Legislativo reelecto

Bandera Corea del Norte
Este blog está en condiciones de confirmar que el Frente Democrático para la Reunificación de la Patria ha renovado su aplastante unanimidad en las elecciones legislativas de este domingo. Tal y como preveían los sondeos de opinión y las “israelitas” esta coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores ha conseguido hacerse con todos los diputados de la Asamblea Popular Suprema.

En este momento la Policía está procediendo a cerrar la jornada electoral mediante la detención de los que no fueron a votar o los que no votaron correctamente.

Monarquía populares

Determinados regímenes de extrema izquierda, o autodenominados así, tienen serios problemas en la sucesión de sus líderes. Estos han acumulado tanto poder personal que una sucesión burocrática, ordenada y aburrida es casi imposible, de forma que la transmisión se hace directamente a alguien con la suficiente confianza de que, una vez investido sucesor, no intentará acelerar su ascenso a la primera posición.

En Siria el poder pasó de padre a hijo; en Coreo del Norte ya se está preparando la transmisión de poderes al nieto del creador de este régimen; en Cuba la sucesión ha sido más al tipo de las monarquías árabes, de hermano a hermano.

Para justificar el cumplimiento del requisito de ser una democracia que se encontraba en la Carta de las Naciones Unidas, los teóricos soviéticos crearon el concepto de ‘democracia popular’, que era el eufemismo con el que se calificaba a las dictaduras comunistas. Al menos en esas ‘democracias populares’ las sucesiones se daban dentro de la ‘nomenklatura’ que, aunque tenía consideraciones familiares, guardaba unas mínimas formas.

Nomenklatura (de Voslensky)

Michael VOSLENSKY: La Nomenklatura. Los privilegiados en la URSS. Traducción de Fernando Claudín. Argos-Vergara. Barcelona, 1981. 397 páginas.

Cicerón le escribía a su hermano diciéndole que, en las elecciones consulares a las que se presentaba y en las que resultó elegido, no iba a utilizar ‘nomenclator’. El ‘nomenclator’ era una persona que se conocía a todas las personas relevantes o medio relevantes de la sociedad romana de la República tardía.

El disidente soviético utilizó este latinismo para designar a la clase dirigente soviética, a la que denominó, en una expresión que tuvo éxito, ‘Nomenklatura’. Este libro publicado en occidente en los años ochenta (hubo una edición clandestina previa en la Unión Soviética) reveló al gran público tanto la estructura del poder en la URSS como la forma de vida de los dirigentes comunistas. Sin lugar a dudas supuso un varapalo para los comunistas occidentales que todavía mostraban fuerza y convencimiento.

Leído a estas alturas de siglo XXI no dice nada que alguien medianamente interesado en la historia política contemporánea no sepa y algunas de las insistencias del autor se dan por descontadas, especialmente la que ahonda en la idea de que el poder no se ejerce desde las instancias formales y jurídicas, sino desde instancias política que se refugiaban dentro del inmenso aparato del PCUS.

Tomando distancia se puede decir que el autor describe lo que es cualquier ‘aparato’ tanto de un partido como de una organización de otro tipo, en el que las relaciones clientelares y cuestiones de protección de los propios intereses personales y corporativos pueden primar sobre las ideas que se dice defender. La gran diferencia entre la ‘Nomenklatura’ soviética y otras ‘nomenklaturas’ pasadas y presentes, es que la primera no tenía oposición alguna, consecuencias de sus métodos criminales aplicados durante décadas.

Para quienes en sus tiempos creyeron en el paraíso soviético, este libro debió suponer una gran contrariedad moral, porque ver como la lucha obrera era realmente una lucha por extender el dominio de una clase dominante no puede ser del agrado de cualquier persona bienintencionada que militase en una formación comunista o tuviera concomitancias ideológicas.

El libro describe desde los contornos de quienes pertenecen o no a la ‘Nomenklatura’ (la clave parece estar en tener o no un determinado tipo de línea telefónica y estar en una lista telefónica del Comité Central del PCUS), los modos de acceder a los cuadros dirigentes y la subsiguiente carrera dentro de la ‘Nomenklatura’, hasta consideraciones en torno al comportamiento de este grupo como clase social dominante, desde una perspectiva marxista de la que el autor no se puede o no se quiere liberar.

Para terminar sí creo que el libro tiene un punto débil. El autor acusa a los occidentales de ser demasiados ingenuos con la Unión Soviética, pero él cae en lo que critica cuando hace referencia comparativa a las instituciones y a los políticos occidentales. Evidentemente el fenómeno de la ‘Nomenklatura’ que él describe no ha tenido paragón en los países occidentales, pero sí hay situaciones que presentan sospechosos parecidos y, desde luego, los políticos occidentales no son esos señores sencillísimos, hartitos de trabajar y casi sin ayudantes, que él presenta. No lo es ahora ni tampoco cuando Voslensky publicó el libro.

En mi opinión Voslensky comete otro error, quizá porque asume inconscientemente la propia propaganda soviética. Al hablar de la política exterior dice que la de los países occidentales cambia tras las elecciones, mientras que la soviética tenía planes a largo plazo. Esto es cierto pero sólo para los matices, porque si algo caracteriza la política exterior de las potencias occidentales es la continuidad de ésta, independientemente de los detalles que el gobierno de turno le confiera.

Un libro recomendable, y más en verano, y sobre todo cuando uno se pirra por la política de la segunda mitad del siglo XX.

Comunidades imaginadas

Benedict ANDERSON: Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del Nacionalismo. Fondo de Cultura Económica. México. 2006. 313 páginas.

Una comunidad política, cultural o social tiene que ser imaginada. Si no excita la imaginación, si no se le dan instrumentos que hagan posible razonable la existencia de una comunidad de vínculos y solidaridades entre personas que ni se conocen ni se conocerán nunca

Este libro fue publicado originalmente en inglés en 1983 y su autor no tuvo problemas en mostrarse deudor del pensamiento marxista, pese a que este método está poco presente a lo largo del libro, cediendo su lugar a un método más cercano a la Hermenéutica.

En mi opinión lo más relevante de esta obra es que habla de la construcción de la identidad nacional más de los países asiáticos que alcanzaron su independencia en el siglo XX, que de los clásicos y casi arquetípicos ejemplos europeos como son el alemán o el italiano y cuando el Viejo Continente es el centro, lo es a través de Hungría o de Suiza. El hecho de que la idea de la nación indonesia tenga sus raíces en la política colonial nederlandesa da a entender el alcance que han tenido las diferentes formas y políticas colonizadoras.

Quizá sea por especial querencia personal, pero siempre me han interesado las cuestiones de política lingüística o algo que podríamos denominar como “Filosofía Social y Política del Lenguaje”. Se detiene especialmente en la forma que la lengua crea comunidad, es decir, como la lengua es un instrumento privilegiado de eso que imaginamos que es la pertenencia a una comunidad y, lo que es más, la existencia misma de la comunidad. Y quien habla de lengua e imaginación comunitaria termina hablando de cómo la educación contribuye.

Los dos capítulos que se añadieron para la segunda edición inglesa (1991) están más cargados en conceptos y, aunque se notan más elaborados, sí añaden un carga explicativa mayor que algunas páginas con largas citas que dan la impresión de cierta sobreinterpretación. Anderson habla al final del censo, del mapa, de la biografía de las naciones, del museo o del tiempo. Un libro interesante, pese a que a veces haya páginas que podrían ser reducidas.

El Stalin de Robert Service

Robert Service: Stalin. Una biografía. Siglo XXI. Madrid. 2006. 752 páginas.

Hace poco escribí una entrada en la que comentaba la biografía que Robert Service escribió hace años sobre Lenin, aprovechando la apertura de los archivos del PCUS. Ahora le toca el turno a la biografía, que el mismo autor, ha escrito sobre Stalin.

El juicio general es positivo y sirve para tener un conocimiento preciso y bien documentado, sin apasionamientos y revanchismos, de unos de los políticos más importante y sanguinarios de la Historia de la Humanidad.

Su volumen es mucho mayor que la de Lenin, entre otras cosas porque el tiempo que Stalin estuve tanto en las altas esferas del poder como en su cumbre es también mayor que el de Stalin; esto ha provocado un más cuantioso cauce documental en los archivos. Si bien es cierto que Lenin hizo posible el nacimiento de la URSS, fue Stalin el que llevó a la URSS a ser una de las dos superpotencias del mundo, aprovechando una coyuntura muy favorable pero que requería la astucia que sí tenía este dirigente comunista.

Los aspectos más criticables de la obra de Robert Service son, a mi juicio, la excesiva extensión que le otorga a la infancia y adolescencia de Stalin, y lo confusa que resulta su participación en la Revolución de Octubre y en la Guerra Civil. La confusión llega a su extrema cuando se intenta explicar su ascenso al poder absoluto, de hecho, queda más clara esta ascensión en la biografía de Lenin que en la propia de Stalin.

El Lenin de Robert Service

Robert SERVICE: Lenin. Una biografía. Siglo XXI. Barcelona. 2001. 712 páginas.

Resulta difícil leer una obra que intenta responder a lo que el autor llama una biografía mitificada cuando no se conocen las obras que constituyen este constructo. Hay referencias a episodios y acontecimientos que la Hagiografía soviética convirtió en referentes para entender la vida de Lenin, que un lector como yo, nacido en los años setenta y alejados de los ambientes comunistas, no conoce.

El estilo biográfico de Service es bueno, no en vano pertenece a la más excelsa escuela biográfica, la británica. Si eliminamos el pequeño inconveniente al que hacía referencia en el primer párrafo es una lectura de lo más recomendable.

No falta documentación. El ritmo de narración se agradece y los personajes se encuentran en un número justo, pese a tener que ser grande, de forma que no se pierde el hilo del libro para preguntarse quién es. Hace interpretaciones juiciosas, a partir de los hechos narrados

El capítulo final, sobre la creación del mito de Lenin, que es casi obligatorio para conocer la forma en la que se edificó uno de los cultos a la personalidad más importantes del siglo XX y las consecuencias que tuvo y tiene.

La única laguna que encuentro en este libro es conseguir explicar cómo el Partido Bolchevique, que siempre era descrito como cada vez más reducido por la estrategia de Lenin, puede hacerse con el poder y el control de una buena parte del territorio, es decir, si eran cuatro gatos cómo se hicieron el gobierno y media Rusia, por más que los soviets ejercieran el poder local, muchos no se encontraban en manos de los bolcheviques. Evidentemente los bolcheviques no controlaron todo el territorio, para lo cual necesitaron una guerra civil, pero sí una buena porción, porque de lo contrario hubiera sido imposible no ganar esa guerra, sino simplemente luchar en ella.

Plan de rescate: no comprendo tanta alegría


Hablaré de Economía y de la situación que estamos viviendo, a pesar de que me he resistido todo lo que he podido. Lo he hecho porque esto es demasiado complejo para que alguien, sin mucha formación económica como yo, venga a decir algo que iba a ser un digesto de cosas leídas.

Lo que voy a hacer no se diferenciará mucho de lo que temo, pero sí creo que tiene la ventaja de haber intentado distanciarme un poco. Voy a escribir por punto, que es lo que más me sirve para ordenarme cuando demasiadas ideas me fluyen.

1) La decisión de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos me ha hecho recordar la diferencia que Max Weber hace entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera es la ética del investigador, del predicador o del activista que se mueve únicamente con sus convicciones y mira la coherencia del mundo con ésta. La segunda debería ser la ética del político, que al tomar decisiones tiene que mirar por las consecuencias de lo que decide. Ha habido representantes que se han guiado únicamente por la convicción, por votar de acuerdo con sus principios últimos, asumiendo incluso que la responsabilidad no va con ellos.

2) Lo peor no es que haya habido representantes que hayan votado guiados únicamente de una ética de la convicción, lo peor es que hay, sin duda, muchos representantes que solamente se han guiado por el hecho de que las elecciones están a la vuelta de la esquina y quieren permanecer un bienio más en Washington. Ellos han hecho campaña y carrera política sobre la idea de que el Estado es algo muy malo y ahora ellos están encerrados en sus propias exageraciones (y nosotros con ellos) ya que sus electores se las han creído y por ellas les han votado.

3) Me hace gracia que se “sobreinterprete” una decisión de la Cámara de Representantes de los EEUU. Es una cámara que está continuamente de elecciones, por el mandato dura solamente dos años. Es sumamente volátil y tiene una dinámica diferente al Senado desde tiempos inmemoriales [véase Alexis de Tocqueville: La democracia en América] Es una cámara en la que sus miembros están normalmente ocupados recaudando fondos para su propia campaña (excepto algunos pocos que son clásicos y que no tiene rival en su distrito) y no están como para leerse ciento y pico páginas de legislación engorrosa, cuando los “think tanks” te dan una hojita con los argumentos que puedes defender [vid. John Micklethwait: Una nación conservadora]. Ni son sensatos, ni se han estudiado profundamente los intereses a devengar en la operación de rescate. Están atrapados en su propia encerrona.

4) A mí, como a otros muchos nos da asco que se tenga que ir al rescate de determinados sectores con el dinero de todos, especialmente cuando esos sectores han sido irresponsables, se han vuelto loco con las ganancias y los resultados a corto plazo y han ganado una barbaridad. Llevo semanas intentando que el asco no me nuble el entendimiento. Mantener a flote el sistema financiero es necesario, es la base de nuestra economía y sin crédito y sin seguridad en los depósitos todo se irá al “carajo” (con perdón), porque detrás de ellos nos vamos todos nosotros. Tampoco nos olvidemos que en España y en otros países los bancos están sujetos a unas regulaciones más estrictas que otros sectores, lo cual lleva aparejada la garantía del Estado.

5) No me atrevería a calificar de bueno el “plan de rescate”, pero tampoco de malo. Puede que sea una especie de tratamiento paliativo que no terapéutico, pero sí estoy convencido de que en las actuales circunstancias hay que ganar tiempo para intentar reformar las cosas. Intentar diferir la hecatombe no sólo no es mala idea sino que es una obligación.

6) Los papeles se han cambiado indudablemente. Los liberales ahora son intervencionistas y los intervencionista (o más allá) son ahora de lo más liberal. Yo que antes y ahora soy socialdemócrata creo que hay que intervenir, al igual que antes también pensaba que había que intervenir, especialmente en los sectores fundamentales de la Economía. No me vale socializar las pérdidas, pues lo que ahora se gaste la sociedad tiene que recuperarlo por la vía que sea (ganancias en sociedad o por los impuestos), ni desear el colapso del Capitalismo que un buen grupo de paleo-marxistas ven cada día más cerca.

7) Hay sectores que habrá que dejar a su suerte, no se puede con todo, pero el motor debe seguir funcionando, aunque tengamos agujeros en la carrocería. En el futuro, que nadie se olvide de lo que está pasando y que no nos dejemos llevar nuevamente por los cantos de sirena de la segunda gran utopía del siglo XX.

8) La situación necesita de liderazgo y el Presidente George W. Bush ha demostrado que no lo posee (no es un descubrimiento nuevo). Pero la situación también requiere de saber generar confianza, de “mover ficha” y tomar medidas para que contener la caída. Quedarse quieto no genera mucha confianza que digamos.