Y el rey Juan Carlos se hizo juancarlista

Los monárquicos no valoran a los reyes como individuos, sino a la Corona como institución. Son monárquicos porque piensan que en términos generales la Corona es buena para España.

Durante la Transición apareció un tipo intermedio entre monárquico y republicano: el juancarlista. El juancarlista no considera que la Corona sea por sí misma buena para España, pero ha apoyado al rey Juan Carlos por su valor a lo largo de la Transición y en estos años de democracia. Por ello se hablaba de Juan Carlos como un “rey para los republicanos”.

Hace unos días se celebró en las Cortes el cuadragésimo aniversario de los primeras elecciones democráticas desde 1939. Se echó de menos que estuviera presente el rey Juan Carlos y luego se ha sabido que el anterior Jefe del Estado se ha enfadado por su no invitación a esa solemnidad, presidida por Felipe VI.

Los monárquicos, no los juancarlistas, buscan que se reconozca el papel de la Corona durante la Transición y la Corona estaba presente en el acto con la presencia del Rey. Lo que sorprende es que quien ha sido Rey de España considere que no se reconoce a la Corona si no se le reconoce en su persona; sorprende que el anterior Rey de España haya dejado de ser monárquico para hacerse juancarlista al buscar su reconocimiento personal y no el de la Corona.

Respetuosa desafección

¿Cómo alguien puede demostrar su desafección a la Monarquía sin ser irrespetuoso?

Los monárquicos buscan refrendos de la voluntad popular a la existencia de la Monarquía que sustituyan el proceloso y peligroso paso por las urnas. Por ello cuando el Rey va a las Cortes destacan que los asistentes al discurso del monarca aplaudieron los palabras.

Este aplauso es interpretado como un acto de adhesión, cuando podrá serlo o no, y habrá quiénes aplaudan por deferencia. De forma que si aplaudes, aunque sea por cortesía, los monárquicos te incluyen en los suyos y si no aplaudes haces un feo, la verdad.

Entiendo que debiera arbitrarse una forma respetuosa de expresar la desafección: aplaudo pero solamente diez segundos o lo hago por fandango. Si un aplauso forma parte de un rito no tiene valor, si los monárquicos quieren darle ese valor, están invitando a que se elimine el aplauso.

Una respetuosa ausencia

Varias fuerzas políticas, con Podemos a la cabeza, han decidido no asistir a parte de los actos de la solemne apertura de la Legislatura, que son presididos por el Rey, Felipe VI.

Podían haber montado un cierto “circo”, haber exteriorizado alguna protesta, pedro sencillamente han optado por dejar que todo discurra según lo previsto, pero sin prestarse a avalar con su presencia algo, la Monarquía y lo que representa, con lo que no están de acuerdo.

Se ha levantado la polémica por unas simples ausencias. Durante décadas se ha dicho que es bueno mantener las formas en estos ritos políticos y que asistir no quiere decir estar de acuerdo. El problema es que lo anterior es falso, porque los defensores y propagandistas de la Monarquía, en estos acontecimientos, no hacen más que ensalzar cómo el Rey es figura de unidad que concita la reunión de todos, cómo todos aplauden sus sabias palabras y todos le saludan y agradecen su benevolencia.

Este acto, y otros similares, es una justificación de la Monarquía, una justificación en la acción y no en la teoría. Participar en estos actos es justificar la Monarquía y los diputados y senadores que crean que España debe prescindir de esta institución no solamente tienen el derecho de no asistir, sino que es también una obligación. Asistir no es neutro.

Monarquía interna

Cuando el Rey Juan Carlos I anunció su intención de renunciar y en las semanas siguientes el republicanismo tuvo una de sus mejores etapas históricas y muchos en el PSOE se dejaron de posiciones intermedias y se pronunciaron a favor de un régimen republicano que sustituye a la Monarquía del 78. Llegó la proclamación de Felipe VI, el mes de julio en toda su intensidad estival y vacaciones, y la ideología de la inercia volvió.

Resulta curioso ver cómo dentro del Partido Socialista ardía de nuevo el espíritu republicano pero no la crítica a las monarquías hereditarias que han ido proliferando en su seno. Muchas agrupaciones del PSOE están en manos de dinastías que o bien desempeñan los cargos orgánicos o condicionan las candidaturas electorales y cualquier decisión por pequeña que sea tiene que tener su anuencia.

No soy amigo de prohibiciones genéricas pero sí habría que tomar medidas cuando muchos secretarios generales de agrupaciones locales son hijo/a de un antiguo secretario o de una antigua secretaria o de algún cargo orgánico o político de la anterior generación. Hay demasiadas comisiones ejecutivas que los miembros de la misma o mismas familias se suceden.

Ello es así porque hay un fuerte control del acceso a la condición de militante. Por muchas campañas que ha hecho la estructura federal por conseguir un aumento de militancia, éstas siempre se han tropezado con que las agrupaciones tardan siglos en tramitar la solicitud de alguien, en pedirle hasta la partida de bautismo de su abuelo y de ponerle absurdos obstáculos administrativos. Una entrada significativa de militantes rompería los equilibrios internos, equilibrios de los que dependen muchos en asuntos de los que no deberían depender.

Desde el día de la Consulta ya no se habla de reorganización interna, de acumulación de cargos, de mandatos sucesivos o de selección de cuadros. Al final los órganos del partidos se parecerán más a un consejo de reyezuelos que a otra cosa.

La muerte del Juancarlismo (Proclamación II)

Fernando Ónega le hizo un gran favor a la causa de la República durante sus comentarios en la retransmisión de TVE de los actos de proclamación de Felipe VI: sus perlas, sus insinuaciones, su sumisión combinada con desdén clasista y su desconexión con la realidad han hechos más republicanos en un día que muchas semanas del caso Nóos.

El gran teórico contemporáneo de los autoritarismos fue el jurista alemán Carl Schmitt. Él mantenía que el pueblo podía expresar su voluntad no sólo mediante un sistema de voto individual y secreto (donde dejaba de ser pueblo para convertirse en suma de individuos) sino con igual y mayor validez también en actos de aclamación donde era el pueblo como un todo el que se expresa y no los individuos.

La doctrina de Schmitt fue acogida, conservada y desarrollada en España por un discípulo directo, Francisco Javier Conde, y transmitida a profesores y estudiantes tanto a través del Instituto de Estudios Políticos como en buena parte de las cátedras universitarias, como también en las organizaciones del movimiento y el sectores políticos católicos. No es extraño encontrar personas que hayan asumido, muchas veces sin darse cuenta, esa teoría de la expresión de la voluntad popular por medio del clamor como algo normal, no percibiendo que es un cuestionamiento radical de los fundamentos de las democracias liberales.

En el fondo la tentación de Ónega, reprimida a la vista de la escasa concurrencia, es necesaria para instituciones como la Monarquía, especialmente la de Felipe VI.

La narrativa de Juan Carlos I, conocida como Juancarlismo”, se fundaba en las siguientes ideas, que únicamente vamos a enunciar, pero no a enjuiciar.

1) El Rey abrió un proceso democratizador desde el Tardofranquismo renunciando al poder que le daban las Leyes Fundamentales para convertirse en un Rey ceremonial. Lo hizo porque consideraba que era lo mejor para la reconciliación entre los españoles, el progreso del país y la posibilidad de un Estado equiparable al resto de los de Europa Occidental.

2) Como Jefe del Estado tomó decisiones fundamentales para hacer posible una Transición ordenada que fuera asumible tanto para el aparato del régimen, especialmente para las Fuerzas Armadas, como para las fuerzas de oposición.

3) Pese a no necesitarlo, el Rey recibió la legitimidad democrática al aprobar los españoles de la Constitución de 1978 en referendum. Pasaba Juan Carlos I de ser nombrado por Franco a ser aceptado en las urnas por los españoles.

4) Haber sabido manejar los resortes políticos y militares necesarios para que en el momento en el que el nuevos sistema político entró en ruptura (23-F), se impidiese la involución a un sistema anterior o se intentara una hibridación de lo anterior con lo nuevo.

5) El Rey no es un personaje distante ni estirado: rompe continuamente el protocolo, le gusta el fútbol y vive la vida como lo haría la mayoría de los españoles si estuvieran en su lugar. Vamos, el Rey es campechano.

Esta narrativa ha funcionado hasta hace bien poco. Los dos hechos que han provocado la desintegración de ésta han sido la corrupción y el tiempo.

El caso Nóos, la imputación de la hija y del yerno del Rey y la sensación de avidez sin límites han cuestionado que la Monarquía sea mejor que esos políticos sobre los que teóricamente está. Pero de estas cosas se ha hablado siempre y la ciudadanía nunca ha sido ajena, aunque haya salido poco en los medios de comunicación, de que se comentaban cosas de negocios en el entorno regio.

Todo eso se ha perdonado por la fuerza de la narrativa. Lo que ha destrozado esta magistral justificación ha sido algo sencillo e inexorable: el paso del tiempo. Medio país no vivió la Transición o la vivió durante su infancia y han dicho que si los méritos contraídos en los años setenta y principios de los ochenta no caducan nunca, que si no hay que renovarlos de vez en cuando.

La Transición es algo muy lejano, pese a que TVE se ha esforzado en producir numerosas series y reportajes para que a nadie se le olvide nada que deba recordar. Los libros de Historia que estudian en la ESO y Bachillerato también la repiten, pero es eso, mera Historia.

La narrativa que se le ha ido deshaciendo entre las manos a Juan Carlos I no puede ser la de Felipe VI, sencillamente porque una cosa es heredar la corona y otras los méritos del padre. Nuestra época es diferente y la épica de nuestros días no es institucional, sino económica, que es poco lucida y que normalmente escapa a la esfera de acción normal de un monarca.

Evidentemente recuperar de la narrativa la aprobación en las urnas ni forma parte de lo que es una Monarquía hereditaria y si en el referendum de 1978 no se hubiese aprobado la Constitución la Monarquía habría continuado y se habría presentado otro proyecto de Constitución.

Lo único que le queda a Felipe VI es ganar el clamor popular, sacar masas a la calle para verlo y así reclamar para sí el favor del pueblo aunque sea a lo schmittiano. El entusiasmo es difícil inocularlo cuando todo el mundo es consciente de que sobre ti no recibe información sino propaganda, pero ahí tiene trabajo el Rey y sus asesores, trabajo amplio y costoso porque la demografía la tiene en contra: cada año que pasa hay más republicanos y menos personas que asocian al Rey a la democracia, más bien lo asocian a lo contrario.

El Juancarlismo fue un apuesta de la Monarquía y de muchas de las fuerzas que convergieron en la Transición para mantener y fortalecer al Rey en una sociedad que a priori podía perderle rápidamente el afecto.

El Juancarlismo tenía fecha de caducidad y todos los sabían y lo saben, y esa fecha ha llegado. El hecho de que la sucesión haya sido causada por la abdicación, además de por el desgaste sufrido estos años, se debe a que el rey Juan Carlos podrá sostener a los juancarlistas supervivientes como cierre del sistema, en vez de que el Rey se tenga que enfrentar a un escenario sin apoyos propios y sin tener respaldo alguno.

Proclamación I

En términos generales las ceremonias de la proclamación del nuevo Rey han sido, en mi opinión, aburridísima, carente de ritmo y acciones y llenas de palabras, demasiadas palabras y además las palabras solamente reproducían centenares de tópicos.

Lo que sí ha sido un acierto ha sido la eliminación de cualquier ceremonia religiosa en torno a la proclamación del Rey. Hasta ahora casi toda solemnidad del Estado pasaba, de alguna manera, por la horrorosa Catedral de la Almudena.

Además de no estar demasiado en corcondancia con la Constitución (la misma que ha hecho Rey a Felipe VI) esta costumbre de repente daba el protagonismo y la palabra a alguien que no es nadie en la configuración constitucional del Estado, sea el Arzobispo de Madrid o el Presidente de la Conferencia Episcopal.

Esperemos que, durante el Reinado que hoy comienza, se modifiquen los rituales del Estado para que haya un ceremonial desde el punto de vista religioso e ideológico. Sinceramente no esperaba que el cardenal Rouco no tuviera su enésima ocasión de decirnos que hemos perdido el horizonte moral, que no tenemos trascendencia, que sin su guía sabia nos perderemos y que marquemos la casilla de la Iglesia en el IRPF.

Referendum multiopción

Los defensores de la continuidad de la Monarquía tienen muy claro lo que quieren, todo lo contrario a lo que sucede con los defensores de la República que se ponen tanto apellidos a su propuesta que no habrá forma de que muchos no estén de acuerdo con el régimen republicano que eventualmente pueda instaurarse. Si se celebrase un referendum los republicanos deberían tener varias opciones.

Esto generaría una situación injusta para con los monárquicos, ya que ellos tendrían que votar solamente a un único modelo y siempre se podrá encontrar personas de sólidos sentimiento monárquicos que prefieran otro modelo y ellos deberían tener derecho a elegir el tipo de Monarquía que mejor les pareciera.

Aquí llega mi humilde propuesta: que cada ciudadano pudiera elegir entre un modelo de Monarquía y un modelo de República y realizar posteriormente una segunda y definitiva vuelta entre la opción monárquica y la republicana que hayan obtenido más votos en la primera vuelta.

¿Qué opciones podrían ser propuestas a los ciudadanos?

A. Opciones monárquicas

1. Monarquía juancarlista: Felipe VI

Es la conocida por todos, en la que muchos hemos crecido. El Rey es un tipo que tiene cualidades extraordinarias, pero que sobre todas ellas brilla su “campechanidad”. Ahora el modelo renace por el procedimiento de reducción de la Familia Real y ya tenemos únicamente Rey, Reina, Princesa e Infanta, un núcleo reducido y la mitad en minoría de edad como para dar los problemas vivimos los últimos años por Zarzuela.

2. Monarquía saboyana

La familia real italiana está al pleno sin ocupaciones regias. Tanto la línea de Víctor Manuel III como la del ex Rey de España Amadeo I se encuentran listas para reinar donde les dejen y no sepan demasiado de Historia.

3. Monarquía de los Habsburgo

Sería el modelo monárquico de muchos nacionalistas, la vueltas al “austracismo”. El Rey sería rey de cada uno de los reinos que se gobernarían por su cuenta y solamente se encontrarían unidos en la persona del rey y a través de la Inquisición, que habría que reinstaurarla. podrñia reintroducirse también la popular figura del “valido”. Habsburgos sin nada que hacer mañana hay todos los que queramos y muchos pueden argüir todo tipo de derechos preferentes sobre los otros habsburgos.

4. Monarquía de los Trastámaras

Esta me encanta, porque obvia la entrada de Castilla en el Estado moderno con la última de las Trastámaras, Isabel I. El Rey tendría todo el poder ejecutivo (olvidaos de Rajoy, Zapatero, Aznar o González) y el legislativo y financiero estaría en manos de unas Cortes que se reunirían unos cuantos días al año para votar en bloque las propuestas del Rey.

5. Monarquía carlista

Esta opción es encantadora. Los carlistas podrían ser llamados al trono de España del que fueron excluidos por la célebre Pragmática Sanción de Fernando VI que promulgaba leyes de Cortes que eliminaban la exclusión de la mujer del trono.

Pero si se pone en el trono a los carlistas nada de versiones modernizadas ni de carlistas postmodernos. Un monarca carlista de verdad ha de ser un reaccionario hasta el tuétano, más católico que el Papa Francisco y con intentonas continuas de restablecer el Absolutismo y la sociedad estamental.

6. Monarquía de los Braganza

Puede funcionar como la juancarlista, pero ser parte de un proyecto secreto de Iberismo monárquico, poniendo a monarcas portugueses en España para que Portugal devenga en española y, por qué no, también Brasil.

7. Monarquía alterborbónica

Hay muchas casas reales de los Borbones sin corona y muchos candidatos hipercualificados y con el conveniente matrimonio morrganático realizado, que ellos también saben estar a la altura de los tiempos. Desde las dos ramas de los borbones franceses, a los napolitanos y a otras ramas menores podemos encontrar un Borbón para reemplazar a otro Borbón pero que la flor de lis permanezca en nuestro escudo.

8. Monarquía bonapartista

Puestos a recuperar dinastías históricas, la familia Bonaparte debe ser tenida en cuenta pues nos dio un Rey, efímero y poco popular. Los bonaparte dieron grandeza imperial a Francia y puede que a muchos españoles le apetezca ese resabor y lo mismo, sin darnos cuenta, pasamos de tener un Rey de España a tener un Emperador de España o de los españoles.

B. Opciones republicanas

1. IV República francesa

Imagínense un Congreso con cuarenta partidos políticos, veinticinco han formado grupo parlamentario pero ninguno de ellos supera los cuarenta escaños. No hay manera de investir un Presidente, aprobar una ley o sacar para adelante un Presupuesto pero todo sería hiperproporcional y megarepresentativo.

2. V República francesa

El enorme éxito de la opción anterior llevó a establecer el curioso sistema semipresidencialista francés: un sistema de oscila del Presidencialismo al Parlamentarismo dependendiendo de la sintonía política entre el Presidente de la República y el Primer Ministro. Las cohabitaciones en España iban a ser una delicia, de verdad. Mirada con cariño la Presidencia de nuestra Segunda República tenía algo de semipresidencial.

3. República china

Este modelo en estado puro es maravilloso. Todo el entramado de la República es una mera fachada para quienes ejercen realmente el poder independientemente de los cargos que ocupen. Lo más cercano que hemos tenido en nuestro país ha sido la dirección del PP realiza por Fraga más allá del cargo ocasiones u honorario que desempeñase. Si la transparencia se nos da regular, imaginaos cómo sería con este sistema sínico.

4. República directorial helvética

En Suiza, ese maravilloso país con un montón de instituciones de democracia directa en los diferentes niveles del gobierno y un control ciudadano envidiable, el gobierno federal está en manos de siete personas que no son reemplazados normalmente después de las elecciones, sino cuando deciden retirarse, repartiéndose los principales partidos los siete ministerios federales. Solbes, Rubalcaba, Rajoy o Cañete han estado tanto tiempo en el gobierno como si fueran ministros suizos.

5. República parlamentaria

Básicamente es lo que tenemos, pero cambiando al Rey por el Presidente, ahorrándonos el atributo de “campechanidad”, las bodas reales, los estupendos yernos del monarca y cambiando al Presidente de vez en cuando para que prohombres y líderes jubilados tengan su reconocimiento durante algunos años.

6. República presidencialista norteamericana

Los españoles podríamos elegir al Presidente en una sola vuelta con un voto indirecta por comunidades autónomas correspondiéndole a cada una de ellas la suma de los diputados y senadores elegidos en sus provincias y parlamentos regionales. Cada uno de esos senadores serían elegidos en distritos uninominales llenándose nuestras cámaras de caciques provinciales y personajes con popularidad local que echen a patadas a la casta. Ellos acordarán con el Presidente sobre la base de los intereses de su distrito para decir yo apoyé la privatización de los hospitales sí, pero a cambio tenemos diez kilómetros más de autovía, un nuevo colegio de educación infantil y primaria (todavía sin comedor) y el próximo Museo Nacional del Vino Rosado.

Pero si se estableciese cierta disciplina de voto y el Presidente y las cámaras fueran de sensibilidades políticas diferentes, los bloqueos institucionales iban a ser de aupa.

7. República romana clásica

Tendríamos dos cónsules para la dirección del Estado, con derecho a veto sobre las decisiones de su colega y de otros magistrados. Para cada función del Estado elegiriamos colegios de magistrados también con derecho a veto de los unos sobre los otros. Habría tribunos de la plebe (elegidos por Pablo Iglesias) también con derecho a veto y con la posibilidad de hacer plebiscitos internáuticos.Luego nos reuniríamos de tanto en tanto organizados en centurias, curias o tribus para hacer comicios, vamos un lata porque los comicios serían en fin de semana y sería incompatible con el fútbol y con ir a misa.

8. República cubano-norcoreana-siria

Es una dictadura con fachada de defensa de los más débiles y un amplísimo y desarrollado aparato represor. Pero lo realmente peculiar y que la distingue de las repúblicas comunistas o baazistas felizmente extintas es que la Presidencia de la República pasa de hermano a hermano (Cuba), de padre a hijo (Siria) o de abuelo a padre y después al nieto (Corea del Norte). Eso sí, es importante poner algún candidato o candidatos para las supuestas elecciones, candidatos de los que nunca más se sabrá.