La gente

El otro día comentábamos como los de Podemos habían quemado un concepto necesario, como el de “casta“, hasta hacerlo banal. El par opuesto a “casta” es el término de “la gente”.

La división binómica de la sociedad entre un grupo minoritario y poderoso y una gran mayoría desamparada es uno de los trucos más antiguos para alcanzar cierta posición siempre que te reconozcan como el portavoz o el defensor de esa mayoría desamparada.

Esta ficción descansa sobre la idea de que la “gente” tiene intereses comunes de modo que se puede responder unitariamente a ellos. Nada más lejos de la realidad. Los diversos grupos sociales no solamente tienen diferentes intereses que defender, sino intereses contradictorios.

Autónomos, funcionarios, pensionista o estudiantes no tienen los mismos intereses. Todos son “gente” pero no se les puede representar con una sola idea y un solo programa que satisfaga a todos. La “gente” no existe y son las gentes y por eso en cada Barómetro del CIS se comprueba como determinados partidos tienen más fuerzas en grupos sociales donde otros son muy débiles. No vivimos una época en los que los “cleavages” sean profundas cesuras en la representación política, pero tampoco hay que despreciarlos.

Hay un peligro para el actor político: creerse que la población forma un único grupo social en cuanto sus intereses y querer responder a los intereses imaginados que una forma uniforme. Eso lleva a que se pierda, sin saber bien cómo, una parte importante de los potenciales votantes que no se encuentran identificados e interesados en el mensaje, aunque nunca se manifiesten abiertamente en ese sentido.

La “gente” no existe. Existen grupos sociales, clases sociales y cohortes de edad. La “gente” es un constructo para un imaginario, un imaginario que no sirve de mucho porque pronto se encuentra con la realidad electoral, como han mostrado los resultados de las elecciones autonómicas y municipales.

El valenciano como juguete político

“Nada une más que un enemigo común” (Kurt Lewin).

Si un partido político se convierte en el representante de una colectividad frente a otra colectividad que ésta percibe como amenazante, tiene fuerza electoral y está razonablemente organizado, es prácticamente imparable. El sentimiento de amenaza puede ser real, imaginado o inoculado. Es irrelevante si su gestión de gobierno es buena o mala, lo importante es que nos libra de las hordas depredadoras del enemigo exterior (o interior).

Es de todos conocidos que una de las bases de la hegemonía política del PP de la Comunitat Valenciana, junto a la especulación urbanística y a la corrupción, ha sido la oposición de la identidad valenciana frente a un supuesto imperialismo pancatalanista (que algunos grupos minoritarios efectivamente intentaron enarbolar hace décadas). Se creó el cleavage valenciano.

La lengua ha sido y es el principal campo de batalla para los que quieren desconectar de todo lo que tenga relación con Cataluña. Los dos estatutos de autonomía que ha tenido la Comunitat Valenciana han determinado que la lengua propia era el valenciano y esto ha servido de base para intentar desconectar el valenciano del catalán como si no compartieran el mismo “continuum”.

La Academia de la Lengua Valenciana, como todos los reguladores lingüísticos, realizó y realiza su labor sobre la base de las normas de Castellón, que establecen las especificidades del valenciano pero no toma como norma las variantes más lejanas del estándar y de las variedades catalanas, como sí hacen las normas de Puig.

Las autoridades lingüísticas catalanas y valencianas llegaron al acuerdo de definir el valenciano como un estándar de la lengua catalana, aunque cada cual ha puesto siempre algún matiz de cosecha propia.

Pero el gobierno de la Generalitat Valenciana quiere tener abierto este tema para hablar de identidad en vez de hablar de corrupción, quiebra de la hacienda autonómica o pobreza en las tres provincias valencianas.

Hace unos meses llevó la definición del valenciano al Consejo Consultivo para que este órgano jurídico determinase consultivamente si una definición lingüística se adecuada al ordenamiento estatutario y legal.

El Consejo Consultivo emitió un dictamen realmente simpático y que dejó inoperativa la campaña judicial que debería seguir a su dictamen. El argumento es el siguiente:

Según el Estatuto de Autonomía, el valenciano es la lengua de la Comunitat Valenciana. La que desarrolla este precepto establece que lo que sea el valenciano es competencia de la Academia de la Lengua Valenciana (ALV). Y la ALV ha dado esta definición del valenciano según la cual es un estándar de una lengua compartida con otros territorios más allá de los límites de la Comunitat.

Dado que el dictamen cerró el paso a un estúpida judicialización de la actividad de la Academia como autoridad lingüística, el Partido Popular, en los estertores de su mayoría absoluta, recupera el tema de la identidad, potenciando a una entidad paralela a la ALV, como medidor del “valencianismo”, que no es otra cosa que una tapadera para ejercer el clientelismo político a través de las subvenciones culturales.

Junto a ello, perdida la batalla en el ámbito académico para desgajar valenciano y catalán, se retoma la batalla en el ámbito educativo. Hasta ahora cuando se ha enseñado valenciano o se ha enseñado en valenciano se ha hecho con la variedad estándar y hasta ahora oficial del valencia de la AVL. Ahora plantean introducir en las aulas la enseñanza del valenciano y en valenciano del estándar no oficial basado en las normas de Puig.

El prestigio social lo tiene la variedad de la ALV, por lo que parecería una pretensión vana, pero si nos fijamos en las cuestiones relativas a la organización escolar, entonces reconocemos la bomba de relojería que han diseñado.

Estableciendo que el valenciano de Puig debe ser ofertado obligatoriamente en todos los centros, ya tenemos hecha la cuña. Porque debería haber una clase de este perfil lingüístico y profesores para enseñar en él y para enseñarlo (¿quién certifica la capacidad?), quitándolo al otro estándar valenciano. De modo que una parte de los padres que opten por la enseñanza en valenciano tendrá que verse obligados a elegir la enseñanza en el estándar de Puig porque no quedan plazas libres en las aulas del estándar de la AVL. A los que estudien en castellano aún le es más fácil “colarse” la variedad del valenciano menos prestigiosa socialmente.

En estos treinta años hemos asistido a la revitalización de muchas lenguas en España. El caso de la lengua vasca es paradigmático y los líderes sociales y políticos se lo han tomado en serio. Cada día ellos mismos utilizan más el vasco para los debates y las declaraciones en prensa, porque son conscientes de sus papel social y porque también hay más personas que son bilingües castellano/vasco.

En cambio en la Comunitat Valenciana asistimos hace varias semanas al tristísimo espectáculo del “Caloret” de la alcaldesa de Valencia. La principal autoridad pública de la Comunitat, solamente por detrás del Presidente de la Generalitat, no es que hable mal el valenciano, no es que sea más de las normas de Puig, sino que hace un uso del valenciano que lo desprecia tanto que nos parece ridículo hasta a los que no lo hablamos.

Ajedrez y prestigio nacional

El inicio moderno del uso del deporte como vehículo de propaganda política suele situarse en los Juegos Olímpicos de 1936, celebrados en la ciudad alemana de Berlín. Seguramente ya se habían dado intentos anteriormente, pero nada tan orquestado y realmente contemporáneo como el aparato nazi de información.

No solamente por motivos ideológicos los totalitarismos han hecho del deporte un instrumento privilegiado de propaganda, sino también por motivos económicos: es barato. Conseguir ser el número uno en unas cuantas disciplinas deportivas y que ellos proyecte una imagen positiva de mi país haciendo preferible mi régimen a otros cuesta menos que tener un buen nivel de vida, altos niveles de instrucción, salud o de calidad medioambiental.

Es curioso pero los españoles hemos vivido lo deportivo en términos de dignidad nacional, explicable porque nuestro totalitarismo (realmente un estado castizo, militar y clerical) conservó dentro de sus venas esa idea que transmitió a sus súbditos pero que no supo ejecutar.

Uno de los libros que más me han dado a pensar sobre este tema ha sido Campos de fuerza, del ensayista norteamericano George Steiner. En él ataca la división del ajedrez en la que se le da más importancia que la de un mero juego, sumamente complicado, pero un mero juego. Difícil pero trivial.

Muchos españoles hemos pensado que no teníamos campeones del mundo de ajedrez porque éramos o somos un país cutre, de tercera, sin desarrollo y sin planificación para cosas importantes. Los países de verdad tienen planes para detectar a los genios del ajedrez desde pequeños, colegios adaptados a ellos y una vida encajada para ser campeones desde la más tierna infancia.

El mensaje había calado y por ello muchos, independientemente de su ideología política personal, admiraban el modelo soviético. Era un país serio y que conseguía que su magnífico himno nacional sonara en casi todas las competiciones internacionales en las que participaba. Su palmarés olímpico era espectacular y brillaba en disciplinas deportivas de puro sacrificio como era la gimnasia, pero la quintaesencia era esa abstracción absoluta, ese deporte sin desplazamiento, que es el ajedrez.

Si miramos la lista de campeones del mundo de ajedrez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial vemos que solamente dos pertenecen a países relativamente decentes, como Estados Unidos y Noruega, y el resto a la extinta URSS y a sus sucesores que no descollan en ningún índice de desarrollo humano desde que éste se creó.

Cada cual utiliza los medios que desea para hacer propaganda de uno, pero considerar que los triunfos deportivos, y menos los ajedrecísticos, hablan bien de un país y lo hace mejor y más deseable que otro es de ingenuos y nuestro país está lleno de ingenuos. No traerse ni una medalla de oro en los próximos Juegos será un fracaso deportivo, pero lo que es verdaderamente una vergüenza es haber tenido que abrir los comedores escolares en verano porque habría niños que no tomarían ni una sola comida completa.

Es mucho más difícil que un país destaque en el Índice de Desarrollo Humano que en un medallero, porque lo primero exige mucho esfuerzo, recursos y organización y lo segundo es tan minúsculo que no puede calificarse ni de sectorial. Recuérdese cómo las gimnastas de la Rumanía de Ceaucescu asombraban al mundo mientras su país vivía en un miseria creciente.

Enmarañados a la estructura

Pérez Rubalcaba decidió, por razones insondables, unir su devenir político al frente de la Secretaría General del PSOE a Elena Valenciano y a Óscar López, vicesecretaria general y secretario de organización respectivamente.

Óscar López fue adjunto de Blanco cuando éste era el número dos de Rodríguez Zapatero. Era el diputado perdedor por Segovia y nunca se sabe que hubiera ganado nada electoralmente hablando. Al llegar Marcelino Iglesias como secretario de organización él cayó sobre la secretaría regional de Castilla y León y después de un desastre electoral considerable fue premiado con un ascenso tras el Congreso de Sevilla.

Según él mismo ha reconocido en una entrevista en El País no tiene a donde ir volver si deja la política, porque no tiene otra dedicación. Óscar López es un ejemplo arquetípico de los productos que nacen y florecen desde la organización juvenil de los socialistas con la única finalidad de aportar no se sabe bien qué al partido.

Con Elena Valenciano nos encontramos con algo parecido: una persona que desde la organización juvenil ha removido todos los obstáculos para llegar a la cúspide del partido sin mérito político, profesional o electoral que se le pudiera reconocer.

Óscar López, consciente de ello, autoriza una moción de censura con un concejal que siendo alcalde y parlamentario regional del PP acosó a otra concejala de su formación y que fue condenado por ello.

Un tópico dentro del partido es que las críticas deben hacerse a través de los cauces internos, cauces que o bien son inexistentes, no se reúnen habitualmente, son irrelevantes o sus decisiones no son obligatorias. Los que están en el poder interno quieren lógicamente cauces internos.

Los secuaces de Valenciano y López llevan semanas clamando contra cualquier crítico y el domingo Valenciano se despacha en El País calificando a Carme Chacón como de ‘desleal’ y no da explicaciones de las causas por las que la vicesecretaria general tiene menos obligaciones de discreción pública que un militante o un simpatizante. Y para remata arguye la antigüedad como criterio para permanecer en el caso de que el secretario general se vaya.

El problema de la era de Rubalcaba no es que él se vaya a ir, que se va a ir. El problema es que alrededor de Rubalcaba ha proliferado una fauna con un perfil igual o similar al que tienen López y Valenciano, un grupo que considera que mantiene no se sabe qué llama sagrado, que incluso piensan que hacen un buen trabajo cuando ni es bueno ni es trabajo y que, sobre todo, aspiran a permanecer sin que les afecte un resultado electoral o una decisión congresual.

Valenciano y López deben dimitir y el PSOE debe hacer todo lo posible para que este perfil político (sin méritos académicos, profesionales ni electorales) no siga prosperando dentro del partido como lo está haciendo y dañando la estructura fundamental de la formación, no ya porque su gestión sea algo más que mala, sino porque espantan e impiden que otras personas de mayor valía entren en el partido y reciban encargos de importancia.

Cuando los estadounidenses aciertan más

A través de @jorgegalindo he descubierto este fascinante gráfico: los días del año según hayan nacido más o menos niños sobre una muestra del total de niños nacidos en los Estados Unidos desde 1973 a 1999.

dias de nacimiento eua

Viendo los resultados no me queda más que afirmar que el periodo que va desde el Día de Acción de Gracias hasta Navidad es un elemento fundamental para el crecimiento demográfico de los Estados Unidos de América.

Cónclave (IV): Soslayando las diferencias

En la última entrada publicada en esta serie apuntábamos algo que considerábamos obvio (que el Cónclave fuera rápido) y quizá fuera conveniente dar una explicación.

El Papado tiene un aspecto de “potestas”, que es plena, inmediata, suprema y demás características que el Derecho Canónico ha ido señalando. Pero junto a ésta hay una “auctoritas” que tiene que ser ganada desde el primer momento.

Está prohibido decir cual ha sido el resultado de las diversas votaciones del Cónclave. Un Papa no consigue la mayoría requerida en la primera votación, ni siquiera la absoluta, de modo que durante unos cuantos días ha tenido a más cardenales en contra que a favor.

El Papado tiene un elemento carismático que se basa en la adhesión incondicional y comprobar empíricamente que no siempre hubo ese apoyo incondicional y que es probable que hubiera otro candidato que se quedara a pocos votos de la elección.

Una elección que se dilata en el tiempo tiene dos efectos: uno que se pasa y otro que no. El primero es que la atención mediática se va perdiendo con cada fumata negra que sale de la Capilla Sixtina (a partir del tercer día ). Pero el efecto que no se pasa es la sensación de profunda división. Por más que sea secreto el escrutinio lo innegable es la dilación.

Ser líquido

José Rodríguez publicó una entrada sobre la Sociología postmoderna y cómo consideraba que la explicaciones sobre el cambio social, las instituciones y la propia labor sociológica.

Uno de los conceptos más usuales del pensamiento postmodernos, sea cual sea el ámbito concreto de aplicación, es el ‘liquidez’. Esta metáfora conceptual pretende manifestar que lo que somos, a lo que pertenecemos, tiene la consistente del estado de la materia al que hace referencia.

La liquidez sustituye al acto en el plano ontológico.

El pensamiento postmoderno le da una gran importancia al devenir de las cosas y, sin duda, concede la primacía a lo que pasa sobre lo que es. Es una afirmación correcta, solamente que exagerada queda desvirtuada. Que las cosas no sean sino que estén siendo no implica ni la nihilización de la realidad ni convertir en presente lo que todavía no es y puede no ser frente a lo que está siendo.

El problema es que determinados intérpretes de la Postmodenidad caen repetidamente en los mismos agujeros hermenéuticos. El primero lo podemos calificar como ‘presentismo’ y no es otra cosa que considerar el tiempo actual, los minutos corrientes, como la cumbre de la Historia, como el momento decisivo de al menos un cambio epocal.

El segundo es considerar que otros tiempos han sido estáticos mientras nosotros vivimos en la dinamicidad absoluta de los procesos humanos. Es cierto que las comunicaciones actuales no tiene parangón con las de otros, pero ello lo único que varía es la percepción de los hechos, no tanto su velocidad.

Un simple examen de la historia nos lleva a comprobar como pocas décadas bastaban para que algo que ahora consideramos arquetípico cayera estrepitosamente. La estabilidad en la Historia no es más que un recurso para crear modelos explicativos, pero todo el mundo sabe o debiera saber que nunca ha existido la estabilidad que le atribuimos a los tiempos pretéritos en nuestros modelos históricos.