Nueva Zelanda 1982

Esta semana el Servicio de Defensa de la Competencia ha anunciado su investigación sobre prácticas contrarias a la competencia por parte de las empresas que fabrican y distribuyen en España las famosas cartas ‘Magic’. Les deseo mucha suerte.

Lo simpático es que esto me ha servido para recordar la primera vez que fui consciente de que había una entidad que retenía deliberadamente algo para conseguir más dinero.

Entonces los chavales, yo tenía ocho años, coleccionábamos cromos de jugadores y sabíamos que había algunos que aparecían en casi todos los sobres y otros que eran más raros. Evidentemente había una táctica comercial, pero a nosotros nos entretenía pasar tremendos tacos de cromos en la romántica y en la ingenua idea de que había una verdadera dificultad o que la rareza no era intencionada.

Esta ingenuidad terminó en 1982. Danone ofrecía cromos con sus productos y, además, regalaba el álbum (que siempre era una inversión). En nada que en una familia hubiera un consumo moderado de productos de esta compañía francesa, el album se rellenaba, salvo un hueco, el número 60 correspondiente a la selección de Nueva Zelanda.

Nueva Zelanda era imposible. De hecho había familia, con más miembros y/o consumo de lácteos, que tenían hasta cuatro álbumes relleno faltándole el dichoso cromo de los neozelandeses. Un compañero del colegio te decía que el conocía a uno, cuyo primo conocía a otro que sí tenía el cromo de Nueva Zelanda.

Danone retuvo el cromo de Nueva Zelanda todo lo que pudo para terminar soltándolo en aluvión. A esas alturas, y a nuestros ocho años, nos dimos cuenta de que lo importante era vender yogures y no una noble competición coleccionadora, que nos habían mantenidos meses atentos a esa selección absolutamente irrelevante para luego imprimir millones de cromos de ese ejemplar tan deseado.

Voto inmigrante en las municipales

El PSOE ha iniciado el camino hacia las elecciones municipales y autonómicas con una campaña para animar a los ciudadanos extranjeros, que en virtud de tratados o del principio de reciprocidad, tienen reconocido el derecho al voto en los próximos comicios locales.

Con un lema de sabor estadounidense, ‘Inscríbete para votar’, intenta informa a los nuevos votantes para que realicen los trámites pertinentes para poder ser incluidos y en el censo electoral y poder ejercer efectivamente el voto.

El voto inmigrante plantea determinadas incógnitas para las próximas elecciones municipales:

1) En España hay más de cinco millones de extranjeros residentes. No todos podrán votar ya que solamente es aplicable a los ciudadanos de Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Paraguay, Nueva Zelanda y Noruega y siempre que se encuentren en España en situación regular y cumplan con las condiciones añadidas. A priori el número de los que efectivamente realicen los trámites y estén en el censo electoral.

2) Una vez que se compruebe el número de electores inscrito hay que ver los que realmente vayan a votar, aunque siendo una inscripción voluntaria lo normal es que la práctica totalidad de los que realicen los trámites acudan en mayo al colegio electoral.

3) La pregunta del millón es a quién va a votar y, sobre todo, si el comportamiento de los inmigrantes va a ser o bien como ‘cleavage’, o bien como ciudadanos españoles abstractos (que no existen) que eligen sobre criterios estrictamente racionales (que no existen), o bien utilizando la criteriología de su misma zona. Las encuestas post-electorales tendrán en éste uno de sus puntos más interesantes.

4) El hecho de que esta iniciativa sea de factura socialista, no quiere decir que los otros partidos no hayan desarrolla ya estrategias para captar el voto inmigrante, tales como la integración de inmigrantes en sus órganos ejecutivos, grupos de debates o tener interlocutores en estos colectivos que, a la vez, sean la puerta de entrada del partido en sus grupos sociales.

Nueva Zelanda y la Bioseguridad

La tele irlandesa está llena de programas británicos, norteamericanos, austrialianos y neozelandeses: cuestiones del idioma. En uno de los programas neozelandeses le podía ver a sus aguerridores vigilantes fronterizos revisando concienzudamente las maletas de peligrosísimos pasajeros de aviones recién aterrizados en busca de un salami, maíz dulce o simplemente de nada (como se sucedió a un español).
La legislación medioambiental neozelandesa es muy estricta con todo lo que tenga que ver con la entrada en su territorio de especies vegetales (lo de las animales es paroxismo) y una multitud de productos. La lista es tremenda.
Además de los controles normales de documentación y seguridad, el último control es el medioambiental, con un montaje digno de la operación antiterrorista más costeada que se pueda pensar. Y todo eso hay que pagarlo, claro.
Resulta que antes de pasar el control medioambiental tienes que rellenar una declaración de lo que llevas. Si los vigilantes medioambientales descubren algo no declarado en tus maletas o en cualquier otra parte de tu indumentaria o vestimenta entonces no sólo te obligan a tirarlo en los contenedoras al uso, sino que te ponen una bonita multa de 200 dólares neozelandeses (93.26 euros) para financiar el chiringuito tanto con los que intenta transgredir la norma como con los muchísimos despistes que se dan.
Pero lo más simpático de todo eran las poses y las actitud de los vigilantes. Parecía que estaban en una situación límite, con riesgos por todos lados y ellos con poses a lo “Miami Vice”, cuando realmente a lo que se “enfrentaban” eran a cansadísimos turistas después de muchísimas horas de vuelo y que, por lo general, no quieren problemas y hasta pagaban la multa con su tarjeta de crédito.
A estos vigilantes los mandaba yo a hacer un intercambio con el Aeropuerto de Barajas o con el Servicio de Vigilancia Aduanera en la zona del Estrecho de Gibraltar.

B ioseguridadLa tele irlandesa está llena de programas británicos, norteamericanos, austrialianos y neozelandeses: cuestiones del idioma. En uno de los programas neozelandeses le podía ver a sus aguerridores vigilantes fronterizos revisando concienzudamente las maletas de peligrosísimos pasajeros de aviones recién aterrizados en busca de un salami, maíz dulce o simplemente de nada (como se sucedió a un español).

La legislación medioambiental neozelandesa es muy estricta con todo lo que tenga que ver con la entrada en su territorio de especies vegetales (lo de las animales es paroxismo) y una multitud de productos. La lista es tremenda.

Además de los controles normales de documentación y seguridad, el último control es el medioambiental, con un montaje digno de la operación antiterrorista más costeada que se pueda pensar. Y todo eso hay que pagarlo, claro.

Resulta que antes de pasar el control medioambiental tienes que rellenar una declaración de lo que llevas. Si los vigilantes medioambientales descubren algo no declarado en tus maletas o en cualquier otra parte de tu indumentaria o vestimenta entonces no sólo te obligan a tirarlo en los contenedoras al uso, sino que te ponen una bonita multa de 200 dólares neozelandeses (93.26 euros) para financiar el chiringuito tanto con los que intenta transgredir la norma como con los muchísimos despistes que se dan.

Pero lo más simpático de todo eran las poses y las actitud de los vigilantes. Parecía que estaban en una situación límite, con riesgos por todos lados y ellos con poses a lo “Miami Vice”, cuando realmente a lo que se “enfrentaban” eran a cansadísimos turistas después de muchísimas horas de vuelo y que, por lo general, no quieren problemas y hasta pagaban la multa con su tarjeta de crédito. Aunque el abordaje de yates en busca de lata de conservas, carne o lechugas con toda la parafernalia de la toma de un buque tampoco se queda corto.

A estos vigilantes los mandaba yo a hacer un intercambio con el Aeropuerto de Barajas o con el Servicio de Vigilancia Aduanera en la zona del Estrecho de Gibraltar.