Palabras que desde hoy utilizaré menos

Si cada sitio tiene un vocabulario específico, también se da que juntos a las palabras y acepciones dialectales hay usos de las palabras y acepciones de la lengua estándar que se intensifican. Lo mismo sucede con las expresiones.

El 24 de junio de 2004 vine por primera vez a Ceuta para hacer unas oposiciones. Hoy dejo Ceuta. Las oposiciones fueron muy bien. Quiero hacer una humilde recopilación de esos términos que, por mi traslado a la Península, utilizaré menos y que definen mi experiencia ceutí y en cierta medida a la propia Ceuta siempre vista desde mi subjetividad. También incluiré algún nombre propio, de organismo y comercial.

Acciona, Aguasvivas, Aróstegui, Asamblea de Ceuta, Atún [rojo], Auditorio del Revellín, Autoridad Portuaria, Balearia, Benzú, Bleeee, Breua, Brigadas Verdes, Buquebus, Campero de corazones, Carrillo, Certificado de Residencia, CETI, Chicken Party, Colas de Correos, Comandancia General, Compensación del IPSI, Consignataria, Corte en el Estrecho, Cuesta de La Legión, Cuesta del Recinto, Dariya, Devolución del IVA, DUA, Edificio Sindical, El Chorrillo, El Delegado, El Día del Borrego, El Director Provincial, El Sardinero, El Tarajal, Empadronamiento, Emvicesa, Escolarización, Estoy esperando un pabellón, Estoy esperando un piso, Euroferry, Extrarradio, Federación de Vecinos, FRS, Hadú, INGESA, IPSI, La carta verde del coche, La izada, La Legión, La Manzana del Rebellín, La Marina, La Rivera, Lejías, Levante, Loma Colmenar, MEC, Monte Hacho, Murallas Reales, Palacio Autonómico, Parque Marítimo, Pastela, Periferia, Perímetro Fronterizo, Pinchopollo, Plan de Empleo, Plaza de los Reyes, Poblado Marinero, Poniente, Porteadoras, Presidente de barrio, Procesa, Puentecristo, Puerto, Régimen Fiscal Especial, Regulares, Safi, Saltar a levante, Saltar a poniente, Sama, Servicios Tributarios, Temporal en el Estrecho, UIR, Vivas, Volaores, Windgurú.

Títulos y subtítulos

Ando haciendo listado de mis libros y digo listados porque hablar de una base de datos sería pretensioso y, lo que es peor, sería falso.

Después de unos cuantos cientos de ejemplares cuyos títulos han pasado al ordenador a través de mi teclado me he dado cuenta, o más bien he formulado algo que ya había atisbado: que en Humanidades y en Ciencias Sociales los títulos cada vez son más literarios y los subtítulos son los realmente informativos sobre el contenido del libro.

Pongamos un ejemplo inspirado aunque no estrictamente real. No sería raro encontrarnos una obra que se titulase Afectos y hormigón. Del título no sacamos más en claro que puede tratarse de casi todo, pero cuando nuestros ojos se posan en el subtítulo se nos despejan las dudas: Relaciones familiares en las ciudades europeas a principios del siglo XXI.

No es que pretenda una involución en lo que a los títulos respecta y que sean como los tratados latinos de título estereotipado que comenzaban con la mítica preposición de ablativo “de”. Pero creo que si conseguimos que el título informe un poco podemos ahorrarnos subtítulos, registros con campos enormes y con un prurito literario tan innecesario como pedante.

Que la idea de bien no te haga negar el placer

Hace tres meses que dejé de fumar. Mi trabajo me ha costado y, desde luego, me queda mucho por delante. Antes y durante la etapa más dura de este proceso leí algunas guías editadas para dejar de fumar pero no fue hasta que un buen médico y amigo me explicó qué me estaba pasando y cuál era la mejor estrategia, no comencé a ver la luz.

En mi humilde opinión toda la literatura en forma de guías, folletos y hojas que leí no quería reconocer algo fundamental que debería ser el punto de partido. Para los fumadores, fumar es algo placentero y no fumar es displacentero.

Y sí, fumar es malísimo, no lo niego, pero como una drogadicción más uno se permanece porque el placer es fuerte y el displacer de dejarlo es peor aún. No sé si por una norma de corrección escrita, que no he encontrado, pero normalmente se obvia este dato fundamental a la hora de afrontar el proceso de dejar el tabaco y se intenta obviar con un montón de datos y pruebas sobre lo malísimo que es dejar de fumar.

Es difícil, a niveles tan básicos de la conducta, contrarrestar el placer o el temor al intenso displacer con el bien. Es por ello por lo que si no se reconoce que la persona que ha dejado de fumar está fastidiada, por bueno que sea su abandono del hábito fumador, el asunto comienza mal, muy mal. Quizá la mejor guía sea una que comience diciendo: ‘usted va a dejar de hacer algo que le gusta mucho y se va a sentir fatal por el hecho de dejar de hacerlo’.

Nueva Zelanda 1982

Esta semana el Servicio de Defensa de la Competencia ha anunciado su investigación sobre prácticas contrarias a la competencia por parte de las empresas que fabrican y distribuyen en España las famosas cartas ‘Magic’. Les deseo mucha suerte.

Lo simpático es que esto me ha servido para recordar la primera vez que fui consciente de que había una entidad que retenía deliberadamente algo para conseguir más dinero.

Entonces los chavales, yo tenía ocho años, coleccionábamos cromos de jugadores y sabíamos que había algunos que aparecían en casi todos los sobres y otros que eran más raros. Evidentemente había una táctica comercial, pero a nosotros nos entretenía pasar tremendos tacos de cromos en la romántica y en la ingenua idea de que había una verdadera dificultad o que la rareza no era intencionada.

Esta ingenuidad terminó en 1982. Danone ofrecía cromos con sus productos y, además, regalaba el álbum (que siempre era una inversión). En nada que en una familia hubiera un consumo moderado de productos de esta compañía francesa, el album se rellenaba, salvo un hueco, el número 60 correspondiente a la selección de Nueva Zelanda.

Nueva Zelanda era imposible. De hecho había familia, con más miembros y/o consumo de lácteos, que tenían hasta cuatro álbumes relleno faltándole el dichoso cromo de los neozelandeses. Un compañero del colegio te decía que el conocía a uno, cuyo primo conocía a otro que sí tenía el cromo de Nueva Zelanda.

Danone retuvo el cromo de Nueva Zelanda todo lo que pudo para terminar soltándolo en aluvión. A esas alturas, y a nuestros ocho años, nos dimos cuenta de que lo importante era vender yogures y no una noble competición coleccionadora, que nos habían mantenidos meses atentos a esa selección absolutamente irrelevante para luego imprimir millones de cromos de ese ejemplar tan deseado.

E-books y cosas de la edad

Ahora que los años, contra mi voluntad, se me acumulan comienzo a fijarme en el tamaño de la letra de los libros. Cuando era un adolescente me volvían loco los libros de bolsillo, con su papel malo y su letra apretujada. Lo importante, obviamente, era el precio.

El precio sigue siendo importante, pero el paso de los años y un relativo cansancio visual hacen que me parezcan más atractivos los libros de mayor letra. A veces encuentro algunos que me parecen interesantes, pero que me desanimo al ver un tamaño que me requeriría un gran esfuerzo.

Es ahí donde creo que los lectores de libros electrónicos tienen un gran margen, además del precio (y no por los editores españoles, pero eso es otro tema). Los libros electrónicos permiten aumentar la letra hasta el punto de la comodidad del lector, de manera que esa cuestión deja de ser clave en la elección de un libro.

25 pesetas


El otro día recordaba mis veranos en la playa en los que las máquinas de videojuegos ocupaban un lugar preferente en esas larguísimas tardes sin televisión. Realmente uno veía más las partidas que otros jugaban, porque no había economía infantil que aguantase jugar toda la tarde. Nos divertíamos tanto viendo como jugando.

La partida costaba 25 pesetas y ahora, por lo que pude ver el otro día, cuesta un euro. Pensé que esas 25 pesetas, en los años ochenta, debían representar mucho más que un euro en la actual, por lo que me puse a buscar (con ayuda twittera) los datos que habrían de corroborar o rechazar mi idea.

Tomé 1986 como año de referencia, por aquello del Mundial de México, y según los datos del INE el salario medio bruto entonces era de 95.889 pesetas, por lo que 25 pesetas suponían un 0.0260%; en 2010 el salario medio bruto fue de 2.466,11 euros, por lo que el euro de la maquinita supone el 0.0405%. El resultado es que mi idea fue refutada, ya que en términos proporcionales una partida cuesta ahora un 55,76% más que en 1986.

No deja de ser curioso que en la época de las videoconsolas caseras de altísima resolución, las máquinas de videojuegos sean más caras que cuando no había ninguna otra opción, con la excepción del Spectrum 48k, claro.