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Posts Tagged ‘Elecciones Presidenciales EEUU 2020’

La ley eletoral del estado Georgia (OCGA § 21-2-501) exige que los cargos públicos elegidos en este estado tengan el respaldo de más de la mitad de los votantes, de modo que si no es así, los dos candidatos más votados tienen que ir a una segunda vuelta.

El pasado 3 de noviembre se elegían los dos senadores por Georgia, una elección ordinaria al agotarse el mandato de seis años y otra especial por la renuncia hace un año del senado Isakson. En ninguna de las dos elecciones, ningún candidato ha obtenido más de la mitad de los votos, de forma que los dos más votados habrán de someterse nuevamente a las urnas.

Como ya todo sabemos, estos dos escaños definirán la mayoría republicana en el Senado o si los demócratas empatando y encomendándose al voto de desempate de la Vicepresidenta Harris, pueden tener mayoría. La agenda de la Presidencia de Biden depende de tener mayoría en las dos cámaras del Congreso, aunque la del Senado sea tan apurada e insuficiente para cerrar los debates.

Varios senados republicanos le han comentado a algunos medios que su silencio a la hora de reconocer la victoria de Biden se debe más a estos dos escaños en disputa que a participar de la estrategia de Trump. Esto puede obedecer a dos estrategias, que no se excluyen necesariamente:

– Considerar que un Presidente-electo tiene una gran fuerza de arrastre, y más en un estado que ganó, de modo que la polémica sobre la elección dificultará ese arrastre y una dedicación intensa a la campaña de Biden y de Harris.

– Ofrecer un acuerdo tácito a los demócratas, de modo que el reconocimiento general de la victoria de Biden por los senadores republicanos, implicaría una campaña menor de los demócratas, no acelerar la tremenda maquinaria de Stacey Abrams y que el ticket presidencial, especialmente Harris, no acampe en Georgia hasta el día de la segunda vuelta.

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Hace doce años me entretuve en mirar los resultados de las Elecciones Europeas en relación con la abstención. Tradicionalmente en estas Elecciones la abstención y alta y existe el tópico de que los grandes abstencionistas son los votantes de izquierda, de forma que quise comprobar si una alta abstención tenía por consecuencia una permanente victoria electoral de la derecha.

Si actualizamos los datos y eliminamos las convocatorias que coincidieron con las Elecciones Municipales y Autonómicas en muchas regiones, obtenemos que con bajas participaciones ha ganado tanto la derecha como la izquierda (formaciones de ámbito nacional):

Como se puede comprobar las candidaturas de  izquierda fueron las más votadas en dos de las tres Elecciones Europeas con participación inferior al 50%. Al menos estos resultados nos deberían hacer pensar si siempre la abstención beneficia a la derecha.

Muchas dinámicas política están llenas de “mayorías silenciosas”, esto es, amplios grupos de votantes que de pronunciarse electoralmente removerían las mayorías existente o al menos la relación entre los principales grupos.

Existía la idea de que en Cataluña había una gran masa de abstencionistas unionistas, que se ir a las urnas revolucionarían el mapa político regional. En las dos últimas elecciones autonómicas, las que han tenido mayor participación desde 1980, las fuerzas no nacionalistas han sido las más votadas en su conjunto, pero desde luego no se dio el vuelco que vaticinaban las colas ante los colegios electorales.

El último ejemplo lo tenemos en las Elecciones Presidenciales de este año en los Estados Unidos. El voto masivo hacía pensar a muchos que la “marea azul”, un victoria arrolladora de los demócratas, era seguro y aunque los demócratas han ganado la Presidencia por un margen nada desdeñable en este momento de voto popular de 5.267.488 votos, en muchos lugares la victoria ha sido muy estrecha, lejos de lo anrumador. Se ha descubierto que los demócratas o los potenciales votantes de los demócratas no eran los mayores abstencionistas, sino que entre los republicanos y sus potenciales votantes también había un bolsa importante.

Esas masas abstencionistas muchas veces son meras quimeras que se usan con otros fines, como los que dentro del PSOE que aún hablan de recuperar la mayoría de 1982 sin caer en la cuenta de que se ha conseguido posteriormente más votos que en 1982 y que bueno parte de ese voto ya no vota, y no porque se abstenga.

Los mitos políticos como el que hemos tratado de exponer tienen el peligro de ser muchas veces presupuestos implícitos en la toma de decisiones, porque se basa en el sesgo de la mayoría silenciosa piensa como yo. Y presupuestos erróneos pueden viciar el proceso y el resultado, intentando cazar un electorado que no existe o que si se moviliza, vote a otro.

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Muchos de los análisis que en estas horas se están publicando inciden en la idea de que el Trumpismo es un problema para el Partido Republicano, que no puede vivir sin él, pero con él tampoco, porque moviliza como nunca a los adversarios. Creo que es un debate que se deshará con el tiempo, como sucedió con la preponderancia del Tea Party en su momento.

El Partido Republicano no necesita a Trump para nada. Gana con solvencia la Presidencia y el Congreso, gobierna un montón de estados y tiene mayoría en sus legislaturas. Eso lo hizo antes de Trump, con Trump y lo hará después de Trump. Para eso existen los partidos políticos que es darle estructura a una sensibilidad, o varias como el GOP o los demócratas, más allá de las personas que ocasionalmente ocupen cargos o sean candidatos.

Los candidatos republicanos al Congreso han obtenido mejores resultados que el Presidente. Mientras Trump tiene una desventaja en estos momentos en el voto popular del 2,9%, los candidatos republicanos a la Cámara de Representantes la tienen del 1,4%. La diferencia de votos entre las presidenciales entre la candidaturas presidenciales y las candidaturas a la Cámara es de 1.840.634 votos a favor de la presidencial, mientras que en el campo demócrata es de 4.160.751 a favor del Presidente electo, es decir, el Partido ha pesado más que el candidato.

El único peligro que tienen los republicanos con Trump es que monte su propio partido fuera del GOP y compita por parte de su electorado. Eso en un sistema electoral como el estadounidense es letal. Pero no sólo sería letal para el GOP, que a los pocos años se restablecería, sino también para Trump que no tendría ninguna posibilidad, con tres candidatos, de acercarse de nuevo a la Casa Blanca. Y el GOP es idefinido y Trump es muy mayor para intentarlo cada cuatro años.

Ello no quiere decir que los republicanos no le tenga que dar alguna vuelta a todo esto, porque desde 1992 solamente han ganado el voto popular una Elección Presidencial, las de 2004, y viven parapetados en el sistema electoral, que minimiza sus pérdidas y maximiza sus logros.

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Donald Trump se une al escogido grupo de presidentes de los Estados Unidos que solamente han servido por un único mandato, al haber perdido la reelección. Entre los muchos escenarios que en estas horas hemos leído, uno insistente habla de que Trumpo va a mantenerse activo para poderse presentar a las elecciones dentro de cuatro años.

Supongamos que Trump, tras aceptar que no reconocer su derrota, sigue adelante y se presenta a las primarias republicanas para el año 2024. Todo lo que puede hacer es aspirar a un único mandaro en la Casa Blanca, pues la XXII Enmienda impide un tercer mandato, sea consecutivo o no. Su segundo mandato nacería ya muerto, porque todos estarían pensando más en la sucesión que en el presente. ¿Es ésa la mejor opción para el Partido Republicano?

Entre los republicanos hay bastante silencio, pero es un silencio más táctico que de otro tipo. Habrá un nutrido grupo de representantes, senadores, gobernadores y un ex vicepresidente que están comenzando a ver sus posibilidades de cara a la carrera de las primarias que se lanzará justo después de las “midterm” de 2022.

Nadie quiere descalificarse a priori, estando a favor o en contra de nada, porque las Elecciones de 2024 pueden ser unas elecciones sin reelección, normalmente más abiertad que unas en las que el Presidente comparece nuevamente ante los electores después de cuatro años.

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La ley federal (3 US Code 7) establece que el primer lunes después del tercer miércoles de diciembre (14 de diciembre) se reunan los electores presidenciales para emitir su voto. Cuando escribo esto (5 de noviembre) parece que el resultado final va a ser ajustado y quien gane puede que tenga poco margen de error a la hora de que tuviera que sufrir faithless electors, es decir, electores que a la hora de emitir su voto no lo hacen por el candidato por el que se había comprometido.

La Convención Constitucional estableció el Colegio Electoral sobre la idea de que serían elegidos ciudadanos insignes que votarían quién debería ser la cabeza de la República. Rápidamente cada partido presentaba una lista de electores que, de ganar, votarían por el candidato de ese partido (aunque en aquella época los candidatos tenían la deferencia aristocrática de no hacer personalmente campaña). De hecho durante las primeras décadas los electores, en algunos estados, no eran elegidos popularmente sino por la legislatura estatal o un colegio de delegados electo “ad hoc”.

No existe ninguna ley federal que obligue al elector a votar por el candidato con el que se había comprometido, pero muchos estados sí han establecido medidas para forzar el cumplimiento del compromiso como son la imposición de multas, cargos penales o la sustitución forzosa de los electores que no son fieles. Esta mismo año el Tribunal Supremo ha señalado la constitucionalidad de estas leyes en en el caso Chiafalo v. Washington y en Corolado Department of State v. Baca.

La Duodécima Enmienda a la Constitución establece la necesidad de alcanzar la mayoría de los electores designados, que si son 538, se situará en 270 como ya es de común conocimiento. En el caso de que no se alcance, los tres con  más votos (de haber al menos tres) serán los candidatos entre los que la Cámara de Representantes tendría que elegir. La elección en la Cámara de Representantes no se hace por miembros, sino por cada uno de los estados que tiene un voto y su sentido se decide de acuerdo con el voto de los representantes de éste. De esta forma California con 53 representantes tiene el mismo peso que Idaho con un solo representante.

Hace varias semanas publicamos en Geografía Subjetiva una valoración sobre quién hubiera ganado la Presidencia, desde el año 2000, en función de la Cámara elegida el mismo día de las elecciones presidenciales. La conclusión era que el vencedor en el Colegio Electoral hubiera obtenido al menos los veintiseis estados necesarios para acceder a la Casa Blanca.

La misma previsión se da para la Vicepresidencia con la excepción de que en este caso el cuerpo electoral es el Senado que también vota por estados. El hecho de que cada estado tenga únicamente dos senadores hace que sea más fácil que el voto de un estado quede indeterminado si los dos senadores pertenecen a partidos diferentes. En la simulación que hicimos en la Vicepresidencia no hubiera habido tanta facilidad para conseguir que el ganador en el Colegio Electoral fuera elegido ya que en ninguna de las cincos ocasiones estudiadas ni republicanos ni demócratas alcanzaban los veintiseis estados.

¿Qué sucedería este año?

Hay que indicar que todavía hay muchas elecciones para representantes y senadores en el aire, de modo que hay que poner algunos estados en la columna de “sin decidir”.

En la Presidencia los republicanos cuentan con veinticinco estados y los demócratas con diecinueve. La mayoría en las delegaciones de Arizona y Iowa en la Cámara aún están por decidir.  Georgia, Michigan, Minnesota y Penssylvania estarían empatada. De forma que en el caso, por ejemplo, de que Biden llegara al 14 de diciembre con escaso margen y algunos electores fallaran a su compromiso, la Presidencia continuará teniendo de titular a Donald Trump.

Nuevamente la Vicepresidencia es torna en problemática porque en este momento los republicanos tendrían veintidós estados, los demócratas veintiuno, cinco empates y dos aún indecisos.

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Actualización del día 9.

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Normalmente, cuando han ido las elecciones estadounidenses, nos hemos ido a la cama a horas indecentes, pero con un claro ganador. Ahora esto se prolonga durante dos jornadas y comienza a parecerse a esos encantadores escrutinios irlandeses que vivimos pegados a la retransmisión de la RTE.

Mi “timeline” en Twitter se ha llenado hoy de comentarios jocosos sobre lo que se está prolongando el recuento en estas elecciones en los Estados Unidos. Si de algo estamos orgullosos los españoles es de lo eficacez que somos contando votos, de forma que una hora y media después del cierre de los colegios electorales están todos los escaños o concejalías repartidos, unos celebrando, otro penando y varios cientos de miles de presidentes de mesa, vocales de mesa, interventores y apoderados volviendo a su casa para descansar.

Nuestro sistema electoral tiene eso que Pablo Simón llama bajo “coste cognitivo”. Uno vota por un partido, se cuentan las papeletas y se dice a cuántas corresponden a cada partido, se suman los votos en blanco y nulos y si no se ha metido la pata, pues cuadra con el número de personas que han votado. No es raro que a alguien no le cuadre (dan mucho juego para esas confusiones los interventores que votan en la mesa pero que no están en el censo de la mesa) y se cuente otra vez, pero es un rato pequeño. Se rellenan las actas y se firman, se dan los datos al funcionario para que los transmitan y los frikis de las elecciones los veamos en nuestros ordenadores y se espera a un vehículo policial, en algunos casos, para trasladar a los presidentes de mesa a la sede de la Junta Electoral de Zona.

¿Realmente es siempre así de sencillo nuestro sistema? Pues no, hay un punto negro y ese lo encontramos en las elecciones al Senado. En las provincias se eligen cuatro senadores por el bonito sistema de listas abiertad (en las islas y en las ciudades norteafricanas el número es menor), pero el votante solamente tiene tres votos, de modo que una papeleta puede salir de la urna siendo nula (por el motivo que sea), sin ningún voto, con un voto, con dos votos o con tres votos, es decir, hay cinco posibilidades frente a las tres en el Congreso.

¿Qué problema tiene esto? Que el número de papeletas no indica necesariamente el número de votos, pues no todo el mundo votará a sus tres candidatos, de forma que eso de multiplicar las papeletas por tres no es la solución. Entonces los miembros de la mesa y los representantes de los partidos políticos comienzan a hacer palitos y a rezar para que al finalizar todos tengan los mismos palitos en cada uno de los candidatos, porque de no ser así hay que volver a hacer palitos. Los errores vienen normalmente del cansancio o despiste de alguno de los intervinientes. En ocasiones se utiliza la pizarra del aula para llevar un conteo “unitario”.

Pues si el Congreso está recontado, celebrado o llorado en una hora y media, el Senado se puede alargar unas cuantas horas más y terminar de madrugada. Ésa es la parte que no vemos en nuestras Elecciones Generales y la que más tiempo y paciencia emplean y, desde luego, la menos eficiente de todos nuestros procesos electorales.

Teniendo en cuenta que en la papeleta de hoy en cualquier estado de los Estados Unidos no sólo está la elección del Presidente, sino de un representante en la Cámara federal, posiblemente un senador federal, un representante estatal, un posible senador estatal, algunos referendos, el gobernador o mil cargos más parece que no duran tanto y más cuando lo hacen todo en una papeleta y tachando.

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Los mapas electorales en ocasiones son engañosos porque representan la extensión del territorio y no la cantidad de los electores. Todos hemos a personas que interpretaban determinados mapas como victoria de quien precisamente había sido derrotado, simplemente porque su color se extendía más en el espacio.

Desde hace unos años existen unos mapas que representan los territorios en hexágonos y cada escaño es un hexágono, modificando el tamaño de los territorios en virtud de su representación (lo he visto sobre otro utilizado por los medios británicos en las elecciones a la Cámara de los Comunes del Reino Unido).

Desde 2016 he leído muchos análisis en clave sociológica, o social, de los resultados de las Elecciones. El problema es que muchos tratan de explicar, desde una clave social o sociológica, algo que no es tal, sino una mera institución electoral.

Ningún cuerpo elegido es reflejo de la sociedad, pero hay algunos que especialmete no lo son, como el Colegio Electoral cuando la mayoría de los electores no coinciden con el voto popular o cuando sucedió algo parecido en el Parlamento de Cataluña cuando el partido más votado no fue el que más escaños tenía.

Intentar explicar un resultado en el Colegio Electoral en su conjunto en términos de cambio social o de tendencia social es una absoluta equivocación, como muestra que el Colegio y la sociedad tienen mayorías diferentes. Antes de hablar de la sociedad estadounidense, empleando los resultados del Colegio Electoral, no hay que olvidar que desde 1992 los republicanos solamente han ganado una vez el voto popular, en 2004, hace dieciseis años.

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Como tantos he aprovechado que Amazon Prime Video ha puesto en su oferta las siete temporadas de El Ala Oeste de la Casa Blanca para hacerle la décima o un décima revisita. Conforme pasa el tiempo uno disfruta lo mismo, pero es mucho más crítico con los planteamientos que aparecen en esa serie.

Buena parte de los capítulos se ve a un presidente y a un cuadro de consejeros dedicados en cuerpo y alma en caerle bien a gente que no les va a votar en la vida, mientras descuidan a sus votantes. Siempre estaban por detrás de las iniciativas de la oposición, que controlaba el legislativo, y además querían ganarles en sus temas.

Es cierto que en ocasiones se plantea la cuestión, pero sabiendo que la “Administración Bartlet” es parcialmente un trasunto de la “Administración Clinton”, se explica mucho mejor en qué contexto George Lakoff publicó No pienses en un elefante. Este libro no dice más que si te sitúa en el marco de tu oponente (valores, prioridades, imaginario o lenguaje entre otros) siempre perderás, de forma que solamente saliéndote del marco adverso y situándote en el tuyo puedes tener un terreno favorable.

Tengo la impresión de que se ha caído nuevamente en esto. Trump deja caer continuamente que él cuestionará un resultado que no sea su reelección y comienzan los analistas, los columnistas y los propios líderes del Partido Demócrata a estudiar cuál sería el margen de victoria incuestionable (otra cosa es el margen del voto popular que permita ganar en el Colegio Electoral).

Pensar un margen de victoria incuestionable es entrar en el debate de Trump, como si él tuviera derecho a cuestionar porque sí un resultado, por muy estrecho que fuera. El margen aceptable de victoria para Biden es tener 178 votos electorales, que es lo que exige la XII Enmienda, y no satisfacer un criterio como el de Trump, que renuncia en todo caso a ser el más votado.

Aceptar que Biden tiene que vencer con un margen superior al establecido constitucionalmente es aceptar el argumento de Trump de que todo lo que esté por debajo es fraude y victoria electoral. Es cimentar el derecho de alguien que puede perder tanto el voto popular, como el Colegio Electoral.

Puede ganar Trump o ganar Biden. El resultado no está claro en mi opinión, pero lo que no se puede permitir es que la victoria sea más exigente para un candidato que para otro y, mucho menos, que alguien pueda considerarse vencedor porque el adversario no le ha ganado con un margen que los suyos estúpidamente han propuesto.

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Durante días en FiveThirtyEight estimaba en un 1% las posibilidades del empate entre Trump y Biden (ahora no), de modo que me pareció interesante ver qué hubiera pasado en caso de no haber habido mayoría en el Colegio Electoral en las últimas cinco elecciones.

La XII Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, nacida tras la tremenda crisis constitucional ocasionada por las Elecciones Presidenciales de 1800, establece que si ninguno de los candidatos votados por el Colegio Electoral pudiera conseguir la mayoría absoluta de los votos, 270 votos, la elección del Presidente de los Estados Unidos pasa a ser responsabilidad de la Cámara de Representantes y la del Vicepresidente del Senado.

Como es de general conocimiento, el mismo día en el que se elige a los miembros del Colegio Electoral, se hace lo propio con la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores, de modo que los representantes y senadores electos con los senadores que permanecen en su puesto forman un nuevo Congreso. El próximo 3 de noviembre será electo el 117º Congreso.

Dado que el Congreso ha de reunirse el día 3 de enero (sección 2 de la XX Enmienda) y que el escrutinio por parte del Congreso en sesión conjunta ha de realizar el día 6 de enero (3 US Code 15), está claro que es el Congreso renovado el encargado de realizar la elección del Presidente y del Vicepresidente, y no el saliente.

En estas elecciones se vota por estados, es decir, el voto de cada uno de los estados es el mismo, uno, y desaparece la capacidad electoral de Distrito de Columbia. De este modo el voto de cada estado dependerá de qué partido sean los representantes o senadores que forman su delegación congresual. Es de suponer que en una situación como ésta nos encontraríamos ante un “party-line vote”, es decir, cada cual vota al candidato de su partido.

¿Qué hubiera sucedido en las últimas cinco elecciones presidenciales en el supuesto de que no hubiera habido mayoría en el Colegio Electoral pero no hubiera habido variación en la elección del Congreso?

Como puede comprobase en las cinco elecciones los candidatos que fueron presidentes, tenían la mayoría necesaria (26 estados) a la hora de conseguir los votos suficientes para ser elegido presidente.

Pero la elección vicepresidencial se torna más compleja. En el Senado cada estado solamente tiene dos senadores, de forma que no es difícil que uno sea de un partido y el otro del partido contrario, produciendo un empate y la imposibilidad de determinar el voto del estado en la elección vicepresidencial. Muchos estados estarían indeterminados.

En ninguno de los congresos elegidos a la vez que los electores del Presidente, ningún candidato vicepresidencial hubiera logrado la mayoría necesaria, de modo que habría tenido que haber algún tipo de negociación o la cesión a favor de quien formaba ticket con el que iba a ser elegido en la Cámara de Representantes.

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En el caso de los independientes, no hemos guiado para atribuirles un voto por el partido con el que hacían “caucus” en el Congreso.

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Las elecciones presidenciales de los Estados Unidos comienzan a ponerse interesantes. La atención se concentrará en un puñado de estados y no tanto en quien saca más voto que está bastante claro. Dependiendo de quien se haga con esos estados continuará Trump en la Casa Blanca o, por el contrario, será Biden el nuevo Presidente.

Los estados indeterminados suelen ser los mismos, pero en cada elección hay alguno que entra o da la sorpresa. Así que en Geografía Subjetiva nos hemos lanzado a averiguar y poner en una tablita cuándo fue la última vez que en cada una de las cincuenta y una circunscripciones ganó un republicano o un demócrata.

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