Extrapunición e idiotez

Una vez escuché a una persona culpar a los inmigrantes de los millones de viviendas vacías y, por tanto, les cargaba con las culpas de la burbuja inmobiliaria y de la crisis. El argumento era simple: en la televisión ha salido (argumento apodíctico) que hay muchos inmigrantes (sin precisar) que se compraron un piso y ahora, en paro, se piran a sus países y no lo pagan.

Casos como los televisados han existido, pero desde luego no justifican ni una ínfima parte de los préstamos hipotecarios que los bancos nunca debieron conceder y que daban pensando que el ascenso del precio de la vivienda no tendría nunca fin.

Hoy he visto al líder de ‘Amanecer Dorado’, el partido neonazi griego, atacar a los inmigrantes ilegales. Hay que ser idiota para creer que en un país como Grecia, donde el fraude fiscal es una religión y con unas cuentas públicas que se parecían a una novela, la culpa primigenia de los problemas del país no es de los griegos y de sus dirigentes, sino que los albano-kosovares y otros ilegales que se encuentren en el país.

La idiotez es sublime tratándose de Grecia, un país que fue ocupado y torturado por el Eje y que luchó de verdad contra las tropas del Tercer Reich. Aunque ya nada me sorprende desde que se descubrió a un grupo de neonazis israelíes.

Psiquiatría o Ética. Enfermedad o maldad

Una cosa es la enfermedad mental y otra cosa es actuar mal. Lo primero es un hecho psiquiátrico, lo segundo es un hecho moral. Con suma facilidad tendemos a considerar los hechos moralmente malos o especialmente malos fruto de una enfermedad mental. Esta consideración es más consecuencia de la experiencia del horror del ‘espectador’ (en la que se descompone nuestra visión del mundo) que de la realidad.

El País ha publicado un pequeño reportaje en el que les preguntaban a varios expertos en enfermedades mentales si Gadafi está o no enfermo. El resultado unánime es que está más sano que una pera y sabe perfectamente qué está haciendo, esto, que sabe lo que está haciendo y lo hace con plena conciencia de las consecuencias de sus órdenes.

Por mucho horror que experimentemos, no hay que estar loco para dar las órdenes que Gadafi está dando. Las matanzas, los fusilamientos y los bombardeos sobre los barrios de las ciudades sublevadas son una decisión consciente de su maldad. Cuesta concebir que alguien pueda hacer el mal tan clara y deliberadamente pero así somos los seres humanos y algunos en especial lo demuestran.

No es problema de salud mental, es un problema de elegir entre el bien y el mal.

¿Occidente amenazado?

El pasado fin de semana tuve la oportunidad, dado que estaba en la Península, de dar un tranquilo paseo librero. Las secciones en las que suelo depositar mi atención son pocas y básicamente las que tienen libros de materias que son de mi interés: Filosofía, Derecho, Sociología o Política.

La diferencia entre estas secciones y una de narrativa es que las novedades suelen ser pocas. Las novedades van apareciendo a cuenta gotas a lo largo del año y no tienen necesariamente la misma cadencia (en las fechas señaladas de la Navidad y del verano) que sí tienen las novedades literarias.

A pesar de que los títulos suelen ser los mismos durante mucho tiempo en esta ocasión sí me ha llamado la atención la existencia de muchos libros que hablan de un Occidente amenazado, cuando no de un Occidente prácticamente derrotado por sus enemigos exteriores. En la selección de los enemigos, al menos según el testimonio de sus contraportadas, el Islam es el primero y sólo algún atrevido hablaba de China, en una clave parecida a la que se hablaba de Japón hace medio siglo. Naturalmente éste es el dominio de la bivalencia y de todo tipo de simplificación que entra en el terreno de la caricatura.

La convergencia de tantos libros sobre amenazas, con subtítulos y texto en la portada, de lo más grave me da la impresión de que se debe al estado de opinión de determinados sectores políticos y sociales que necesitan de la sensación de amenaza para que su programa, cuando menos conservador, sea bien visto por los ciudadanos.

El miedo hace que cambiemos nuestros criterios para valorar las cosas. Hay una variación en las jerarquías, explícitas o implícitas, para evitar la amenaza a la que se tiene miedo. Pero el miedo, cuando es verdaderamente efectivo, es cuando esa amenaza se ha materializado alguna vez y cuando es lo suficientemente inasible como para no poder terminar con ella rápidamente. Si se une la idea de la infiltración, esto es, la existencia de unos agentes que trabajan a favor de la amenaza consciente o inconscientemente, la táctica del miedo será efectiva.

Evidentemente ninguno de estos libros tiene en su mano conseguir este conjunto de efectos (hay algunos que dan la impresión de ser análisis serios y no ‘perroflautadas’ de derechas), pero sí consiguen crear un ambiente que pasa de los libros al comentario del que se ha leído el libro a sus amistades, del libro al tertuliano ‘todólogo’ y del libro a los artículos en prensa o en Internet.

Al cabo de un tiempo no importa que la mayoría de la sociedad comulgue o no con cada uno de los enunciados de estos libros (y de la mentalidad), sino que sientan que Occidente está amenazado exteriormente y que hay que defenderse de esa inminente amenaza exterior. Si vamos a los hechos objetivos vemos que los que refrendan la amenaza a Occidente no nimios con los que refrendarían la tesis contraria, que los demás están amenazados por Occidente. Pero ¿a quién le importan los hechos objetivos?

Comodines

A las personas nos cuesta mucho aceptar nuestra responsabilidad y, aunque a veces la aceptemos, buscamos que sea una responsabilidad compartida, una responsabilidad en la que no seamos los únicos que tenemos que dar cuenta de nuestras decisiones. El imaginario social es hábil en encontrar otros culpables siguiendo la costumbre del ‘chivo expiatorio’.

En la actualidad todo es consecuencia de la crisis. Parece como si todas las decisiones personales o sociales fueran consecuencias necesarias de eso que llamamos crisis. Cuando no se sabe explicar algo, no se quiere explicar o pensar o, sencillamente, no se quieren admitir las responsabilidades derivadas de las decisiones tomadas se recurre al comodín de la crisis.

Decir tal o cual circunstancia, que tal hecho o consecuencia, sea individual, grupal o social, se debe a la crisis es una excusa que tiene una gran aprobación entre nuestros conciudadanos, porque en gran medida nos exonera de la ‘terribilità’ de ser libres.

Al comodín de la crisis se añade uno segundo: el ‘comodín Zapatero’. Ya que la crisis es algo abstracto y que es mejor individualizar nuestras extrapuniciones, entonces se atribuye la responsabilidad en exclusiva, desde la Macroeconomía a las frustraciones personales y/o familiares al Presidente del Gobierno.

El verdadero tamaño de África

A través del blog ‘El Café de Ocata’ he encontrado este mapa en el que se compara la extensión del continente africano con numerosos países y regiones del mundo. Estas comparaciones son muy útiles para conocer realmente de qué hablamos cuando hablamos de África. El fácil hacer consideraciones sobre ese continente pensando en dimensiones europeas e incluso estadounidenses.

Confianza

Zapatero y Rajoy se han reunido en la mañana de hoy. Rajoy ha sentido, tiene motivos para ello, que salía de La Moncloa para volver tarde o temprano y quedarse allí unos cuantos años, mientras que Zapatero ha mantenido el mismo discurso que le llevamos escuchando desde hace tiempo.

El problema es que la reunión no ha generado confianza y no me refiero únicamente a la confianza en los mercados internacionales, sino confianza entre los españoles, que es la primera que hay que tener.

Desde hace demasiado tiempo vivimos con la idea de que esto no se va a terminar nunca, de que la crisis no termina y que no se sabe muy bien qué hay que hacer. Se habla de reforma financiera, laboral y presupuestaria, pero lo que no se dice claramente es que hay hacer sacrificios y que esos sacrificios tienen que llegar a todos o a casi todos.

Hay que marcar las líneas rojas, lo que queremos defender a ultranza, y lanzarse a modificar muchas cosas que en España llevan demasiado tiempo obstaculizando nuestro devenir. La clave no está en el consenso, no está en los pactos sociales, sino en la convicción social de que las medidas que se van a tomar son necesarias.

El asiento en las comisiones parlamentarias

He tenido la oportunidad, gracias a CNN+, de ver una de las comparecencias públicas de la Comisión de Investigación del Gobierno Británico sobre Iraq, denominada “Iraq Enquiry”.

Voy a fijarme en un aspecto adjetivo, pero que no deja de ser curioso. Los comparecientes se encuentran frente a la comisión en una posición más baja, como hemos visto los comités del Congreso de los Estados Unidos en televisión y cine.

La posición que ocupa cada cual en una escena es sumamente importante, ya que nuestros imaginario social atribuye papeles al lugar que cada cual ocupa.

Los comparecientes en las Cortes se sientan junto a la presidencia de la Comisión en un lugar más alto, mientras que los parlamentarios, que son miembros de la Comisión, toman asiento y desarrollan su actividad desde un “patio de butacas” y en una posición más baja a la del compareciente.

Socialmente consideramos que el que está en una posición superior especialmente es también superior en otras esferas sociales (y viceversa), por ello a determinadas autoridades, como el Rey, suelen estar situadas en tribunas o en lugares elevados. Uno puede ser arriba porque es superior o querer hacerse superior por estar arriba.

La posición no es solamente una cuestión de la idea que pueda hacerse el potencial espectador por compartir una mentalidad y una valoración sobre el espacio que se ocupa, sino también hace que los diversos actuantes adopten comportamientos de acuerdo con la posición que en ese momento ocupa, ya que ellos también participan de ese misma concepción.

Es por ello que vemos a los comparecientes mirar por encima del hombro a los parlamentarios (por algo están por encima), eludir torticeramente las preguntas, poner caritas mientras que los parlamentarios hacen sus preguntas y sentirse, sencillamente, superiores.

La escenificación de las comisiones españoles es inversa a la teoría constitucional, donde las Cortes representan al pueblo español, aunque posiblemente represente muy correctamente la realidad política.