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Archive for the ‘Fauna Humana’ Category

Unas de las entradas a las que más cariño le tengo de esta blog es la que se titula ‘Urbanita progre’. Me he acordado de ella cuando he estado leyendo sobre el proyecto político ecologista que abandera López de Uralde. La pregunta no es tanto la propuesta, que supongo que irá en la línea de otros partidos o movimientos verdes de Europa, sino hacia quiénes está dirigida la propuesta y es por ello por lo que me he acordado de esa entrañable y antigua entrada. Equo se dirige a los ‘urbanistas progres’ de las grandes ciudades.

Los partidos españoles nacientes generalmente adolecen del problema de no tener caras conocidas que sean el punto de enganche a unas ideas que pueden resultar sugerentes a muchas personas. UPyD, con Rosa Díez, ha sabido sortear ese gran escollo y continua hasta que las guerras internas y la inanidad política de ésta los barra del escenario político. Parece que Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid les va a hacer el gran favor de conseguir que dos políticas de gran predicamento entre ese espectro social y político se puedan ir a Equo ‘sin cláusula de rescisión’.

¿Hay espacio político para Equo? Creo que sí porque para los ‘urbanitas progres’ el PSOE ha sido una especie de mal menor e IU no ha sido definitivamente lo suyo, aunque a veces se hayan pasado por allí.

Otra cosa es si consiguen articular ese espacio político en representación electoral. En España hay tres niveles políticos y otro testimonial. Los partidos nuevos tienen algún éxito en el nivel estatal (en las circunscripciones más grandes) y en el testimonial (en la única circunscripción de las elecciones europeas). Pero esto no basta, como está viendo en UPyD. Se necesita presencia en los parlamentos autonómicos y, aún más, importante en las corporaciones locales. Una agenda verde no puede olvidar a los ayuntamientos y es allí donde nacen todas mis dudas al respecto, porque una cosa es formar un equipo verde a nivel nacional y otras conseguirlo a nivel local y que además resulte atractivo al electorado potencialmente propio.

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Una de las consecuencias de la crisis de los controladores ha sido la confusión, creo que intencionada, entre los trabajadores que tienen una situación privilegiada y los trabajadores que tienen una buena situación laboral.

Esta confusión ayuda a los intentos de destrucción de los derechos sociales y laborales que estamos viviendo, ya que cualquier derecho que un trabajador tenga y que sea efectivo, y no una mera ficción legal, es reconvertido inmediatamente a privilegio y como tal a objeto de eliminación rápida y sin contemplaciones.

Se está creando, interesadamente, la imagen de que el verdadero y modélico trabajador debe ser aquel que no llega a los mil euros de percepción salarial neta al mes, que padece una hipoteca tremenda y que está totalmente desprotegido en su puesto de trabajo. Se está creando un modelo, un ideal, para hacer reformas hacia abajo.

La idealización de este ‘no mileurista’ y su consiguiente elevación a ideal justifica la eliminación de cualquier derecho que se tenga (porque un derecho es un privilegio) ya que habiendo personas que están en la situación descrita anteriormente, se argumenta informalmente pero en todos sitios, no es de recibo que haya trabajadores que gocen de condiciones buenas de trabajo o, al menos, de condiciones decentes de trabajo.

Me preocupa que el espíritu de las reformas que habrás de llegar sea el de realizar una igualación hacia abajo, una igualación hacia un modelo que realmente es un antimodelo. En el fondo no es más que el empleo del resentimiento social e individual para que los que estén en peor situación no mejoren la suya pero se sientan contentos empeorando la de otros.

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El civilista

cc-comentado
De todos los especímenes que en el mundo académico-jurídico proliferan, hay uno al que le tengo un especial “cariño”.  Este espécimen es el “civilista”, denominación para los especialistas en Derecho Civil. Esta entrada no es un ajuste de cuentas porque me fuera mal en las cuatro asignaturas de esta materia que tuve que cursar, sino porque los caracteres comunes me ponían de los nervios.

Para ellos el Código Civil no es un simple cuerpo legal, sino que supone algo así como el equivalente de los textos sagrados en el mundo del Derecho. El Código Civil parece tener todas las respuestas y cualquier modificación es vivida como un atentado contra la intangibilidad de lo revelado.

Los textos sagrados, por más que sean intangibles e infalibles, necesitan intérpretes. El civilista sabe que ahí está su terreno. Los civilistas se organizan en férreas escuelas que marcan las diferencias entre ellas sobre algunas cosas a veces verdaderamente irrelevantes. Ellos consideran que la doctrina académica es la que está sobre todas las demás interpretaciones, porque ellos son los guardianes de la única norma verdadera; las interpretaciones jurisprudenciales solamente serán buenas si se adecuan a lo que ellos postulan como el verdadero sentido de la norma.

La misma historia del Derecho Civil desde la promulgación del Código en 1889 ha puesto de manifiesto que poco a poco esta norma se ha visto vaciada de contenido. Es algo a que los civilistas no reconocen amistosamente.

Esto lleva a situaciones absurdas que yo y muchos vivimos constantemente. Dos ejemplos: los arrendamientos urbanos ocupaban un ridículo temita pero la controvertida cuestión de las obligaciones unilaterales llenaba páginas y horas de explicaciones; los censos (esos derechos reales de garantía prácticamente desaparecidos) tuvieron una atención que la hipoteca no mereció.

Los civilistas suelen representar la vertiente más conservadora del Derecho. Para ellos la aspiración siempre ha sido el inmovilismo en torno a su texto sagrado, algo que repercute en la enseñanza tanto que enseñan y preguntan cosas sin casi aplicación en el tráfico jurídico, teniendo poca atención en los negocios más habituales.

(Nota: la foto no es una forma de indicar algo sobre los autores de la obra que aparece. Sólo aparece por el tema de la obra)

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Continuo mi serie de entradas sobre “Fauna Humana“. El rechazo social de determinados estereotipos eclesiásticos ha hecho que algunos sacerdotes vayan de modernos y actuales para conseguir superar los recelos iniciales. Dicen que son comprensivos, utilizan ridículamente un lenguaje adolescente, que las cosas no pueden ser como antiguamente y el Cristianismo es lo último en tendencias religiosas y éxito social.

A poco que se profundice uno se da rápidamente cuenta de que esa supuesta modernidad, una impostura, normalmente acompañada de una preparación intelectual escasita y en la que se ataca a todo lo que suena a Modernidad. Luego llega el núcleo duro pero expresado más vagamente: sumisión de la razón a la fe, familia tradicional, sexo poco o nada, sometimiento al clero y la recomendación de algunos libritos devocionales que tienen la apariencia de ser de autoayuda.

Alguien puede creer que la razón es una miseria en comparación con los relatos legendarios de su religión o que el sexo es un mal menor solamente admisible para conseguir la procreación. Todo ello, que no comparto, puede ser defendido por otros para su vida privada.

Esto no es obstáculo para que estos sacerdotes pseudomodernos me den un poco de asquito, primero porque hacen una falsa publicidad y segundo porque se avergüenzan de sus creencias, de manera que las ocultan bajo una apariencia de actualidad moderna y sólo cuando su interlocutor ha mordido el anzuelo y baja sus defensas, entonces pasan al ataque con el núcleo del mensaje que intenta transmitir, que es el de siempre.

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Hay un tipo de funcionario con el que yo no puedo. Es ese funcionario que tiene una afección del alma que me gusta denominar “funcionaritis”. Esta afección consiste en considerar que todo el mundo se reduce a la Administración y a la Función Pública, siendo el Derecho Administrativo algo así como su revelación, como los textos sagrados de su culto.

Al funcionario con “funcionaritis” se encantan las normas administrativas, pero su deleite llega al éxtasis en una relación inversamente proporcional a su rango. Cuanto menor sea el rango, más disfruta este tipo de funcionario: una circular es preferible a una ley.

El funcionario con “funcionaritis” no sabe de jurisprudencia ni de zarandajas, para él la única interpretación es la literal de las líneas que ocupen su espíritu en ese momento. La llamada interpretación sistemática le da repeluco, y las interpretaciones teleológica o histórica simplemente ni existen.

Otro de los deleites de estos seres es escudriñar en las relaciones de planes de empleo. Les encanta saber los niveles, los grupos, los cuerpos administrativos y cada una de las situaciones excepcionales que se pueden dar. Ni que decir tiene que los cuerpos en extinción, los cuerpos fusionados y cosas como las comisiones de servicios son objeto de su más exquisita atención. El proceloso mundo de los complementos y de la estructura salarial le provoca un placer que no es decente ni pudoroso reproducir en estas páginas.

El mundo empieza y acaba en la Administración. Solamente ésta tiene sentido para el afectado por la “funcionaritis”. Aún no se ha encontrado ninguna cura, salvo la jubilación de este empleado público.

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El apolítico es una de esas especies de nuestra fauna social y política que es de derecha, pero no se sabe bien los motivos, se avergüenza de ello, y quiere presentarse como un ser neutral y que está más allá de los partidos. Cuando hoy que alguien dice que él es “apolítico” automáticamente mi cerebro traduce: “es de derecha y de la dura”.

Sin ánimo de ser exhaustivo voy a indicar y comentar algunas de las cosas que les oigo habitualmente a los “apolíticos”:

El Estado es como una empresa: el apolítico es normalmente víctima de las simplificaciones más groseras. Comparar al Estado con una empresa puede ser un ejemplo puntualmente válido para que el apolítico y los que comparten su mismo cociente intelectual entiendan algunas cosas, pero el Estado no es una empresa. El Estado se mueve con otros criterios y normalmente los empresarios que se meten a gestores estatales fracasan porque no se enteran de nada. Si el Estado fuera una empresa tendría que maximizar los beneficios, de forma que sólo invertirían en las zonas que le van a producir más ingresos y, en consecuencia, en las zonas menos habitadas y que menos ingresan ese Estado-Empresa no tendría que molestarse en poner colegios, tener servicios médicos, carreteras y todo tipo de servicio, porque no serán tributariamente rentables.

Yo apoyo a quien lo hace bien: esto que es un criterio impecable desde el punto de vista de la elección política se desmonta cuando se hacen sencillas preguntas: ¿Qué es hacerlo bien? ¿Lee habitualmente los datos macroeconómicos para ver si se está haciendo bien? ¿Sigue los indicadores sociales para constatar la marcha del nivel de vida? ¿Sigue las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial sobre el funcionamiento de la Justicia? ¿Conocen qué es la Cuenta General de ejecución del Presupuesto? ¿Se leen completo y en profundidad el Informe PISA de cada año? ¿Qué fuentes de información de todas las tendencias manejan?

Deben gobernar personas preparadas: el concepto de persona preparada es líquido por no decir gaseoso, esto es, siempre los de derecha están muy preparados y los de izquierda muy poco. Da igual que Bernat Soria sea un investigador en Biomedicina de talla internacional, porque siempre estará por detrás en preparación que Celia Villalobos, por sólo poder un ejemplo. Además tienen un gusto por los licenciados en Derecho que es injustificable: tienen la idea de que un licenciado en Derecho sirve y sabe de todo, cuando en muchas ocasiones tendremos suerte si sabe de Derecho.

Fuerte con el débil, débil con el fuerte: el apolítico quiere “mano dura” con todo el que no se puede defender, pero es sumiso hasta la repulsión hacia quién es o considera más fuerte. La “mano dura” no es aplicable a sí mismo y a los suyos, por supuesto.

La mayoría o la gente normal: identifican la mayoría con la gente normal, y a la gente normal con los que piensan como ellos. Cuando los datos objetivos dicen que ellos se encuentran en minoría, rechazan los datos por medio de las estrategias más dispares, aunque su estrategia favorita es decir que los que no piensan y deciden como él son tontos, ignorantes o analfabetos. Dicho sea de paso: la formación cultural e intelectual del apolítico está en la línea baja de la media, en el mejor de los casos.

No se identifica con ningún partido, pero tiene claro a los que rechaza: al apolítico le cuesta mucho definirse afín al PP, aunque defienda cada una de sus posturas. Lo que sí, a pesar de ser apolítico, tiene una manifiesta animadversión a cualquier formación de izquierda.

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Una categoría que oigo utilizar con cierta frecuencia es la de ser una “persona de orden”. Como todas las categorías intuitivas es fácil saber a qué se refiere, pero su definición tiene obstáculos. Hagamos un intento.

Una “persona de orden” es aquélla que está totalmente de acuerdo, al menos explícitamente, con el orden conservador, que no es necesariamente el orden establecido. Esto es así porque el orden conservador se basa en la idea de que la verdadera esencia de las cosas corresponde a un tiempo anterior.

La  innovación en esas esencias no es necesaria e incluso es nociva. Nosotros sólo hemos de mantener actuales estas esencias. El paso del tiempo hace impracticable mantener el pasadote forma incólume, por lo que se pasa a la añoranza y a intentar salvar los elementos más beneficiosos de lo pasado.

Las “personas de orden” consideran que todo tiene, y el nombre no es vano, un orden. Ese orden es jerárquico, sin movilidad o movilidad simbólica, y, claro, ellos siempre deben estar en las posiciones superiores de ese orden jerárquico.

Las “personas de orden” se sienten seguras cuando el poder está de su lado, pero se convierten en seres casi paranoicos cuando consideran que el poder no garantiza su orden, ya que consideran ilegítimo e inmoral cualquier orden que no sea el suyo.

Las “personas de orden” están tan convencidas de que su orden es el único verdadero y bueno. Precisamente, por esta consideración, sostienen que los otros órdenes posibles no sólo son falsos, sino que son consecuencia de alguna patología, ya que una mente ordenada únicamente podría aceptar su orden. Si se cree, se piensa o se mantiene otro orden no es por error en el conocimiento, pues el orden es evidente, sino porque hay una tara mental.

Para las “personas de orden” su orden es lo normal, o debería serlo, lo que se sale de ese orden es anormal o raro. Tienen una fuerte tendencia a confundir la realidad y el deseo. Siempre piensan que la mayoría como ello o tiene su misma escala de valores. Si la realidad les desmiente reducen el espectro de la realidad y sólo pasan a ser considerados como reales lo que sí coinciden, los otros son subproductos de la realidad.

La única flexibilidad que admiten es la referente a ellos mismos o su círculo: la consabida doble moral que en este caso llega ser una doble ontología. Son pocos los casos en los que la cercanía existencial del hecho no altera lo que antes se considera normal, aunque ello no implica a ningún replanteamiento, sino que pasado el hecho se vuelve a la situación anterior.

John Rawls no hubiera pensado formular su célebre “velo de ignorancia” si hubiese tratado con “personas de orden” tan habitualmente como lo he hecho yo. Como yo indiqué anteriormente el orden de estas personas es un orden jerárquico y realmente interesante como se reconoce la propia inferioridad dentro la jerarquía.

Las “personas de orden” siempre consideran que hay gente por debajo, despreciando cualquier criterio cualitativo a la hora de establecer grupos y estratificación para asumir únicamente los cualitativos del propio orden. De hecho admitir la inferioridad es una forma de incorporar un elenco de criterios que les permita a esos “inferiores” considerarse superiores a otros.

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