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Archive for the ‘Imaginario político’ Category

Desde la Crisis Financiera, hace ya más de diez años, se ha presentado el hecho de “convertirse en emprendedor”, traducción contemporánea de “montar un negocio”, en la salvación personal y nacional. Hubo y sigue habiendo programas y anuncios en los que te animan a ser emprendedor, si no lo eres es porque eres mala persona, sin atender a dos variables fundamentales comunes a todo el que quiera “montar un negocio”, perdón, ser un emprendedor.

La primera ha sido convertir el emprendimiento en una acción moral y psicológica: si quiero puedo. Y no relacionar la decisión de “montar un negocio” con las posibilidades reales de que el negocio prospere y genere dinero para quien lo monta. Nunca se habla de dinero, como si montar un negocio fue algo que es posible sin dinero. Y claro, hablar de dinero es hablar de avales, estudios de viabilidad y un sin fin de cosas que le quitan romanticismo al emprendimiento.

La segunda variable es la del fracaso. Nos hemos cansado de ver programa, mini-entrevista y lo que sea donde emprendedores de éxito nos explican cómo empezaron. Muy bien, ¿por qué no sacamos a los muchos que no alcanzaron ese éxito y cerraron la persiana o apagaron para siempre el ordenador? No para desanimar a quien quiera montar un negocio, sino para aclararle a quien lo desea hacer cuáles son los riesgos reales, donde se mete la pata y qué problemas hay que afrontar. Del éxito poco se aprende, si ignoramos el fracaso.

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Hace doce años me entretuve en mirar los resultados de las Elecciones Europeas en relación con la abstención. Tradicionalmente en estas Elecciones la abstención y alta y existe el tópico de que los grandes abstencionistas son los votantes de izquierda, de forma que quise comprobar si una alta abstención tenía por consecuencia una permanente victoria electoral de la derecha.

Si actualizamos los datos y eliminamos las convocatorias que coincidieron con las Elecciones Municipales y Autonómicas en muchas regiones, obtenemos que con bajas participaciones ha ganado tanto la derecha como la izquierda (formaciones de ámbito nacional):

Como se puede comprobar las candidaturas de  izquierda fueron las más votadas en dos de las tres Elecciones Europeas con participación inferior al 50%. Al menos estos resultados nos deberían hacer pensar si siempre la abstención beneficia a la derecha.

Muchas dinámicas política están llenas de “mayorías silenciosas”, esto es, amplios grupos de votantes que de pronunciarse electoralmente removerían las mayorías existente o al menos la relación entre los principales grupos.

Existía la idea de que en Cataluña había una gran masa de abstencionistas unionistas, que se ir a las urnas revolucionarían el mapa político regional. En las dos últimas elecciones autonómicas, las que han tenido mayor participación desde 1980, las fuerzas no nacionalistas han sido las más votadas en su conjunto, pero desde luego no se dio el vuelco que vaticinaban las colas ante los colegios electorales.

El último ejemplo lo tenemos en las Elecciones Presidenciales de este año en los Estados Unidos. El voto masivo hacía pensar a muchos que la “marea azul”, un victoria arrolladora de los demócratas, era seguro y aunque los demócratas han ganado la Presidencia por un margen nada desdeñable en este momento de voto popular de 5.267.488 votos, en muchos lugares la victoria ha sido muy estrecha, lejos de lo anrumador. Se ha descubierto que los demócratas o los potenciales votantes de los demócratas no eran los mayores abstencionistas, sino que entre los republicanos y sus potenciales votantes también había un bolsa importante.

Esas masas abstencionistas muchas veces son meras quimeras que se usan con otros fines, como los que dentro del PSOE que aún hablan de recuperar la mayoría de 1982 sin caer en la cuenta de que se ha conseguido posteriormente más votos que en 1982 y que bueno parte de ese voto ya no vota, y no porque se abstenga.

Los mitos políticos como el que hemos tratado de exponer tienen el peligro de ser muchas veces presupuestos implícitos en la toma de decisiones, porque se basa en el sesgo de la mayoría silenciosa piensa como yo. Y presupuestos erróneos pueden viciar el proceso y el resultado, intentando cazar un electorado que no existe o que si se moviliza, vote a otro.

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Normalmente, cuando han ido las elecciones estadounidenses, nos hemos ido a la cama a horas indecentes, pero con un claro ganador. Ahora esto se prolonga durante dos jornadas y comienza a parecerse a esos encantadores escrutinios irlandeses que vivimos pegados a la retransmisión de la RTE.

Mi “timeline” en Twitter se ha llenado hoy de comentarios jocosos sobre lo que se está prolongando el recuento en estas elecciones en los Estados Unidos. Si de algo estamos orgullosos los españoles es de lo eficacez que somos contando votos, de forma que una hora y media después del cierre de los colegios electorales están todos los escaños o concejalías repartidos, unos celebrando, otro penando y varios cientos de miles de presidentes de mesa, vocales de mesa, interventores y apoderados volviendo a su casa para descansar.

Nuestro sistema electoral tiene eso que Pablo Simón llama bajo “coste cognitivo”. Uno vota por un partido, se cuentan las papeletas y se dice a cuántas corresponden a cada partido, se suman los votos en blanco y nulos y si no se ha metido la pata, pues cuadra con el número de personas que han votado. No es raro que a alguien no le cuadre (dan mucho juego para esas confusiones los interventores que votan en la mesa pero que no están en el censo de la mesa) y se cuente otra vez, pero es un rato pequeño. Se rellenan las actas y se firman, se dan los datos al funcionario para que los transmitan y los frikis de las elecciones los veamos en nuestros ordenadores y se espera a un vehículo policial, en algunos casos, para trasladar a los presidentes de mesa a la sede de la Junta Electoral de Zona.

¿Realmente es siempre así de sencillo nuestro sistema? Pues no, hay un punto negro y ese lo encontramos en las elecciones al Senado. En las provincias se eligen cuatro senadores por el bonito sistema de listas abiertad (en las islas y en las ciudades norteafricanas el número es menor), pero el votante solamente tiene tres votos, de modo que una papeleta puede salir de la urna siendo nula (por el motivo que sea), sin ningún voto, con un voto, con dos votos o con tres votos, es decir, hay cinco posibilidades frente a las tres en el Congreso.

¿Qué problema tiene esto? Que el número de papeletas no indica necesariamente el número de votos, pues no todo el mundo votará a sus tres candidatos, de forma que eso de multiplicar las papeletas por tres no es la solución. Entonces los miembros de la mesa y los representantes de los partidos políticos comienzan a hacer palitos y a rezar para que al finalizar todos tengan los mismos palitos en cada uno de los candidatos, porque de no ser así hay que volver a hacer palitos. Los errores vienen normalmente del cansancio o despiste de alguno de los intervinientes. En ocasiones se utiliza la pizarra del aula para llevar un conteo “unitario”.

Pues si el Congreso está recontado, celebrado o llorado en una hora y media, el Senado se puede alargar unas cuantas horas más y terminar de madrugada. Ésa es la parte que no vemos en nuestras Elecciones Generales y la que más tiempo y paciencia emplean y, desde luego, la menos eficiente de todos nuestros procesos electorales.

Teniendo en cuenta que en la papeleta de hoy en cualquier estado de los Estados Unidos no sólo está la elección del Presidente, sino de un representante en la Cámara federal, posiblemente un senador federal, un representante estatal, un posible senador estatal, algunos referendos, el gobernador o mil cargos más parece que no duran tanto y más cuando lo hacen todo en una papeleta y tachando.

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Uno de los fundamentos de una democracia liberal es la pluralidad ideológica. Las ideologías son posiciones que las personas tienen sobre la realidad y que proyecta una idea de sociedad. Las democracias liberales buscan tener unos valores fundamentales incuestionables y después dejar casi todo a la determinación individual o social, para que ningún proyecto de una persona o una parte sea el proyecto de la sociedad entera, al menos durante todo el tiempo.

Por ello los ciudadanos se organizan en partidos políticos, dotados de ideología, con la finalidad de llegar al gobierno a través del las urnas convertidas en escaños parlamentarios, y una vez en el poder aplicar su programa inspirado naturalmente en su ideología.

La derecha (tanto política, mediática, social y eclesiástica), que representa una familia de ideologías políticas, quiere estigmatizar el hecho de tener ideología y llaman ideológicas a todas las medidas que no son las suyas, como si las medidas que proponen no fuera tan ideológicas como las de la izquierda. El enésimo ejemplo lo protagonizó ayer el arzobispo de Oviedo.

Efectivamente un gobierno propone leyes ideológicas porque la esencia del sistema democrático consiste en que quien tiene mayoría parlamentaria pueda gobernar desde sus posiciones dentro del marco constitucional. Lo que no es legítimo es reclamar que se ganen o se pierdan las elecciones, las leyes tengan el mismo sesgo ideológico.

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Por Kiril Lakota

Con motivo de la moción de censura del partido VOX contra el presidente del Gobierno, la semana pasada, se ha desatado un huracán de improperios y calificativos hacia la formación política que cuenta con 52 diputados y que, ideológicamente, parece situarse más a la derecha del Partido Popular. Desde nazis, fascistas y un largo etcétera de imprecaciones, en muchos casos, muy poco ajustados a la realidad ha recibido la formación dirigida por Santiago Abascal.

Sería harto prolijo en un artículo diseccionar las cualidades del fascismo y su plasmación en un partido político. Digamos que esa categoría en la política de estas alturas del siglo XXI es difícil de aplicar a un partido europeo. Ni siquiera AfD, en Alemania podría ser calificado como tal (el siempre riguroso Tribunal Constitucional alemán ya habría tomado cartas en el asunto). Del espectro político en los países de la UE, sólo una excrecencia como Amanecer Dorado en Grecia ha tenido la consideración de grupo fascista; por otro lado, una evidencia palmaria que fue creciendo con motivo del resentimiento provocado durante la crisis sistémica de 2015.

La inmensa obra de Antonio Scuratti que se va destilando por enormes capítulos disecciona con la precisión de entomólogo una constatación: en las crisis económicas y sociales de gran calado aparece el caldo de cultivo para soluciones política autoritarias que tienden a la violencia y que en el siglo XX fueron los fascismos de diverso cuño.

¿Es eso VOX? No parece. El crecimiento de VOX en España se produce antes de que estalle el trágico episodio de COVID19 que ha sumido a España en una crisis sin precedentes. Además, VOX toma cuerpo en años de crecimiento económico, pero de gran agitación política y social recogiendo corrientes de descontento de un espectro ideológico que Francis Fukuyama calificaría como los afectados en su identidad, (el Thymos platónico, la necesidad de reconocimiento. No sólo Fukuyama, también Kratsev y Holmes en “La Luz que se Apaga” deja entrever la frustración del Thymos que conlleva el asumir postulados contrarios a la democracia liberal y apostar por el autoritarismo político: Orban en Hungría y el PiS e Polonia.

¿Es eso VOX? En parte sí, pero no todo. No puede atribuirse a un partido, por muy excéntricos personajes que lo pueblen y cuyos orígenes, en muchos casos son poco menos que inquietantes, el timbre de fascismo de manera gratuita. Entre otras cosas porque el fascismo en España que residió entre los años 30 y 50 en la Falange, era una manera muy sui generis de ser fascista.

VOX defiende la Constitución Española, la institución monárquica, la democracia liberal con algunas reservas, pero incorpora valores del catolicismo tradicionalista en su ideario. Es fuertemente restrictivo con las libertades sexuales, los movimientos igualitarios (feminismo, LGTBI), tiene un cuño nacionalista homogeneizador, quiere la recentralización del Estado al apostar por la desconcentración/descentralización meramente administrativa del poder territorial, contrario en algunos aspectos a la globalización. Entonces ¿Cómo definir a VOX?

Si me permiten, como Pinochetismo 2.0 o como la delegación 2.0 de la UDI (Unión Democrática Independiente) de Chile en España en su versión renovada. Es decir, el ideario de Jaime Guzmán encarnada en un tipo descarado y sin complejos como José Antonio Kast (se separó de la UDI en 2016 para lanzar su campaña presidencial y creó el Partido Republicano, en excelentes términos con VOX). En resumen, la aplicación de doctrinas de liberalismo mercantil del siglo XXI por parte de una clase tecnocrática de altos funcionarios y empresarios.

Traducido a nuestro contexto español una mezcla de la doctrina social de la Iglesia y la tradición reaccionara española (Balmes y Donoso Cortés), que impliquen un régimen constitucional con Estado autoritario fuerte y una economía de mercado; una democracia puramente instrumental, al servicio de una sociedad de mercado donde hay una clase dirigente por mérito histórico o social o aleatorio. En esa sociedad, la educación, la sanidad y las pensiones son bienes de mercado que el propio mercado asigna, relegando al Estado a un papel meramente subsidiario. Una sociedad profundamente clasista como la chilena, cuyas costuras estallaron hace un año por la insoportable arquitectura institucional que hacía ocultar un notable progreso económico general con unas lacerantes desigualdades; una sociedad partida en dos donde el ascensor social no había funcionado en periodos de expansión notables, estabilidad institucional y admiración internacional; era una casa con fachada esplendorosa, pero con unos cimientos frágiles y carcomidos.

Para la implantación de este ideario en el contexto de una democracia social como española no se puede recurrir a las técnicas de la Legión Cóndor de los años 70. Se necesitan los modernos medios de agitación social. Medios de comunicación tradicionales y redes sociales en perfecta comunión. Agitadores mediáticos con virulencia verbal y descaro, como fue el propio Jaime Guzmán en el Chile de Allende, pero con técnicas importadas del Tea Party norteamericano que cuajan en Breitbar News en una sociedad madura por el resentimiento.

Y ahí es donde entra VOX, cuyo espejo es José Antonio Kast, el discípulo aventajado de Jaime Guzmán, juega su liga y su despegue desde las elecciones andaluzas de diciembre de 2018. La apuesta ideológica es clara y método también: subir los decibelios de la confrontación mediática, apostar por incendiar los medios con la llamada incorreción política que no es otra cosa que el descaro en la utilización de las medias verdades y aprovechar los fallos del sistema para ir implantando la idea de una agenda alternativa posible al consenso socialdemócrata/democristiano de la transición. La UDI de Guzmán por los métodos de Kast en la España actual.

En conclusión, yerran grandemente quienes tachan de fascista el ideario de VOX, quienes los acusan de Nazis y lindezas parecidas. Eso no quiere decir que VOX no sea un elemento de riesgo en nuestro sistema de partidos y que su representación creciente no genere problemas y tensiones por la amenaza que supone a la democracia social de nuestra constitución, su componente antieuropeo y su mercantilismo de los bienes públicos. Pero sería bueno, si queremos ponerle una etiqueta, que ésta se la correcta: Pinochetismo 2.0.

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Los dirigentes nacionales de los populares situaron a las fiestas navideñas como el límite temporal del estado de alarma. Casado y los suyos querían hacer del PP el partido pro-navidades frente a la coalición de gobierno y los partidos que han apoyado la prórroga de la alarma que serían los anti-navidades. La innovación había llegado a crear una nueva dicotomía política en torno a las celebraciones de diciembre.

Parece que las propuestas en este sentido de los populares se han ido disolviendo desde la aprobación de la prórroga por el Congreso, mientras varios presidentes autonómicos del Partido Popular están tomando severas medidas para contener la pandemia en sus respectivos territorios.

Pero como a los populares les encantan estas luchas sobre nimiedades es conveniente recordar alguna cosa. Tras las elecciones de junio de 2016, Mariano Rajoy fracasó en su primer intento de ser investido y los relojes para la convocatoria automática de las elecciones se pusieron en marcha el 31 de agosto de 2016. Dos meses tras esa primera votación y habrían nuevas elecciones.

Comenzó una profunda guerra sucia con la connivencia del Felipismo en el PSOE, guerra que fue su final, para que los socialistas facilitasen una investidura forzada de Rajoy para tener el gobierno más débil de la democracia, un gobierno que cayó en mayo de 2018 en manos de la misma mayoría absoluta que le hizo perder incluso la primera votación de la segunda investidura.

Mariano Rajoy y Ana Pastor, entonces presidenta del Congreso, fijaron el 31 de agosto de 2016 como fecha para la primera votación. Si Rajoy no lograba la investidura el plazo de dos meses vencería el 1 de noviembre y el día quincuagésimo cuarto (art. 42.1 LOREG) posterior a la convocatoria era el domingo, 25 de diciembre de 2016.

El Partido Popular preparó la celebración de elecciones generales el día de Navidad como uno de sus mecanismos de presión para conseguir los votos necesarios para la investidura. Aquí vemos el nacimiento del partido pro-navidades con el argumento de o me invistes o tendréis que votar con el mantecado en la boca.

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Es cierto que viendo los populares que el hecho de tener que votar el 25 de diciembre por la elección de fechas, se le podía volver en contra presentaron una proposición de Ley Orgánica, apoyada por todas las fuerzas, para que las elecciones fueran el 18 de diciembre, también domingo.

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Todas las semanas hay artículos y comentarios en los medios de comunicación sobre las dificultades parlamentarias del gobierno, el cual al no poseer mayoría absoluta se ve precisado de pactar todas sus iniciativas con grupos ajenos al ejecutivo. Naturalmente hay un no pequeño grupo de opinadores que mantienen que este gobierno es el más débil de la democracia, uniéndose al eslogan tipo “este gobierno es el más/menos [elíjase lo que se quiera] de [elíjase el periodo temporal que se desee]”.

Es gobierno tiene una innegable debilidad parlamentaria, pero ¿es el más débil? Sin lugar a dudas no lo es. E gobierno más débil de la democracia fue el presidido por Mariano Rajoy desde 2016 a 2018.

Fue un presidente que obtuvo la investidura en unas circunstancias que, como poco, deben ser calificadas de especiales. Parecía que iba a poder prosperar con el tiempo, manejando una aritmética variable, aunque comenzó no cumpliendo el acuerdo de investidura con Rivera (a él no le importó nada).

Consiguió aprobar los Presupuestos, un hito, pero el problema surgió cuando tuvo que renovar la confianza de la cámara, aquella que le había llegado de modo sospechoso. Con unas nuevas circunstancias

sencillamente no pudo hacerlo.

La mayor debilidad es perder el poder en una votación y eso únicamente ha sucedido una vez.

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Dentro de una horas el Consejo de Ministros va a aprobar el estado de alarma. Después de que varios tribunales no ratificasen las medidas propuestas por las autonomías, pese a una amplia comprensión por parte de la Judicatura, y que numerosas voces afirmasen la necesidad de aplicar este instrumento constitucional porque la legalidad ordinaria, aunque se reformen las leyes, no es suficiente.

En Geografía Subjetiva siempre hemos mantenido la necesidad de emplear los instrumentos que la Constitución ponen en mano de las autoridades, con las garantías propias de estos, y hemos criticado la inconveniencia de recurrir a la creatividad jurídica en la que un consejero decreta una medida propia del Derecho de Excepción como es el “toque de queda”. No hemos creído adecuado el puenteo a la ratificación judicial hecho en Aragón al aprobar las medidas por Decreto-Ley.

Es cierto que una serie de increíbles circunstancias hicieron inviables las necesarias prórrogas del estado de alarma que comenzó en marzo. Y es irreprochable que si la prórroga parlamentaria era imposible, se buscasen otras posibilidad. Hemos asistidos atónitos a dirigentes políticos y mediáticos que han tildado de antidemocrático un instrumento constitucional y lleno de garantías, más que las otras medidas adoptadas hasta el día de hoy.

En la insoslayable revisión jurídica que se deberá hacer de las medidas durante la pandemia, además de los importantes pronunciamientos pendientes del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, habrá que proponer un mejor esquema jurídico, más definido y claro que las disposiciones vigentes que nunca habían sido puestas en vigor y a prueba con la exigencia de este 2020.

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El otro día hablaba del ruido, que es ese contante goteo de noticias sin recorrido y casi sin importancia para crear una sensanción diario de descontrol. Una noticia que ejemplariza esa estrategia de ruido es una que El Independiente que da cuenta de que el precio de almacenamiento de una gran cantidad de gel hidroalcohólico supera el precio de compra.

La mentalidad que expresa este titular es que tener una reserva de artículos como el gel, las mascarillas y los EPIs es un despilfarro, porque se paga más almacenarlos que lo que cuenta comprarlos. Cuando un producto se obtiene normalmente a bajo precio, es cierto lo anterior, pero ello no quiere decir que no se deba hacer.

En condiciones normales los proveedores sanitarios mantienen un suministro regular y no hace falta una gran reserva, pero en marzo nos dimos cuenta de que cuando es imposible mantener el suministro regular haber tenido una reserva no hubiera sido tan mala idea.

La reserva parecen improductivas y costosas, porque lo son, pero mucho más costoso es no tenerlas y necesitarlas y mandar a miles de sanitarios a atender a decenas de miles de pacientes Covid encueltos en bolsas de basura.

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Parece que solamente los socialistas saben sacar provecho a las mociones de censura. Según cuentan hace cuarenta sirvió para presentar a Felipe González como un reformista sensato y no como un peligroso revolucionario, pese a ser rechaza la censura. En 2018 el también socialista Pedro Sánchez presenta la primera moción de censura que prospera y consigue la investidura del Congreso y el cese, por censura, del presidente Mariano Rajoy.

Los días 21 y 22 de octubre de 2020 hemos vivido la quinta moción de censura de la democracia. Ésta puede ser una valoración en varios puntos:

Vox ha hecho el ridículo y no sólo porque la moción no tuviera posibilidad de aprobarse, sino que no ha hecho nada para ello, ni ha hablado con ningún grupo parlamentario.

Vox ha hecho el ridículo porque han ido con un candidato sin prestigio, después de ser rechazados no se sabe las veces por sus “candidatos de prestigio”.

Vox ha hecho el ridículo porque no preparó las intervenciones ni un programa de gobierno. Las sesiones parlamentarias suelen ser aburridas, pero los diputados y senadores suelen preparar sus intervenciones y con especial esmero cuando es un debate relevante. Las dos intervenciones, la del diputado Gamarra y las del candidato Abascal, han sido malas y toda preparación da la impresión que ha sido una recopilación de material de ínfima de calidad de foros y webs extremistas. El derecho a hablar sin límite tiene sentido cuando hay algo que decir, pero cuando no hay nada que decir deja de ser un derecho y se convierte en un abuso.

Vox ha hecho el ridículo porque Pablo Casado, que no es ningún portento, les ha destrozado en una sola intervención. Era una moción contra el Partido Popular, una moción para comerles el espacio de la derecha, y ha terminado siendo la moción que deja al PP tranquilo porque no debe temer ningún avance a su diestra. Es más los argumentos de Vox servirán cuando lleguen las elecciones para pedir el voto útil (¿es más importante la pureza o echar al gobierno socialcomunista bolivariano?).

Vox ha hecho el ridículo, porque ayer en el Parlamento de Andalucía y hoy en el Congreso han mostrado a las claras que no tienen ningún margen de maniobra para dejar de apoyar al PP en Andalucía, Madrid y/o Murcia. A pesar del rechazo frontal de los populares no puedes dejarles de sostenerles, porque entregarían esos territorios a la izquierda, algo imperdonable para su electorado y que les haría llegar a la práctica desaparición.

Vox ha hecho el ridículo porque, con su moción, ha conseguido activar un cordón sanitario que desde 2018 estaba diferido y, de camino, ha abierto la vía del entendimiento entre socialistas y populares en determinados puntos. Vox ha subrayado su anormalidad y ha hecho que los demás se perciban iguales en la relativa normalidad.

Vox ha hecho el ridículo porque le ha facilitado al gobierno los primeros contactos para los Presupuestos Generales del Estado, que es su gran objetivo político. De camino les ha proporcionado a todos una sensación gratuita de victoria que engrasa mejor los acuerdos.

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