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Archive for the ‘Política’ Category

La ley eletoral del estado Georgia (OCGA § 21-2-501) exige que los cargos públicos elegidos en este estado tengan el respaldo de más de la mitad de los votantes, de modo que si no es así, los dos candidatos más votados tienen que ir a una segunda vuelta.

El pasado 3 de noviembre se elegían los dos senadores por Georgia, una elección ordinaria al agotarse el mandato de seis años y otra especial por la renuncia hace un año del senado Isakson. En ninguna de las dos elecciones, ningún candidato ha obtenido más de la mitad de los votos, de forma que los dos más votados habrán de someterse nuevamente a las urnas.

Como ya todo sabemos, estos dos escaños definirán la mayoría republicana en el Senado o si los demócratas empatando y encomendándose al voto de desempate de la Vicepresidenta Harris, pueden tener mayoría. La agenda de la Presidencia de Biden depende de tener mayoría en las dos cámaras del Congreso, aunque la del Senado sea tan apurada e insuficiente para cerrar los debates.

Varios senados republicanos le han comentado a algunos medios que su silencio a la hora de reconocer la victoria de Biden se debe más a estos dos escaños en disputa que a participar de la estrategia de Trump. Esto puede obedecer a dos estrategias, que no se excluyen necesariamente:

– Considerar que un Presidente-electo tiene una gran fuerza de arrastre, y más en un estado que ganó, de modo que la polémica sobre la elección dificultará ese arrastre y una dedicación intensa a la campaña de Biden y de Harris.

– Ofrecer un acuerdo tácito a los demócratas, de modo que el reconocimiento general de la victoria de Biden por los senadores republicanos, implicaría una campaña menor de los demócratas, no acelerar la tremenda maquinaria de Stacey Abrams y que el ticket presidencial, especialmente Harris, no acampe en Georgia hasta el día de la segunda vuelta.

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Cíclicamente, normalmente cuando la derecha política y judicial ve en peligro algunos de sus baluarte de control dentro del Poder Judicial, comienza una enorme polémica que tiene el fin declarado de garantizar la independencia del Poder Judicial y el verdadero de conservar cuotas de poder dentro de los órganos de gobierno de los jueces.

Tomemos en serio sus palabras y pensemos por un momento que las cerradas defensas de la independencia del Poder Judicial no es más que una táctica partidista y que apoyarían lo que ahora rechazan si le beneficiara a la derecha política y judicial.

La independencia del Poder Judicial es tratada, si nos creemos lo que dicen, como un fin en sí mismo. Una de las finalidades del sistema democrático es la independencia del Poder Judicial. Realmente la independencia del Poder Judicial no es un fin, sino un simple medio para obtener algo mucho más importante: un pronunciamiento imparcial y conforme a la Ley.

Los diferentes sistemas democráticos han creado mecanismos diferentes con el fin de que sus jueces operen imparcialmente y sujetos a la ley, pero esos mecanismos solamente sirven si están bien ordenados a su fin, es decir, si logran imparcialidad y subjeción a la legalidad.

Puede darse que el Poder Judicial sea absolutamente independiente, mucho más de lo que se quepa imaginar ahora, y que los jueces y magistrados sean parciales y/o que no apliquen las disposiciones legales. La independencia es una garantía, no sé si necesaria, pero desde luego no es una garantía suficiente.

En muchas ocasiones los debates en España se centran en un punto y se oscurecen todos los demás. Dado que la independencia del Poder Judicial por sí no garantizan ni imparcialidad ni sometimiento a la Ley, ¿por qué nunca hablamos de las demás garantías? ¿por qué parece que con la independencia, y concretamente con una interpretación corporativista de la independencia, se garantiza todo lo demás?

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Hace doce años me entretuve en mirar los resultados de las Elecciones Europeas en relación con la abstención. Tradicionalmente en estas Elecciones la abstención y alta y existe el tópico de que los grandes abstencionistas son los votantes de izquierda, de forma que quise comprobar si una alta abstención tenía por consecuencia una permanente victoria electoral de la derecha.

Si actualizamos los datos y eliminamos las convocatorias que coincidieron con las Elecciones Municipales y Autonómicas en muchas regiones, obtenemos que con bajas participaciones ha ganado tanto la derecha como la izquierda (formaciones de ámbito nacional):

Como se puede comprobar las candidaturas de  izquierda fueron las más votadas en dos de las tres Elecciones Europeas con participación inferior al 50%. Al menos estos resultados nos deberían hacer pensar si siempre la abstención beneficia a la derecha.

Muchas dinámicas política están llenas de “mayorías silenciosas”, esto es, amplios grupos de votantes que de pronunciarse electoralmente removerían las mayorías existente o al menos la relación entre los principales grupos.

Existía la idea de que en Cataluña había una gran masa de abstencionistas unionistas, que se ir a las urnas revolucionarían el mapa político regional. En las dos últimas elecciones autonómicas, las que han tenido mayor participación desde 1980, las fuerzas no nacionalistas han sido las más votadas en su conjunto, pero desde luego no se dio el vuelco que vaticinaban las colas ante los colegios electorales.

El último ejemplo lo tenemos en las Elecciones Presidenciales de este año en los Estados Unidos. El voto masivo hacía pensar a muchos que la “marea azul”, un victoria arrolladora de los demócratas, era seguro y aunque los demócratas han ganado la Presidencia por un margen nada desdeñable en este momento de voto popular de 5.267.488 votos, en muchos lugares la victoria ha sido muy estrecha, lejos de lo anrumador. Se ha descubierto que los demócratas o los potenciales votantes de los demócratas no eran los mayores abstencionistas, sino que entre los republicanos y sus potenciales votantes también había un bolsa importante.

Esas masas abstencionistas muchas veces son meras quimeras que se usan con otros fines, como los que dentro del PSOE que aún hablan de recuperar la mayoría de 1982 sin caer en la cuenta de que se ha conseguido posteriormente más votos que en 1982 y que bueno parte de ese voto ya no vota, y no porque se abstenga.

Los mitos políticos como el que hemos tratado de exponer tienen el peligro de ser muchas veces presupuestos implícitos en la toma de decisiones, porque se basa en el sesgo de la mayoría silenciosa piensa como yo. Y presupuestos erróneos pueden viciar el proceso y el resultado, intentando cazar un electorado que no existe o que si se moviliza, vote a otro.

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Cuando Teresa Rodríguez formalizó el fin de su relación con Podemos, Pablo Iglesias y ella publicaron un elegante vídeo en el que intentaban que la separación se llevase por los derroteros del mutuo acuerdo. Pero como sucede en las separaciones de las parejas y los matrimonios, cuando se respira, se toma tiempo y se comienza a contar cosas y a inventariarlas, entonces desaparece la civilización y comienza la lucha encarnizada.

Teresa Rodríguez registró una marca, Adelante Andalucía, que fue con la que se presentaron a las elecciones Podemos, Izquierda Unida y algunas fuerzas más, uniéndose los anticapitalistas donde Teresa Rodríguez milita tras su salida de Podemos. Adelante Andalucía no es una coalición, sino desde 2019 un partido político, un partido instrumental de los que tan de moda han estado desde el advenimiento de la nueva política.

La que fue candidata de Adelante quiere continuar bajo la marca Adelante Andalucía y el resto de los componentes, evidentemente, no quiere que una escisión se adueñe de un nombre que ha conseguido una señalada representación en el Parlamento de Andalucía y familiaridad entre los ciudadanos andaluces. Construir una identidad desde cero es difícil y más cuando esa identidad tiene que ser forzosamente colectiva. La expulsión de ocho de los diputados del grupo parlamentario supone un punto de no retorno.

El destino de Adelante Andalucía es una de las piezas fundamentales en el futuro tablero política y parlamentario andaluz. Si Teresa Rodríguez y los que la sigan forman una candidatura independiente para las próximas autonómicas, supondrá la presencia de una nueva fuerza de izquierda con posibilidad de conseguir representación, pero sobre todo con la capacidad de estar cerca de obtener representación (umbral del 3%), dividir voto, generar más voto de izquierda no representado o infrarrepresentado y disminuir las posibilidades de la izquierda de cara a un pacto de gobierno.

Teresa Rodríguez está teniendo tanto tiempo en los medios de comunicación precisamente porque es la esperanza de la derecha andaluza de mantenerse en el gobierno autonómico. No solamente porque puede generar “voto perdido” en la izquierda en las venideras autonómicas, sino porque en el caso de que la izquierda sumase con Teresa Rodríguez, ella no consentiría un pacto con el PSOE de Andalucía.

No sé con demasiada precisión qué es ser anticapitalista y por tanto no puedo calificar el “anticapitalismo” de Rodríguez, ni mucho menos su andalucismo, pero de lo que no cabe ninguna duda es que la mejor forma de calificar a la política de Teresa Rodríguez es de “anti-PSOE”, una posición legítima, pero que puede tener sus consecuencias perversas.

Rodríguez nunca pactará con el PSOE y como Iglesias en sus primeras elecciones pensará que el gobierno de la derecha es siempre mejor que el del PSOE, al menos porque acentúa esa dialéctica que algunos no atisbamos. Su primer objetivo es que el PSOE no gobierne y si para ello no tiene que gobernar la izquierda, lo asume. Teresa Rodríguez es consecuente, de eso no cabe duda.

Ante resultados de las Elecciones Generales y encuestas que hacen de Juan Moreno un presidente de un solo mandato, toda estrategia para terminar con una popsible mayoría alternativa está sobre la mesa y más cuando esa estrategia se funda en la puridad izquierdista, que es tan de izquierda que antes de la que considerada “falsa izquierda” prefiere que la derecha y la ultraderecha decidan en San Telmo qué hacer y qué no hacer.

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Muchos de los análisis que en estas horas se están publicando inciden en la idea de que el Trumpismo es un problema para el Partido Republicano, que no puede vivir sin él, pero con él tampoco, porque moviliza como nunca a los adversarios. Creo que es un debate que se deshará con el tiempo, como sucedió con la preponderancia del Tea Party en su momento.

El Partido Republicano no necesita a Trump para nada. Gana con solvencia la Presidencia y el Congreso, gobierna un montón de estados y tiene mayoría en sus legislaturas. Eso lo hizo antes de Trump, con Trump y lo hará después de Trump. Para eso existen los partidos políticos que es darle estructura a una sensibilidad, o varias como el GOP o los demócratas, más allá de las personas que ocasionalmente ocupen cargos o sean candidatos.

Los candidatos republicanos al Congreso han obtenido mejores resultados que el Presidente. Mientras Trump tiene una desventaja en estos momentos en el voto popular del 2,9%, los candidatos republicanos a la Cámara de Representantes la tienen del 1,4%. La diferencia de votos entre las presidenciales entre la candidaturas presidenciales y las candidaturas a la Cámara es de 1.840.634 votos a favor de la presidencial, mientras que en el campo demócrata es de 4.160.751 a favor del Presidente electo, es decir, el Partido ha pesado más que el candidato.

El único peligro que tienen los republicanos con Trump es que monte su propio partido fuera del GOP y compita por parte de su electorado. Eso en un sistema electoral como el estadounidense es letal. Pero no sólo sería letal para el GOP, que a los pocos años se restablecería, sino también para Trump que no tendría ninguna posibilidad, con tres candidatos, de acercarse de nuevo a la Casa Blanca. Y el GOP es idefinido y Trump es muy mayor para intentarlo cada cuatro años.

Ello no quiere decir que los republicanos no le tenga que dar alguna vuelta a todo esto, porque desde 1992 solamente han ganado el voto popular una Elección Presidencial, las de 2004, y viven parapetados en el sistema electoral, que minimiza sus pérdidas y maximiza sus logros.

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Donald Trump se une al escogido grupo de presidentes de los Estados Unidos que solamente han servido por un único mandato, al haber perdido la reelección. Entre los muchos escenarios que en estas horas hemos leído, uno insistente habla de que Trumpo va a mantenerse activo para poderse presentar a las elecciones dentro de cuatro años.

Supongamos que Trump, tras aceptar que no reconocer su derrota, sigue adelante y se presenta a las primarias republicanas para el año 2024. Todo lo que puede hacer es aspirar a un único mandaro en la Casa Blanca, pues la XXII Enmienda impide un tercer mandato, sea consecutivo o no. Su segundo mandato nacería ya muerto, porque todos estarían pensando más en la sucesión que en el presente. ¿Es ésa la mejor opción para el Partido Republicano?

Entre los republicanos hay bastante silencio, pero es un silencio más táctico que de otro tipo. Habrá un nutrido grupo de representantes, senadores, gobernadores y un ex vicepresidente que están comenzando a ver sus posibilidades de cara a la carrera de las primarias que se lanzará justo después de las “midterm” de 2022.

Nadie quiere descalificarse a priori, estando a favor o en contra de nada, porque las Elecciones de 2024 pueden ser unas elecciones sin reelección, normalmente más abiertad que unas en las que el Presidente comparece nuevamente ante los electores después de cuatro años.

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El otro día me refería a las mayorías desprotegidas, que son aquéllas que establece una norma que necesita de una mayoría menor para ser modificada, de modo que en vez de obtener la mayoría requerida, se reforma la ley y se rebaja la exigencia. En la entrada puse como ejemplo la reforma de la Ley de RTVE que llevó a cabo el PP durante la presidencia de Mariano Rajoy, haciendo que el presidente de RTVE fuera elegido por mayoría absoluta, modificando la ley que marcada los dos tercios del Congreso.

El otro día recordé un bue ejemplo de una mayoría desprotegida, fuera de nuestro sistema político.

En 2011 la Fixed-term Parliaments Act quitó a la Corona la prerrogativa de disolver el Parlamento y convocar elecciones (prerrogativa ejercida de hecho por el Primer Ministro). Desde entonces la legislatura quedó fijada en cinco años y solamente cabía convocar elecciones por medio de una mayoría de dos tercios de la Cámara de los Comunes del número de total de escaños, incluidos los vacantes. Se estableció otro procedimiento, más tortuoso, en el que es necesario aprobar una moción de no confianza al gobierno y en el plazo de catorce días la Cámara no aprobar una moción de confianza en sentido contrario.

Boris Johnson y sus aliados norirlandeses tenían la mayoría absoluta, pero los laboristas se negaban a una convocatoria extraordinaria como la de 2017 en la que sí asintieron y los dos grandes partidos reunieron los dos tercios necesarios. Una autocensura era implanteable. Por tres veces los conservadores intentaron aprobar la convocatoria de las elecciones, pero no fue posible alcanzar los dos tercios de votos, ya que la oposición o bien votaba en contra (unos pocos), o bien se abstenían (casi todos).

Vista la negativa los conservadores decidieron tomar otra vía, aprovechando un propuesta de los nacionalistas escoceses y liberales-demócratas. En el Reino Unido todas las leyes, tengan trascendencia constitucional o no, se aprueban con la misma mayoría, que es la simple. Se presentó un proyecto de Ley que si bien no modificaba la ley de 2011, convocaba elecciones generales por sí misma, por ministerio de la Ley que diríamos por aquí.

En cuestión de días el Parlamento aprobó la Early Parliamentary General Election Act 2019 que convocaba las elecciones de acuerdo con la sección 2 (7) de la Fixed-term Parliaments Act, pero no contando con las mayorías ni con los procedimientos requeridos.

La ley de 2011 establecía una mayoría de dos tercios que hacía precisa la concurrencia de los dos grandes partidos del Reino Unido a la hora de convocar elecciones, como sucedió en 2017, pero esa mayoría de dos tercios se cimentaba en una ley que podía ser modificada o excepcionada, como hemos visto, por una mayoría simple.

Se puede llenar un ordenamiento de fuertes mayorías para tomar numerosas decisiones, pero si las normas que las establecen no requieren al menos la misma mayoría para ser modificadas o excepcionadas, no tienen ningún sentido.

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La ley federal (3 US Code 7) establece que el primer lunes después del tercer miércoles de diciembre (14 de diciembre) se reunan los electores presidenciales para emitir su voto. Cuando escribo esto (5 de noviembre) parece que el resultado final va a ser ajustado y quien gane puede que tenga poco margen de error a la hora de que tuviera que sufrir faithless electors, es decir, electores que a la hora de emitir su voto no lo hacen por el candidato por el que se había comprometido.

La Convención Constitucional estableció el Colegio Electoral sobre la idea de que serían elegidos ciudadanos insignes que votarían quién debería ser la cabeza de la República. Rápidamente cada partido presentaba una lista de electores que, de ganar, votarían por el candidato de ese partido (aunque en aquella época los candidatos tenían la deferencia aristocrática de no hacer personalmente campaña). De hecho durante las primeras décadas los electores, en algunos estados, no eran elegidos popularmente sino por la legislatura estatal o un colegio de delegados electo “ad hoc”.

No existe ninguna ley federal que obligue al elector a votar por el candidato con el que se había comprometido, pero muchos estados sí han establecido medidas para forzar el cumplimiento del compromiso como son la imposición de multas, cargos penales o la sustitución forzosa de los electores que no son fieles. Esta mismo año el Tribunal Supremo ha señalado la constitucionalidad de estas leyes en en el caso Chiafalo v. Washington y en Corolado Department of State v. Baca.

La Duodécima Enmienda a la Constitución establece la necesidad de alcanzar la mayoría de los electores designados, que si son 538, se situará en 270 como ya es de común conocimiento. En el caso de que no se alcance, los tres con  más votos (de haber al menos tres) serán los candidatos entre los que la Cámara de Representantes tendría que elegir. La elección en la Cámara de Representantes no se hace por miembros, sino por cada uno de los estados que tiene un voto y su sentido se decide de acuerdo con el voto de los representantes de éste. De esta forma California con 53 representantes tiene el mismo peso que Idaho con un solo representante.

Hace varias semanas publicamos en Geografía Subjetiva una valoración sobre quién hubiera ganado la Presidencia, desde el año 2000, en función de la Cámara elegida el mismo día de las elecciones presidenciales. La conclusión era que el vencedor en el Colegio Electoral hubiera obtenido al menos los veintiseis estados necesarios para acceder a la Casa Blanca.

La misma previsión se da para la Vicepresidencia con la excepción de que en este caso el cuerpo electoral es el Senado que también vota por estados. El hecho de que cada estado tenga únicamente dos senadores hace que sea más fácil que el voto de un estado quede indeterminado si los dos senadores pertenecen a partidos diferentes. En la simulación que hicimos en la Vicepresidencia no hubiera habido tanta facilidad para conseguir que el ganador en el Colegio Electoral fuera elegido ya que en ninguna de las cincos ocasiones estudiadas ni republicanos ni demócratas alcanzaban los veintiseis estados.

¿Qué sucedería este año?

Hay que indicar que todavía hay muchas elecciones para representantes y senadores en el aire, de modo que hay que poner algunos estados en la columna de “sin decidir”.

En la Presidencia los republicanos cuentan con veinticinco estados y los demócratas con diecinueve. La mayoría en las delegaciones de Arizona y Iowa en la Cámara aún están por decidir.  Georgia, Michigan, Minnesota y Penssylvania estarían empatada. De forma que en el caso, por ejemplo, de que Biden llegara al 14 de diciembre con escaso margen y algunos electores fallaran a su compromiso, la Presidencia continuará teniendo de titular a Donald Trump.

Nuevamente la Vicepresidencia es torna en problemática porque en este momento los republicanos tendrían veintidós estados, los demócratas veintiuno, cinco empates y dos aún indecisos.

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Actualización del día 9.

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Normalmente, cuando han ido las elecciones estadounidenses, nos hemos ido a la cama a horas indecentes, pero con un claro ganador. Ahora esto se prolonga durante dos jornadas y comienza a parecerse a esos encantadores escrutinios irlandeses que vivimos pegados a la retransmisión de la RTE.

Mi “timeline” en Twitter se ha llenado hoy de comentarios jocosos sobre lo que se está prolongando el recuento en estas elecciones en los Estados Unidos. Si de algo estamos orgullosos los españoles es de lo eficacez que somos contando votos, de forma que una hora y media después del cierre de los colegios electorales están todos los escaños o concejalías repartidos, unos celebrando, otro penando y varios cientos de miles de presidentes de mesa, vocales de mesa, interventores y apoderados volviendo a su casa para descansar.

Nuestro sistema electoral tiene eso que Pablo Simón llama bajo “coste cognitivo”. Uno vota por un partido, se cuentan las papeletas y se dice a cuántas corresponden a cada partido, se suman los votos en blanco y nulos y si no se ha metido la pata, pues cuadra con el número de personas que han votado. No es raro que a alguien no le cuadre (dan mucho juego para esas confusiones los interventores que votan en la mesa pero que no están en el censo de la mesa) y se cuente otra vez, pero es un rato pequeño. Se rellenan las actas y se firman, se dan los datos al funcionario para que los transmitan y los frikis de las elecciones los veamos en nuestros ordenadores y se espera a un vehículo policial, en algunos casos, para trasladar a los presidentes de mesa a la sede de la Junta Electoral de Zona.

¿Realmente es siempre así de sencillo nuestro sistema? Pues no, hay un punto negro y ese lo encontramos en las elecciones al Senado. En las provincias se eligen cuatro senadores por el bonito sistema de listas abiertad (en las islas y en las ciudades norteafricanas el número es menor), pero el votante solamente tiene tres votos, de modo que una papeleta puede salir de la urna siendo nula (por el motivo que sea), sin ningún voto, con un voto, con dos votos o con tres votos, es decir, hay cinco posibilidades frente a las tres en el Congreso.

¿Qué problema tiene esto? Que el número de papeletas no indica necesariamente el número de votos, pues no todo el mundo votará a sus tres candidatos, de forma que eso de multiplicar las papeletas por tres no es la solución. Entonces los miembros de la mesa y los representantes de los partidos políticos comienzan a hacer palitos y a rezar para que al finalizar todos tengan los mismos palitos en cada uno de los candidatos, porque de no ser así hay que volver a hacer palitos. Los errores vienen normalmente del cansancio o despiste de alguno de los intervinientes. En ocasiones se utiliza la pizarra del aula para llevar un conteo “unitario”.

Pues si el Congreso está recontado, celebrado o llorado en una hora y media, el Senado se puede alargar unas cuantas horas más y terminar de madrugada. Ésa es la parte que no vemos en nuestras Elecciones Generales y la que más tiempo y paciencia emplean y, desde luego, la menos eficiente de todos nuestros procesos electorales.

Teniendo en cuenta que en la papeleta de hoy en cualquier estado de los Estados Unidos no sólo está la elección del Presidente, sino de un representante en la Cámara federal, posiblemente un senador federal, un representante estatal, un posible senador estatal, algunos referendos, el gobernador o mil cargos más parece que no duran tanto y más cuando lo hacen todo en una papeleta y tachando.

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Los mapas electorales en ocasiones son engañosos porque representan la extensión del territorio y no la cantidad de los electores. Todos hemos a personas que interpretaban determinados mapas como victoria de quien precisamente había sido derrotado, simplemente porque su color se extendía más en el espacio.

Desde hace unos años existen unos mapas que representan los territorios en hexágonos y cada escaño es un hexágono, modificando el tamaño de los territorios en virtud de su representación (lo he visto sobre otro utilizado por los medios británicos en las elecciones a la Cámara de los Comunes del Reino Unido).

Desde 2016 he leído muchos análisis en clave sociológica, o social, de los resultados de las Elecciones. El problema es que muchos tratan de explicar, desde una clave social o sociológica, algo que no es tal, sino una mera institución electoral.

Ningún cuerpo elegido es reflejo de la sociedad, pero hay algunos que especialmete no lo son, como el Colegio Electoral cuando la mayoría de los electores no coinciden con el voto popular o cuando sucedió algo parecido en el Parlamento de Cataluña cuando el partido más votado no fue el que más escaños tenía.

Intentar explicar un resultado en el Colegio Electoral en su conjunto en términos de cambio social o de tendencia social es una absoluta equivocación, como muestra que el Colegio y la sociedad tienen mayorías diferentes. Antes de hablar de la sociedad estadounidense, empleando los resultados del Colegio Electoral, no hay que olvidar que desde 1992 los republicanos solamente han ganado una vez el voto popular, en 2004, hace dieciseis años.

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