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Posts Tagged ‘Ideologías’

Uno de los fundamentos de una democracia liberal es la pluralidad ideológica. Las ideologías son posiciones que las personas tienen sobre la realidad y que proyecta una idea de sociedad. Las democracias liberales buscan tener unos valores fundamentales incuestionables y después dejar casi todo a la determinación individual o social, para que ningún proyecto de una persona o una parte sea el proyecto de la sociedad entera, al menos durante todo el tiempo.

Por ello los ciudadanos se organizan en partidos políticos, dotados de ideología, con la finalidad de llegar al gobierno a través del las urnas convertidas en escaños parlamentarios, y una vez en el poder aplicar su programa inspirado naturalmente en su ideología.

La derecha (tanto política, mediática, social y eclesiástica), que representa una familia de ideologías políticas, quiere estigmatizar el hecho de tener ideología y llaman ideológicas a todas las medidas que no son las suyas, como si las medidas que proponen no fuera tan ideológicas como las de la izquierda. El enésimo ejemplo lo protagonizó ayer el arzobispo de Oviedo.

Efectivamente un gobierno propone leyes ideológicas porque la esencia del sistema democrático consiste en que quien tiene mayoría parlamentaria pueda gobernar desde sus posiciones dentro del marco constitucional. Lo que no es legítimo es reclamar que se ganen o se pierdan las elecciones, las leyes tengan el mismo sesgo ideológico.

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Por Kiril Lakota

Con motivo de la moción de censura del partido VOX contra el presidente del Gobierno, la semana pasada, se ha desatado un huracán de improperios y calificativos hacia la formación política que cuenta con 52 diputados y que, ideológicamente, parece situarse más a la derecha del Partido Popular. Desde nazis, fascistas y un largo etcétera de imprecaciones, en muchos casos, muy poco ajustados a la realidad ha recibido la formación dirigida por Santiago Abascal.

Sería harto prolijo en un artículo diseccionar las cualidades del fascismo y su plasmación en un partido político. Digamos que esa categoría en la política de estas alturas del siglo XXI es difícil de aplicar a un partido europeo. Ni siquiera AfD, en Alemania podría ser calificado como tal (el siempre riguroso Tribunal Constitucional alemán ya habría tomado cartas en el asunto). Del espectro político en los países de la UE, sólo una excrecencia como Amanecer Dorado en Grecia ha tenido la consideración de grupo fascista; por otro lado, una evidencia palmaria que fue creciendo con motivo del resentimiento provocado durante la crisis sistémica de 2015.

La inmensa obra de Antonio Scuratti que se va destilando por enormes capítulos disecciona con la precisión de entomólogo una constatación: en las crisis económicas y sociales de gran calado aparece el caldo de cultivo para soluciones política autoritarias que tienden a la violencia y que en el siglo XX fueron los fascismos de diverso cuño.

¿Es eso VOX? No parece. El crecimiento de VOX en España se produce antes de que estalle el trágico episodio de COVID19 que ha sumido a España en una crisis sin precedentes. Además, VOX toma cuerpo en años de crecimiento económico, pero de gran agitación política y social recogiendo corrientes de descontento de un espectro ideológico que Francis Fukuyama calificaría como los afectados en su identidad, (el Thymos platónico, la necesidad de reconocimiento. No sólo Fukuyama, también Kratsev y Holmes en “La Luz que se Apaga” deja entrever la frustración del Thymos que conlleva el asumir postulados contrarios a la democracia liberal y apostar por el autoritarismo político: Orban en Hungría y el PiS e Polonia.

¿Es eso VOX? En parte sí, pero no todo. No puede atribuirse a un partido, por muy excéntricos personajes que lo pueblen y cuyos orígenes, en muchos casos son poco menos que inquietantes, el timbre de fascismo de manera gratuita. Entre otras cosas porque el fascismo en España que residió entre los años 30 y 50 en la Falange, era una manera muy sui generis de ser fascista.

VOX defiende la Constitución Española, la institución monárquica, la democracia liberal con algunas reservas, pero incorpora valores del catolicismo tradicionalista en su ideario. Es fuertemente restrictivo con las libertades sexuales, los movimientos igualitarios (feminismo, LGTBI), tiene un cuño nacionalista homogeneizador, quiere la recentralización del Estado al apostar por la desconcentración/descentralización meramente administrativa del poder territorial, contrario en algunos aspectos a la globalización. Entonces ¿Cómo definir a VOX?

Si me permiten, como Pinochetismo 2.0 o como la delegación 2.0 de la UDI (Unión Democrática Independiente) de Chile en España en su versión renovada. Es decir, el ideario de Jaime Guzmán encarnada en un tipo descarado y sin complejos como José Antonio Kast (se separó de la UDI en 2016 para lanzar su campaña presidencial y creó el Partido Republicano, en excelentes términos con VOX). En resumen, la aplicación de doctrinas de liberalismo mercantil del siglo XXI por parte de una clase tecnocrática de altos funcionarios y empresarios.

Traducido a nuestro contexto español una mezcla de la doctrina social de la Iglesia y la tradición reaccionara española (Balmes y Donoso Cortés), que impliquen un régimen constitucional con Estado autoritario fuerte y una economía de mercado; una democracia puramente instrumental, al servicio de una sociedad de mercado donde hay una clase dirigente por mérito histórico o social o aleatorio. En esa sociedad, la educación, la sanidad y las pensiones son bienes de mercado que el propio mercado asigna, relegando al Estado a un papel meramente subsidiario. Una sociedad profundamente clasista como la chilena, cuyas costuras estallaron hace un año por la insoportable arquitectura institucional que hacía ocultar un notable progreso económico general con unas lacerantes desigualdades; una sociedad partida en dos donde el ascensor social no había funcionado en periodos de expansión notables, estabilidad institucional y admiración internacional; era una casa con fachada esplendorosa, pero con unos cimientos frágiles y carcomidos.

Para la implantación de este ideario en el contexto de una democracia social como española no se puede recurrir a las técnicas de la Legión Cóndor de los años 70. Se necesitan los modernos medios de agitación social. Medios de comunicación tradicionales y redes sociales en perfecta comunión. Agitadores mediáticos con virulencia verbal y descaro, como fue el propio Jaime Guzmán en el Chile de Allende, pero con técnicas importadas del Tea Party norteamericano que cuajan en Breitbar News en una sociedad madura por el resentimiento.

Y ahí es donde entra VOX, cuyo espejo es José Antonio Kast, el discípulo aventajado de Jaime Guzmán, juega su liga y su despegue desde las elecciones andaluzas de diciembre de 2018. La apuesta ideológica es clara y método también: subir los decibelios de la confrontación mediática, apostar por incendiar los medios con la llamada incorreción política que no es otra cosa que el descaro en la utilización de las medias verdades y aprovechar los fallos del sistema para ir implantando la idea de una agenda alternativa posible al consenso socialdemócrata/democristiano de la transición. La UDI de Guzmán por los métodos de Kast en la España actual.

En conclusión, yerran grandemente quienes tachan de fascista el ideario de VOX, quienes los acusan de Nazis y lindezas parecidas. Eso no quiere decir que VOX no sea un elemento de riesgo en nuestro sistema de partidos y que su representación creciente no genere problemas y tensiones por la amenaza que supone a la democracia social de nuestra constitución, su componente antieuropeo y su mercantilismo de los bienes públicos. Pero sería bueno, si queremos ponerle una etiqueta, que ésta se la correcta: Pinochetismo 2.0.

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José Ignacio Torreblanca publicó hace varias semanas una interesante y sintética exposición sobre las tendencias populistas.

Ahora le ha tocado a Alemania sentir como una formación de este tipo, con la especificidad de ser de extrema derecha, ha dado un campanazo en las elecciones de tres de los estados federados. Que en Alemania haya partidos de extrema derecha subiendo da más miedo que en otros lugares, por “prejuicios históricos”.

Mi profesor de Ética en la Licenciatura en Filosofía en un comentario marginal, que eran los realmente jugosos, expresó que la pasión democrática de Europa no se mantendría en el caso de perderse el bienestar alcanzado, de modo que si se perdía volverían los modos autoritarios del pasado.

Circularon por twitter, la noche del pasado domingo, estos dos gráficos que daban qué pensar sobre la relación entre la percepción de la situación económica general y la situación económica personal con el voto en las elecciones alemanas de ese día.

Situación general

SituacionGeneral
Situación personal

SituacionPropia

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La izquierda española está mal acostumbrada con los que podemos denominar “derecha hispánica”. La derecha hispánica, representada por el PP, es muy visible, normalmente ofensiva con el que no piensa como ella y tiene sus elementos folklóricos siempre bien presentes.

La derecha periférica tiene una presencia y unos modos, por lo general, desacostumbrados fuera de Euskadi y Catalunya o al menos eso nos parece desde el resto de España. Ello ha llevado a la conclusión de que la derecha nacionalista catalana o vasca no son tan de derecha como la que representa el Partido Popular y ello es una confusión lamentable. Unos buenos modos solamente hablan de la educación que alguien tenga y de la perspectiva cívica que adopte, pero no de su ideología.

El hecho de añadir el nacionalismo a su receta ideológica, es un elemento más de su derecha ideológica. Contra lo que muchos piensan, ser de izquierda debería ser incompatible con el nacionalismo, de modo que alguien de derecha es aún más de derechas si es nacionalista.

PNV, CDC o UDC se han integrado tradicionalmente en los grupos del Parlamento Europeo que se identifican con los partidos de derecha democrática (liberales o populares) sin más problemas.

Podemos tiene gravísimos problemas para entrar en un gobierno con Ciudadanos (también integrado con los liberales europeos), pero no para recabar el apoyo de nacionalistas vascos y catalanes. Y sin duda porque cuando se sale de la meseta el partido morado confunde la izquierda con la derecha, tiene synaesthesia ideológica.

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Dice Pérez-Luño en su excelente obra Derechos Humanos, Estado de Derecho y Constitución que el término “pueblo” es uno de lo más problemáticos del pensamiento político porque ha sido manipulado en su beneficio por las diferentes ideologías.

Aunque de vez en cuando se oye hablar de “pueblo”,  pero desde la Caída del Comunismo no es un término con demasiado alcance.  Ahora los términos más señalados son “ciudadano” o “ciudadanía” de modo que siendo adoptados ideológicamente, dejan de tener un significado abierto y general para ser un sinónimo de un partido en concreto.

Ahora algo ciudadano es un órgano de Podemos y los afiliados/incritos/descagadores de la app de Podemos son los verdaderos ciudadanos que eligen órganos ciudadanos, pues parece que la ciudadanía solamente es tal si vota a Podemos.

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El otro día hablaba de los motivos por los que el PP no ha querido avenirse a ningún acuerdo con el FAC de Álvarez-Cascos y las causas de su intento indisimulado de aniquilamiento de la nueva formación derechista.

Además de la argumentación de las relaciones personales apuntábamos la posibilidad de que el FAC fuera la puerta a la división de la derecha española en dos formaciones de ámbito nacional, pues fuera de la retórica electoral el FAC, si sale victorioso después de las elecciones asturianas, comenzará a proyectarse en todo el país.

La división de la derecha es la más secreta pesadilla de los estrategas del PP, que fundamenta su solidísima base electoral en la inexistencia de alternativa para sus votantes. Si la derecha generase un segundo partido, con caras conocidas y poder territorial (municipal y autonómico), el PP podría sufrir un fuerte revés.

Para simular el efecto en unas elecciones general de la aparición de un segundo partido de derecha en el ámbito nacional he tomado los resultados del FAC en Asturias el pasado 20 de noviembre como el alcance máximo que un partido de estas características podría tener.

FAC en Asturias tiene una fuerte implantación: ha gobernado la Comunidad Autónoma y consiguió en las elecciones municipales, 158 concejales, incluso con dos mayorías absolutas.

En las elecciones generales, una nueva convocatoria en las que la derecha volvía a no dejar a nadie en casa con la finalidad de echar a los socialistas, consiguió el FAC el 29,41% de los votos de la derecha en Asturias, lo que se convirtió en un escaño.

Dado que ese nuevo partido a lo máximo que en Geografía Subjetiva creemos que puede aspirar es a ser lo que en 2011 ha sido el FAC en Asturias hemos simulado unos resultados electorales, tomando como referencia los reales pero descontándole al PP ese 29,42% y atribuyéndoselo a una FAC extendida por todo el país y a toda su capacidad.

El caso de Madrid en estas elecciones no nos ha parecido significativo. En la única comunidad donde el reparto ha sido diferente ha sido en Navarra donde en vez de FAC hemos supuesto que el partido competidor era nuevamente UPN por lo que hemos invertido el porcentaje en el reparto de los votos.

El resultado sería el siguiente:


Habría partidos que ganarían escaños a costa del PP, y no sólo FAC, porque al ser menores los cocientes del PP pueden verse superados por cocientes de otros partidos que ahora pasarían a ser mayores.

El resultado más detallado lo podéis encontrar en aquí.

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La primera escisión significativa del PP, desde que los del PDP y los del Partido Liberal abandonasen la Coalición Popular de los primeros ochenta, ha sido la protagonizada por Francisco Álvarez-Cascos en Asturias, donde lleva muchos años luchando infructuosamente por fundar una baronía popular en el Principado.

Esta escisión no solamente le ha arrebatado al PP uno nueva victoria por estruendosa mayoría absoluta, para colarse Álvarez-Cascos y conseguir la Presidencia, sino que en las Elecciones Generales les costó dos escaños en Asturias, el que le quitó el FAC y el que le hubiera quitado el PP al PSOE con todos los votos de derecha.

Tengo la impresión de que hay dos grupo de motivos por los que desde el PP no han querido hacer volver a Álvarez-Cascos al redil, aún reconociéndole plena soberanía en la comunidad asturiana.

El primer grupo de motivos son los personales y los relaciones con la política interna del PP. Álvarez-Cascos lleva más de una década haciendo sangre entre sus correligionarios asturianos, de forma que el número de los resentidos ha crecido tanto que ha posibilitado la anulación de su enorme ascendiente sobre las estructuras nacional del PP.

A esto, también hay que indicarlo, se une que Álvarez-Cascos representa el Aznarismo que Rajoy siempre ha sentido como su amenaza más cercana. Concederle una baronía territorial dentro del PP a Álvarez-Cascos es tanto como darle un territorio franco a todos los amigos de Aznar, naturales adversarios de Rajoy y sus coyunturales apoyos internos.

El segundo grupo de motivos tiene más que ver con la estrategia política externa. El triunfo del FAC, con una tendencia expansiva más allá del Principado de Asturias, pese a que sus 6.624 votos en Madrid el 20-N (la otra circunscripción por la que se presentó) supieron a poco en Oviedo, supondría la consolidación de una fuerza de derecha que solamente competiría con el Partido Popular por los votos.

Ése siempre ha sido el gran temor de los estrategas del Partido Popular: otro partido situado más a la derecha. Este partido perjudicaría al PP que para conservar la base conservadora tendría que renunciar a buena parte del centro o para conservar el centro tendría que renunciar a parte sustancial del voto conservador.

Desde luego, a día de hoy, FAC no es esa alternativa de derecha al PP, pero nadie dice que dejado libremente y habiendo apoyado sus Presupuestos, consolidando su gobierno autonómico, no se hubiera dado mayor protagonismo nacional a esta formación, convirtiéndose en el peor sueño para el futuro electoral del PP. La fragmentación del electorado puede provocar que una conjunto de elecciones claras para el PP se transformen en dudosas, que se pierdan escaños en los restos que antes no se perdían y que tengan que realizar coaliciones políticamente costosas para poder gobernar lo que ahora hacen en solitario. Vamos, lo que al PSOE le sucede con IU en muchas ocasiones.

La estrategia electoral que el FAC ha adoptado equiparando al PP al PSOE es una copia tradicional de la teoría de las dos orillas que en IU campa desde hace décadas. La web del partido es una magnífica muestra de que su estrategia es decirle al votante de derecha que votar al PP es lo mismo que votar al PSOE (el diablo natural), tomando del entorno de IU incluso la denominación PPSOE para ilustrar la teoría de las dos orillas.

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La retórica de izquierda culpa a la derechización del PSOE de los resultados en las pasadas elecciones que, a tenor de lo que se puede leer, da la impresión que han cogido por sorpresa a muchos que los que ahora se consideran profetas.

Sinceramente creo que el PSOE no ha perdido por no ser lo suficientemente de izquierda, sino por la existencia de cinco millones de parados y porque se tiene la sensación de que la situación no sólo no mejora levemente sino que empeora, en lo laboral, cada mes.

No se producido un fenómeno clásico: la huida de la izquierda a la abstención. Pienso en ciudades como Sevilla donde el hundimiento del PSOE se ha dado con una subida interesante de la participación.

Los que dicen que el PSOE tiene que recuperar el discurso y las políticas de la izquierda más pura para no perder más elecciones y no ir cuesta abajo, no se dan cuenta que los electores han elegido abrumadoramente una opción política de derecha, en vez de una más a la izquierda del PSOE. Si esto fuera acertado, como indica Lluis Orriols, el problema electoral de los socialistas no se encontraría en los votantes de izquierda, sino en los muchísimos moderados o centro-izquierdistas que se están marchando con todo el equipo al Partido Popular.

Es posible que muchos, conmocionados, se estén dejando llevar por los sentimientos y crean que seguir desplazando al PSOE a la izquierda sea la situación, cuando todas las investigaciones sociológicas indican que los españoles se acercan más a autoposicionamientos menos izquierdistas y más centro-izquierdistas. Puede ser que muchos no propongan otra cosa que un viaje a un desierto electoral que ya está ocupado por IU.

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He leído dos buenísimas entradas, una de R. Senserrich y otra de @CardinalXimenez sobre el futuro político de Egipto, ambas dos recomendables. Las dos grandes cuestiones, que se exponen en estas dos entradas y en muchos artículos de prensa de estos días, son el papel qué van a desempeñar los altos mandos de las Fuerzas Armadas una vez ‘dejen el poder’ y cuál será el protagonismo del Islamismo político en el futuro de Egipto, después de décadas de tolerancia social y prohibición política.

¿Cuánta democracia?

En principio la respuesta debería ser simple y directa: cuanta más democracia mejor. Pero rápidamente nos sale la pátina racista y pensamos que lo de la democracia debe ser algo parecido a conducir un Ferrari, sólo para los que lo valen, y que tenemos un modelo utilitario para aquellos de los que no nos fiamos demasiado, entre los cuales están siempre todos aquellos que profesen la religión musulmana y/o hablen cualquier variedad dialectal del árabe.

Dicho lo cual, de lo que tenía unas enormes ganas, hay que indicar que toda transición exige pactos y renuncias y los egipcios deberían procurar tener cuanta más democracia les sea posible y que no sea necesario padecer represiones y hacer una revolución nueva para ir agrandándola.

Un paso fundamental para conseguir la mayor democracia posible es desmontar las estructuras del régimen que, que nadie se equivoque, son independientes de que Mubarak fuera o no Presidente. Con la más importante, las Fuerzas Armadas, se deberán tomar su tiempo, pero hay otras más fácilmente atacables como es la administración civil y demás redes clientelares de la sociedad civil sobre la que se ha sustentado el régimen y que intentarán pervivir de mil maneras.

¿Cómo creen si no que ganó tan plácidamente la UCD las primeras elecciones democráticas españolas? (puro continuismo del régimen franquista: estaba hasta Mayor Oreja).

¿Qué orientación político-religiosa adoptará Egipto?

Aquí es donde Occidente está un tanto asustado y por lo que muchos anhelan alguna fórmula de control. El miedo es el Islamismo político y su nombre egipcio es ‘Hermanos Musulmanes’.

Muchos han mirado o hemos mirado rápidamente a Turquía, donde una cosa llamada ‘Kemalismo’ lleva funcionando desde la Primera Guerra Mundial. La idea de Kemal, fundador de la República de Turquía, es que su país debería ser un país absolutamente homologable a los occidentales, adquiriendo sus instituciones y sus formas y, sobre todo, separando radicalmente el Estado de la religión. El guardián de esto no es ninguna institución judicial o política, sino simplemente el Ejército que, cuando ve que el orden de Kemal se desvía, da un golpe de Estado, reprime a los ‘desviados’ y reconduce la situación a la que ellos consideran óptima.

El gran desafío al Kemalismo se dio con la victoria electoral de un partido islámico de corte moderado que no busca una teocracia sino la ejecución de un programa político conservador. Una versión musulmana de la Demoracia Cristiana que bien podríamos denominarla como ‘Islamodemocracia’. Parece que tras algunas tensiones iniciales con los militares, el gobierno islamodemocrático se ha asentado y sigue haciendo las políticas occidentales que han caracterizado a Turquía en las últimas décadas, entre ellas un escaso respeto a los derechos humanos. Hay que señalar que la ‘Islamodemocracia’ no nació como un proyecto prediseñado, sino que ha sido consecuencia de la necesidad de los sectores más tradicionales de adaptarse a las instituciones y a la sociedad turca, que no está para sandeces afganas.

No me extrañaría nada que la nueva Constitución encomendase a las Fuerzas Armadas una misión de vigilancia constitucional similar a la turca. Lo que estoy seguro es que durante mucho tiempo el Gobierno civil del país no va a tener el control de los militares egipcios, que adoptarán una posición a lo Pinochet.

Presidencialismo o parlamentarismo. Sistema de partidos.

La segunda gran opción constitucional es determinar el sistema de gobierno. En el imaginario colectivo de Egipto, y de las dictaduras, la figura del Jefe del Estado, o Presidente, es la que tiene el protagonismo absoluto. Un modelo presidencialista sería tierra abonada para una reedición del régimen, aunque con otras caras, porque el imaginario es poderoso y buscará, y encontrará a un líder carismático.

El Parlamentarismo es una lata. Debates, pactos, enmiendas, acuerdos, pero sobre todo los gobiernos caen parlamentariamente, los ministros le ponen la zancadilla al Primer Ministro o le fallan sus socios e gobierno. Y también pueden caer a través de unas elecciones que no son el todo o la nada (como sí son unas presidenciales en un país presidencialista). Las minorías tendrán incentivos para no romper con el sistema.

La renovación más o menos estable de los cuadros dirigentes del país tiene una función de pedagogía política: enseñar que en una democracia nadie dura demasiado.

Además el Parlamentarismo incentiva la creación de partidos fuertes, desplegados territorialmente, con intereses electorales diversos y que siempre pueden tener opciones de gobernar solos o en coalición. El Presidencialismo crea partidos débiles.

Antes de las manifestaciones y de la revuelta, Egipto había sido noticia por el ataque de grupos extremistas musulmanes a iglesias, negocios y miembros de la minoría cristiana de Egipto: los coptos. Son cerca del 10% de la población. En la revuelta, junto a la caída del régimen, han reivindicado su papel político y social (la imagen de los cristianos protegiendo el rezo de los musulmanes aún me sobrecoge). Las leyes discrimnatorias contra los cristianos tienen que desaparecer necesariamente y darles una participación suficiente en el gobierno del país.

Al final casi todo se queda pendiente de algo a lo que solamente los que diseñan bien las jugadas le prestan atención: el sistema electoral.

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Una de las acusaciones más frecuentes de las personas del entorno de Izquierda Unida al PSOE es que este partido no hace políticas de izquierda, que su ejercicio del gobierno, en el ámbito que sea, es una mascarada izquierdista para hacer políticas de derecha.

Los orígenes de esta acusación hay que buscarlos en la división entre lo que hoy entendemos por ‘socialdemocracia’ y el ‘comunismo’ en los partidos obreros europeos, en las primera décadas del siglo XX. De todas formas no voy a aburrir a las ovejas con esta historia sino que prefiero centrarme en otras consideraciones.

En política el sentido pragmático y electoral no pueden ser el único principio o la guía en la toma de las decisiones. Cuando esto se da de un modo continuo nos enfrentamos a algo a lo que se le suele llamar ‘populismo’. Pero esto no quiere decir que estos dos criterios deban ser excluidos sistemáticamente en beneficio de una observancia ideológica que se traduce normalmente en un maximalismo sofocante.

Para hacer política de izquierda, y también de derecha, hay que gobernar. La política se hace desde el gobierno al nivel que sea y nunca cuando no se detenta el ejercicio del poder, quedándose a lo sumo como una capacidad de influencia. Izquierda Unida, si realmente quisiera hacer la política de izquierda que pregona, debería dedicarse a ganar elecciones y no ha hacer depuraciones internas en búsqueda de una mayor pureza ideológica cueste lo que cueste. El sistema electoral no es una excusa universal.

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