Representando la mayoría social

Se han publicado muchos análisis del último Barómetro del CIS. Lo más significativo, a mi modo de entender, es que se perfila una mayoría de española en torno al centro político que sin las cuentas le salen van a formar el próximo gobierno de España.

PSOE y Ciudadanos son los dos socios de gobierno preferidos por los encuestados y ello unido a la gran mayoría de españoles que quieren ver al PP fuera de La Moncloa, hacen que un gobierno vertebrado sobre estas dos formaciones tenga muchas posibilidades de salir adelante.

La necesidad de un tercer socio la dictarán los electores. Cualquier posibilidad que aporte verdadera estabilidad pasa por hacer entrar a un partido fuera de la moderación que quieren los españoles. La entrada de la derecha dura que representa el Partido Popular haría matemáticamente innecesario a Ciudadanos y supondría un coste altísimo e inasumible para el PSOE; la entrada de Podemos desplazaría el centro del futuro gobierno, le daría estabilidad e institucionalizaría aún más a los podemitas.

Podemos y Ciudadanos tienen en común considerar que el actual sistema político tiene elementos agotados que tienen que cambiar; Ciudadanos y el PSOE tienen en común una perspectiva de la sociedades desde la libertad; PSOE y Podemos una concepción del Estado como actor económico en favor de los sectores más débiles. No habría un elemento en común a todo el gobierno, pero si cumplirían con los requerimiento del “aire de familia” wittgenstiniano, que no es poco.

 

Cuando “federal” ya no significa nada

Fedederalismo
La solución a todos los problemas territoriales de España es, a fuerza repetirse, el establecimiento de un Estado Federal. Salvo algunos independentistas y el sector más conservador del PP, todos los demás están de acuerdo que hay que tener un Estado Federal. Se habla como si todos supiéramos de qué hablamos y lo digo sin acusar a nadie de ignorancia, aunque sí imputo el cargo de equivocidad.

El Estado Federal nació en los Estados Unidos de América (aunque se puedan citar arcaicos precedentes) y a lo largo del tiempo el modelo federal ha ido extendiéndose por el mundo. Pero no se copia el modelo estadounidense, sino que varía dependiendo de una infinidad de variables.

Los politólogos se esfuerzan en describir los rasgos comunes de todos los sistemas federales, pero pronto surgen excepciones, lagunas y la necesidad de recurrir a explicaciones “ad hoc”. Lo que es el federalismo solamente puede ser descrito a través de un instrumento conceptual tan débil como el wittgensteiniano “aire de familia”.

Bajo la etiqueta de “Estado Federal” o “Federalismo” entran sistemas enormemente diferentes, desde los Estados Unidos a La India. Si alguien en el debate político emplea estas denominaciones debería aclarar qué entiende por “Estado Federal” o “Federalismo”, al menos las cuestiones fundamentales como son el marco general de reparto competencial y la financiación.

Todo lo demás es hacer como aquellos de belleza donde todas las candidatas soñaban con un mundo sin pobreza y en paz.

Fuente de la ilustración.

Cuidado con las extrapolaciones

Las encuestas han adelantado correctamente los resultados de las elecciones legislativas en los Estados Unidos y el resultado es que los republicanos se hacen con la mayoría en la Cámara de Representantes, los demócratas conservan su mayoría en el Senado y unos cuantos gobiernos estatales pasan a manos de los republicanos, aunque el más poblado (el de California) será ejercido por un demócrata.

Durante el día de hoy estoy convencido, si no se ha producido ya, que habrá lecturas en clave española del resultados de las elecciones estadounidenses. Es la constante tentación de cualquier tendencia en nuestro país (que es el que conozco) que partiendo de un comportamiento normal se convierte en una idiotez.

Cuando queremos comprender algo que no es a lo que estamos habituados, lo primero que hacemos es una especie de “estructuralismo de andar por casa”, esto es, buscamos los equivalentes en lo que conocemos (la realidad política española). Por ello muchas personas piensan que los demócratas norteamericanos son el correspondiente a los socialistas españoles y los republicanos a los populares españoles.

Esto que es un esquema básico para comprender las cosas, se convierte en problemático cuando salta a los análisis, que tienen que ser más rigurosos, y de la correlación ‘estructuralista de andar por casa’ se pasa a considerar que la victoria de los republicanos es también una victoria de los populares y que los habitantes de España debiéramos tomar ejemplo.

Es más, la extrapolación de resultados de unas elecciones a otras es algo que hay que hacer con mucho cuidado y más por deporte (como escribir un blog) que con una intención seria. Todos sabemos que los resultados de unas elecciones municipales en una localidad normalmente no coinciden con los de las elecciones generales, con los de las autonómicas o con las elecciones europeas. Los votantes actúan según criterios diferentes según se trate de unas elecciones u otras. Si esto ocurre en una sola localidad, imaginadlo a nivel nacional y, sobre todo, si comparamos las elecciones políticas en dos países tan diferentes como España y los Estados Unidos.

Veamos la causa por la que el “estructuralismo de andar por casa” no es válido. Un partido político en los Estados Unidos no equivale ni de lejos a lo que es un partido político en España. Ideológicamente lo que une a republicanos o a demócratas es algo tan vacuo que sólo puede ser categorizado utilizando el concepto del ‘aire de familia’ (Wittgenstein).

La principal consecuencia es que dentro de cada uno de los dos grandes partidos de los EUA hay tendencias muy fuertes, de manera que hay un sector de republicanos y de demócratas que están más cerca entre sí que con las corrientes más ‘duras’ de sus respectivos partidos. El hecho que la elección sea uninominal y no proporcional hace que haya mucho inútil y que haya que escorarse siempre hacia la mayoría que efectivamente va a votar.

La ausencia de una férrea disciplina de partido (cada vez la hay más especialmente entre los republicanos) hace que los votos puedan cambiar de sentido dependiendo de la materia de la que se trate, de las ventajas que cada congresista encuentre en la ley en cuestión y de un conjunto de variables, algunas honestas y otra menos.

La dinámica de las relaciones entre el Presidente y el Congreso (Cámara de Representantes y Senado) es diferente a la de España. El Presidente ni es nombrado por el Congreso ni necesita su confianza, aunque lo precisa para sacar adelante las leyes (aunque cuenta siempre con las ‘órdenes ejecutivas’).

Es difícil que el Congreso haga ‘tragarse’ al Presidente con leyes que no sean de su agrado porque tiene poder de veto que necesita de una fuerte mayoría, que los republicanos ahora no tienen, para levantarlo. O colaboran o habrá una parálisis absoluta de la que el Presidente podrá acusar a los republicanos.

Para concluir: ni Obama es Zapatero, ni el Partido Demócrata es el PSOE, ni el Partido Republicano es el PP, ni el Congreso Federal son las Cortes, ni mucho menos su Senado se parece al nuestro, todo ello con un equilibrio de poder sustancialmente diferente y con un sistema electoral camino de las antípodas del nuestro.