La no invasión


En Libia la cosa ha salido muy bien. Occidente ha dejado claro que nunca perdona ni olvida a los que se le enfrentaron y por ello ha quitado el poder a Gadafi con la ventaja de no tener que poner un solo soldado sobre el terreno.

Ha quedado claro que si uno tiene una estructura política de base (en este caso las tribus discriminadas por Gadafi), unos combatientes numerosos dispuestos a ser carne de cañón, solamente necesita, para hacerse con el poder, que los países occidentales le presten la fuerza aérea, la neutralización de la fuerza aérea del adversario y proporcionen información de inteligencia.

Los que han tomado el poder ahora en Libia no tienen nada de buena pinta, pero saben que lo que no pueden hacer es enfrentarse a Occidente, porque entre ellos hay demasiados que están deseando recibir el apoyo externo cuando sea necesario.

Tunicia ha celebrado hoy elecciones. Egipto todavía no y los militares, los que ya estaban con Mubarak, siguen dirigiendo el país. Libia acaba de instaurar un régimen que debe ser provisional. No sabemos hacia dónde van los países de la ‘primavera árabe’, qué sucederá en Yemen (parece lógica la solución tribal como en Libia) o en Siria (parece factible la solución militar como en Egipto). Desconocemos si veremos la extensión del ‘modelo turco’ o la proliferación de una nueva generación de satrapías islámicas y sumisas en lo esencial.

Lo que sí ha quedado claro es que se puede ‘invadir’ sin invadir, como se hizo en Afganistán antes de mandar tropas a ‘reconstruir’ y ahora se ha hecho en Libia una vez aprendida la lección en Asia Central. Unas operaciones que reducen el coste económico y humano y que según parece puede tener el mismo éxito. Puede que estemos ante un nuevo sentido de lo que es ‘invadir’.

¿Por qué unos ejércitos disparan y otros no?

Mubarak tuvo que recurrir a matones y a paramilitares para intentar dispersar las manifestaciones que terminaron derrocándolo. No pudo emplear al ejército porque los militares, especialmente los mandos intermedios, no estaban dispuestos a ordenar disparar contra sus convecinos y los reclutas podían sublevarse si se les daba la orden.

En Túnez, solamente la fuerza mercenaria de la Guardia Presidencial empleó las armas contra la población y por circunstancias que poco tenían que ver con la defensa del régimen y más con la integridad de los componentes de esta unida.

Dentro de las revueltas árabes que nos están conmocionando estas últimas semanas ha habido un cambio significativo que ha consistido en el uso de unidades regulares de las fuerzas armadas para reprimir a los manifestantes. Primero en Bahrein y luego en Libia. ¿Por qué han dado la orden y ésta se ha ejecutado?

En el caso de Bahrein no solamente hay una lucha social y política, sino entre los dos grupos mayoritarios de la población y más concretamente entre la minoría gobernantes, que pertenece a la ‘confesión sunní’ del Islam, y la mayoría excluida del poder político y económico, que es ‘chií’. Los soldados y los mandos forman parte de esta minoría, como los militares de la Sudáfrica del ‘Apartheid’, de modo que no sólo ven en su actuación una forma de defender a la familia reinante y gobernante, sino también el instrumento de mantener la situación privilegiada del grupo social de origen de ellos.

El régimen libio ha optado, además de mandar a algunos francotiradores, y según las informaciones que nos llegan, por enviar a las Fuerza Aérea a realizar la represión. Desde los aviones no se ven a las potenciales víctimas, las unidades aéreas suelen estar apartadas en base alejadas de la población y sus mandos forman, en muchas ocasiones, una élite dentro de la élite militar. Las Fuerzas Aéreas son menos propensas, en principio, a desobedecer determinadas órdenes aunque se hayan registrado deserciones. Por otro lado si bien se puede reprimir con aviones, es difícil dar un golpe de Estado con ellos sin apoyo de las unidades terrestres.

No sabemos cuál será el devenir de los acontecimientos actuales en Bahrein o Libia, pero si algo ha quedado claro ha sido que sus gobiernos han pasado la línea que Mubarak o Ben Alí no quisieron o no pudieron traspasar.

El reverso tenebroso de las revueltas árabes

Llevamos un mes de enero caliente en los países árabes. En Túnez ha caído la dictadura y no está demasiado claro lo que sucederá. En El Líbano se han convocado protestas por la elección del nuevo Primer Ministro al que los suníes consideran un mero títere de ‘Hizbulá’, partido islamista chií y prosirio. En Egipto hay serias protestas en muchas ciudades

El problema geopolítico de los países árabes es, desde hace varias décadas el mismo. Se deja hacer a regímenes dictatoriales que son un poco de corrupción a cambio de que mantengan controlados a los islamistas y que estos no controlen el flanco sur del Mediterráneo. Los dictadores árabes y sus regímenes han sido incapaces que generar una sociedad civil potente y laica, y a pesar de que hayan conseguido, como es el caso de Egipto, subir algunos indicadores de los niveles de vida no han conseguido nivelar sustancialmente las desigualdades sociales.

Los problemas que tienen estas revueltas son:

1) En corto y medio plazo generan una tremenda inestabilidad política porque las dictaduras han destrozado cualquier opción democrática fuerte para ejercer el gobierno.

2) En medio de esa falta de estabilidad y de posibles gobiernos débiles, los islamistas siempre aparecen, aunque parezca que nunca han estado. Cuentan con la financiación externa suficiente y, dado su halo religioso, ningún régimen árabe ha atacado desde la caída de la URSS, sus bases sociales (cariz confesional y no laico de la sociedad).

3) Las potentes desigualdades sociales potencia el papel de los islamistas y su prestigio social. Con todos sus recursos y en contraste con la corrupción de los gobiernos, son enormemente eficientes y por ello cuentan con el reconocimiento de amplios sectores de la sociedad al darles algunos servicios que el Estado debería proporcionar.