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Ángel Munárriz: Iglesia S.A. Dinero y poder de la multinacional vaticana en España. Akal. Madrid, 2019

Ángel Munárriz es periodista de InfoLibre y cubre la información sobre la Iglesia Católica en este medio digital. Este libro puede ser visto como una recopilación, que en ocasiones llega a ser síntesis, de su trabajo periodístico.

Dividiría el libro en dos partes. La primera es la que trabaja sobre informaciones, hechos y datos que resulta interesante y a partir de ahí reflexiona sobre la cuestión del dinero dentro de la Iglesia Católica española.

La segunda es puramente panfletaria y se centra en introducciones históricas y presentaciones teológicas que tienen una profundidad muy escasa. Para calificar la teología de Ratzinger de alguna manera hay que haberla leído, al menos las obras más relevantes, y conocer el papel del ahora Papa emérito en el Vaticano II. Si las personas que saben un poco de política distinguen entre un conservador, un liberal o un ultraderechista, en la Iglesia hay distinciones que no son meramente nominales, porque tienen consecuencias prácticas importantes.

Hay un problema de definición del concepto (sociológico) de Iglesia. ¿Qué es la Iglesia a efectos del libro? Da la impresión de que el autor se encuentra sobrepasado en ocasiones, y es para estarlo, porque la multiplicidad de formas jurídicas o sociales que adoptan la Iglesia en cada momento es realmente abrumadora.

Pero metodológicamente es una cuestión trascendental definir el objeto de estudio. Tiene claro que son las diócesis y la Conferencia Episcopal (como periodista le da una desmedida importancia a la Conferencia), sabe que hay un universo de fundaciones, organizaciones no gubernamentales, asociaciones y hermandades que llegan a casi cualquier esquina. Atisba, y ello es una de las mayores elipsis, el sector de las congregaciones y órdenes religiosas, pero no termina por ubicarlas bien, ni siquiera cuando trata la cuestión educativa en la que la Iglesia son las órdenes y congregaciones y no las diócesis o la Conferencia Episcopal.

Cuando se refiere a la pertenencia al Opus Dei, el autor ve muy bien la existencia de pertenencias líquidas (“puede ser del Opus, sin ser del Opus”), pero no la convierte en una guía para el conjunto del libro. La pertenencias líquidas y el aire de familia wittgensteiniano son fundamentales a la hora de definir a la Iglesia española.

Parte de un presupuesto erróneo a la hora de estudiar la Iglesia española, que es la idea de que siendo la Iglesia una institución jerarquizada, todo acontece de arriba hacia abajo y hay órganos centrales de mando. Efectivamente la Iglesia se define como jerárquica, pero es una jerarquía que se usa cuando es necesaria, en momento clave, no es una continua dirección en cada aspecto.

En la materia económica la descentralización económica no es una excusa, es real, y si bien viene heredada de otras formas de organización política y social, ahora es un modo de reducir el riesgo. Si alguien tuviera el control sobre el dinero de todas las instituciones religiosas en España, un error podría ser una ruina absoluta. Ahora los errores se pagan por diócesis y no se propagan.

La idea de que la Conferencia Episcopal controla a toda la Iglesia española es errónea y se conecta con el poco manejo de las congregaciones y órdenes religiosas por parte del autor, ya que éstas tienen una jerarquía propia y una autonomía, cuando no independencia, especialmente en lo económico, bastante lejos del control de los obispos.

La idea de identificar a la Iglesia española como una filial de un Estado teocrático, el Vaticano, es una burda caricatura, justificable para estar en la portada, pero poco más. De hecho el autor habla de la oposición de determinados obispos al Papa Francisco, algo que sería imposible si el Vaticano tuviese esa capacidad de control absoluta que insinúa en otros puntos.

El hecho de que no haya centralización no quiere decir que en la Iglesia española no haya concertación en determinadas acciones y de hecho la Conferencia Episcopal es el instrumento para esa concertación, como otras conferencias y organizaciones menos llamativas pero igualmente efectivas.

Antes de entrar en lo que considero acierto, me llama la atención que el autor ponga a Alemania como modelo de separación de Iglesia y Estado en materia económica. En Alemania continúan vigentes los artículos de la Constitución de Weimar que establece a las iglesias como corporaciones de Derecho Público y le confiere, entre otros muchos, el derecho a contratar funcionarios o a la existencia de escuelas públicas confesionales. Es cierto que pueden cobrar un recargo a la renta y no financiarse de la recaudación del IRPF, pero ello es solamente una parte de un sistema mucho de relaciones mucho más estrechas que el español.

El autor está muy acertado cuando dice que la Iglesia no busca ganar dinero, que no es una sociedad anónima (¿entonces qué sentido tiene el título?) y que su interés por el dinero es para mantenerse y que mantenerse es tremendamente caro, de forma que necesitan mucho dinero y patrimonio. Frente a todos los demás individuos e instituciones sociales, la Iglesia juega con ventaja, dado que la tradición política española le ha reportado una serie de privilegios normativos y económicos que no tiene ningún otro actor social.

El autor muestra implícitamente un presupuesto obvio al tratar las diferencias entre la Iglesia con otros actores: en la Iglesia nunca se dividen los bienes, por ello un pequeño incremento patrimonial en un año se convierte en inmenso al cabo de cincuenta.

Lo más recomendables del libro, lamentablemente disperso, es el análisis de la argumentación eclesiástica que el autor llama “comodines”. El primer es el “comodín de Cáritas” o de las obras sociales, que justifica todo comportamiento económico y financiero de la Iglesia y sirve para confundir a la ciudadanía sobre el destino del principal modo de financiación directa que es la casilla del IRPF.

Señala el autor que la Iglesia presume y se ampara en unas obras sociales que están financiadas por el Estado y no por la Iglesia. En Geografía Subjetiva hace años publicamos los datos de lo que organizaciones católicas habían recibido de la casilla de “otros fines sociales”.

El segundo podemos llamarlo el “comodín de la oveja negra” de forma que todo comportamiento reprobable siempre es individual y nunca sistémico. El tercero lo llama el autor el “comodín de la tradición” que se emplea para rebajar la importancia de los privilegios o para justificarlos como algo que pertenece a nuestra forma de ser y por tanto no tiene sentido cuestionarlos. El autor se refiere al “comodín de la descentralización” pero de ese asunto ya hemos hablado.

Acierta Munárriz al ver que la estrategia negociadora de la Iglesia se funda en siempre pedir más, nunca estar contenta y jugar continuamente el papel de víctima. Señala como numerosos medios de comunicación propios y afines apoyan sus posturas negociadoras y se utilizan todos los medios de la comunicación postmoderna para fortalecer su posición negociadora.

El autor explica muy bien la evolución del conjunto de acuerdos y leyes que han permitido a la Iglesia tener una serie de privilegios que le garantizan una situación económico-financiera sin igual. La explicación de casos, aunque puntuales y ya publicados en los medios de comunicación, ilustran desde su fragmentariedad la situación general.

Se trata en detalle la cuestión de las inmatriculaciones: antecedentes, procedimiento y uso. Se echa de menos que se explique el procedimiento ordinario de inmatriculación de bienes y las garantías de este procedimiento para mostrar precisamente lo grande que es el privilegio y lo nocivo que es. Y esto es una constante: supone una comunidad de presupuestos y criterios con sus lectores que le impide llegar a los fundamentos.

Munárriz, como buen andaluz, conoce bien la importancia de la Semana Santa y hace una descripción muy buena, lo cual contrasta mucho con la idea de que la Iglesia pueda controlar a las hermandades para transmitir un mensaje ortodoxo o reaccionario. La Iglesia utiliza a las hermandades para que los siete días de Semana Santa tenga un significado religioso, aunque ligero y algo folklórico, en vez de convertirse en una mera excusa para irse una semana a la playa si hace bueno.

Más intenso es todo en los colegios. La Iglesia quiere evangelizar y otros vemos que es una forma de adoctrinar. La cuestión no es lo quiera hacer la Iglesia, sino quién lo paga y qué coste social tiene. En ello Munárriz está muy acertado.

Hay centros educativos religiosos donde el adoctrinamiento es más intenso, pero hace mucho tiempo que la Iglesia renuncia a hacer una “evangelización profunda” en sus centros religiosos. Se conforman con una pátina para que el Catolicismo sociológico, muchas veces más intransigente que el militante, continúe.

En conclusión: Munárriz hace un buen trabajo al que le sobran muchas consideraciones, bien por conocidas, bien por el tono. En este caso lo nuclear hubiera convertido a este libro en esencial, porque tiene madera para ello. Nunca hay que olvidar que no es una obra académica.

Queda por escribir, y esto trasciende las pretensiones de este libro, una buena comprensión del confesionalismo religioso, es decir, la relación de la Iglesia con el Estado en la que no importa que los individuos sean creyentes, sino que lo sean las instituciones y que la sociedad esté mediatizada.

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