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Posts Tagged ‘Alfonso Guerra’

Lo que más ha escamado de la investidura fallida de Rajoy era el hecho de que se utilizasen argumentos como «sentido de Estado», «responsabilidad», «patriotismo» o «el bien de los españoles» que solamente exigían sacrificios, inmensos, de los socialistas y no de los que deberían haber dinamizado el proceso, los populares.

Mariano Rajoy y el Partido Popular no han cedido nada. El acuerdo con Ciudadanos les ha otorgado el programa que no tenían en muchísimas materias y en los aspectos donde tenían algo concreto, no se han retirado un milímetro. Con 137 diputados querían ser investidos y gobernar como si hubieran obtenido la mayoría absoluta.

Si investir un Presidente y evitar unas terceras elecciones son un imperativo, el partido con más votos debe asumir sacrificios antes de pedírselos a los demás partidos, porque de lo contrario podremos pensar con sólidas razones que su pretensión es únicamente táctica.

Alfonso Guerra solamente admitía la abstención del PSOE si se daba la de Ciudadanos y la de Podemos, es decir, nadie saca beneficio ni es perjudicado por la decisión. Esta opción no desechada automáticamente porque todo esto no ha ido del interés de los españoles ni de la necesidad de tener gobierno, sino de la vida política de Mariano Rajoy.

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Todos sabemos que una cosa es el diseño institucional y político que se hace sobre el papel del BOE y otra cosa es lo que sucede en realidad. En el fondo es la diferencia que hay entre el Derecho y la Politología cuando ambas disciplinas estudian el funcionamiento de las instituciones.

Desde que José Blanco fue nombrado ministro de Fomento su papel político y mediático no ha parado de crecer. El hecho de que, además de ministro del departamento con más capacidad inversora, sea el vicesecretario general del PSOE (al que se atribuye un control absoluto del ‘aparato’) le coloca en el centro de decisión, muy superior al de un simple ministro de Fomento. Ya pasó con Álvarez-Cascos en la primera legislatura de Aznar.

En estos días Blanco tiene un protagonismo absoluto, tanto por cuestiones propias de si ministerio (controladores y financiación de las infraestructuras), como por pronunciamientos sobre las Primarias del PSM o gracias al lanzamiento de globos sondas (presión tributaria). De hecho José Blanco es el miembro del gobierno que más se le ve en los medios de comunicación a pesar de que el gobierno ha suspendido sus vacaciones y todos están en sus despachos con unos medios de comunicación deseosos de cualquier noticia en pleno mes de agosto.

El actual gobierno de Rodríguez Zapatero está organizado en tres escalones: Presidente, Vicepresidentes y Ministros. Pero Blanco no está en el tercer escalón sencillamente porque él tiene otro rango mayor en el partido que sostiene al gobierno.

La función que está desarrollando últimamente Blanco es la “Presidente Adjunto”, más aún que la de cualquiera de los tres vicepresidentes. Rodríguez Zapatero vive cada vez más el ‘Síndrome de La Moncloa’ y Blanco es la persona que ha asumido la presencia de primera línea que no tienen ni el Presidente ni los Vicepresidentes. La Adjuntía le permite tomar decisiones o marcar trayectoria, cosa que nadie está haciendo en el actual momento y que los Vicepresidentes ni se les ocurre.

Esto no es nuevo en la vida política española reciente: Alfonso Guerra sí ejerció una Vicepresidencia efectiva en lo jurídico y en lo político en la primera época de los gobiernos de Felipe González (después nadie fue capaz de ello); el ya citado Álvarez-Cascos hizo lo propio en la primera legislatura de Aznar y no pudo ser sustituido en ese papel por Rodrigo Rato por más que el Vicepresidente económico lo buscara. Rubalcaba lo fue en la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, pero demasiado cansado, el relevo lo ha tomado Blanco, al que no le faltaban precisamente ganas.

Ya se está claro que se ha resuelto la pregunta que yo mismo me hacía en septiembre del pasado año.

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Los cambios sociales son complejos y normalmente cuentan con las reticencias de los sectores que no quieren que esos cambios se sucedan. Cuando el cambio se pretende,  cuando se desea, es tan importante medir los tiempos como tener claro qué es lo que realmente se quiere y con qué recursos se cuenta.

Se suele insistir en los cambios demasiados acelerados, en las transformaciones que carecieron de base social para echar raíces y de las revoluciones tan ideales que no calaron en la sociedad a la que se dirigían. A mí me gustaría hablar del problema que tiene el entusiasmo por los cambios progresivos y como éste puede esconder todo lo contrario a lo que se pretende.

Supongamos, en una gran simplificación, que una sociedad está situada en el punto 9 de una escala de 0 a 10 y la mayor parte de la sociedad quiere que pase a estar en el punto 3. El paso en un solo momento, además de no ser factible, puede ser desaconsejable, con lo que habrá muchas voces que propugnen un cambio progresivo. El problema está en definir qué ritmo tiene que tener ese cambio progresivo.

Los sectores más conservadores procurarán que los cambios sean tan lentos que casi no se perciban, y que sean más necesarios que transformadores, no superando un límite impuesto por ellos y siempre cercano al punto de partida.

Los que quieren el cambio social pueden caer en la tentación de esta forma de cambiar y convertirse finalmente en involuntarios aliados de los conservadores, a cambio de uno o dos símbolos que les haga conformarse. Los que buscan la transformación pueden y deben asumir el cambio progresivo pero siempre observando algunas premisas como tener claro tanto los objetivos como los pasos y sabiendo que hay que marcar una temporalización, ya que un cambio que se produce en la eternidad no es ningún cambio.

Pero sobre todo hay que descartar la idea de que se pueden hacer serias y profundas transformaciones sociales sin polémica, críticas o crisis social. Hay un punto en el que los cambios acumulados en un periodo de tiempo se hacen insoportable para los sectores conservadores o que consideran que la condescendencia y la paciencia mostrada ha llegado a su fin y comienzan a desatar toda su oposición y furia como si todo se hubiera hecho de golpe y porrazo.

Al final uno puede acabar formulándose esta pregunta: ¿si llegado a determinado puntos de cambios progresivos iba a tener la misma oposición que si lo hubiera hecho en un solo momento o si los cambios hubieran sido más acelerados, por qué no lo hice así?

Entiendo la política como lo hace Alfonso Guerra en sus Memorias. Dice la política para él no es un servicio a los ciudadanos, sino un proyecto de transformación social. Si queremos cambiar la sociedad, hacerla más libre y justa, entonces no nos debemos dejar engañar con el ritmo de los cambios y asumir que algunas veces, no demasiadas pero sí algunas, debemos desechar lo gradual porque en la gradualidad nos podemos ver atrapados como en una tela de araña.

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Estas dos últimas semanas, entre los varios libros que alterno, me he liquidado apasionadamente las memorias de Alfonso Guerra, Vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991.

En sus memorias hacía un comentario, no recuerdo la página, en el consideraba falso uno de los dogmas electorales de nuestra democracia: el centro político es el que da el poder en España a uno de los dos principales partidos políticos. Decía que el triunfo electoral no depende del centro, sino de la abstención, de que los votantes de izquierda vayan o no a votar.

César Molinas publicó en “El País” (11 de este mes) un interesantísimo artículo para exponer en el que analiza este fenómeno y le da un nombre: la izquierda volátil. De todas las elecciones generales desde 1977 los españoles han votado mayoritariamente a candidaturas de izquierda, excepto en un caso, por lo que el tópico de que los españoles somos de izquierda, además de tópico resulta ser verdadero.

No voy a contar la demostración de Molinas, que utiliza los datos oficiales publicados por el Ministerio del Interior. A él remito. Yo quiero hablar de los votantes de izquierda, diciendo algún tópico que también es verdad.

El votante de izquierda es un espécimen curioso, su nivel de exigencia hacia sus candidatos no es que sea alto, es irritante. Un votante de izquierda oye diez enunciados de un político también de izquierda y si hay uno solo de los enunciados que no comparte, decide no votar esa candidatura. Generalmente esto le pasa con el PSOE y con Izquierda Unida, de mayor empatía sentimental, lo que le sucede es que no acaba de fiarse.

La consecuencia de todo esto es que los votantes de izquierda con su purismo, sus pruritos y sus manías posibilitan continuamente gobiernos de derecha, donde no hay ninguna volatilidad ni fragmentación política. Luego se quejan amargamente de que la derecha, socialmente minoritaria, tenga la mayoría política, pero es que la democracia es así, si lo social no se transforma en político mediante la introducción de un voto en un día determinado, la mayoría social es minoría política o no tiene relevancia ninguna.

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