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Archive for the ‘Nazismo’ Category

El Banco de Inglaterra ha anunciado que va a tomar medidas que propicien el crecimiento aunque éstas tengan como consecuencia el aumento de la inflación. Algo que ahora es totalmente impensable por parte de la sucursal del Bundesbank que es el Banco Central Europeo.

Los alemanes tienen un miedo tremendo a la inflación. Un miedo del que han conseguido contagiar a las opiniones públicas de otros países. A la inflación hay que tenerle respeto, no hay que jugar con ella pero tampoco debería ser un tabú.

Esta relación de los alemanes con la inflación proviene no de los dominios económicos, sino de los morales, sociológicos e históricos. Hubo una vez un pueblo que hizo ganar tres veces las elecciones a un partido de indeseables, vestidos con uniformes pardos, que en el poder eliminaron a sus adversarios políticos, organizaron una política expansionista en Europa, prepararon y ejecutaron un terrible Genocidio y comenzaron la guerra más terrible de la Historia.

Como eliminaron las elecciones, gracias a las elecciones y a los partidos del centro y de la derecha del Parlamento, los alemanes no pudieron pronunciarse políticamente hasta después de la Guerra, y sólo en la zona Occidental. Los alemanes (salvo cuatro militares prusianos, tres estudiantes bávaros, dos pastores evangélicos y un obispo católico) no se pronunciaron de ninguna forma y es más, dieron toda la adhesión al régimen construido hasta el último minuto.

Los alemanes, sin duda, son un pueblo con grandes aportaciones científicas y culturales y tiene, como pueblo, admiradores y partidarios en todas las élites europeas y americanas. Estos germanófilos no podían creerse que sus idolatrados germanos desarrollaran las agresiones que desarrollaron, las matanzas que llevaron a cabo y fueron los culpables de la destrucción de Europa.

Comenzó dentro y fuera de Alemania una campaña de exoneración de los alemanes de sus responsabilidades. El primer paso fue la diferenciación entre alemanes y nazis, una diferenciación obvia pero parcial que se explotó hasta hacerla la guerra general. Era evidente que no todos los alemanes eran nazis y mucho menos miembros de su partido, pero el grupo de los nazis fue reduciéndose tanto (se excluía hasta a los que voluntariamente se habían afiliado) que daba la impresión que siete personas eran los que se habían hecho con el poder absoluto en Alemania y que los nazis habían llegado en una nave espacial para hacerse con el poder.

El segundo mecanismo, que realmente fue simultáneo, consistió en afirmar que realmente los alemanes no se enteraron de nada, más allá de las consecuencias del conflicto bélico. De repente ningún alemán, ni ascendiente, había estado siquiera en las Fuerzas Armadas y todos habían cumplido su servicio en unidades auxiliares, en la Cruz Roja o en el metro de Berlín (como se retrata magistralmente en la película de 1961 ‘Uno, dos, tres’ de Billy Wilder).

Este segundo mecanismo tuvo éxito, por más que una breve visita a Dachau desmonte esta idea. Pero persistía la necesidad de justificar del ascenso al poder de Hitler y sus secuaces una vez fracasada el argumento del desembarco de marcianos antes expuesto.

¿Por qué los alemanes votaron a ese personal? Una buena parte de los que trataron este tema atacaron directamente a la República de Weimar y a sus instituciones por no ser capaces de parar a los nazis.

Rápidamente coincidieron en sus argumentos con todos esos junkers y conservadores que, capitaneados intelectualmente por autores como Carl Schmitt y políticamente por personajes como von Papen y von Hindenburg, planteaban que la situación política era una consecuencia inherente del régimen democrático y parlamentario. Estos y los apoyos parlamentarios fueron los que entregaron todo el poder a Hitler en una infame Ley de Plenos Poderes. Lo hicieron porque culpaban a la democracia parlamentaria de la inestabilidad política que ellos y los grupos extremistas provocaban. Culpaban a la democracia de los males que ellos mismos causaban, como Chaves Nogales dijo de la dura derecha francesa antes de la caída, pocos años después.

La conclusión de que la responsabilidad moral era culpa de la Constitución de 1919 (un texto inspirador para todo el constitucionalismo de todo el siglo XX) y del propio régimen democrático, salvaba a los alemanes, pero condenaba a la Democracia y justificaba en cierto sentido a los criminales y legitimada el golpismo como medida.

Había que descartar esta nueva eximente del pueblo alemán. Alguien cayó en que la economía en el periodo de después de la Primera Guerra Mundial había sido muy mala y se fijaron en la hiperinflación de principio de los años veinte, debida al descontrol en la emisión de moneda entre otras causas. Tras un periodo de estabilización llegó el Crack de 1929 y sus consecuencias en todo el mundo.

Obviado curiosamente el “Crack”, todo el periodo de Weimar fue puesto bajo el prisma de la inflación. Los alemanes, acuciados por una situación económica penosa, se lanzaron en manos de un redentor por culpa de algo tan anónimo e impersonal como es la inflación. Fue la inflación o la hiperinflación quien votó a los nazis en los años treinta y no millones de alemanes, que fueron solamente meras marionetas en manos de este demiurgo económico.

La inflación debe ser controlada no únicamente porque se desprendan normalmente consecuencias positivas para la economía, sino, sobre todo, para que la inflación no cree en Alemania y por ende en toda Europa regímenes como el nazi. Mantener una política coyuntural de moderada inflación supone abrirle la puerta al totalitarismo nuevamente en Europa porque es la inflación y no las personas quien votan ya que fue la inflación y no los alemanes quienes le dieron millones de votos a Hitler.

Una moderada política inflacionaria que restableciera el crecimiento económico, desmentiría la exoneración histórica de los alemanes.

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Giles MacDonogh: Después del Reich: crimen y castigo en la posguerra alemana, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010. 996 páginas.

A veces hago una distinción que, en determinadas ocasiones, me resulta enormemente útil. Ésta consiste para tratar un hecho concreto en separar la explicación causal y la justificación moral. Decir que un hecho lleva a otro, no quiere decir que se justifique éticamente.

Esta distinción la he tenido muy presente en toda la lectura de este libro, en el que se narra el maltrato sufrido por el derrotado pueblo alemán tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Es útil no entrar a justificar estos hechos con los anteriores ni caer en la tentación de redimir unos en los otros. Cada calamidad se debe enjuiciar moralmente desde sí mismo y no desde el puesto causal que ocupa en una sucesión de hechos.

Hay que indicar, por lo que se dirá más adelante, que el texto no es ni negacionista ni revisionista ya que en ningún momento ni se niega ni se minusvalora ni es la existencia, ni la escala, ni la barbaridad moral que fue el Holocausto.

La documentación referenciada por el autor es amplia, aunque bastas partes del libro que dependen sustancialmente de algunas memorias personales provenientes de personas de los mismos estratos sociales e ideológicos. El resto de los materiales suelen ser utilizados más como ilustraciones o aclaraciones para la paráfrasis del memorial-base que como ladrillos para construir la narración.

El autor se fija en las atrocidades cometidas por las tropas soviéticas, con especial fijación cuando los soldados eran oriundos del Asia Central; en las de los norteamericanos siempre que los actores fueran soldados afroamericanos; en las de los franceses con la única condición de que los bárbaros fueran tropas coloniales argelinas o marroquíes.

Yo no niego los hechos, pero creo que faltan actores, empezando por los británicos, compatriotas del autor que parecen no haber hecho nada más que intentar el bien y la reconciliación universal.

El libro, que describe los hechos que han sido reflejados en otros libros y en multitud de trabajos audiovisuales, cae en demasiadas valoraciones, implícitas o explícitas, que no dejan de hacer sospechar al lector.

Todos los opositores al Nazismo, con la excepción de la derecha prusiana involucrada en el 20 de junio de 1944, son maltratados por el autor dando la imagen de que eran unos arribistas y aprovechados, ignorando en muchas ocasiones los pocos beneficios que, en sus vidas, la condición de opositores al Nazismo les había reportado. Da la impresión de que el autor se hubiera imbuido de aquella fatal confusión que hacía de los opositores al Nazismo unos enemigos del pueblo alemán.

Pero esto no es lo más inquietante. Con determinadas comparaciones entre el sufrimiento de unos y de otros se transmite la sensación de que se quiere hacer un juego de cuenta cero, algo así como que dos masacres en sentido contrario neutralizan la barbarie de ambas y limpia a quienes las perpetraron. Me reitero en lo dicho al inicio: un mal no se justifica en otro, solamente se suma.

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diez-anos1Karl DÖNITZ: Diez años y veinte días. Altaya. Barcelona, 2007. Dos volúmenes. 801 páginas

Me llamó mucho la atención cuando en un kiosco, en una de las estaciones de autobuses de Sevilla, vi los dos volúmenes de las memorias del almirante alemán Karl Dönitz. Un personaje curioso, que dirigió los submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, luego la totalidad de la Marina alemana y sustituir a Hitler como Jefe del Estado durante veinte días. Al finalizar la guerra fue condenado a diez años de cárcel por los crímenes de guerra cometidos en la dirección de la guerra submarina.

Desde este último dato he leído las ochocientas páginas de estas memorias. Los textos, además una exposición de historia militar de primera mano, constituyen un escrito de exculpación por las responsabilidades que le llevaron a la prisión de Spandau.

Es interesante comprobar cómo la guerra submarina se construyó, desde la parte alemana, sobre el problema de la escasez de submarinos, de problemas de recursos y de personal entrenado. Es una constante en la descripción histórica de Alemania antes de iniciar la guerra: Alemania no estaba ni mucho menos preparada cuando atacó Polonia en 1939.

También es interesante comprobar cómo un submarino, al menos en aquella época, no dejaba de ser una especie de cascote que se podía sumergir puntualmente y débiles si eran localizados, así como las dificultades que tenían los alemanes para localizar los convoyes de aprovisionamiento que cruzaban el Atlántico.

La parte más curiosa es cómo el almirante Dönitz intenta explicar el hundimiento de la guerra submarina, cuyas causas atribuye a la mayor vigilancia aérea, al empleo del radar pero descarta la violación del código de encriptación alemán.

Fue precisamente el conocimiento de los códigos lo que destrozó el hostigamiento de los submarinos sobre los convoyes, desviando a estos, ya que el mando inglés conocía suficientemente su posición. Lo que sucede es que en el momento de publicación de estas memorias no se había hecho público que los ingleses habían podido romper la clave alemana, ya que prefirieron ocultar esta capacidad hasta que las máquinas codificadores como Enigma dejaron de emplearse.

La segunda parte, la que en el título recibe el nombre de “y veinte días”, está conformada por los hechos que sucedieron desde que el almirante Dönitz fue designado como Reichspräsident hasta su entrega a las tropas aliadas. Esta parte, muy breve, muestra muy a las claras la posición conservadora y profundamente anticomunista del ejército alemán, así como el intento de firmar una paz por separado con los aliados occidentales para proseguir la guerra contra los soviéticos.

Dönitz habla de su posición respecto del Nacionalsocialismo y describe cómo los sectores conservadores de la sociedad alemana, los prusianos de los que este almirante era un exponente, vieron en los nazis un instrumento para estabilizar la sociedad y “recuperar el honor perdido”. Una mentalidad que posibilitó y apoyó al Nazismo, le dio cobertura financiera, social y militar hasta llevar a Alemania a un desastre peor que la situación que querían evitar.

El argumento del desconocimiento de las barbaries del Nacionalsocialismo manteniendo que el hecho de estar centrado en labores estrictamente militares, en bases navales y la mayor parte de las veces en los países occidentales ocupados, se desmonta por el hecho de ser un alto mando, con información de primera mano desde las esferas políticas y, aún más, cuando desde 1943 ocupa la dirección supremo de la Marina alemana, con sede permanente en Berlín.

Se observa cierto intento de descargo en la comprensión que muestra por los conspiradores del 20 de junio de 1944, aunque la equidistancia hace pensar que la ceguera, quizá voluntaria, es la peor de las enfermedades mentales.

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Richard Steigmann-Gall, El Reich sagrado. Concepciones nazis sobre el cristianismo, 1919-1945. Akal. Madrid. 2007. 350 páginas.

Lo primero que me sorprende de este libro es lo primero que me irrita de él. Como es habitual es las publicaciones que son fruto de una tesis doctoral, en las primeras páginas se hace un recorrido sobre el decurso del investigador, sus referentes y a las diversas personas e instituciones que han hecho posible que el autor lleve a cabo su tesis por medio de las ayudas económicas y becas más variadas. Leída esta obra a uno solamente le queda la salida de admitir que hay personas con suerte y otras con menos, independientemente de los merecimientos intelectuales.

El libro quiere explorar, como dice el subtítulo, las concepciones nazis sobre el Cristianismo, pero esa pretensión empieza a deshacerse conforme las decisiones del autor no son las correctas, al optar por una exposición diacrónica, en vez de sincrónica de cada postura.

Y es en este punto donde el autor patina, tanto por el desconocimiento profundo de cuestiones teológicas, necesarias para conocer la “Lucha de la Iglesia”. Habla alegremente de la Teología liberal sin conocer la aventura histórico-crítica que le precede, habla de la “teología de los órdenes de la creación” cuando la historiografía protestante la ignoran, no entra en la complejidad de los planteamientos de Althus o von Harnack

El autor habla de Cristianismo y de sus relaciones, más diversas con el Nazismo, pero deja de lado dos cuestiones fundamentales. La más famosa, que es la “Lucha de la Iglesia” y el nacimiento de la Iglesia Confesante, que es algo que no tiene claro, ya que habla de “confesantes” en 1932, cuando no podemos hablar de “confesantes” hasta la celebración del Sínodo de Barmen, en mayo de1934.

Cuando uno cree que se va a tratar el Cristianismo, al menos la Iglesia Evangélica y la Iglesia Católica, de repente el autor se desvía a un estudio prácticamente centrado en la Iglesia Evangélica, dejando de un lado a la “Lucha de la Iglesia” dentro del Catolicismo, que si bien fue menos teológica, fue incluso más sufrida si nos atenemos a la desproporción entre sacerdotes católicos internados en campos de concentración y pastores protestantes. El hecho de que fuera la Iglesia Católica la que parase las prácticas eugenésicas y eutanáusicas involuntarias en centros asistenciales y hospitales no merece ni un párrafo para el autor.

Es notable que una persona que ha estado hurgando en los archivos alemanes haya encontrado tan poco material novedoso. Pero es sobresaliente y penoso que los autores anglosajones se centren fundamentalmente en fuentes anglosajonas (excesivamente en la obra de Conway), pocas germánicas y de lenguas romances la ignorancia absoluta, como la también tesis doctoral de Héctor Valls.

Comenzaba diciendo lo afortunado que fue el autor de tener tantas ayudas para su tesis y los desafortunados que son otros. No lo digo porque esté resentido por el hecho de no haber tenido ayuda doctoral, porque nunca he solicitado, sino porque un trabajo parecido realicé yo mismo, en cuatro meses, sin viajes y estrujando libros que iba recolectando por una decena de bibliotecas universitarias madrileñas. Espero que se lo haya pasado bien conociendo Alemania, porque el tema lo deja deshilvanado y en ocasiones de forma contradictoria (cuestión del cristianismo positivo, la Iglesia Confesante, el devenir del Protestantismo, las cuestiones de fondo del debate teológico y poca comprensión del desorden orgánico que fue el monstruoso régimen nazi).

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