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Archive for the ‘Filosofía de la Historia’ Category

De vez en cuando hay persona que, bajo el amparo de la situación catalana, se ponen a diseñar los límites regionales de España y normalmente acaban proponiendo lo mismo.

Recientemente he leído en un interesante blog colectivo y en una propuesta, no aprobada, de resolución de un partido político la idea de terminar con la existencia de algunas comunidades autónomas consideradas como artificiales, sobrantes o sin sentido para terminar haciendo una amalgama de todas ellas en una versión algo cutre de Castilla.

A muchos se les ocurren que hay que terminar con la autonomía de Murcia, La Rioja y la Comunidad de Madrid y que éstas, junto a las dos Castillas y en ocasiones Cantabria, reintegren una nueva y unificada comunidad castellana.

Y esto lo suelen defender personas que defiende el derecho a la secesión de los catalanes, pero que les cuesta darle una posibilidad de decisión mucho menos a madrileños, murcianos o riojanos.

Me gustaría detenerme por unas líneas en las cualidades de “artificial” y de “histórico” que se emplean en muchas ocasiones para hablar de estas comunidades.

Se emplean como antónimos, esto es, como dos palabras con significado opuesto, pero lo opuesto de “artificial” no es “histórico”, sino “natural”. ¿Por qué entonces se da esta confusión? Realmente no es una confusión, sino una consecuencia de la asunción de los postulados del pensamiento histórico y político del Romanticismo en el que los pueblos y los Estados eran la consecuencia de un proceso orgánico, en que en el seno del pasado se había gestado un “Volksgeist” con los ingredientes de la religión, del idioma y de la sangre derramada en los campos de batalla.

Para esta mentalidad de inspiración romántica solamente legitima el pasado medieval para entidad política, aunque sea mínima. De nada sirve que llevemos treinta años de autonomía en esos territorio que hayan creado una identidad y una propia vida política y social, porque si no ha habido algo en la Edad Media, aunque fuera efímero, lo nacido ahora lo tiene valor.

Caen en el mismo pecado del que acusan. Primero andan escasos de Historia, al menos en el caso murciano, que fue Reino durante un amplio periodo de tiempo y estuvo tanto en la corona castellana como en la aragonesa.Segundo porque ignorando el presente pretenden una reconstrucción del pasado, estableciendo una uniformidad desde Santander hasta Cartagena excluyendo a Extremadura o a Andalucía sin demasiados motivos.

Escribir sobre la reconfiguración de las regiones en perspectiva de una federalización más profunda sobre el papel, sin solicitar ni lejanamente el parecer de los habitantes sí que es poco artificial y totalmente democrático.

Esta curiosa teoría de lo orgánico frente a lo artificial, lo histórico también frente a lo artificial, nos lleva a absurdo tales como considerar orgánico-natural-histórico que un asturiano y un albeceteño formen parte de la misma unidad territorial pero que ese mismo asturiano no pueda concebirse unido a un lucense, pese a que son provincias limítrofes.

Aprovechar una cosa para tratar otra puede llevarnos a conclusiones tan disparatadas como la que da título a esta entrada: Los murcianos son los responsables del secesionismo catalán.

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Fernando Ónega le hizo un gran favor a la causa de la República durante sus comentarios en la retransmisión de TVE de los actos de proclamación de Felipe VI: sus perlas, sus insinuaciones, su sumisión combinada con desdén clasista y su desconexión con la realidad han hechos más republicanos en un día que muchas semanas del caso Nóos.

El gran teórico contemporáneo de los autoritarismos fue el jurista alemán Carl Schmitt. Él mantenía que el pueblo podía expresar su voluntad no sólo mediante un sistema de voto individual y secreto (donde dejaba de ser pueblo para convertirse en suma de individuos) sino con igual y mayor validez también en actos de aclamación donde era el pueblo como un todo el que se expresa y no los individuos.

La doctrina de Schmitt fue acogida, conservada y desarrollada en España por un discípulo directo, Francisco Javier Conde, y transmitida a profesores y estudiantes tanto a través del Instituto de Estudios Políticos como en buena parte de las cátedras universitarias, como también en las organizaciones del movimiento y el sectores políticos católicos. No es extraño encontrar personas que hayan asumido, muchas veces sin darse cuenta, esa teoría de la expresión de la voluntad popular por medio del clamor como algo normal, no percibiendo que es un cuestionamiento radical de los fundamentos de las democracias liberales.

En el fondo la tentación de Ónega, reprimida a la vista de la escasa concurrencia, es necesaria para instituciones como la Monarquía, especialmente la de Felipe VI.

La narrativa de Juan Carlos I, conocida como Juancarlismo”, se fundaba en las siguientes ideas, que únicamente vamos a enunciar, pero no a enjuiciar.

1) El Rey abrió un proceso democratizador desde el Tardofranquismo renunciando al poder que le daban las Leyes Fundamentales para convertirse en un Rey ceremonial. Lo hizo porque consideraba que era lo mejor para la reconciliación entre los españoles, el progreso del país y la posibilidad de un Estado equiparable al resto de los de Europa Occidental.

2) Como Jefe del Estado tomó decisiones fundamentales para hacer posible una Transición ordenada que fuera asumible tanto para el aparato del régimen, especialmente para las Fuerzas Armadas, como para las fuerzas de oposición.

3) Pese a no necesitarlo, el Rey recibió la legitimidad democrática al aprobar los españoles de la Constitución de 1978 en referendum. Pasaba Juan Carlos I de ser nombrado por Franco a ser aceptado en las urnas por los españoles.

4) Haber sabido manejar los resortes políticos y militares necesarios para que en el momento en el que el nuevos sistema político entró en ruptura (23-F), se impidiese la involución a un sistema anterior o se intentara una hibridación de lo anterior con lo nuevo.

5) El Rey no es un personaje distante ni estirado: rompe continuamente el protocolo, le gusta el fútbol y vive la vida como lo haría la mayoría de los españoles si estuvieran en su lugar. Vamos, el Rey es campechano.

Esta narrativa ha funcionado hasta hace bien poco. Los dos hechos que han provocado la desintegración de ésta han sido la corrupción y el tiempo.

El caso Nóos, la imputación de la hija y del yerno del Rey y la sensación de avidez sin límites han cuestionado que la Monarquía sea mejor que esos políticos sobre los que teóricamente está. Pero de estas cosas se ha hablado siempre y la ciudadanía nunca ha sido ajena, aunque haya salido poco en los medios de comunicación, de que se comentaban cosas de negocios en el entorno regio.

Todo eso se ha perdonado por la fuerza de la narrativa. Lo que ha destrozado esta magistral justificación ha sido algo sencillo e inexorable: el paso del tiempo. Medio país no vivió la Transición o la vivió durante su infancia y han dicho que si los méritos contraídos en los años setenta y principios de los ochenta no caducan nunca, que si no hay que renovarlos de vez en cuando.

La Transición es algo muy lejano, pese a que TVE se ha esforzado en producir numerosas series y reportajes para que a nadie se le olvide nada que deba recordar. Los libros de Historia que estudian en la ESO y Bachillerato también la repiten, pero es eso, mera Historia.

La narrativa que se le ha ido deshaciendo entre las manos a Juan Carlos I no puede ser la de Felipe VI, sencillamente porque una cosa es heredar la corona y otras los méritos del padre. Nuestra época es diferente y la épica de nuestros días no es institucional, sino económica, que es poco lucida y que normalmente escapa a la esfera de acción normal de un monarca.

Evidentemente recuperar de la narrativa la aprobación en las urnas ni forma parte de lo que es una Monarquía hereditaria y si en el referendum de 1978 no se hubiese aprobado la Constitución la Monarquía habría continuado y se habría presentado otro proyecto de Constitución.

Lo único que le queda a Felipe VI es ganar el clamor popular, sacar masas a la calle para verlo y así reclamar para sí el favor del pueblo aunque sea a lo schmittiano. El entusiasmo es difícil inocularlo cuando todo el mundo es consciente de que sobre ti no recibe información sino propaganda, pero ahí tiene trabajo el Rey y sus asesores, trabajo amplio y costoso porque la demografía la tiene en contra: cada año que pasa hay más republicanos y menos personas que asocian al Rey a la democracia, más bien lo asocian a lo contrario.

El Juancarlismo fue un apuesta de la Monarquía y de muchas de las fuerzas que convergieron en la Transición para mantener y fortalecer al Rey en una sociedad que a priori podía perderle rápidamente el afecto.

El Juancarlismo tenía fecha de caducidad y todos los sabían y lo saben, y esa fecha ha llegado. El hecho de que la sucesión haya sido causada por la abdicación, además de por el desgaste sufrido estos años, se debe a que el rey Juan Carlos podrá sostener a los juancarlistas supervivientes como cierre del sistema, en vez de que el Rey se tenga que enfrentar a un escenario sin apoyos propios y sin tener respaldo alguno.

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La “reductio in Hitlerum” anda camino de convertirse en el elemento explicativo de cualquier crisis internacional con resonancias bélicas que se da con países del primer mundo o medianamente poderosos implicados. Todo lo que sucede es una réplica de los años anteriores a 1939, con su Hitler, su Churchill y su Chamberlain, por supuesto.

Recuerdo cuando la Segunda Guerra del Golfo se hablaba de parar los pies a tiempo a los tiranos y no hacer acuerdos con ellos porque eso solamente nos podía llevar a un mal mayor. Hitler era Sadam, Churchill era el interlocutor que estaba a favor de la guerra (o los estados que se involucraron en ella) y la cruz de ser Chamberlain era para el interlocutor que planteaba objeciones (o para los estados que se opusieron a ella).

Reductio in Hitlerum
Durante la tarde de hoy ha circulado un retuit de la imagen situada sobre este párrafo donde se recurre a lo de siempre, pero con el sabor de poner a Slobodan Milosevic, por si a alguno Hitler le empezaba a caer un poco lejano. Pero no, Putin no es Hitler, ni los ahora gobernantes ucranianos unos angelitos inocentes en manos del nazismo, ni Europa está buscando a su Churchill. Han pasado muchas cosas y la historia no se repite, sobre todo, porque al conocerla modifica ya nuestra percepción. Tampoco Rusia es la Alemania de los años treinta, ni Ucrania es Checoslovaquia o Polonia, ni  Crimera es la ciudad de Danzig.

Evidentemente se buscan patrones, relaciones, causas comunes dentro de las Relaciones Internacionales, pero que todo lo que nos quede de vida y de conflicto internacional sea una mera repetición de lo acontecido desde los Sudetes al 1 de septiembre de 1939 es de una flojera intelectual digna de Wert y sus secuaces.

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El Banco de Inglaterra ha anunciado que va a tomar medidas que propicien el crecimiento aunque éstas tengan como consecuencia el aumento de la inflación. Algo que ahora es totalmente impensable por parte de la sucursal del Bundesbank que es el Banco Central Europeo.

Los alemanes tienen un miedo tremendo a la inflación. Un miedo del que han conseguido contagiar a las opiniones públicas de otros países. A la inflación hay que tenerle respeto, no hay que jugar con ella pero tampoco debería ser un tabú.

Esta relación de los alemanes con la inflación proviene no de los dominios económicos, sino de los morales, sociológicos e históricos. Hubo una vez un pueblo que hizo ganar tres veces las elecciones a un partido de indeseables, vestidos con uniformes pardos, que en el poder eliminaron a sus adversarios políticos, organizaron una política expansionista en Europa, prepararon y ejecutaron un terrible Genocidio y comenzaron la guerra más terrible de la Historia.

Como eliminaron las elecciones, gracias a las elecciones y a los partidos del centro y de la derecha del Parlamento, los alemanes no pudieron pronunciarse políticamente hasta después de la Guerra, y sólo en la zona Occidental. Los alemanes (salvo cuatro militares prusianos, tres estudiantes bávaros, dos pastores evangélicos y un obispo católico) no se pronunciaron de ninguna forma y es más, dieron toda la adhesión al régimen construido hasta el último minuto.

Los alemanes, sin duda, son un pueblo con grandes aportaciones científicas y culturales y tiene, como pueblo, admiradores y partidarios en todas las élites europeas y americanas. Estos germanófilos no podían creerse que sus idolatrados germanos desarrollaran las agresiones que desarrollaron, las matanzas que llevaron a cabo y fueron los culpables de la destrucción de Europa.

Comenzó dentro y fuera de Alemania una campaña de exoneración de los alemanes de sus responsabilidades. El primer paso fue la diferenciación entre alemanes y nazis, una diferenciación obvia pero parcial que se explotó hasta hacerla la guerra general. Era evidente que no todos los alemanes eran nazis y mucho menos miembros de su partido, pero el grupo de los nazis fue reduciéndose tanto (se excluía hasta a los que voluntariamente se habían afiliado) que daba la impresión que siete personas eran los que se habían hecho con el poder absoluto en Alemania y que los nazis habían llegado en una nave espacial para hacerse con el poder.

El segundo mecanismo, que realmente fue simultáneo, consistió en afirmar que realmente los alemanes no se enteraron de nada, más allá de las consecuencias del conflicto bélico. De repente ningún alemán, ni ascendiente, había estado siquiera en las Fuerzas Armadas y todos habían cumplido su servicio en unidades auxiliares, en la Cruz Roja o en el metro de Berlín (como se retrata magistralmente en la película de 1961 ‘Uno, dos, tres’ de Billy Wilder).

Este segundo mecanismo tuvo éxito, por más que una breve visita a Dachau desmonte esta idea. Pero persistía la necesidad de justificar del ascenso al poder de Hitler y sus secuaces una vez fracasada el argumento del desembarco de marcianos antes expuesto.

¿Por qué los alemanes votaron a ese personal? Una buena parte de los que trataron este tema atacaron directamente a la República de Weimar y a sus instituciones por no ser capaces de parar a los nazis.

Rápidamente coincidieron en sus argumentos con todos esos junkers y conservadores que, capitaneados intelectualmente por autores como Carl Schmitt y políticamente por personajes como von Papen y von Hindenburg, planteaban que la situación política era una consecuencia inherente del régimen democrático y parlamentario. Estos y los apoyos parlamentarios fueron los que entregaron todo el poder a Hitler en una infame Ley de Plenos Poderes. Lo hicieron porque culpaban a la democracia parlamentaria de la inestabilidad política que ellos y los grupos extremistas provocaban. Culpaban a la democracia de los males que ellos mismos causaban, como Chaves Nogales dijo de la dura derecha francesa antes de la caída, pocos años después.

La conclusión de que la responsabilidad moral era culpa de la Constitución de 1919 (un texto inspirador para todo el constitucionalismo de todo el siglo XX) y del propio régimen democrático, salvaba a los alemanes, pero condenaba a la Democracia y justificaba en cierto sentido a los criminales y legitimada el golpismo como medida.

Había que descartar esta nueva eximente del pueblo alemán. Alguien cayó en que la economía en el periodo de después de la Primera Guerra Mundial había sido muy mala y se fijaron en la hiperinflación de principio de los años veinte, debida al descontrol en la emisión de moneda entre otras causas. Tras un periodo de estabilización llegó el Crack de 1929 y sus consecuencias en todo el mundo.

Obviado curiosamente el “Crack”, todo el periodo de Weimar fue puesto bajo el prisma de la inflación. Los alemanes, acuciados por una situación económica penosa, se lanzaron en manos de un redentor por culpa de algo tan anónimo e impersonal como es la inflación. Fue la inflación o la hiperinflación quien votó a los nazis en los años treinta y no millones de alemanes, que fueron solamente meras marionetas en manos de este demiurgo económico.

La inflación debe ser controlada no únicamente porque se desprendan normalmente consecuencias positivas para la economía, sino, sobre todo, para que la inflación no cree en Alemania y por ende en toda Europa regímenes como el nazi. Mantener una política coyuntural de moderada inflación supone abrirle la puerta al totalitarismo nuevamente en Europa porque es la inflación y no las personas quien votan ya que fue la inflación y no los alemanes quienes le dieron millones de votos a Hitler.

Una moderada política inflacionaria que restableciera el crecimiento económico, desmentiría la exoneración histórica de los alemanes.

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Unas de las convicciones fundamentales de las diversas confesiones religiosas basadas en una revelación de la Divinidad es que esta revelación, normalmente cerrada y canonizada, sigue teniendo algo que decirnos a las personas de hoy, sigue siendo tan pertinente como para las costumbres, normas y vidas se adecuen a los prescritos en esos textos o a lo interpretado a partir de ellos.

Es evidente que cualquier texto, por antiguo que sea, puede ser reinterpretado desde el momento presente, pero ello no quiere decir necesariamente que esa operación sea necesariamente relevante o factible.

Uno de los criterios para la factibilidad y relevancia de esta operación interpretativa es el tipo del texto y entre los diversos los jurídicos son de la categoría de los más intratables. Evidentemente todo lo dicho anteriormente viene a colación de los discursos e interpretaciones partidistas que, con ocasión de su Bicentenario, se han hecho de la Constitución Española de 1812.

Una Constitución intenta regular una serie de esferas fundamentales de la vida social. En la época de ‘La Pepa’ la consideración de que las normas constitucionales fuesen normas jurídicas de aplicación directa no estaba clara, salvo para la parte estrictamente ‘orgánica’. Es más, ‘La Pepa’ fue redactada en una ciudad situada, sin contar ni con el apoyo implícito de la Corona ni de una buena parte de la sociedad que rechazaba cualquier expresión liberal y, sobre todo, hablaba en un lenguaje que poco tiene que ver con el nuestro y de un país que ya no existe (¿o es que nadie se la ha leído?).

La Constitución Española de 1812 no tiene mucho que decirnos más allá de los datos históricos que contiene. Los hitos que se marcaron estos constituyentes hispanoamericanos los hemos superado con creces y se han abierto sendas en nuestro país con las que ellos ni soñaban, todo lo cual no es extraordinario sino lo lógico después de dos siglos de sangrienta lucha por la libertad en España.

‘La Pepa’ tiene un valor histórico innegable, pero su valor utópico es más que dudoso. Las constituciones son textos jurídicos y no expresiones escritas del saber divino, de manera que valorarlas en su justa medida les hace más honor que una ridícula sobreinterpretación como la que se ha dado en Cádiz el pasado día 19.

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Giles MacDonogh: Después del Reich: crimen y castigo en la posguerra alemana, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2010. 996 páginas.

A veces hago una distinción que, en determinadas ocasiones, me resulta enormemente útil. Ésta consiste para tratar un hecho concreto en separar la explicación causal y la justificación moral. Decir que un hecho lleva a otro, no quiere decir que se justifique éticamente.

Esta distinción la he tenido muy presente en toda la lectura de este libro, en el que se narra el maltrato sufrido por el derrotado pueblo alemán tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Es útil no entrar a justificar estos hechos con los anteriores ni caer en la tentación de redimir unos en los otros. Cada calamidad se debe enjuiciar moralmente desde sí mismo y no desde el puesto causal que ocupa en una sucesión de hechos.

Hay que indicar, por lo que se dirá más adelante, que el texto no es ni negacionista ni revisionista ya que en ningún momento ni se niega ni se minusvalora ni es la existencia, ni la escala, ni la barbaridad moral que fue el Holocausto.

La documentación referenciada por el autor es amplia, aunque bastas partes del libro que dependen sustancialmente de algunas memorias personales provenientes de personas de los mismos estratos sociales e ideológicos. El resto de los materiales suelen ser utilizados más como ilustraciones o aclaraciones para la paráfrasis del memorial-base que como ladrillos para construir la narración.

El autor se fija en las atrocidades cometidas por las tropas soviéticas, con especial fijación cuando los soldados eran oriundos del Asia Central; en las de los norteamericanos siempre que los actores fueran soldados afroamericanos; en las de los franceses con la única condición de que los bárbaros fueran tropas coloniales argelinas o marroquíes.

Yo no niego los hechos, pero creo que faltan actores, empezando por los británicos, compatriotas del autor que parecen no haber hecho nada más que intentar el bien y la reconciliación universal.

El libro, que describe los hechos que han sido reflejados en otros libros y en multitud de trabajos audiovisuales, cae en demasiadas valoraciones, implícitas o explícitas, que no dejan de hacer sospechar al lector.

Todos los opositores al Nazismo, con la excepción de la derecha prusiana involucrada en el 20 de junio de 1944, son maltratados por el autor dando la imagen de que eran unos arribistas y aprovechados, ignorando en muchas ocasiones los pocos beneficios que, en sus vidas, la condición de opositores al Nazismo les había reportado. Da la impresión de que el autor se hubiera imbuido de aquella fatal confusión que hacía de los opositores al Nazismo unos enemigos del pueblo alemán.

Pero esto no es lo más inquietante. Con determinadas comparaciones entre el sufrimiento de unos y de otros se transmite la sensación de que se quiere hacer un juego de cuenta cero, algo así como que dos masacres en sentido contrario neutralizan la barbarie de ambas y limpia a quienes las perpetraron. Me reitero en lo dicho al inicio: un mal no se justifica en otro, solamente se suma.

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Hace tiempo leí una biografía de Winston Churchill (la de Roy Jenkins). Era un buen tocho y, por lo menos, me sirvió para conocer algo mejor a un personaje que nuestra sociedad política conoce más por citas sueltas o hechos atribuidos, pero que poco tienen que ver con un personaje tan complejo como el Premier británico durante la Segunda Guerra Mundial.

El otro día un comentarista de este blog ponía como modelo a este político inglés de cómo el afrontar las cosas de cara, con sinceridad y seriedad es premiado siempre por el electorado, que según el comentarista no dejó de votar a Churchill durante toda su vida.

La realidad de Churchill fue más bien otra. Accedió al cargo de Primer Ministro después que el inicio de la Segunda Guerra Mundial hundiera políticamente a Neville Chamberlain, pero las elecciones que daban la mayoría a los conservadores en la Cámara de los Comunes las habían ganado bajo el liderazgo de Stanley Baldwin.

A principios de 1940 Churchill era nombrado Primer Ministro, sin haberlo liderado a su partido en unas elecciones, y con el apoyo del otro gran partido, el Laborista, en cuanto era un gobierno de unidad o un gobierno de guerra.

Las elecciones no se celebraron en el periodo normal a causa de la Guerra, por lo que pasaron diez años de una convocatoria a otra. Tras vencer en la Guerra, Churchill se presentó liderando el Partido Conservador y fue derrotado por los laboristas de Clement Attlee, con un margen de tres millones de votos (casi el 14% que no es precisamente poco). Esto es: Churchill no consiguió el respaldo popular a pesar del mito construido ahora en turno a su figura.

Derrotado nuevamente en 1950. En 1951 Churchill volvió a ser Primer Ministro. El Partido Conservador consiguió más escaños que el Partido Laborista pero no más votos. Por obra y gracia de los sistemas electorales, con especial peligro en el mayoritario, la opción minoritaria en voto popular consiguió hacerse con la mayoría absoluta en el Parlamento.

No deja de ser sorprendente que alguien cuyo mito político lo hace sumamente querido por su pueblo, ejemplo de eso que se llama ‘estadista’ y modelo de líder democrático occidental, nunca consiguiera el apoyo mayoritario del electorado como líder de su partido.

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