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Archive for the ‘Democracia Cristiana’ Category

El otro día hablaba de los motivos por los que el PP no ha querido avenirse a ningún acuerdo con el FAC de Álvarez-Cascos y las causas de su intento indisimulado de aniquilamiento de la nueva formación derechista.

Además de la argumentación de las relaciones personales apuntábamos la posibilidad de que el FAC fuera la puerta a la división de la derecha española en dos formaciones de ámbito nacional, pues fuera de la retórica electoral el FAC, si sale victorioso después de las elecciones asturianas, comenzará a proyectarse en todo el país.

La división de la derecha es la más secreta pesadilla de los estrategas del PP, que fundamenta su solidísima base electoral en la inexistencia de alternativa para sus votantes. Si la derecha generase un segundo partido, con caras conocidas y poder territorial (municipal y autonómico), el PP podría sufrir un fuerte revés.

Para simular el efecto en unas elecciones general de la aparición de un segundo partido de derecha en el ámbito nacional he tomado los resultados del FAC en Asturias el pasado 20 de noviembre como el alcance máximo que un partido de estas características podría tener.

FAC en Asturias tiene una fuerte implantación: ha gobernado la Comunidad Autónoma y consiguió en las elecciones municipales, 158 concejales, incluso con dos mayorías absolutas.

En las elecciones generales, una nueva convocatoria en las que la derecha volvía a no dejar a nadie en casa con la finalidad de echar a los socialistas, consiguió el FAC el 29,41% de los votos de la derecha en Asturias, lo que se convirtió en un escaño.

Dado que ese nuevo partido a lo máximo que en Geografía Subjetiva creemos que puede aspirar es a ser lo que en 2011 ha sido el FAC en Asturias hemos simulado unos resultados electorales, tomando como referencia los reales pero descontándole al PP ese 29,42% y atribuyéndoselo a una FAC extendida por todo el país y a toda su capacidad.

El caso de Madrid en estas elecciones no nos ha parecido significativo. En la única comunidad donde el reparto ha sido diferente ha sido en Navarra donde en vez de FAC hemos supuesto que el partido competidor era nuevamente UPN por lo que hemos invertido el porcentaje en el reparto de los votos.

El resultado sería el siguiente:


Habría partidos que ganarían escaños a costa del PP, y no sólo FAC, porque al ser menores los cocientes del PP pueden verse superados por cocientes de otros partidos que ahora pasarían a ser mayores.

El resultado más detallado lo podéis encontrar en aquí.

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Manuel Fraga representa todo lo del anterior régimen que ha continuado en el actual sistema democrático. Puede que no fuera tan cavernario como otros compañeros de Consejo de Ministros, pero nadie llegaba allí si no era ‘uno de ellos’ con solvencia demostrada.

Fraga siempre fue un paso por detrás la Historia. No fue capaz de ser nombrado Presidente del Gobierno y gobernar el país en lo que luego se ha llamado la ‘Transición’ porque pocos se fiaban del destino que él deseaba. Ocupó un papel dentro de la ponencia constitucional después de que su intento de aprovechar la mayoría que tenían AP y UCD hiciera aparecer una constitución lo más continuista posible con el todavía presente.

Tampoco fue capaz de articular la fuerza política de derecha que diera equilibrio al sistema de partido y continuidad institucional a las jerarquías administrativas y montó un chiringuito, Alianza Popular, con los que eran sus compañeros naturales.

Solamente la disolución/suicidio de la UCD, y la pérdida de peso muerto como Fernández de la Mora, pudo permitir a AP asumir una parte del espacio electoral de la UCD, toda aquella que no era propiamente la más centrista, que ya se había ido en 1982 con los socialistas. Él creó una coalición que es reflejo de su concepción de grupúsculos elitistas de la Política, pues parasitaron de AP los trepas de Alzaga (el PDP) y los de Piñero (UL) creyendo que aportaban algo que solamente existía en la cabeza de Fraga.

Fraga fue rechazado por el electorado. El rechazo era tan claro que, hay que reconocerlo, se percibió a sí mismo como obstáculo, y se marchó en dos ocasiones. En la segunda ya decidió que el partido había que remozarlo, quitar a toda la pléyade de caras del régimen franquista y entregar la organización a la siguiente generación que, siendo ideológicamente fiables, tenían otra imagen. De camino se intentó recoger los restos democristianos que todavía daban tumbos por la política española y que habían conseguido algo en la administración comunitaria.

Había vilipendiado a las autonomías, pero eso no le fue obstáculo para presidir una de ellas sin el menor recato y con más parafernalia que cualquier otro presidente regional. Lo ha sido todo menos a lo que se consideraba predestinado por méritos personales y oposiciones aprobadas: ser Presidente del Gobierno.

Sobre sus responsabilidades en la Dictadura no tengo ganas de pronunciarme. Solamente diré que recuerdo como justificó, no hace demasiado tiempo, no sólo el golpe de Estado de Pinochet sino su ulterior dictadura militar donde las opositoras eran violadas con perros.

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La gentuza política no tiene fronteras y en Grecia parece abundar esta especie. El líder del partido derechista Nueva Democracia que aumentó el gasto y el sector público como instrumento clientelar, que montaron unos Juegos Olímpicos desmedidos y que falsearon los balances de las cuentas públicas.

El líder de ese partido ha querido desmarcarse de sus correligionarios conservadores europeos y volver por sus fueros de nacionalista heleno intransigente diciendo que nada vale salvo bajar algunos impuestos.

Lo simpático de todo esto es que se sabe Primer Ministro en nada que se celebren elecciones y todo el mundo le eche el muerto de la tremenda crisis griega a quienes simplemente dijeron lo que había tras las falsedades de los gobiernos conservadores.

Y es que este hombre tiene todos los elementos para ser un triunfador político: la culpa es de los demás siempre y sobre todo de los macedonios que quieren romper la unidad nacional griega.

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He leído dos buenísimas entradas, una de R. Senserrich y otra de @CardinalXimenez sobre el futuro político de Egipto, ambas dos recomendables. Las dos grandes cuestiones, que se exponen en estas dos entradas y en muchos artículos de prensa de estos días, son el papel qué van a desempeñar los altos mandos de las Fuerzas Armadas una vez ‘dejen el poder’ y cuál será el protagonismo del Islamismo político en el futuro de Egipto, después de décadas de tolerancia social y prohibición política.

¿Cuánta democracia?

En principio la respuesta debería ser simple y directa: cuanta más democracia mejor. Pero rápidamente nos sale la pátina racista y pensamos que lo de la democracia debe ser algo parecido a conducir un Ferrari, sólo para los que lo valen, y que tenemos un modelo utilitario para aquellos de los que no nos fiamos demasiado, entre los cuales están siempre todos aquellos que profesen la religión musulmana y/o hablen cualquier variedad dialectal del árabe.

Dicho lo cual, de lo que tenía unas enormes ganas, hay que indicar que toda transición exige pactos y renuncias y los egipcios deberían procurar tener cuanta más democracia les sea posible y que no sea necesario padecer represiones y hacer una revolución nueva para ir agrandándola.

Un paso fundamental para conseguir la mayor democracia posible es desmontar las estructuras del régimen que, que nadie se equivoque, son independientes de que Mubarak fuera o no Presidente. Con la más importante, las Fuerzas Armadas, se deberán tomar su tiempo, pero hay otras más fácilmente atacables como es la administración civil y demás redes clientelares de la sociedad civil sobre la que se ha sustentado el régimen y que intentarán pervivir de mil maneras.

¿Cómo creen si no que ganó tan plácidamente la UCD las primeras elecciones democráticas españolas? (puro continuismo del régimen franquista: estaba hasta Mayor Oreja).

¿Qué orientación político-religiosa adoptará Egipto?

Aquí es donde Occidente está un tanto asustado y por lo que muchos anhelan alguna fórmula de control. El miedo es el Islamismo político y su nombre egipcio es ‘Hermanos Musulmanes’.

Muchos han mirado o hemos mirado rápidamente a Turquía, donde una cosa llamada ‘Kemalismo’ lleva funcionando desde la Primera Guerra Mundial. La idea de Kemal, fundador de la República de Turquía, es que su país debería ser un país absolutamente homologable a los occidentales, adquiriendo sus instituciones y sus formas y, sobre todo, separando radicalmente el Estado de la religión. El guardián de esto no es ninguna institución judicial o política, sino simplemente el Ejército que, cuando ve que el orden de Kemal se desvía, da un golpe de Estado, reprime a los ‘desviados’ y reconduce la situación a la que ellos consideran óptima.

El gran desafío al Kemalismo se dio con la victoria electoral de un partido islámico de corte moderado que no busca una teocracia sino la ejecución de un programa político conservador. Una versión musulmana de la Demoracia Cristiana que bien podríamos denominarla como ‘Islamodemocracia’. Parece que tras algunas tensiones iniciales con los militares, el gobierno islamodemocrático se ha asentado y sigue haciendo las políticas occidentales que han caracterizado a Turquía en las últimas décadas, entre ellas un escaso respeto a los derechos humanos. Hay que señalar que la ‘Islamodemocracia’ no nació como un proyecto prediseñado, sino que ha sido consecuencia de la necesidad de los sectores más tradicionales de adaptarse a las instituciones y a la sociedad turca, que no está para sandeces afganas.

No me extrañaría nada que la nueva Constitución encomendase a las Fuerzas Armadas una misión de vigilancia constitucional similar a la turca. Lo que estoy seguro es que durante mucho tiempo el Gobierno civil del país no va a tener el control de los militares egipcios, que adoptarán una posición a lo Pinochet.

Presidencialismo o parlamentarismo. Sistema de partidos.

La segunda gran opción constitucional es determinar el sistema de gobierno. En el imaginario colectivo de Egipto, y de las dictaduras, la figura del Jefe del Estado, o Presidente, es la que tiene el protagonismo absoluto. Un modelo presidencialista sería tierra abonada para una reedición del régimen, aunque con otras caras, porque el imaginario es poderoso y buscará, y encontrará a un líder carismático.

El Parlamentarismo es una lata. Debates, pactos, enmiendas, acuerdos, pero sobre todo los gobiernos caen parlamentariamente, los ministros le ponen la zancadilla al Primer Ministro o le fallan sus socios e gobierno. Y también pueden caer a través de unas elecciones que no son el todo o la nada (como sí son unas presidenciales en un país presidencialista). Las minorías tendrán incentivos para no romper con el sistema.

La renovación más o menos estable de los cuadros dirigentes del país tiene una función de pedagogía política: enseñar que en una democracia nadie dura demasiado.

Además el Parlamentarismo incentiva la creación de partidos fuertes, desplegados territorialmente, con intereses electorales diversos y que siempre pueden tener opciones de gobernar solos o en coalición. El Presidencialismo crea partidos débiles.

Antes de las manifestaciones y de la revuelta, Egipto había sido noticia por el ataque de grupos extremistas musulmanes a iglesias, negocios y miembros de la minoría cristiana de Egipto: los coptos. Son cerca del 10% de la población. En la revuelta, junto a la caída del régimen, han reivindicado su papel político y social (la imagen de los cristianos protegiendo el rezo de los musulmanes aún me sobrecoge). Las leyes discrimnatorias contra los cristianos tienen que desaparecer necesariamente y darles una participación suficiente en el gobierno del país.

Al final casi todo se queda pendiente de algo a lo que solamente los que diseñan bien las jugadas le prestan atención: el sistema electoral.

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El Partido Popular en Catalunya tiene una existencia difícil. Con los votantes de izquierda, en una región muy industrializada, tiene poco que hacer, y la mayoría de los votantes de derecha tienen el pequeño problema, para el PP, de ser más o menos catalanistas y prefieren votar a CiU antes que al PP. Le queda la pequeña porción de votantes de derecha no catalanistas.

Con diferencia Catalunya es el lugar de España en los que el PP tiene peores resultados y un verdadero lastre para sus opciones de alcanzar el Gobierno de España. Los populares han trabajado varias opciones para conseguir ampliar su espectro de votantes tales como el casposo liderazgo de Vidal Cuadras, que intentó aglutinar a los no catalanistas, o Piqué que dando un leve giro catalanista terminó defenestrado.

La Presidencia de los populares catalanes la desempeña Alicia Sánchez-Camacho, quien derrotó con el apoyo de todo el aparato nacional a Montserrat Nebrera. Esta mujer tiene el enorme mérito de ser la única candidata del PP, en toda España, que siendo la número uno de la lista no consiguió escaño. Una ‘crack’ política.

Como es lógico y esperable todo nuevo cargo de un partido quiere arreglar la situación heredada y entonces, con el equipo que pueda haber reunido, se pone a buscar grupos de ciudadanos en los que pueda calar su mensaje o al menos sean susceptibles de convertirse en sus votantes.

En Catalunya han emergido algunas pequeñas formaciones nacionalistas de extrema derecha que han conseguido concejales, incluso en municipios de cierta relevancia. En las polémicas que han creado han conseguido algún respaldo social, reflejado en las encuestas, y han logrado amilanar a los partidos más establecidos.

Esto debió dar la idea a los ‘estrategas del PP de Catalunya’ de que su espacio debía estar allí, en el que había abierto la extrema derecha catalana y especialmente en los ataques contra los inmigrantes, especialmente si son gitanos.

El Partido Popular de Catalunya ha abandonado el autoproclamado centro reformista que dice tener por principio el PP, pero también ha abandonado los principios liberales, conservadores o católicos que componen el mosaico de los diferentes militantes populares y está bordeando la parte de fuera de algunos límites.

Hoy viéndola en la televisión buscando gitanos rumanos por las calles de Badalona he visto el ridículo político andando en busca de un ‘cara a cara’ que ofrecer a las televisiones. Alicia Sánchez-Camacho debería avergonzarse de lo que está haciendo y el Partido Popular debería impedir que su formación en Catalunya pueda ser calificada, con toda propiedad, como un partido de extrema derecha.

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Cardenales
La anterior entrada que le dediqué al proyecto de fundar un partido católico generó dejó algo en el tintero que quiero retomar, porque lo mencioné muy de pasada: la ausencia del un liderazgo asumible por El Vaticano.

Cuando se trate este tema nunca hay que olvidar que el término “centro” aplicado a la política fue obra del partido católico alemán que se dio ese mismo nombre: “Zentrum”. Era un partido nada extremista, aunque finalmente colaboró como todos en la llegada de Hitler al poder, y ésa ha sido la tónica de todos los principales partidos confesionales: huir de cualquier extremismo.

Esa moderación solamente puede venir de personas enormemente bien ancladas en el tejido social, personas que no levantan férreas animadversiones. Porque el sentido de un partido católico no es ser una fuerza marginal y vociferante, sino una fuerza con opciones de gobierno.

Durante la Transición la Iglesia  Católica no optó por promover un partido confesional, confiada en que la base católica de la UCD y la retaguardia de AP garantizaban la representación política de su visión del mundo.

Una versión política de “HazteOir.org” desde luego no es la presencia política que la Iglesia Católica querría. En primer lugar porque daría una imagen muy exaltada de ella misma, cuando ésta tiene fieles de todo tipo y no está el asunto de la feligresía como para enfadar a los quedan. Después viene el asunto de la marginalidad política, que reflejaría una imagen social de la Iglesia poco deseable y que tocaría el tema que tiene más interés para la Iglesia, los conciertos educativos (no el aborto).

Y finalmente porque personas como los líderes de este portal no son precisamente ese estilo eclesiástico que se sintetiza en el término italiano de “finezza”. Desde luego no encuentro un ejemplo más alejado de la “finezza” que la gente de “HazteOir.org”

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El debate terminológico, más que ideológico, dentro del PP realmente es un debate sobre los límites de la definición y de los conceptos definidos. Hace varias semanas recurría a los conceptos de intensión y de extensión para hablar de la relación entre eficacia de un tratado internacional y el número de Estados-Partes.

Los buenos conceptos científicos tienen la virtualidad de ser fecundos y de poseer un campo de aplicación amplio, por lo que nos pueden ayudar a comprender no sólo el debate terminológico (ideológico) del PP, sino la propia estructura de los partidos políticos.

Definiendo rápidamente la intensión podemos decir que es el número de características que se incluyen en un concepto, mientras que la extensión sería la cantidad de objetos susceptibles de entrar en la categoría que un concepto establece. Cuanta más grande sea la intensión (cuanto más intenso es un concepto), la extensión será menor y también, cuanto mayor sea la extensión, la intensión será menor.

Rajoy defiende la amplitud ideológica de su partido como su signo distintivo, no tanto por convicción sino por necesidad electoral. Cuanto menos determinado sea ideológicamente un partido, más personas pueden identificarse con ese partido y votarlo.

Ésta es la dinámica de los grandes partidos contemporáneos: intentar tener una baja intensión para poder ampliar su extensión, ya que las elecciones solamente se ganan teniendo la mayor de las extensiones en las votaciones.

La reivindicación de una mayor definición ideológica, como hace Aguirre al querer un PP más cercano al Liberalismo, haría más distinguible al PP. Sería más intenso y menos extenso, pues todo el que no se considere liberal (y en el PP hay muchos conservadores) puede que busque otras opciones con las que sí se identifique y que no le excluyan.

El hipotético triunfo de la definición del PP como partido liberal podría provocar la pérdida de buena parte de la base electoral conservadora (la más importante numéricamente) y dejar descubierto una parte del espectro político y electoral que podría ser ocupado por otra formación.

Los partidos que aspiran a alcanzar una mayor extensión electoral tienen que hacerlo a costa de cierta indefinición, como ya hicieron PSOE y PP durante los primeros quince años de democracia. PSOE y PP ocupan todo el espectro desde la derecha a la izquierda, luchando por ese paraíso de rendimientos electorales que es el centro político (los electores más indefinidos). Una definición más estricta satisfaría a unos pocos, aunque dejaría huérfanos a muchos.

Segunda parte: Intensión y extensión en los partidos políticos (II). La fragmentación de los partidos extremistas.

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