Lo de Cataluña (VI): Palabras

Distinguir entre España y Cataluña es una trampa terminológica del independentismo. Es mejor decir Cataluña y el resto de España.

Otra trampa es hablar de gobierno español en contraposición a gobierno catalán. Es mejor hablar de gobierno central y gobierno regional o autonómico catalán.

La distinción entre españoles y catalanes es fundamental y en mi opinión, respecto a la lengua, es mejor decir castellano que catalán porque llamar español al castellano lleva a poder pensar que quien no habla castellano no es español.

España es España, no “Estado Español”, que además es una terminología con ecos franquistas.

Sustituir “lo estatal” por “lo nacional”.

Cataluña no tiene fronteras, tiene límites regionales. Solamente España tiene fronteras.

No hablar de catalanes, sino de independentistas o separatista.

Una hipótesis sobre el origen de la Postverdad

Yo soy de los que están encantados de la existencia del término “postverdad”. Nada como un nombre, un etiqueta para que un fenómeno deje de ocultar en las acciones sociales y adquiere visibilidad. Solamente así se puede ser consciente de lo que ya existía antes de ponerle el nombre en cuestión

La “postverdad” en la comprensión que yo hago no es otra cosa que la fragmentación de la verdad, esto es, será verdadero aquello que yo decido que es verdadero. Funcionamos en la vida cotidiana con un concepto universalista de verdad, de modo que si algo es verdadero lo es para todos.

En tiempos hubo muchos menos medios de comunicación y la mayoría de estos intentaban, a pesar de su línea editorial, a ofrecer una información objetiva. Podía gustar más o menos dar algunas noticias, pero no se tapaban ni se tergiversaban. Había puntos de encuentro.

La proliferación de todos los tipos de medios de comunicación y la pérdida de pretensión objetiva o veritativa por parte de estos, ha posibilitado que cada cual pueda eligir el mundo del que quiera ser informado. Y hay una gran diferencia. no es elegir la perspectiva de la información, sino una información que confirme cada uno de mis prejuicios y que nunca los ponga en cuestión.

La fragmentación de los medios ha proporcionado las condiciones para que nuestras concepciones del mundo no tengan que confrontarse con otras concepciones del mundo. Informativamente el mundo se ha roto casi en tantos individuos que puedan diseñarse sus fuentes o que se entregue a una fuente con la que se sienta complacido. ¿Qué alguien dice algo que es manifiestamente falso? Pues se dice que es verdad o se obvia. Son las tácticas clásicas de la propaganda, como aceptada voluntariamente.

La fragmentación no es pluralismo. El hecho de que haya mil medios cada uno de una tendencia más disparatada no implica la existencia de pluralismo, si dentro de cada medio no hay pluralismo independientemente de su líena editorial.

¿Por qué hemos llegado a esta situación? En primer lugar porque hemos cedido a la tentación de no examinar nuestros prejuicios y creencias; en segundo lugar porque la fragmentación social y sobre todo mediática nos permite vivir sin que nuestros prejuicios y creencias puedan ser contrastados; en tercer lugar porque principios tan fundamentales del conocimiento como la prohibición de la contradicción son desconocidos y en cuarto lugar porque hemos confundido lo público con lo deportivo, de forma que lo importante es que ganen los míos.

Ciudadano como adjetivo excluyente

Dice Pérez-Luño en su excelente obra Derechos Humanos, Estado de Derecho y Constitución que el término “pueblo” es uno de lo más problemáticos del pensamiento político porque ha sido manipulado en su beneficio por las diferentes ideologías.

Aunque de vez en cuando se oye hablar de “pueblo”,  pero desde la Caída del Comunismo no es un término con demasiado alcance.  Ahora los términos más señalados son “ciudadano” o “ciudadanía” de modo que siendo adoptados ideológicamente, dejan de tener un significado abierto y general para ser un sinónimo de un partido en concreto.

Ahora algo ciudadano es un órgano de Podemos y los afiliados/incritos/descagadores de la app de Podemos son los verdaderos ciudadanos que eligen órganos ciudadanos, pues parece que la ciudadanía solamente es tal si vota a Podemos.

El valenciano como juguete político

“Nada une más que un enemigo común” (Kurt Lewin).

Si un partido político se convierte en el representante de una colectividad frente a otra colectividad que ésta percibe como amenazante, tiene fuerza electoral y está razonablemente organizado, es prácticamente imparable. El sentimiento de amenaza puede ser real, imaginado o inoculado. Es irrelevante si su gestión de gobierno es buena o mala, lo importante es que nos libra de las hordas depredadoras del enemigo exterior (o interior).

Es de todos conocidos que una de las bases de la hegemonía política del PP de la Comunitat Valenciana, junto a la especulación urbanística y a la corrupción, ha sido la oposición de la identidad valenciana frente a un supuesto imperialismo pancatalanista (que algunos grupos minoritarios efectivamente intentaron enarbolar hace décadas). Se creó el cleavage valenciano.

La lengua ha sido y es el principal campo de batalla para los que quieren desconectar de todo lo que tenga relación con Cataluña. Los dos estatutos de autonomía que ha tenido la Comunitat Valenciana han determinado que la lengua propia era el valenciano y esto ha servido de base para intentar desconectar el valenciano del catalán como si no compartieran el mismo “continuum”.

La Academia de la Lengua Valenciana, como todos los reguladores lingüísticos, realizó y realiza su labor sobre la base de las normas de Castellón, que establecen las especificidades del valenciano pero no toma como norma las variantes más lejanas del estándar y de las variedades catalanas, como sí hacen las normas de Puig.

Las autoridades lingüísticas catalanas y valencianas llegaron al acuerdo de definir el valenciano como un estándar de la lengua catalana, aunque cada cual ha puesto siempre algún matiz de cosecha propia.

Pero el gobierno de la Generalitat Valenciana quiere tener abierto este tema para hablar de identidad en vez de hablar de corrupción, quiebra de la hacienda autonómica o pobreza en las tres provincias valencianas.

Hace unos meses llevó la definición del valenciano al Consejo Consultivo para que este órgano jurídico determinase consultivamente si una definición lingüística se adecuada al ordenamiento estatutario y legal.

El Consejo Consultivo emitió un dictamen realmente simpático y que dejó inoperativa la campaña judicial que debería seguir a su dictamen. El argumento es el siguiente:

Según el Estatuto de Autonomía, el valenciano es la lengua de la Comunitat Valenciana. La que desarrolla este precepto establece que lo que sea el valenciano es competencia de la Academia de la Lengua Valenciana (ALV). Y la ALV ha dado esta definición del valenciano según la cual es un estándar de una lengua compartida con otros territorios más allá de los límites de la Comunitat.

Dado que el dictamen cerró el paso a un estúpida judicialización de la actividad de la Academia como autoridad lingüística, el Partido Popular, en los estertores de su mayoría absoluta, recupera el tema de la identidad, potenciando a una entidad paralela a la ALV, como medidor del “valencianismo”, que no es otra cosa que una tapadera para ejercer el clientelismo político a través de las subvenciones culturales.

Junto a ello, perdida la batalla en el ámbito académico para desgajar valenciano y catalán, se retoma la batalla en el ámbito educativo. Hasta ahora cuando se ha enseñado valenciano o se ha enseñado en valenciano se ha hecho con la variedad estándar y hasta ahora oficial del valencia de la AVL. Ahora plantean introducir en las aulas la enseñanza del valenciano y en valenciano del estándar no oficial basado en las normas de Puig.

El prestigio social lo tiene la variedad de la ALV, por lo que parecería una pretensión vana, pero si nos fijamos en las cuestiones relativas a la organización escolar, entonces reconocemos la bomba de relojería que han diseñado.

Estableciendo que el valenciano de Puig debe ser ofertado obligatoriamente en todos los centros, ya tenemos hecha la cuña. Porque debería haber una clase de este perfil lingüístico y profesores para enseñar en él y para enseñarlo (¿quién certifica la capacidad?), quitándolo al otro estándar valenciano. De modo que una parte de los padres que opten por la enseñanza en valenciano tendrá que verse obligados a elegir la enseñanza en el estándar de Puig porque no quedan plazas libres en las aulas del estándar de la AVL. A los que estudien en castellano aún le es más fácil “colarse” la variedad del valenciano menos prestigiosa socialmente.

En estos treinta años hemos asistido a la revitalización de muchas lenguas en España. El caso de la lengua vasca es paradigmático y los líderes sociales y políticos se lo han tomado en serio. Cada día ellos mismos utilizan más el vasco para los debates y las declaraciones en prensa, porque son conscientes de sus papel social y porque también hay más personas que son bilingües castellano/vasco.

En cambio en la Comunitat Valenciana asistimos hace varias semanas al tristísimo espectáculo del “Caloret” de la alcaldesa de Valencia. La principal autoridad pública de la Comunitat, solamente por detrás del Presidente de la Generalitat, no es que hable mal el valenciano, no es que sea más de las normas de Puig, sino que hace un uso del valenciano que lo desprecia tanto que nos parece ridículo hasta a los que no lo hablamos.

Los nombres del mal

La hipótesis Sapir-Whorf en su versión más radical mantenía que la lengua constituye la realidad, mientras que otras formulaciones han ido graduando a favor de la autonomía de la realidad la relación entre estas dos instancias.

Lo que me parece innegable, sin querer entrar en la polémica, es que en la labor interpretativa y valorativa siempre que utilicemos una lengua, nuestras valoraciones se harán dentro del mundo de significado que esa lengua otorgue a los términos. Entiendo que esto puede extenderse más allá de las lenguas a las concepciones culturales compartidas por comunidades de lenguas diferentes.

Interpretar la realidad es algo que hacemos por medio del lenguaje y de la lengua o lenguas que manejemos. Las palabras tienen significados y muchos de ellos tienen connotaciones negativas o positivas en algún sentido o en varios.

Si hablamos de “Estado” todos pensamos en un territorio, con sus fronteras, con su bandera, con su himno con letras (y no como nosotros), con sus instituciones más o menos funcionales y con una población. Un Estado nos parece algo legítimo, sobre lo que reposamos unas expectativas.

Las cabezas pensantes francesas se han dado cuenta de que llamar “Estado Islámico de Irak y Siria” a la panda terrorista que opera por el Kurdistán y a caballo de Irak y Siria no es más que regalarle la legitimidad que nuestra cultura común le otorga al término “Estado”.

Los palestinos llevan década pidiendo su reconocimiento como Estado y parece que poco a poco están conquistando su último bastión, que son los aliados occidentales. Sacrificios, concesiones y mucha diplomacia, además de terribles errores, están consiguiendo lo que a otros se les ha dado automáticamente. Por no hablar sobre los kurdos.

Y no estoy confundiendo reconocimiento formal con reconocimiento informal, pues no estamos hablando de cuestiones jurídicas sino de comunicación, interpretación y pura política. Llamar “Estado” a una organización es hacerla Estado y por eso los que no reconocen a Palestina y al Kurdistán nunca los llaman Estado.

No son un Estado, son un conglomerado de integristas religiosos y de señores locales de la guerra que se han unido para aprovecharse de la debilidad del gobierno iraquí. Los franceses a los que cita el Lluís Bassets proponen utilizar el acrónimo árabe (DAESH), porque les parece que el árabe no lo entiende nadie (en mi ciudad la mitad de la población sí) y porque dicen que tiene matices cacofónicos.

Lo que hay es que llamarlo grupo terrorista, fuerzas terroristas y cosas similares y ni darle legitimidad estatal y ni mucho menos una referencia geográfica, que en eso el Gobierno francés sí tiene mucha razón.

Cuando “federal” ya no significa nada

Fedederalismo
La solución a todos los problemas territoriales de España es, a fuerza repetirse, el establecimiento de un Estado Federal. Salvo algunos independentistas y el sector más conservador del PP, todos los demás están de acuerdo que hay que tener un Estado Federal. Se habla como si todos supiéramos de qué hablamos y lo digo sin acusar a nadie de ignorancia, aunque sí imputo el cargo de equivocidad.

El Estado Federal nació en los Estados Unidos de América (aunque se puedan citar arcaicos precedentes) y a lo largo del tiempo el modelo federal ha ido extendiéndose por el mundo. Pero no se copia el modelo estadounidense, sino que varía dependiendo de una infinidad de variables.

Los politólogos se esfuerzan en describir los rasgos comunes de todos los sistemas federales, pero pronto surgen excepciones, lagunas y la necesidad de recurrir a explicaciones “ad hoc”. Lo que es el federalismo solamente puede ser descrito a través de un instrumento conceptual tan débil como el wittgensteiniano “aire de familia”.

Bajo la etiqueta de “Estado Federal” o “Federalismo” entran sistemas enormemente diferentes, desde los Estados Unidos a La India. Si alguien en el debate político emplea estas denominaciones debería aclarar qué entiende por “Estado Federal” o “Federalismo”, al menos las cuestiones fundamentales como son el marco general de reparto competencial y la financiación.

Todo lo demás es hacer como aquellos de belleza donde todas las candidatas soñaban con un mundo sin pobreza y en paz.

Fuente de la ilustración.

Construyendo un imaginario favorable

El otro día Ignacio Escolar recogía en una entrada interesante y divertida los primeros elementos de la Neolengua que el Partido Popular está estableciendo desde la constitución del nuevo gobierno.

Los del PP dicen que los términos no son importantes cuando a ellos no le interesa la batalla, mientras que llevan al Tribunal Constitucional determinadas leyes por cuestiones de significado.

Ellos saben, como se sabe desde hace mucho, que en lo social la realidad, en cierta medida, se construye a través del lenguaje. No es una reivindicación idealismo, pero sí un cierto distanciamiento del realismo cateto tan de moda. Es una estrategia política clásica, aunque los populares se han pasado un tanto por el exceso de nuevos términos.

Tener términos favorables que eliminen las connotaciones negativas de términos y expresiones comunes o de otros permite construir una realidad social en la que sea más fácil ganar y más difícil perder. Por ejemplo, si hablo de ‘recargo temporal de solidaridad’, además de huir de la ‘subida’, insistir en la temporalidad, precalifico como ‘insolidario’.

La creación de un lenguaje propio es parte sustancial de eso que se llama ‘imaginario’, que es la interpretación de la realidad que casa con mis convicciones y con mis acciones.

El lenguaje es una parte fundamental de que determinadas acciones u omisiones sean más o menos intolerables. Esto no quiere decir que con una buena creación de lenguaje, alguien consiga siempre sus objetivos, pero cuando se hace bien, ayuda mucho a la estabilidad de uno mismo en el poder. Parte del éxito de una buena oposición es la capacidad para crear un lenguaje propio y que no sea simplemente reactivo al del gobierno.