser más natural a la homosexualidad que, según el planteamiento católico del ABC, es antinatural.

No es una sorpresa que ABC defienda la Monarquía, incluso con argumentos tan ridículos, falaces y rebatibles como los expuestos por el director adjunto de ABC. Lo que sí es sorprendente es que ABC, en la pluma de Pérez-Maura, defienda no sólo la homosexualidad sino su superioridad sobre la heterosexualidad aunque sea de una forma tan subrepticia.

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El gran argumento de los monárquicos para defender la existencia de una institución así en un sistema democrático es que una monarquía proporciona a una sociedad una estabilidad que procede de no tener que enfrentarse regularmente a un proceso electoral y estar, por tanto, condicionado por tener que renovar el mandato, por lo que una monarquía es capaz de ‘arbitrar y moderar’, como dice nuestra Constitución.

Este argumento parte de una serie de presupuestos que en nada casan con una sociedad democrática. Primero consideran que la normal marcha del proceso democrático necesita ser moderado o arbitrado y, sobre todo y en segundo lugar, se sostiene que la reválida democrática y el control ciudadano de los gobernantes son peor que lo contrario.

Aún admitiendo hipotéticamente que esto fuera así, el ‘Caso Urdangarín’ ha socavado profundamente este argumento, pues en una época de crisis económica y con la corrupción del ladrillo todavía vigente un miembro de la Casa Real presuntamente ha estado metido de lleno en el mundo del que deberían mantenerse prudentemente apartados.

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