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Archive for the ‘Egipto’ Category

Tras la caída del régimen de Hosni Mubarak tratábamos de ver cuáles podían ser las salidas políticas e institucionales. Con una participación bastante baja, algo más de un tercio de la población, los islamistas se han hecho con la mayoría de los escaños en el nuevo Parlamento, dejando a las otras fuerzas fuera de juego en el nuevo legislativo. Al cabo de poco tiempo creo que veremos cómo los Hermanos Musulmanes terminan deshaciéndose de los salafistas por más que ahora tengan coincidencias temáticas.

Otra cosa que ha quedado clara es que las Fuerzas Armadas no quieren someterse a un poder civil emergido del Parlamento y que prefieren mantener una existencia aparte de la sociedad. Pueden que estén esperando a la redacción de la nueva Constitución para garantizarse un poder institucional independiente del resto del Estado por medio de algún órgano tipo ‘consejo supremo de las fuerzas armadas’ que decida en última instancia las cuestiones verdaderamente importantes, sin posibilidad de acción por parte del ejército.

El otro elemento será la configuración futura de la Presidencia de la República, dependiendo de que se adopte un sistema parlamentario o presidencialista. Vistos los precedentes, los militares presionarán sin dudas a favor del Presidencialismo y a favor, también, de un papel determinante a la hora de elegir al Presidente. Que El Baradei renuncie a su candidatura a la Presidencia dice algo del modelo que no se va a seguir o el que se va a seguir.

En definitiva, parece que poco a poco se va forjando algo parecido al modelo turco, pero sin demasiados éxitos para saber si será una implantación exitosa o no. Se va forjando y los militares van dando muestras de que no consentirán ni nuevas protestas, ni una nueva revolución. El edificio administrativo y el sector público sigue incólume y con ellos toda la red clientelar de Mubarak que está a punto de ser los herederos silenciosos del nuevo régimen.

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Cientos de miles de manifestantes en las calles consiguieron que Hosni Mubarak, Presidente de Egipto, tuviera que renunciar al poder. Intentaron dispersarlo con antidisturbios, con matones disfrazados de manifestantes y con algún tímido intento de acción armada (tímido para la capacidad represiva del régimen).

Ahora, los mandos militares que tomaron el poder, se quitan manifestantes utilizando las mismas unidades que, según dicen, se negaron a disparar cuando Mubarak estaba al mando. Mientras tanto se están celebrando unas elecciones que van dando cierta ventaja a los islamistas

Nada como un clima de disturbios, muertes en las calles e intervenciones armadas del anteriormente pro-revolucionario ejército egipcio, para que el proceso electoral, lentísimo de por sí, quede congelado y los militares conserven el poder hasta que la situación mejore.

En plena revolución, se hablaba de Turquía como modelo de país musulmán que desarrolla un sistema cada vez más democrático, sistema que tiene a los golpes de Estado de los militares, guardianes del laicismo, como ‘mecanismo de salvaguarda’. Todo apunta a que lo primero que se va aplicar en Egipto es el ‘mecanismo de salvaguarda’.

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En Libia la cosa ha salido muy bien. Occidente ha dejado claro que nunca perdona ni olvida a los que se le enfrentaron y por ello ha quitado el poder a Gadafi con la ventaja de no tener que poner un solo soldado sobre el terreno.

Ha quedado claro que si uno tiene una estructura política de base (en este caso las tribus discriminadas por Gadafi), unos combatientes numerosos dispuestos a ser carne de cañón, solamente necesita, para hacerse con el poder, que los países occidentales le presten la fuerza aérea, la neutralización de la fuerza aérea del adversario y proporcionen información de inteligencia.

Los que han tomado el poder ahora en Libia no tienen nada de buena pinta, pero saben que lo que no pueden hacer es enfrentarse a Occidente, porque entre ellos hay demasiados que están deseando recibir el apoyo externo cuando sea necesario.

Tunicia ha celebrado hoy elecciones. Egipto todavía no y los militares, los que ya estaban con Mubarak, siguen dirigiendo el país. Libia acaba de instaurar un régimen que debe ser provisional. No sabemos hacia dónde van los países de la ‘primavera árabe’, qué sucederá en Yemen (parece lógica la solución tribal como en Libia) o en Siria (parece factible la solución militar como en Egipto). Desconocemos si veremos la extensión del ‘modelo turco’ o la proliferación de una nueva generación de satrapías islámicas y sumisas en lo esencial.

Lo que sí ha quedado claro es que se puede ‘invadir’ sin invadir, como se hizo en Afganistán antes de mandar tropas a ‘reconstruir’ y ahora se ha hecho en Libia una vez aprendida la lección en Asia Central. Unas operaciones que reducen el coste económico y humano y que según parece puede tener el mismo éxito. Puede que estemos ante un nuevo sentido de lo que es ‘invadir’.

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Mubarak tuvo que recurrir a matones y a paramilitares para intentar dispersar las manifestaciones que terminaron derrocándolo. No pudo emplear al ejército porque los militares, especialmente los mandos intermedios, no estaban dispuestos a ordenar disparar contra sus convecinos y los reclutas podían sublevarse si se les daba la orden.

En Túnez, solamente la fuerza mercenaria de la Guardia Presidencial empleó las armas contra la población y por circunstancias que poco tenían que ver con la defensa del régimen y más con la integridad de los componentes de esta unida.

Dentro de las revueltas árabes que nos están conmocionando estas últimas semanas ha habido un cambio significativo que ha consistido en el uso de unidades regulares de las fuerzas armadas para reprimir a los manifestantes. Primero en Bahrein y luego en Libia. ¿Por qué han dado la orden y ésta se ha ejecutado?

En el caso de Bahrein no solamente hay una lucha social y política, sino entre los dos grupos mayoritarios de la población y más concretamente entre la minoría gobernantes, que pertenece a la ‘confesión sunní’ del Islam, y la mayoría excluida del poder político y económico, que es ‘chií’. Los soldados y los mandos forman parte de esta minoría, como los militares de la Sudáfrica del ‘Apartheid’, de modo que no sólo ven en su actuación una forma de defender a la familia reinante y gobernante, sino también el instrumento de mantener la situación privilegiada del grupo social de origen de ellos.

El régimen libio ha optado, además de mandar a algunos francotiradores, y según las informaciones que nos llegan, por enviar a las Fuerza Aérea a realizar la represión. Desde los aviones no se ven a las potenciales víctimas, las unidades aéreas suelen estar apartadas en base alejadas de la población y sus mandos forman, en muchas ocasiones, una élite dentro de la élite militar. Las Fuerzas Aéreas son menos propensas, en principio, a desobedecer determinadas órdenes aunque se hayan registrado deserciones. Por otro lado si bien se puede reprimir con aviones, es difícil dar un golpe de Estado con ellos sin apoyo de las unidades terrestres.

No sabemos cuál será el devenir de los acontecimientos actuales en Bahrein o Libia, pero si algo ha quedado claro ha sido que sus gobiernos han pasado la línea que Mubarak o Ben Alí no quisieron o no pudieron traspasar.

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No me resisto a compartir dos párrafos magistrales de Ramón Lobo en la entrada de su blog que dedica hoy a la situación en Bahrein. Creo que no se puede describir mejor ni más sintéticamente lo que ha pasado en Túnez y en Egipto, desde la perspectiva de la comunicación y del diseño de jugadas políticas, ni sobre las causas y la dinámica de las revoluciones:

El rey Hamad bin Isa al Khalifa parece haberse creído la tesis de que las revoluciones se hacen en 140 caracteres. No ha leído mucha Historia. Las revoluciones suceden cuando un número suficiente de gente pierde la paciencia y el miedo de forma simultánea. Bastan los pasquines. […]

El rey de Bahréin ya lleva cuatro errores, los mismos que cometieron antes el tunecino Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak: bloquear la Red (miedo a acabar como los otros; es decir, se ve fuera del trono); intervención en televisión (la visibilidad en caso de crisis recuerda al pueblo quién es el responsable último); promesa de reformas (suena poco creíble tras años de evitarlas), y ordenar una investigación policial por la muerte de dos manifestantes (proyecta debilidad).

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Hay muchas interpretaciones sobre la relación entre las redes sociales y las protestas, manifestaciones y revueltas en el Mundo Árabe. Hasta yo mismo tengo mi propia interpretación.

Lo que sí está claro, independientemente del protagonismo que se le otorgue a lo 2.0, es que Ben Alí y Hosni Mubarak no han caído por grupos en Facebook con millones de personas pidiendo su dimisión, ni porque en Twitter se retuiteen masivamente mensajes contrarios a ellos. Ambos dos han caído porque cientos de miles de personas se han echado a la calle y se han jugado la vida de verdad (cerca de cuatrocientos muertos en Egipto) y no se han sentido satisfechos por darle al botón ‘me gusta’ o al RT.

Recuerdo los tiempos del Manifiesto contrario al primer borrador de la llamada ‘Ley Sinde’. Después de un gran éxito en la Blogosfera se convocaron concentraciones a las que fueron, en ocasiones, más periodistas y reporteros gráficos que asistentes. El otro día ese gran movimiento opositor a la Ley Sinde logró sacar a unos cientos de enmascarados (nada de dar la cara que a uno no le gusta que le llamen friki) para manifestarse a la entrada del teatro donde se iban a entregar los premios de la Academia de Cine: toda una proeza en un país con más de veinticinco millones de personas que se conectan a diario a Internet.

Y es que muchos no se enteran que la realidad fáctica sigue teniendo importancia, que antes del 2.0 se han hecho muchas e importantes revoluciones y que nadie cambia por muy numeroso que sea un grupo o muchos retuits que un gurú tenga. Claro, es más incómodo y lo del anonimato deja de valer.

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He leído dos buenísimas entradas, una de R. Senserrich y otra de @CardinalXimenez sobre el futuro político de Egipto, ambas dos recomendables. Las dos grandes cuestiones, que se exponen en estas dos entradas y en muchos artículos de prensa de estos días, son el papel qué van a desempeñar los altos mandos de las Fuerzas Armadas una vez ‘dejen el poder’ y cuál será el protagonismo del Islamismo político en el futuro de Egipto, después de décadas de tolerancia social y prohibición política.

¿Cuánta democracia?

En principio la respuesta debería ser simple y directa: cuanta más democracia mejor. Pero rápidamente nos sale la pátina racista y pensamos que lo de la democracia debe ser algo parecido a conducir un Ferrari, sólo para los que lo valen, y que tenemos un modelo utilitario para aquellos de los que no nos fiamos demasiado, entre los cuales están siempre todos aquellos que profesen la religión musulmana y/o hablen cualquier variedad dialectal del árabe.

Dicho lo cual, de lo que tenía unas enormes ganas, hay que indicar que toda transición exige pactos y renuncias y los egipcios deberían procurar tener cuanta más democracia les sea posible y que no sea necesario padecer represiones y hacer una revolución nueva para ir agrandándola.

Un paso fundamental para conseguir la mayor democracia posible es desmontar las estructuras del régimen que, que nadie se equivoque, son independientes de que Mubarak fuera o no Presidente. Con la más importante, las Fuerzas Armadas, se deberán tomar su tiempo, pero hay otras más fácilmente atacables como es la administración civil y demás redes clientelares de la sociedad civil sobre la que se ha sustentado el régimen y que intentarán pervivir de mil maneras.

¿Cómo creen si no que ganó tan plácidamente la UCD las primeras elecciones democráticas españolas? (puro continuismo del régimen franquista: estaba hasta Mayor Oreja).

¿Qué orientación político-religiosa adoptará Egipto?

Aquí es donde Occidente está un tanto asustado y por lo que muchos anhelan alguna fórmula de control. El miedo es el Islamismo político y su nombre egipcio es ‘Hermanos Musulmanes’.

Muchos han mirado o hemos mirado rápidamente a Turquía, donde una cosa llamada ‘Kemalismo’ lleva funcionando desde la Primera Guerra Mundial. La idea de Kemal, fundador de la República de Turquía, es que su país debería ser un país absolutamente homologable a los occidentales, adquiriendo sus instituciones y sus formas y, sobre todo, separando radicalmente el Estado de la religión. El guardián de esto no es ninguna institución judicial o política, sino simplemente el Ejército que, cuando ve que el orden de Kemal se desvía, da un golpe de Estado, reprime a los ‘desviados’ y reconduce la situación a la que ellos consideran óptima.

El gran desafío al Kemalismo se dio con la victoria electoral de un partido islámico de corte moderado que no busca una teocracia sino la ejecución de un programa político conservador. Una versión musulmana de la Demoracia Cristiana que bien podríamos denominarla como ‘Islamodemocracia’. Parece que tras algunas tensiones iniciales con los militares, el gobierno islamodemocrático se ha asentado y sigue haciendo las políticas occidentales que han caracterizado a Turquía en las últimas décadas, entre ellas un escaso respeto a los derechos humanos. Hay que señalar que la ‘Islamodemocracia’ no nació como un proyecto prediseñado, sino que ha sido consecuencia de la necesidad de los sectores más tradicionales de adaptarse a las instituciones y a la sociedad turca, que no está para sandeces afganas.

No me extrañaría nada que la nueva Constitución encomendase a las Fuerzas Armadas una misión de vigilancia constitucional similar a la turca. Lo que estoy seguro es que durante mucho tiempo el Gobierno civil del país no va a tener el control de los militares egipcios, que adoptarán una posición a lo Pinochet.

Presidencialismo o parlamentarismo. Sistema de partidos.

La segunda gran opción constitucional es determinar el sistema de gobierno. En el imaginario colectivo de Egipto, y de las dictaduras, la figura del Jefe del Estado, o Presidente, es la que tiene el protagonismo absoluto. Un modelo presidencialista sería tierra abonada para una reedición del régimen, aunque con otras caras, porque el imaginario es poderoso y buscará, y encontrará a un líder carismático.

El Parlamentarismo es una lata. Debates, pactos, enmiendas, acuerdos, pero sobre todo los gobiernos caen parlamentariamente, los ministros le ponen la zancadilla al Primer Ministro o le fallan sus socios e gobierno. Y también pueden caer a través de unas elecciones que no son el todo o la nada (como sí son unas presidenciales en un país presidencialista). Las minorías tendrán incentivos para no romper con el sistema.

La renovación más o menos estable de los cuadros dirigentes del país tiene una función de pedagogía política: enseñar que en una democracia nadie dura demasiado.

Además el Parlamentarismo incentiva la creación de partidos fuertes, desplegados territorialmente, con intereses electorales diversos y que siempre pueden tener opciones de gobernar solos o en coalición. El Presidencialismo crea partidos débiles.

Antes de las manifestaciones y de la revuelta, Egipto había sido noticia por el ataque de grupos extremistas musulmanes a iglesias, negocios y miembros de la minoría cristiana de Egipto: los coptos. Son cerca del 10% de la población. En la revuelta, junto a la caída del régimen, han reivindicado su papel político y social (la imagen de los cristianos protegiendo el rezo de los musulmanes aún me sobrecoge). Las leyes discrimnatorias contra los cristianos tienen que desaparecer necesariamente y darles una participación suficiente en el gobierno del país.

Al final casi todo se queda pendiente de algo a lo que solamente los que diseñan bien las jugadas le prestan atención: el sistema electoral.

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