Una hipótesis sobre el origen de la Postverdad

Yo soy de los que están encantados de la existencia del término “postverdad”. Nada como un nombre, un etiqueta para que un fenómeno deje de ocultar en las acciones sociales y adquiere visibilidad. Solamente así se puede ser consciente de lo que ya existía antes de ponerle el nombre en cuestión

La “postverdad” en la comprensión que yo hago no es otra cosa que la fragmentación de la verdad, esto es, será verdadero aquello que yo decido que es verdadero. Funcionamos en la vida cotidiana con un concepto universalista de verdad, de modo que si algo es verdadero lo es para todos.

En tiempos hubo muchos menos medios de comunicación y la mayoría de estos intentaban, a pesar de su línea editorial, a ofrecer una información objetiva. Podía gustar más o menos dar algunas noticias, pero no se tapaban ni se tergiversaban. Había puntos de encuentro.

La proliferación de todos los tipos de medios de comunicación y la pérdida de pretensión objetiva o veritativa por parte de estos, ha posibilitado que cada cual pueda eligir el mundo del que quiera ser informado. Y hay una gran diferencia. no es elegir la perspectiva de la información, sino una información que confirme cada uno de mis prejuicios y que nunca los ponga en cuestión.

La fragmentación de los medios ha proporcionado las condiciones para que nuestras concepciones del mundo no tengan que confrontarse con otras concepciones del mundo. Informativamente el mundo se ha roto casi en tantos individuos que puedan diseñarse sus fuentes o que se entregue a una fuente con la que se sienta complacido. ¿Qué alguien dice algo que es manifiestamente falso? Pues se dice que es verdad o se obvia. Son las tácticas clásicas de la propaganda, como aceptada voluntariamente.

La fragmentación no es pluralismo. El hecho de que haya mil medios cada uno de una tendencia más disparatada no implica la existencia de pluralismo, si dentro de cada medio no hay pluralismo independientemente de su líena editorial.

¿Por qué hemos llegado a esta situación? En primer lugar porque hemos cedido a la tentación de no examinar nuestros prejuicios y creencias; en segundo lugar porque la fragmentación social y sobre todo mediática nos permite vivir sin que nuestros prejuicios y creencias puedan ser contrastados; en tercer lugar porque principios tan fundamentales del conocimiento como la prohibición de la contradicción son desconocidos y en cuarto lugar porque hemos confundido lo público con lo deportivo, de forma que lo importante es que ganen los míos.

Cuando “federal” ya no significa nada

Fedederalismo
La solución a todos los problemas territoriales de España es, a fuerza repetirse, el establecimiento de un Estado Federal. Salvo algunos independentistas y el sector más conservador del PP, todos los demás están de acuerdo que hay que tener un Estado Federal. Se habla como si todos supiéramos de qué hablamos y lo digo sin acusar a nadie de ignorancia, aunque sí imputo el cargo de equivocidad.

El Estado Federal nació en los Estados Unidos de América (aunque se puedan citar arcaicos precedentes) y a lo largo del tiempo el modelo federal ha ido extendiéndose por el mundo. Pero no se copia el modelo estadounidense, sino que varía dependiendo de una infinidad de variables.

Los politólogos se esfuerzan en describir los rasgos comunes de todos los sistemas federales, pero pronto surgen excepciones, lagunas y la necesidad de recurrir a explicaciones “ad hoc”. Lo que es el federalismo solamente puede ser descrito a través de un instrumento conceptual tan débil como el wittgensteiniano “aire de familia”.

Bajo la etiqueta de “Estado Federal” o “Federalismo” entran sistemas enormemente diferentes, desde los Estados Unidos a La India. Si alguien en el debate político emplea estas denominaciones debería aclarar qué entiende por “Estado Federal” o “Federalismo”, al menos las cuestiones fundamentales como son el marco general de reparto competencial y la financiación.

Todo lo demás es hacer como aquellos de belleza donde todas las candidatas soñaban con un mundo sin pobreza y en paz.

Fuente de la ilustración.

Ésta no es la crisis de los Sudetes

La “reductio in Hitlerum” anda camino de convertirse en el elemento explicativo de cualquier crisis internacional con resonancias bélicas que se da con países del primer mundo o medianamente poderosos implicados. Todo lo que sucede es una réplica de los años anteriores a 1939, con su Hitler, su Churchill y su Chamberlain, por supuesto.

Recuerdo cuando la Segunda Guerra del Golfo se hablaba de parar los pies a tiempo a los tiranos y no hacer acuerdos con ellos porque eso solamente nos podía llevar a un mal mayor. Hitler era Sadam, Churchill era el interlocutor que estaba a favor de la guerra (o los estados que se involucraron en ella) y la cruz de ser Chamberlain era para el interlocutor que planteaba objeciones (o para los estados que se opusieron a ella).

Reductio in Hitlerum
Durante la tarde de hoy ha circulado un retuit de la imagen situada sobre este párrafo donde se recurre a lo de siempre, pero con el sabor de poner a Slobodan Milosevic, por si a alguno Hitler le empezaba a caer un poco lejano. Pero no, Putin no es Hitler, ni los ahora gobernantes ucranianos unos angelitos inocentes en manos del nazismo, ni Europa está buscando a su Churchill. Han pasado muchas cosas y la historia no se repite, sobre todo, porque al conocerla modifica ya nuestra percepción. Tampoco Rusia es la Alemania de los años treinta, ni Ucrania es Checoslovaquia o Polonia, ni  Crimera es la ciudad de Danzig.

Evidentemente se buscan patrones, relaciones, causas comunes dentro de las Relaciones Internacionales, pero que todo lo que nos quede de vida y de conflicto internacional sea una mera repetición de lo acontecido desde los Sudetes al 1 de septiembre de 1939 es de una flojera intelectual digna de Wert y sus secuaces.

Subjetivismo y corrupción

Medir la corrupción directamente es algo muy difícil, ya que por su propia naturaleza la corrupción tiende a esconderse. Por ello los índices basados en la percepción de un cierto número de encuestados da un dato subjetivo, útil pero subjetivo. El último índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional ha arrojado que en España la percepción de la existencia de corrupción se ha disparado.

¿Quiere decir esto que hay hoy más corrupción que hace unos años? No quiere decirlo, solamente se muestra que los encuestados creen que hay más corrupción. Y los casos y situaciones que hacen pensar eso a los encuestados (y a la mayoría de los españoles) son casos y situaciones de hace unos años, cuando ese mismo índice daba una percepción de la corrupción mucho menor.

Posiblemente la corrupción actualmente sea mucho menor que antes, cuando el índice era más bajo, sencillamente porque el gran elemento de corrupción, la burbuja inmobiliaria, ha desaparecido.

Capilla Sixtina y otras tonterías

Un señor que responde al nombre de John Hall ha dicho una de las grandes estupideces del verano, a mi juicio evidentemente. El titular de ‘El País’ decía: “Con las patentes no habría sido posible la Capilla Sixtina”.

Una frase brillante y falsa. Evidentemente el sistema de patentes y de propiedad intelectual e industrial no existía en la época de la Capilla Sixtina, por eso los creadores de la época sabían que no podían vivir de sus creaciones fueran artísticas, científicas o técnicas, de modo que tenían que buscar el mecenazgo de una institución con capacidad económica suficiente para mantenerlos mientras ejercían su ‘arte’.

El ejemplo de la Capilla Sixtina es claro: Miguel Ángel necesitó del apoyo financiero del Papado para esta obra y para otras muchas más. Miguel Ángel no podía vivir de sus creaciones. Las consecuencias del mecenazgo para lo que hoy conocemos como ‘Bellas Artes’ fue bastante bueno y nos da dejado grandes genialidades. Pero si miramos lo que el sistema de mecenazgo trajo en el plano científico-técnico vemos la desolación, quitando algunos artefactos para delectación de los mecenas.

El avance científico-técnico no se dio hasta que no fue rentable invertir en conocimiento de ese tipo (al fin y al cabo la estatua o la catedral las tenías y nadie se las llevaría fácilmente sin pagar). Hasta que no se creó un conjunto de normas protectoras de la creación intelectual e industrial no hubo apoyo financiero que buscaba, lógicamente, ganar dinero.

La protección de la propiedad industrial e intelectual ha sido la base sobre la que se ha edificado la revolución de las comunicaciones y desde luego no tendríamos las facilidades de las que gozamos si alguien no se hubiera podido lucrar con sus inventos.

No deja de ser curioso que el evento que invita a John Hall a hablar, donde dice que las patentes no sirven para nada tiene patrocinadores y no socios, es decir, está bajo el sistema del mecenazgo y no deja de ser un divertimento sin importancia para los que realmente quieren generar riqueza.

Objetividad y subjetividad en ‘viajar al extranjero’

El otro día un medio digital hablaba de un estudio de la Fundación de Cajas de Ahorros sobre los hábitos de viaje al extranjero de los españoles. Realmente, viendo la página de esta Fundación, uno comprueba que eso solamente es un capítulo de un estudio más amplio sobre el turismo.

La información periodística, que no sé si coincide totalmente con el informe porque al ser de pago no lo he querido comprar, daba una de esa simpáticas clasificaciones entre las diferentes regiones españolas y la cantidad de sus ciudadanos que habían salido de su provincia, de su comunidad o del país.

Más allá de algunos datos sobre las veces que la gente viaja fuera de su provincia, sin intentar explicar los motivos relativos a extensión, servicios y variedad de las provincias, así como a su situación geográfica, la información sobre el informe se vuelve loca con los viajes al extranjero.

De entrada viajar al extranjero dar la impresión que es ir al extranjero, es decir, cruzar la frontera de España con otro país. Da la impresión porque los datos invitan a pensar eso, sin pagar los 17 euros que cuesta el estudio, ya que los más viajan al extranjero son precisamente ciudadanos de autonomías fronterizas con Francia (Navarra y Catalunya) y con Portugal (Galicia y Extremadura). Los que menos manchegos y murcianos (curiosamente de los que más lejos tienen las fronteras), acompañados por andaluces (los orientales están lejos de cualquier frontera) y los canarios por razones obvias.

Los ceutíes y los melillenses no salimos, pero creo que de ser encuestados hubiéramos roto el techo, ya que la mayor parte de la población pasa a Marruecos a casi cualquier cosa, desde dar una vuelta o comprar la verdura. Considerar igual todas las ideas al extranjero es un error metodológico que equipara una semana en Rusia con pasar la tarde en Andorra comprando tabaco o en Castillejos adquiriendo tomates.

Es por ello por lo que salgan menos viajeros serán los que no limiten con ningún país extranjero o esas comunidades tan grandes cuya tarde limítrofe contrarreste a la que no lo es. Quizá la información periodística debería haberse fijado más en las condiciones geográficas de los lugares, en que el extranjero no es lo mismo dependiendo del sitio de donde procedas y al que vayas y los resultados finales tenían un sesgo geográfico bastante llamativo.

Esencialismo internáutico

En Internet creo que hay una enfermiza costumbre de definir, enfermiza y poco productiva costumbre dado el ritmo de cambio de las cosas en el mundo 2.0. Lo último es el intento de definición de Twitter y la polémica alrededor de si es o no es una red social, como si el concepto de red social concitara alguna unanimidad.

Aplicando la máxima vaticana que dice ‘Roma locuta, causa finita’, parece que la definición de una directiva de Twitter de su invento como una red de información. Esta definición tiene visos de ser exitosa pero no deja de ser un mero ejercicio del más vano esencialismo.

¿Por qué? Porque estas webs y aplicaciones que van apareciendo y se van desapareciendo son reinventadas por los usuarios continuamente. Muchas de las posibilidades que ahora tienen no eran más que potencialidades insospechadas cuando fueron activadas. Las aplicaciones 2.0 tienen una parte dura (sus límites informáticos) y una parte enormemente blanda que es el uso que los usuarios le dan: las aplicaciones, webs o lo que sea dependerán para ser de lo que se haga con ellas, no de la idea que ‘a priori’ se tenga de ellas.