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Posts Tagged ‘Felipe VI’

En el debate de investidura el portavoz del PNV en el Congreso aconsejó a la Corona no dejarse instrumentalizar políticamente. La pasada semana volvió a recordar su desatendido consejo al señalarle al Rey que no decir nada cuando es utilizado por una parte del espectro político para criticar una decisión del Gobierno, es una forma de consentir esa instrumentalización y es igualmente una forma de participar. El presidente del gobierno vasco, Urkullu, manifestó en el parlamento que era necesario “republicanizar” la Monarquía, en el sentido de que la institución fuera ratificada en cada generación.

Un medio digital de derecha, Vóz Populi, ha atribuido esta posición de los nacionalistas vascos de derecha a la lucha política con Bildu y a la posición antimonárquica de este último partido. Es curioso cómo se construye un relato falso.

Falso porque el PNV avisó de un problema y aconsejó una postura, ha reiterado a la Corona la necesidad de distanciarse netamente de la instrumentalización y, además, acaba de ganar con soltura las elecciones vascas y lidera un gobierno de coalición con mayoría absoluta.

Si algún partido está siendo leal con la Corona es el PNV, porque es el único que señala los comportamientos nocivos y ofrece remedios, mientras los otros callan los problemas o alientan los comportamientos perjudiciales.

Alguien podría decir que lo de “republicanizar” queda poco leal. No es así por en primer lugar porque el término tiene varias acepciones y, en segundo lugar, la “republicanización” de la que habló Urkullu ha sido la legitimación que se ha usado durante los casi cuarenta años de reinado constitucional de Juan Carlos II: la Monarquía fue aceptada al aprobarse en referéndum la Constitución.

Al igual que nuestra desactualizada e irreformable Constitución se está volviendo un fósil viviente, la Monarquía contenida en ella ha perdido legitimación al pasar más de una generación sin posibilidad de pronunciarse ni sobre una ni sobre otra. La idea de generación constituyente, de sabores jeffersonianos, es una exigencia política y moral en torno a la soberanía de un pueblo respecto a sí mismo y una garantía de que las instituciones del Estado responden a la voluntad popular.

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El Rey

Juan Carlos de Borbón y Borbón fue Rey de España desde 1975. Millones de españoles no habíamos conocido otro rey, ni otro jefe del Estado, que Juan Carlos I.

Para nosotros “el Rey” siempre era Juan Carlos. Tras la abdicación y el advenimiento al trono de su hijo, Felipe VI, estábamos un poco liados. Distinguíamos entre “el Rey” (Juan Carlos) y “el Rey nuevo”, aunque siempre se colaba la denominación de “Príncipe”. Casi nadie utilizaba la expresión “el Rey” sin especificar de qué monarca estaba hablando.

Felipe VI, gracias al paso del tiempo y al proceloso proceso de investidura de esta XI legislatura, ha comenzado a ser “el Rey”. Los medios y los ciudadanos ya hablan de él como “el Rey” sin necesidad de poner su nombre y adjetivar su título. Es un gran avance para él haber pasado de necesitar adjetivación para ser reconocido a ser el único “Rey”.

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Al comienzo del verano de 2014 se anunció la abdicación del Rey Juan Carlos I. En un proceso ágil, el Príncipe de Asturias se convirtió en Felipe VI. El anterior monarca, en los primeros años de su reinado, reinó con un sistema político en construcción, pero a partir de 1982 ese sistema se había consolidado y la existencia regia era sumamente regular, inalterada y plácida. Solamente cuando los escándalos cercaron a la Corona, Juan Carlos I abdicó, coincidiendo no casualmente con la transformación del sistema político.

Desde luego no estamos en una situación equivalente a la Transición, por más que muchos enarbolen permanentemente la bandera de la “Segunda Transición”. En la Transición la posición de la Monarquía era más fuerte porque se aprovechaba de la inercia heredada del Franquismo, había predicamento en las Fuerzas Armadas y éstas lo tenían en la sociedad, aunque el orden constitucional estuviera bulbuceando, la Transición llegó a buen puerto porque la hizo quien tenía poder para hacerla.

De esos éxitos, el Juan Carlos I vivió plácidamente postergando la prueba de fuego de cualquier monarquía hereditaria: la sucesión. En 2008, el Príncipe de Asturias cumplió cuarenta años, superando por tres años la edad con la que su padre comenzó a reinar y entrando en una década en la que nadie puede llamarse joven. Pero no se produjo la abdicación.

Solamente cuando la Corona estaba sitiada judicialmente y los medios sacaban un día sí y otro también diversos escándalos del Rey, se decidió dar el paso. Poco meses antes se habían celebrado Elecciones al Parlamento Europeo y lo que era indiscutible era que una sucesión rápida y fácil ni iba a ser posible con otro escenario en las Cortes.

El proceso de abdicación fue rápido y el último esplendor del anterior Rey. Felipe VI, iba a ser Rey de otra España. El sistema político con dos actores dominantes, con apoyos periféricos, y con zonas bien delimitadas de poder ha saltado y ahora, en cada convocatoria electoral, el terreno está muy abierto. Felipe VI pudo haber comenzado a reinar en un entorno más llevadero, en vez de las actuales circunstancias, si Juan Carlos I no se hubiera atado al trono del que solamente le sacó un juez balear y un elefante africano.

El Rey saldrá reforzado o debilitado tras su primer proceso de toma de posesión donde constitucionalmente tiene un margen de actuación autónoma mucho mayor que en el resto de funciones. Todos nos jugamos mucho en estas semanas y entre estos muchos está el propio Jefe de Estado.

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Mariano Rajoy quiere ser el primero en someterse a la investidura. Después de muchas reticencias y rumores, cada vez más fuertes de ceder paso directamente a Pedro Sánchez, el Presidente en funciones parece que se ha decidido a ser el primer candidato presidencial derrotado en una investidura desde 1978.

Desde el 20-D el Partido Popular ha jugado a la invisibilidad. No se movían para dar la sensación de que no había pasado nada y que no se les habían ido de la mano una cantidad indecente de votos. No lucharon por la Presidencia del Congreso porque hacerlo implicaba perder contra el candidato acordado por PSOE y Ciudadanos y lo último que desean los populares es visibilizar su derrota.

Todos estos días se ha estado especulando con la posibilidad de que Rajoy, cuando el Rey le reciba esta tarde, le iba a comunicar que no podría conseguir la investidura y que debería presentar como candidato a Pedro Sánchez. Esta estrategia evitaba de nuevo la visibilización de una derrota, dada la inexorabilidad del paso del PP a la oposición que se está aclarando estos días.

La tentación del PP de no ser derrotados en una investidura fallida se debe a la exitosa estrategia que tienen de no presentarse nunca como perdedores, sino como víctimas incluso cuando son derrotados electoralmente. Por eso los líderes populares siempre salen al balcón en Génova, independientemente de los resultados: para representar la victoria.

Alemania fue derrotada en la Primera Guerra Mundial sin que su territorio padeciese los estragos de la guerra. El ejército alemán se derrumbó y el gobierno capituló. La derecha alemana utilizó este hecho para hablar de una traición y de una mano invisible que había derrotado a un ejército invicto. Los aliados, tras la Segunda guerra Mundial, se empeñaron en hacer patente la derrota alemana para que no les quedase la menor duda.

Pedro Sánchez ha insistido en que Rajoy sea el primer llamado a tratar de ser investido, porque así se garantiza la materialización des tremendo descalabro del PP el pasado 20 de diciembre. La manifiesta incapacidad para ganar la investidura dejaría claro que no hay otra opción que un segundo candidato, que no son los pactos secretos, ni los despachos, los que echan a Rajoy y al PP de La Moncloa, sino haber perdido dos votaciones en el Congreso de los Diputados.

No tengo duda de que el paso para in vestir a Rajoy tiene una parte de presión externa. Renunciar a que el Rey le presente como candidato implica poner a Felipe VI en una difícil tesitura que es la de tener que llamar directamente al candidato del segundo parte, algo inédito, y no seguir una senda marcada de nominar al más votado y luego al segundo más votado, lo cual elimina la idea de que el Rey ha tomado partido.

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Felipe VI ha decidido no recibir a la Presidenta del Parlamento catalán para comunicarle la investidura del nuevo Presidente de la Generalitat. En la cuestión de la unidad nacional, sancionada constitucionalmente, el Rey no puede ni tiene que ser neutral, pero esto no quiere decir que pueda entrar en la ruptura de los escasos ritos que el sistema político tiene.

El Rey es el principal oficiante de nuestros ritos políticos y a pesar del radical desencuentro con la actual mayoría del Parlamento catalán debe seguir el rito y recibir a la Presidenta para que le dé cuenta de la investidura. Si no lo hace hará lo mismo que en el juego político, del que teóricamente está sustraído.

Las formas deben observarse. Un monarca dentro de nuestro diseño está para ser el guardián de las formas, que no es poca misión y más en una época tan agitada como la presente. Si ni siquiera podemos esperar del Rey un estricto cumplimiento del ritual del Estado, poco futuro le queda a este trono que confunde patriotismo con partidismo.

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Felipe VI, después de las palabras de Pedro Sánchez, tiene el camino expedito para nominar a Mariano Rajoy como candidato. La Constitución constriñe el papel del Rey, pero la propuesta regia de la candidatura a Presidente del Gobierno se quedó sin demasiada regulación porque las circunstancias pueden ser muchas e imprevisibles.

Si Mariano Rajoy no consigue la investidura, y puede que se tenga que retirarse como el primer candidato que fracasa en el intento, el Rey tendrá que valorar si presenta otro candidato o se espera que transcurra el plazo constitucional para ir a unas nuevas elecciones. Nuevamente dependerá de Pedro Sánchez.

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Defino República como aquel sistema de gobierno en el que el Jefe del Estado es elegido directamente o indirectamente por los ciudadanos por un periodo de tiempo razonable y entre una amplia gama de candidatos posibles.

Y ya está, esto es una República, si mi definición es medianamente correcta. Luego vendrá la decisión de si el Presidente de la República tiene más o menos poder y todas las cuestiones de ingeniería constitucional.

La cuestión que estoy viendo en las redes sociales tras la Abdicación es que los que quieren una República quieren una República ideológica, más allá de los principios de la democracia liberal y del estado social de Derecho. Se quiere una República participativa, solidaria, socialista, igualitaria, medioambiental, federal, agraria, postindustrial, confederal, cantonal, plurinacional, laica y miles de apellidos más.

Si se llegase a establecer una República desencantaría a la inmensa mayoría de los que hoy la sueñan, porque es tan grande el número de las exigencias que le hacen que solamente puede causar frustración. Cuanta mayor sea la intensión en un concepto, menos será la extensión. Pura lingüística y pura política.

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