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Archive for the ‘Estética’ Category

Toni Cantó, en su entrevista en A3, dijo que quería permanecer en la Comisión de Igualdad, algo que Rosa Díez ya le ha concedido, porque tiene que haber alguien que diga cosas diferentes.

Nuevamente Cantó yerra el disparo y se confunde en lo importante. En un hacer parlamentario, político, de servicio público no se está en una Comisión ni en el Congreso para manifestar la diferencia, sino para constatar verdades.

La diferencia, en la conocida relación de Goethe, es un valor estético, pero no un valor relativo al conocimiento. Cantó no se da cuenta de que su vida ya no es actoral y que no tiene que manifestar valores estéticos, sino que lo que tiene que hacer valer es la verdad.

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Acepto como principio que la actividad de crítica artística es una actividad subjetiva y que siendo subjetiva cada crítico emplea criterios a la hora de enjuiciar una obra o actividad artística que considera objetivos y válidos. Esto no es más que lo que Immanuel Kant llamada ‘universalidad sin reglas’.

Muchas veces cuando leo o escucho una crítica artística se emiten juicios sobre una serie de criterios que normalmente, más bien casi nunca, son explicitados. Dada la aceptación de la subjetividad inherente a una crítica artística, e incluso literaria, lo deseable sería la explicitación de los criterios para poder valorar la crítica desde la perspectiva de la coherencia interna y también, por qué no, de enjuiciar el conjunto de criterios que el crítico considera relevantes a la hora de emitir su opinión sobre una obra artística y literaria.

Habrá quien considere que esto es un canto a favor de una especie de neo-escolástica de los ‘ítems’ o que los criterios deben ser flexibles dependiendo de la obra, pero a mí me parece que no es otra cosa sino un ejercicio de transparencia dentro del ejercicio de una profesión con repercusiones variadas, entre ellas económicas, en sectores de importancia social como son las artes y la literatura.

En el fondo está la posibilidad de someter a crítica la crítica, cosa que no siempre gusta. En España, y en otras tradicionales culturales de corte continental, la tendencia al arcanismo no es más que una estrategia de inmunización (en palabras de Hans Albert).

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Muchos tienen una opinión positiva de los pitos y abucheos recibidos por el Presidente del Gobierno durante los actos militares del 12 de octubre, especialmente cuando se honraba a los españoles muertos este pasado año en acto de servicio. Muchos creen que esta forma de expresarse, de ejercer su libertad, es la adecuada.

Si algo es bueno y deseable, también tiene que ser bueno y deseable enseñarlo a nuestros hijos. Espero que mañana los profesores y maestros de los hijos de todos los que aprueban lo que hoy ha sucedido en el Paseo de la Castellana le enseñen a estos niños a pitarle al director de su centro cuando tome una decisión con la que no estén de acuerdo, a abuchear al sacerdote durante la celebración de la misa si disienten en algo o a berrear contra sus padres cuando tomen una decisión que no les gusta.

Y sí, estoy de acuerdo con la opinión de Esperanza Aguirre de que lo que hacían los que pitaban, abucheaban y berreaban era un ejercicio de la libertad de expresión. Estoy de acuerdo pero creo, y espero que ella esté de acuerdo conmigo, que el mero ejercicio de una libertad pública no hace que este ejercicio sea correctamente desde un plano moral y de decencia institucional.

Como no estoy de acuerdo en que lo sucedido sea ni bueno ni deseable, mañana no enseñaré a nadie que esto es lo que debe hacer.

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El otro día decía que la regla ortográfica que prescribe la necesidad de utilizar puntos en las abreviaturas me parecía una horterada. Un comentarista aplicó a mi apreciación ‘la doctrina del porro’ (por ahí se comienza y se termina sólo siendo capaz de escribir en ‘lenguaje de móvil’).

Las reglas de ortografía son necesarias si se quiere mantener la cohesión de un idioma y que la escritura y la ulterior lectura sean posibles independientemente de cómo cada hablante articule oralmente ese idioma.

En los países influenciados por el racionalismo francés, y en nuestro caso por importación de los Borbones, el establecimiento de las reglas está en manos de una institución de carácter público que, solamente en los últimos años, ha decidido coordinarse con otras instituciones homogéneas de otros países con nuestra misma lengua.

Las reglas ortográficas establecidas por la Real Academia, junto a las otras academias, tienen el valor de ser reglas y de ser medio para cohesionar el idioma (que es un fin que a muchos nos parece apreciables). Pero la regla concreta puede ser mejor o peor y eso entra en el debate lingüístico, ya que la Real Academia podrá poner muchas normas pero se le debe otorgar una autoridad petrina sobre el castellano.

Yo no soy lingüística, por más que me interese, y por ello intento no meterme en esos procelosos terrenos. Pero mi juicio sobre que los puntos en las abreviaturas eran una horterada ni pertenecía a la necesidad de tener reglas o al contenido de la regla, sino que podríamos encuadrarlo dentro de los juicios estéticos, de una subjetiva insultante y radical.

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El traje y yo

Creo que nunca me acostumbraré a llevar traje. Para mí es una auténtica tortura y no por motivos ideológicos o estéticos, simplemente porque me siento incómodo y perdido, la antinomia de la mínima elegancia.
Decía Goethe (creo que era él) que la elegancia consiste en la experiencia de que algo se encuentra perfectamente situado en su contexto y respecto a sí mismo, expresando cierto dominio propio y de la situación.
Cuando llevo traje no soy yo quien lo domina a él, sino el traje el que me domina a mí, de manera que ando todo el tiempo intentando controlar la chaqueta, el nudo de la corbata, la posición de la corbata y los miles de detalles que surgen como por arte de magia.
Sé que es una cuestión de saber vestirlo que solamente se adquiere con la costumbre, ya que lo del “porte natural” no es una de mis virtudes innatas. Pero como nunca he estado obligado a llevar traje, ni laboral ni socialmente, las escasas ocasiones en las que me lo pongo me siento como si fuera disfrazado.

TrajeCreo que nunca me acostumbraré a llevar traje. Para mí es una auténtica tortura y no por motivos ideológicos o estéticos, simplemente porque me siento incómodo y perdido, la antinomia de la mínima elegancia.

Decía Goethe (creo que era él) que la elegancia consiste en la experiencia de que algo se encuentra perfectamente situado en su contexto y respecto a sí mismo, expresando cierto dominio propio y de la situación.

Cuando llevo traje no soy yo quien lo domina a él, sino el traje el que me domina a mí, de manera que ando todo el tiempo intentando controlar la chaqueta, el nudo de la corbata, la posición de la corbata y los miles de detalles que surgen como por arte de magia.

Sé que es una cuestión de saber vestirlo que solamente se adquiere con la costumbre, ya que lo del “porte natural” no es una de mis virtudes innatas. Pero como nunca he estado obligado a llevar traje, ni laboral ni socialmente, las escasas ocasiones en las que me lo pongo me siento como si fuera disfrazado.

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El pasado lunes estuve en Blarney, una pedanía de Cork donde se encuentran los restos de una torre-castillo, rodeados de un bonito parque de esos con césped natural, con partes de bosque y caminitos de tierra (no se podía fumar dentro del recinto, ni al aire libre).
Viendo lo que queda de la torre-castillo me acordé de que fueron los anglosajones decimonónicos quienes decidieron que las ruinas tenían un valor estético y que como tales merecían ser protegidas.
Hasta entonces las ruinas históricas, por muy antiguas y valiosas que fueran, o bien se terminaron convirtiendo en canteras, o bien se reconstruía con fortuna variable lo que había sido el edificio primigenio.
Los estetas anglosajones, muy influidos por el Romanticismo, consideraron que el resto directo del pasado era valioso aunque fuese incompleto, porque esa misma incompletitud nos lanzaba a la reconstrucción imaginativa de la circunstancia y de la obra.
El fragmento, fue su primera valorización teórica, era lo que nos quedaba de un todo perdido. Tenía el valor intrínseco de la autenticidad y su ruina no era un defecto sino la mayor de las virtudes ya que dejaba el camino libre a la libertad de la conciencia humana.
A finales del siglo XIX y principios del siglo XX comenzó a nacer toda la legislación sobre protección del patrimonio histórico y artístico. Para que luego se diga que las concepciones filosóficas no tienen consecuenciasBlarneyreales.

Blarney
El pasado lunes estuve en Blarney, una pedanía de Cork donde se encuentran los restos de una torre-castillo, rodeados de un bonito parque de esos con césped natural, con partes de bosque y caminitos de tierra (no se podía fumar dentro del recinto, ni al aire libre).

Viendo lo que queda de la torre-castillo me acordé de que fueron los anglosajones decimonónicos quienes decidieron que las ruinas tenían un valor estético y que como tales merecían ser protegidas.

Hasta entonces las ruinas históricas, por muy antiguas y valiosas que fueran, o bien se terminaron convirtiendo en canteras, o bien se reconstruía con fortuna variable lo que había sido el edificio primigenio.

Los estetas anglosajones, muy influidos por el Romanticismo, consideraron que el resto directo del pasado era valioso aunque fuese incompleto, porque esa misma incompletitud nos lanzaba a la reconstrucción imaginativa de la circunstancia y de la obra.

El fragmento, fue su primera valorización teórica, era lo que nos quedaba de un todo perdido. Tenía el valor intrínseco de la autenticidad y su ruina no era un defecto sino la mayor de las virtudes ya que dejaba el camino libre a la libertad de la conciencia humana.

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX comenzó a nacer toda la legislación sobre protección del patrimonio histórico y artístico. Para que luego se diga que las concepciones filosóficas no tienen consecuencias reales.

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Paul Newman ha muerto. Ha dejado en el mundo de los vivos, ha dejado de ser actor y hasta persona para convertirse en un mito y como tal seguirá habitando este mundo. Algunos artistas, no todos, tienen la posibilidad de la inmortalidad transformando su existencia humana en existencia mítica. Y de esto quiero hablar un poco.

Esta forma de pervivencia que tendrá Newman y que ya tienen otros (con más o menos merecimiento) no es el simple recuerdo. Newman ha quedado reducido a su profesión, a ser actor y las obras de un actor cinematográfico tienen la incomparable ventaja de que su obra se actualización cada vez que se proyecta, de que no es un recuerdo sino que es un presente. Lo mismo hacemos con los que escriben cada vez que leemos sus escritos.

Para un actor cinematográfico el mejor homenaje no es un recuerdo, una plaza ni una estatua, sino ver lo que ha hecho y verlo como el primer día, porque la obra cinematográfica vive en un continuo presente. Puede que nosotros cambiemos, pero no una actuación en una película (para algunos esto no es tan positivo y querrían borrar algunas de sus actuaciones).

Paul Newman es ya un mito. Un mito que habita en sus actuaciones que no son recuerdo, sino puro presente.

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