Cimentando el Egipto turco

Tras la caída del régimen de Hosni Mubarak tratábamos de ver cuáles podían ser las salidas políticas e institucionales. Con una participación bastante baja, algo más de un tercio de la población, los islamistas se han hecho con la mayoría de los escaños en el nuevo Parlamento, dejando a las otras fuerzas fuera de juego en el nuevo legislativo. Al cabo de poco tiempo creo que veremos cómo los Hermanos Musulmanes terminan deshaciéndose de los salafistas por más que ahora tengan coincidencias temáticas.

Otra cosa que ha quedado clara es que las Fuerzas Armadas no quieren someterse a un poder civil emergido del Parlamento y que prefieren mantener una existencia aparte de la sociedad. Pueden que estén esperando a la redacción de la nueva Constitución para garantizarse un poder institucional independiente del resto del Estado por medio de algún órgano tipo ‘consejo supremo de las fuerzas armadas’ que decida en última instancia las cuestiones verdaderamente importantes, sin posibilidad de acción por parte del ejército.

El otro elemento será la configuración futura de la Presidencia de la República, dependiendo de que se adopte un sistema parlamentario o presidencialista. Vistos los precedentes, los militares presionarán sin dudas a favor del Presidencialismo y a favor, también, de un papel determinante a la hora de elegir al Presidente. Que El Baradei renuncie a su candidatura a la Presidencia dice algo del modelo que no se va a seguir o el que se va a seguir.

En definitiva, parece que poco a poco se va forjando algo parecido al modelo turco, pero sin demasiados éxitos para saber si será una implantación exitosa o no. Se va forjando y los militares van dando muestras de que no consentirán ni nuevas protestas, ni una nueva revolución. El edificio administrativo y el sector público sigue incólume y con ellos toda la red clientelar de Mubarak que está a punto de ser los herederos silenciosos del nuevo régimen.

El reverso tenebroso de las revueltas árabes

Llevamos un mes de enero caliente en los países árabes. En Túnez ha caído la dictadura y no está demasiado claro lo que sucederá. En El Líbano se han convocado protestas por la elección del nuevo Primer Ministro al que los suníes consideran un mero títere de ‘Hizbulá’, partido islamista chií y prosirio. En Egipto hay serias protestas en muchas ciudades

El problema geopolítico de los países árabes es, desde hace varias décadas el mismo. Se deja hacer a regímenes dictatoriales que son un poco de corrupción a cambio de que mantengan controlados a los islamistas y que estos no controlen el flanco sur del Mediterráneo. Los dictadores árabes y sus regímenes han sido incapaces que generar una sociedad civil potente y laica, y a pesar de que hayan conseguido, como es el caso de Egipto, subir algunos indicadores de los niveles de vida no han conseguido nivelar sustancialmente las desigualdades sociales.

Los problemas que tienen estas revueltas son:

1) En corto y medio plazo generan una tremenda inestabilidad política porque las dictaduras han destrozado cualquier opción democrática fuerte para ejercer el gobierno.

2) En medio de esa falta de estabilidad y de posibles gobiernos débiles, los islamistas siempre aparecen, aunque parezca que nunca han estado. Cuentan con la financiación externa suficiente y, dado su halo religioso, ningún régimen árabe ha atacado desde la caída de la URSS, sus bases sociales (cariz confesional y no laico de la sociedad).

3) Las potentes desigualdades sociales potencia el papel de los islamistas y su prestigio social. Con todos sus recursos y en contraste con la corrupción de los gobiernos, son enormemente eficientes y por ello cuentan con el reconocimiento de amplios sectores de la sociedad al darles algunos servicios que el Estado debería proporcionar.

Ignacio Sotelo y la pérdida de los valores democráticos

El pasado 14 de septiembre Ignacio Sotelo publicaba en “El País” un artículo en el que abogaba por mejorar las relaciones con Marruecos dando Ceuta y Melilla como pago, ya que a juicio del autor ambas ciudades suponen un gasto inasumible en tiempos de crisis y constituyen fuentes de fricciones con un país vecino con el que se deben mantener buenas relaciones.

Ayer, también en “El País”, el Presidente de la Ciudad de Ceuta publicó un artículo de respuesta, con el que estoy de acuerdo. Es muy raro que yo esté de acuerdo con el Presidente Vivas. El artículo de respuesta era correcto y rebatía acertadamente las afirmaciones de Sotelo, aunque por la naturaleza política del firmante y de sus asesores, además de por la necesario limitación de espacio, no se profundizó en algunos aspectos que son dignos de mención y comentario.

Ignacio Sotelo fundamenta su artículo sobre un pragmatismo que quiere oír de todo tipo de nacionalismo, español o periférico, que le es útil para atacar los llamados ‘derechos históricos’ de los que hablaremos más adelante. El problema es que una cosa es ser nacionalista, otra no ser nacionalista y, una muy diferente, es ser un nihilista de la comunidad política, superando incluso a las concepciones más minimalistas del Estado.

Para Sotelo no es defendible cualquier política que, en virtud de una idea de ‘nación’, anteponga determinadas pretensiones sobre la propia identidad o configuración a cuestiones prácticas. Es curioso que solamente a España le esté vetado hasta la más civilizada brizna de nación, mientras que a Marruecos no le critica ninguna de las concepciones nacionalistas que sustentan las rutinarias reivindicaciones de Ceuta y Melilla.

Sotelo tiene razón en decir que nos conviene tener relaciones buenas con Marruecos. Estoy de acuerdo y cualquier persona con dos dedos de frente lo estará, pero hay que preguntar de quien depende tener esas buenas relaciones. Al menos hay dos partes y, por lo visto, hay una empeñada en provocar ridículamente y esa parte no es España.

Es más Sotelo no menciona el motivo por el que él piensa que la entrega de Ceuta y Melilla a Marruecos garantizaría una buenas relaciones. Marruecos no mantiene relaciones sin fricciones con ninguno de sus vecinos (Mauritania, Argelia y España). Es más Marruecos, desde los años setenta, ha reivindicado el Sáhara Occidental (que lo tiene ocupado militarmente), Ceuta, Melilla y las Islas Canarias. Su agenda de ampliación territorial está clara. Solamente nos resta saber si Ignacio Sotelo estaría dispuesto a entregar las Islas Canarias para que determinadas empresas tengan más facilidades en Marruecos. Las buenas relaciones han de ser mantenidas por las dos partes y no solamente por una.

El chantaje implícito, que Sotelo bendice, de la necesidad de controlar la inmigración y el terrorismo nos coloca en la posición de eternos pagadores a cambio de que Marruecos cumpla con sus obligaciones como estado que quiere ser parte del ámbito económico europeo. En las relaciones internacionales nadie hace nada gratis, pero lo que propone Ignacio Sotelo conlleva que España deba someterse a una especie de nueva edición del vasallaje con Marruecos (tierras a cambio de protección de la inmigración y el terrorismo).

El autor del artículo quiere crear confusión sobre la población de Ceuta y Melilla. En Ceuta y Melilla no vivimos cuatro comerciantes y unos cientos de funcionarios, sino 150.000 españoles. Cae Sotelo en la trampa mental y en la xenofobia implícita, además de en desagradable coincidencia con la propaganda marroquí, de que los musulmanes ceutíes y melillenses no son españoles sino marroquíes. También habla de que Ceuta y Melilla viven del ‘comercio informal’ (eufemismo de ‘contrabando’) pero no se para a pensar que es Marruecos quien pone todos los obstáculos materiales y legales en su mano a que haya un comercio formal, que sería muy beneficioso para las regiones limítrofes y para las dos ciudades españolas.

Leyendo su artículo me he sentido retrotraído a los estudios de Historia en los que unos reyes se reunían y se repartían territorios y poblaciones como satisfacciones de guerra, para calmar los ánimos o como regalo de boda. Ignora cualquier idea de ciudadanía, de derechos personales o de contrato social cuando cree que comprar el buen entendimiento con Marruecos a cambio de dos ciudades españolas y sus habitantes es una buena idea. Parece que los ceutíes y los melillenses somos piezas de intercambio en la pobre estrategia mercantilista de Sotelo y no ciudadanos españoles.

El problema que tiene Sotelo es que confunde la retórica de los ‘derechos históricos’ con las consecuencias jurídicas que crean los acontecimientos, recogidas tanto en el Derecho de cada país como en el Derecho Internacional. Ignacio Sotelo no quiere hablar de Derecho y prefiere la óptica del amigo y el enemigo, de la victoria y la derrota, de la amenaza y el apaciguamiento. No quiere hablar de Derecho pero nunca habla de ciudades españolas, muy hábilmente, sino de plazas de soberanía y de dominación (¿sobre quién?).

No tiene razón Ignacio Sotelo cuando dice que Marruecos es una ‘democracia deficiente’. Marruecos es una dictadura de corte teocrático con algunas instituciones, sin poder real, que simulan ser democráticas. En Ceuta y Melilla hay un sistema democrático y un régimen de derechos y libertades, y lo que propone es que los territorios y las poblaciones sean entregados a un dictador que gobierna en nombre de Dios.