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Posts Tagged ‘Juan Carlos I’

Defino República como aquel sistema de gobierno en el que el Jefe del Estado es elegido directamente o indirectamente por los ciudadanos por un periodo de tiempo razonable y entre una amplia gama de candidatos posibles.

Y ya está, esto es una República, si mi definición es medianamente correcta. Luego vendrá la decisión de si el Presidente de la República tiene más o menos poder y todas las cuestiones de ingeniería constitucional.

La cuestión que estoy viendo en las redes sociales tras la Abdicación es que los que quieren una República quieren una República ideológica, más allá de los principios de la democracia liberal y del estado social de Derecho. Se quiere una República participativa, solidaria, socialista, igualitaria, medioambiental, federal, agraria, postindustrial, confederal, cantonal, plurinacional, laica y miles de apellidos más.

Si se llegase a establecer una República desencantaría a la inmensa mayoría de los que hoy la sueñan, porque es tan grande el número de las exigencias que le hacen que solamente puede causar frustración. Cuanta mayor sea la intensión en un concepto, menos será la extensión. Pura lingüística y pura política.

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Peñafiel es un clasista. Él considera que dependiendo de la condición social en la que uno ha nacido debe tener un tratamiento y unas oportunidades determinadas. Peñafiel cree que la Monarquía es una institución positiva, que debe existir, y que siendo el cierre de todo el sistema de clases pseudoestamental de nuestro país, debe reflejar esa misma estructura.

Nunca se ha ocultado al rechazar los matrimonios morganáticos de las hijas y del hijos del Rey; siempre ha considerado que debían proceder de familias también regias los destinados a casarse con ellos, porque solamente los que han sido criados de esta forma pueden comprender determinadas cosas, aguantar otras y sonreír siempre.

Esto es, solamente los que se han criados en los palacios coronados saben que los problemas de salud no se pueden tener en un gimnasio durante tu presunto horario laboral (mejor no tener horario); saben que no se organizan fundaciones ni empresas para organizar eventos sobrecosteados, sino que se organizan cenas y se aceptan regalillos o donaciones para una buena obra; conocen que uno no puede querer intimidad y que uno pueda expresar ciertas preferencias; y finalmente están convencidos que si tu pareja regia de pata negra te pone los cuernos debes sonreír y actuar como siempre.

Ninguno de los plebeyos que han entrado en la Familia Real ha estado a la altura. Unos por unas cosas y otros por otras, pero la realidad es que la familia política a lo único que ha ayudado ha sido a hacer más pronunciado el desprestigio de la Monarquía. Muchos dicen que, singularmente Marichalar y Urdangarín, son realmente agentes republicanos encubiertos.

Peñafiel tenía razón en todo, menos en dos cosas, en que la Monarquía no es ni buena ni debe existir.

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La justificación más cercana en el tiempo y en la mentalidad de la existencia de una Monarquía recurre a la idea de que esta institución proporciona una conveniente estabilidad en medio de los cambios permanentes y que, especialmente en los tiempos difíciles, le da un soporte fundamental al resto de las instituciones del Estado. Se suele invocar, en este punto, el papel desempeñado por la monarquía británica durante la Segunda Guerra Mundial.

Nuestro modelo de monarquía ha adoptado esta justificación, además de las inconfesables e inconfesadas ideas tradicionales, y sobre ésta se han edificado las características e inmunidades de nuestra monarquía constitucional.

No estamos en guerra, pero sí en una grave crisis económica y multidimensional que socava las confianzas básicas de los españoles en su sociedad y en su Estado: hay millones de parados, un empobrecimiento general de los ciudadanos y una indignación creciente frente a todo.

Era el momento de la Monarquía, el tiempo para justificarse en los actos y no sólo en las hipótesis, y ha fracasado. La Monarquía reinstaurada en Juan Carlos I no ha sabido justificarse en medio de una crisis nacional que le exigía y está muriendo de los mismos pecados de los que nos tenía que preservar. O la Monarquía entre en su segunda versión y veremos la tercera versión de la República

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Ésta podría haber sido una época de oro para la Monarquía en España. Buena parte de la mitología de respaldo del Rey se basa en su actuación durante una crisis, la del 23-F, donde reportajes, series y películas insisten en su papel absolutamente determinante para el fracaso del intentos o intentos de golpe de Estado.

En las crisis es cuando estas instituciones que simbolizan la estabilidad y la quietud, así como una concepción sin tiempo ni mandato de la política, se encuentran más cómodas. Ellos pueden representar la cara amable de un Estado cuyo gobierno tiene que ser, por necesidad y/o ideología, la desagradable. La Monarquía británica sigue viviendo del papel desempeñado durante la Segunda Guerra Mundial con una estupenda película que ha avivado el mito como es ‘El discurso del Rey’.

Las funciones del Rey en la España actual están tan acotadas que es muy difícil hacerlo mal. El Rey solamente tiene que firmar lo que el Presidente del Gobierno le ponga por delante.

Una vez terminada esta función constitucional se debería haber ido a visitar cada barrio de las grandes ciudades y cada comarca y pueblo con más de cinco mil habitantes del país para que le enseñen de lo que están más orgullosos, que el pueblo salga treinta segundos en la televisión, escuchar los problemas que no serán pocos ni leves y dar muchos ánimos a los allí residentes comprometiendo el afecto de la Corona.

Si este hubiera sido el proceder del Rey de su familia no hay duda que el apoyo social a esta institución sería tremendo y más en unos tiempos en los que nadie se fía de nadie y, por pura necesidad psicológica, se busca algún refugio de seguridad.

El Rey y su familia no han hecho ese trabajo que es sencillo pero es monótono y fatigoso. Ellos han preferido seguir dando juego a los vicios creados y mantenidos en silencio hasta que todo ha saltado casi a la vez. El problema, desde un esquema de preservación y promoción de la institución, no es que el Rey se haya ido a Botswana a matar elefantes en medio de una crisis con casi seis millones de parados, lo peor es que él ha seguido haciendo lo que siempre ha hecho porque la crisis y fenómenos parecidos son ajenos a él y a los suyos.

Es cierto que hay más personas en España a las que no les afecta la crisis y que viven ‘a todo tren’. La diferencia es que ninguna de ellas es el Jefe del Estado y tiene unas obligaciones morales con la ciudadanía, además de sus escasos deberes constitucionales.

Si nos retrotraemos al clásico esquema de la legitimidad elaborado por Max Weber, la Monarquía es muy difícil que encaje en una legitimidad burocrático-racional y una legitimidad meramente tradicional, la que mejor ajuste tiene con esta institución, tiene pocos apoyos en una sociedad como la española. Si la Monarquía quiere preservarse y proyectarse en el futuro lo primero que tiene que hacer es romper con los vicios creados.

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