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Archive for the ‘Imaginario político’ Category

Dentro de una horas el Consejo de Ministros va a aprobar el estado de alarma. Después de que varios tribunales no ratificasen las medidas propuestas por las autonomías, pese a una amplia comprensión por parte de la Judicatura, y que numerosas voces afirmasen la necesidad de aplicar este instrumento constitucional porque la legalidad ordinaria, aunque se reformen las leyes, no es suficiente.

En Geografía Subjetiva siempre hemos mantenido la necesidad de emplear los instrumentos que la Constitución ponen en mano de las autoridades, con las garantías propias de estos, y hemos criticado la inconveniencia de recurrir a la creatividad jurídica en la que un consejero decreta una medida propia del Derecho de Excepción como es el “toque de queda”. No hemos creído adecuado el puenteo a la ratificación judicial hecho en Aragón al aprobar las medidas por Decreto-Ley.

Es cierto que una serie de increíbles circunstancias hicieron inviables las necesarias prórrogas del estado de alarma que comenzó en marzo. Y es irreprochable que si la prórroga parlamentaria era imposible, se buscasen otras posibilidad. Hemos asistidos atónitos a dirigentes políticos y mediáticos que han tildado de antidemocrático un instrumento constitucional y lleno de garantías, más que las otras medidas adoptadas hasta el día de hoy.

En la insoslayable revisión jurídica que se deberá hacer de las medidas durante la pandemia, además de los importantes pronunciamientos pendientes del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, habrá que proponer un mejor esquema jurídico, más definido y claro que las disposiciones vigentes que nunca habían sido puestas en vigor y a prueba con la exigencia de este 2020.

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El otro día hablaba del ruido, que es ese contante goteo de noticias sin recorrido y casi sin importancia para crear una sensanción diario de descontrol. Una noticia que ejemplariza esa estrategia de ruido es una que El Independiente que da cuenta de que el precio de almacenamiento de una gran cantidad de gel hidroalcohólico supera el precio de compra.

La mentalidad que expresa este titular es que tener una reserva de artículos como el gel, las mascarillas y los EPIs es un despilfarro, porque se paga más almacenarlos que lo que cuenta comprarlos. Cuando un producto se obtiene normalmente a bajo precio, es cierto lo anterior, pero ello no quiere decir que no se deba hacer.

En condiciones normales los proveedores sanitarios mantienen un suministro regular y no hace falta una gran reserva, pero en marzo nos dimos cuenta de que cuando es imposible mantener el suministro regular haber tenido una reserva no hubiera sido tan mala idea.

La reserva parecen improductivas y costosas, porque lo son, pero mucho más costoso es no tenerlas y necesitarlas y mandar a miles de sanitarios a atender a decenas de miles de pacientes Covid encueltos en bolsas de basura.

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Parece que solamente los socialistas saben sacar provecho a las mociones de censura. Según cuentan hace cuarenta sirvió para presentar a Felipe González como un reformista sensato y no como un peligroso revolucionario, pese a ser rechaza la censura. En 2018 el también socialista Pedro Sánchez presenta la primera moción de censura que prospera y consigue la investidura del Congreso y el cese, por censura, del presidente Mariano Rajoy.

Los días 21 y 22 de octubre de 2020 hemos vivido la quinta moción de censura de la democracia. Ésta puede ser una valoración en varios puntos:

Vox ha hecho el ridículo y no sólo porque la moción no tuviera posibilidad de aprobarse, sino que no ha hecho nada para ello, ni ha hablado con ningún grupo parlamentario.

Vox ha hecho el ridículo porque han ido con un candidato sin prestigio, después de ser rechazados no se sabe las veces por sus “candidatos de prestigio”.

Vox ha hecho el ridículo porque no preparó las intervenciones ni un programa de gobierno. Las sesiones parlamentarias suelen ser aburridas, pero los diputados y senadores suelen preparar sus intervenciones y con especial esmero cuando es un debate relevante. Las dos intervenciones, la del diputado Gamarra y las del candidato Abascal, han sido malas y toda preparación da la impresión que ha sido una recopilación de material de ínfima de calidad de foros y webs extremistas. El derecho a hablar sin límite tiene sentido cuando hay algo que decir, pero cuando no hay nada que decir deja de ser un derecho y se convierte en un abuso.

Vox ha hecho el ridículo porque Pablo Casado, que no es ningún portento, les ha destrozado en una sola intervención. Era una moción contra el Partido Popular, una moción para comerles el espacio de la derecha, y ha terminado siendo la moción que deja al PP tranquilo porque no debe temer ningún avance a su diestra. Es más los argumentos de Vox servirán cuando lleguen las elecciones para pedir el voto útil (¿es más importante la pureza o echar al gobierno socialcomunista bolivariano?).

Vox ha hecho el ridículo, porque ayer en el Parlamento de Andalucía y hoy en el Congreso han mostrado a las claras que no tienen ningún margen de maniobra para dejar de apoyar al PP en Andalucía, Madrid y/o Murcia. A pesar del rechazo frontal de los populares no puedes dejarles de sostenerles, porque entregarían esos territorios a la izquierda, algo imperdonable para su electorado y que les haría llegar a la práctica desaparición.

Vox ha hecho el ridículo porque, con su moción, ha conseguido activar un cordón sanitario que desde 2018 estaba diferido y, de camino, ha abierto la vía del entendimiento entre socialistas y populares en determinados puntos. Vox ha subrayado su anormalidad y ha hecho que los demás se perciban iguales en la relativa normalidad.

Vox ha hecho el ridículo porque le ha facilitado al gobierno los primeros contactos para los Presupuestos Generales del Estado, que es su gran objetivo político. De camino les ha proporcionado a todos una sensación gratuita de victoria que engrasa mejor los acuerdos.

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El hecho de que haya que manejar fuentes anónimas en la actividad periodística no quiere decir que no haya calidad en la forma de hacerlo. Se puede escribir una mala información con fuentes anónimas, publicando una prensa más propia de los rumores que de las noticias, o se puede llevar al público una información consistente, de calidad y creíble.

Sobre las dificultades del proceso para elaborar los proyectos de las ayudas europeas podéis consulta la información con fuentes anónimas del digital español Vóz Populi y la de la agencia Reuters.

Comparad su lo deseái y encuadrad a cada una en una de las categorías antes propuestas.

 

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2016. España necesitaba evitar a toda costa unas terceras elecciones. Los medios decían que era necesario, imperioso, que Mariano Rajoy fuera investido Presidente del Gobierno por segunda vez. Un sector de dirigentes socialistas, blandiendo el sentido de Estado, consiguió la dimisión del entonces secretario general del PSOE y obtuvieron a las pocas semanas las abstenciones necesarias para que Rajoy fuera investido por mayoría simple en la segunda vuelta.

2019. España estaba nuevamente al borde de unas terceras elecciones. Los medios publican cálculos sobre a quién le ira mejor en las siguientes elecciones. Ninguno de los partidos de la derecha se ve impelido a facilitar la investidura en virtud del sentido de Estado, todo lo contrario critican todos los intentos de evitar las terceras elecciones. A nadie se le ocurre sacar los cuchillos internos para hacer presidente a alguien del otro lado del espectro.

En España el llamado “sentido de Estado”, que sería algo así como hacer sacrificios particulares por un bien común, solo se predica cuando esos sacrificios tiene que hacerlo la izquierda. La derecha nunca debe sacrificarse. Es exasperante oír llamadas a vender la polarización o la crispación basadas únicamente en el sacrificio de una parte del espectro político y de sus electores, incluso cuando son mayoritarios, a favor del otro sector y sus electores pese a que son minoritarios. Sentido de Estado es que únicamente se pueden renovar los órganos constitucionales cuando la derecha tenga la mayoría suficiente para trasladarla a esos órganos.

Sentido de Estado es el nombre de la frontera de ese territorio en el que la izquierda puede habitar en paz; un territorio cada día más pequeño. Sentido de Estado es no ir no contra el Estado, sino contra esos que se creen encarnación del Estado. Sentido de Estado es que un gobierno o un legislativo tiene más o menos poder dependiendo de cuál sea la mayoría.

Ese sentido de Estado es una perversión antidemocrática y no, como debería, respetar unos valores compartidos, porque una parte se ha abrogado la interpretación exclusiva y excluyente de esos valores que debieran ser de todo, incluso admitiendo dentro a quienes sin disimulo los desprecian. Sentido de Estado sólo es obligatorio para la izquierda.

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En la encuesta sobre la disyuntiva entre Monarquía y República que el pasado domingo publicaron dieciseis medios de comunicación y realizó la empresa 40dB, sobre cuyos resultados reflexionaremos otro día, llama la atención que los españoles partidarios del establecimiento de una República prefiere un sistema presidencialista (48,5%) a un sistema parlamentario (29,3%).

Posibilidades de configuración de una eventual República hay muchas y por ello entiendo que se prefirió dar a elegir entre los dos grandes modelos. Entre el mundo de los especialistas en política el sistema presidencialista no tiene buena fama, especialmente por el papel que ha jugado en la historia política de las naciones latinoamericanas. El relativo buen funcionamiento del presidencialismo en los Estados Unidos, donde fue creado, se debía ante todo a la debilidad de los partidos y a la agenda fundamental local de los legisladores, lo cual daba al Presidente estadounidense un amplísimo margen en la política nacional.

¿Pero por qué los españoles preferirían un presidente de la República? Ahora solamente caben las conjeturas. Hagamos algunas:

– El liderazgo de los presidentes norteamericanos y franceses (*) crea un imaginario político en el que es el presidente y no otros cargos, como el primer ministro francés, el hacedor principal de la política. Es normal esa identificación y su traslación desiderativa.

– El proceso de “presidencialización” de los sistemas parlamentarios en el que los principales protagonistas son los jefes del gobierno y se ocurecen a los jefes del Estado hasta el punto que la mayoría de la población no sabría el nombre del presidente alemán o italiano (Frank-Walter Steinmeier y Sergio Mattarella respectivamente) pero sí conoce perfectamente a sus jefes de gobierno.

– Cognitiva y axiológicamente es más fácil agradar la figura del Presidente del Gobierno que introducir un Presidente de la República básicamente simbólico.

– Pese a que la II República era parlamentaria y el poder real estaba en manos del presidente del Consejo de Minsitros, la historia dejó un símbolo señalado en la persona del segundo presidente. El gobierno en el exilio fue centrándose en la figura del presidente como casi único cargo.

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Desde marzo, querramos o no, el monotema de los informativos y de nuestras vidas es el Covid-19. No es para menos, pues la enfermedad ha matado varias decenas de miles de españoles y a un millón de personas en todo el mundo.

Quitando el fútbol, única religión verdadera, todo lo demás empalidece al lado de la pandemia, pero la realidad es que sigue habiendo problemas que resolver anteriores al Covid-19, continuan las propuestas de los diversos grupos de activistas y de los grupos de interés por alcanzar los objetivos de sus respectivas agendas y hay que planear un futuro porque la pandemia algún día se irá.

Lo realmente difícil es sacar ahora un tema autonómamente, por eso todos los que deciden los mensajes no han tenido más remedio que vincular sus propuestas, proyectos o soluciones al Covid-19. Algunos presentan la pandemia como una ocasión propicia para ellos, otros como un método para luchar con la pandemia y otros sólo juegan a la mera yuxtaposición.

En las actuales circunstancias dejar de mirar únicamente al Covid-19 se torna complicado, pero una sociedad madura debería saber ver más allá del problema más grave para reconocer los otros problemas graves que, con toda probabilidad, permanezcan entre nosotros cuando el Covid-19 sea historia.

Sin menospreciar la tremenda importancia del Covid-19, no quiero dejar de señalar que la sociedad española, o sus medios de comunicación, es muy obsesiva y monotemática. Se exprime un tema y luego se tira como una cáscara de naranja después de conseguir el jugo. Y allí se pudre el tema, tras haber sometido a la audiencia a un empacho que le vacuna respecto del tema.

Un ciclo de noticias más largo en el tiempo y una agenda pública más plural y profunda ayudarían a mejorar el debate en nuestro país.

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Parece que en Vox no saben hacer elecciones, lo cual no puede extrañar a nadie. Tenían convocadas elecciones a sus órganos provinciales y el desastre ha sido tal, por la denuncia de irregularidades y de fraude electoral, que Abascal se plantea suspender todas las elecciones en Vox.

Su plan es que solamente los dos principales órganos nacionales, la Ejecutiva y la Presidencia de Vox sean elegible por los afiliados, mientras que el resto de los responsables provinciales o locales serán elegidos por estos órganos nacionales, o el encargado provincial elegirá a determinados encargados municipales, salvo en las localidades más grandes que los eligirían a nivel nacional.

Una variación sobre el sistema en cascada de designación del alcaldes durante el Franquismo, con muchas semejanzas con el mal llamado “centralismo democrático” propio de los regímenes comunistas.

No tienen todas consigo de que este mecanismo satisfaga las exigencias de democracia interna contenidas en la Constitución y en la Ley Orgánica de Partidos. Es difícil que un partido donde solamente dos órganos sean sometidos a elección, pase el filtro del artículo 7.1 en el que se habla de que toda la estructura interna debe ser democrática y que deben haber procedimientos de control de los electos. El hecho de que toda la estructura interna sea designada queda pobre democráticamente hablando.

Es obvio que a Abascal le molestan las peleas internas y más que arbitrar un proceso limpio e incontestable de elecciones internas, se plantea eliminarlas. En el fondo extrañarse que en Vox el mecanismo básico de la democracia sea prescindible, es tan exótico como destacar que los bocadillos llevan pan o que la lluvia cae del cielo.

Pero ello no hace menor el problema. Abascal quiere que unas elecciones lo resuelvan todo, unas elecciones internas que en circunstancias generales ganará sí o sí y es posible que llegado el momento le sobren hasta esas únicas elecciones, pese a que no le cabe duda de que las ganaría, porque tiene que soportar votos en contra, nulos, en blanco, abstención o los muchos indicadores de descontento existentes incluso en el mundo de los líderes indiscutibles.

Sí hay que agradecerle que muestre su idea de que cuanta menos democracia tengamos los españoles, mejor. Una votación que resuelva desde el Gobierno de España hasta el del último ayuntamiento. Prefiero la posibilidad de la disidencia, de que haya elecciones competitivas (suele haber problemas cuando no las hay) y que cada instancia sea refrendada por los ciudadanos y que ellos mismos le exijan responsabilidades. Sé que Abascal prefiere otra cosa.

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Carmen Juan, subdirectora del programa “Julia en la Onda”, ironizaba ayer en twitter sobre las previsiones de aumento de empleo contenidas en los programas que van a ser financiados por la Unión Europea. Se prevén 800.000 nuevos empleos, lo que le hizo recordar a esta periodista los 800.000 puestos de trabajo de Felipe González en 1982.

Como estos 800.000 puestos de trabajo forman parte del imaginario de la derecha entrada en años, aceptan acríticamente que fue una promesa no cumplida.

Si se miran los datos de la gestión de Felipe González parece el incumplimiento no fue tan mal. En 1982, año en que González ganó las elecciones, había en España 11.481.340 personas ocupadas. En 1996, cuando perdió las elecciones, había 12.871.350 ocupados. Es decir, el aumento de ocupados es de 1.390.010 personas, muy por encima de los 800.000 famosos.

Una cosa es no hacer periodismo de datos y otra es hacer periodismo sin datos.

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En el debate de investidura el portavoz del PNV en el Congreso aconsejó a la Corona no dejarse instrumentalizar políticamente. La pasada semana volvió a recordar su desatendido consejo al señalarle al Rey que no decir nada cuando es utilizado por una parte del espectro político para criticar una decisión del Gobierno, es una forma de consentir esa instrumentalización y es igualmente una forma de participar. El presidente del gobierno vasco, Urkullu, manifestó en el parlamento que era necesario “republicanizar” la Monarquía, en el sentido de que la institución fuera ratificada en cada generación.

Un medio digital de derecha, Vóz Populi, ha atribuido esta posición de los nacionalistas vascos de derecha a la lucha política con Bildu y a la posición antimonárquica de este último partido. Es curioso cómo se construye un relato falso.

Falso porque el PNV avisó de un problema y aconsejó una postura, ha reiterado a la Corona la necesidad de distanciarse netamente de la instrumentalización y, además, acaba de ganar con soltura las elecciones vascas y lidera un gobierno de coalición con mayoría absoluta.

Si algún partido está siendo leal con la Corona es el PNV, porque es el único que señala los comportamientos nocivos y ofrece remedios, mientras los otros callan los problemas o alientan los comportamientos perjudiciales.

Alguien podría decir que lo de “republicanizar” queda poco leal. No es así por en primer lugar porque el término tiene varias acepciones y, en segundo lugar, la “republicanización” de la que habló Urkullu ha sido la legitimación que se ha usado durante los casi cuarenta años de reinado constitucional de Juan Carlos II: la Monarquía fue aceptada al aprobarse en referéndum la Constitución.

Al igual que nuestra desactualizada e irreformable Constitución se está volviendo un fósil viviente, la Monarquía contenida en ella ha perdido legitimación al pasar más de una generación sin posibilidad de pronunciarse ni sobre una ni sobre otra. La idea de generación constituyente, de sabores jeffersonianos, es una exigencia política y moral en torno a la soberanía de un pueblo respecto a sí mismo y una garantía de que las instituciones del Estado responden a la voluntad popular.

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