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Archive for the ‘Literatura’ Category

Paul Newman ha muerto. Ha dejado en el mundo de los vivos, ha dejado de ser actor y hasta persona para convertirse en un mito y como tal seguirá habitando este mundo. Algunos artistas, no todos, tienen la posibilidad de la inmortalidad transformando su existencia humana en existencia mítica. Y de esto quiero hablar un poco.

Esta forma de pervivencia que tendrá Newman y que ya tienen otros (con más o menos merecimiento) no es el simple recuerdo. Newman ha quedado reducido a su profesión, a ser actor y las obras de un actor cinematográfico tienen la incomparable ventaja de que su obra se actualización cada vez que se proyecta, de que no es un recuerdo sino que es un presente. Lo mismo hacemos con los que escriben cada vez que leemos sus escritos.

Para un actor cinematográfico el mejor homenaje no es un recuerdo, una plaza ni una estatua, sino ver lo que ha hecho y verlo como el primer día, porque la obra cinematográfica vive en un continuo presente. Puede que nosotros cambiemos, pero no una actuación en una película (para algunos esto no es tan positivo y querrían borrar algunas de sus actuaciones).

Paul Newman es ya un mito. Un mito que habita en sus actuaciones que no son recuerdo, sino puro presente.

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Eduardo MENDOZA, El asombroso viaje de Pomponio Flato. Seix-Barral, Barcelona, 2008. 190 páginas.

Todo el que me conoce sabe que la literatura no es mi fuerte. No sé si es por un trauma de mi azarosa formación académica o simplemente que mi áspera sensibilidad prefiere el texto atiborrado de referencias textuales a la límpida narración. Independientemente de la causa, la única verdad es que literatura leo más bien poca.

De las pocas concesiones que hago a la literatura, una de ella es Eduardo Mendoza. Viví un gran alborozo cuando me enteré que salía un nuevo libro y corrí presto a comprarlo. Normalmente leo los libros de Mendoza de un tirón, quitándole horas a mi ya escaso sueño. Este libro no ha conseguido quitarme ni una hora de sueño.

La mordaz crítica que Mendoza ha intentado situando la acción dentro del contexto evangélico no me ha resultado ni creíble, ni novedosa y tampoco entretenida. El estilo sí está logrado y creo que consigue parodiar con acierto la retórica romana y la figura del filósofo natural resulta simpática. Lo demás esperable. Esperaré el próximo libro de Mendoza.

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Egócrata ha lanzado hoy en su blog una propuesta/concurso de escribir un discurso para un candidato que busque inspirar, sea épico o magnífico (algo tipo Obama). Dado que me involucraba directamente, quiero atender su invitación.

Debía tener una duración para vídeo de Youtube, esto es, cuatro o cinco párrafos (esto no lo he podido cumplir), pensar en un candidato y dentro de su línea de campaña (en mí caso los he escrito pensando en el Presidente Rodríguez Zapatero). Advierto que algunas frases pueden que no sean originales del todo.

Un discurso para Zapatero

El futuro hay que ganarlo. Pero el futuro no llega sólo esperando que el tiempo pase. Debemos luchar desde hoy mismo, si no queremos que el futuro pase con indiferencia por nuestras puertas.

Hay que alzar la voz y el voto para manifestar lo verdaderamente importante. Hay que alzar la voz y el voto para proclamar una vez más lo que es evidente, que todos los seres humanos somos iguales. Hay que alzar la voz y el voto para pregonar en todos los rincones de nuestro país que los españoles no queremos que pase ni un minuto más en los que los intereses de la mayoría puedan estar secuestrados por una minoría interesada.

Me presento a la reelección porque quiero trabajar para que superemos las rémoras y los obstáculos que aún se deleitan en la España del pasado. Quiero romper los últimos lazos de una dominación ya invisible, pero fuerte, que busca frenar el desarrollo de nuestra sociedad. Quiero sentar las bases para que los españoles luchen por su futuro, para que los españoles elijan libremente a dónde ir, para que los españoles subamos cualquier cumbre y para que todos alcancemos lo que siempre hemos anhelado: igualdad, libertad, seguridad y bienestar.

Me presento a la reelección porque quiero lograr una España mejor. Una España para vivir como ciudadanos libres, donde nadie nos diga qué tenemos que pensar. Una España donde las minorías tengan cabida. Una España donde los más desfavorecidos tengan la oportunidad de una vida mejor. Una España en la que las obras públicas estén pensadas para el servicio de los ciudadanos y no para la gloria de los políticos. Una España en la que los jóvenes no vean imposible ejercer su derecho a tener una vivienda. Una España en la que nuestros mayores vivan con seguridad y confianza.

Tres virtudes cívicas defiendo: la eficacia, la honradez y la grandeza.

Eficacia para hacer que el Estado produzca el mayor beneficio con los recursos que ya tiene; una eficacia que devuelva dinero a los ciudadanos cada año; eficacia para volver a ingresar más que nunca en el fondo de reserva de la Seguridad Social; eficacia para que nuestra economía sea la de mayor crecimiento de Europa.

Honradez para dar a cada cual lo que le corresponde, para cumplir escrupulosamente con la Ley. No creemos en los atajos, en los chanchullos, en los subterráneos de la legalidad. Queremos cumplir la Ley porque la Ley es la principal garantía de que todos seremos tratados de la misma manera.

España merece grandeza. La grandeza que quiero es la grandeza de las personas, la posibilidad de hacer realidad, con esfuerzo, nuestras aspiraciones. No quiero la grandeza de arcos del triunfo ni de los desfiles: ésa es la grandeza de los hombres pequeños. La grandeza que me comprometo a perseguir es la grandeza de cada uno de los ciudadanos. Una grandeza que consiste en sentir que el mundo nos pertenece, que sus sueños son posibles con el esfuerzo de todos. La verdadera grandeza está en el corazón de las personas.

Si alguien quiere que las grandes empresas, en lugar que los españoles, sean las que reciban las devoluciones de los impuestos, que no me vote. Si alguien quiere mendigar, arrodillarse e implorarle ante el jerifalte político de turno, que no me vote. Si alguien quiere que se le adjudiquen contratos a dedo, que no me vote. Si alguien quiere beneficiarse de que los servicios públicos se abandonen o se privaticen, que no me vote. Si alguien piensa que la especulación inmobiliaria es buena para la economía de los españoles, que no me vote. Si alguien quiere seguir atemorizando a los españoles, que no me vote.

Que me vote el que quiera que España sea de todos. Que me vote el que quiera que sus hijos tengan oportunidades reales. Que me vote el que no se vende por un plato de lentejas. Que me vote el que quiera que sus pensiones estén garantizadas y que no sean entregadas a aseguradoras privadas. Que me vote el que quiera que sus mayores sean atendidos. Que me vote el que quiera ser atendido cuando sea mayor. Que me vote el que quiera disponer de plazas públicas de guardería para sus hijos. Pido el voto a todos los españoles, para que la mayoría sea la que gobierne.

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Cuando oigo hablar de Romanticismo o de romántico se me viene a la cabeza la Universidad de Jena, la literatura de buena parte del siglo XIX o la figura de Lord Byron muriendo en Grecia mientras este país luchaba por su renacimiento como comunidad política independiente del Imperio Otomano. El romanticismo es para mí un movimiento cultural que exalta lo vital, quiere recuperar el pasado que a su vez idealiza, hace al sujeto protagonista de la historia y persigue lo genial en la creación artística.

Rápidamente mis imaginaciones sobre este movimiento cultural se desvanecen cuando compruebo que romántico significa otra cosa, que es una caricatura de lo que fue el Romanticismo y lo romántico. Lo romántico se ha convertido en una especie de sensiblería encaminada una concepción que reduce el amor al proceso de enamoramiento.

El saber popular dice que algo romántico es regalar flores, cenar en una terraza con la torre Eiffel de fondo, un viaje por islas griegas y llenar de sorpresas la vida de la amada. Esto no es solamente una indigesta transmutación sino que todo a lo que normalmente se le llama romántico es algo caro.

La exigencia de ser romántico a la pareja es un lugar común, pero lo que nadie cae en la cuenta que es la cena en una terraza con la torre Eiffel de fondo es carísima (sin contar con el viaje a París y el hotel en la capital francesa); que un crucero por las islas griegas exige dinero y que la sorpresa constante no pueden ser regalos de plastilina.

El conjunto de comportamientos que se tienen por románticos implica tener bastante dinero para afrontar los gastos. Puede que un primer gesto romántico de poco coste sea admisible una vez, pero luego se espera un poco más y los gastos progresivamente se disparan.

Las películas, las series de televisión y las novelas rosas transmiten un ideal asociado a tener dinero para poder satisfacer las exigencias románticas.

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Carlos Colón, en un espléndido artículo en el “Diario de Sevilla”, hace una valoración del mes de enero llena de subjetividad, que es lo más objetivo que podemos hacer. En nuestro imaginario colectivo concebimos el tiempo como algo objetivo, pero continuamente tenemos experiencia de lo contrario, de lo tremendamente variable que es la duración del tiempo, como no es desde luego una experiencia objetiva, sino eminentemente subjetiva.

Carlos Colón expone su consideración sobre el mes de enero y como “Geografía Subjetiva” se planteó desde el principio como un blog de la subjetividad como mejor expresión de la objetividad imposible, recomiendo su lectura atenta.

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La Biblioteca Nacional ha puesto en marcha su página en la que se ofrecen diez mil obras digitalizadas, las más importantes, de su fondo, llegando hasta el siglo XIX, a lo que ha llamado Biblioteca Digital Hispánica.

Ciertamente llega tarde la Biblioteca Nacional, pues desde 1999 conozco yo un equivalente en la Biblioteca Nacional de Francia. Pero, como dice el refrán, no hay mal cuando la dicha es buena.

Ya los españoles podemos ofrecer al mundo nuestro patrocinio documental con la posibilidad de ser descargado. El prestigio del país gana en proyección dentro de esferas influyentes como so los investigadores de todo el mundo que quieren tener acceso a los textos originales de obras fundamentales de las que, con suerte, se conservan unos pocos ejemplares.

El coste es ridículo, un millón de euros, prácticamente nada para cualquier presupuesto autonómicos e inexistente para los Presupuestos Generales del Estado. Dinero bien gastado, que hace más accesible el patrimonio cultural a todos y que genera imagen y prestigio para España.

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Nochebuena. Cena familiar. Mientras las cosas están terminándose de preparar, yo me encargo de entretener a mis dos sobrinos, una niña de cuatro años y un niño de dos años. La niña me pidió que le leyera un cómic de Blancanieves. Me puse manos a la obra, aunque no me duró mucho, porque mi sobrina, de tantas veces que se lo han leído, lo sabe de memoria.

La memoria de mi sobrina me permitió fijarme en la ilustraciones de cómic y en los personajes. Había algo que me extrañaba desde el principio y que en la quinta página pude formular. Sólo aparecían como seres humanos normales los personajes que eran pertenecientes a la realeza: La reina malísima, Blancanieves y el príncipe que la despertará. El resto de los personajes son pseudohumanos como los enanos del cuento (y no digo que los de poca altura no sean humanos, sino que los enanos de Blancanieves no tienen una configuración muy humana que digamos), animalitos con los que canta Blancanieves y seres perversos y deformes que sirve a la reina malísima.

Leyendo el cuento con un poco de mala leche. La presentación de personajes y su caracterización en Blancanieves lo que se manifiesta es una justificación de la estructura feudal de la sociedad medieval, época en la que se encuentra ambientado el cuento. Es cierto que la recopilación de la tradición oral de los hermanos Grimm se produjo en el siglo XIX, esto es, en pleno romanticismo al servicio de los seguidores del Antiguo Régimen que todavía querían parar la idea de que todos los seres humanos somos iguales.

Mi sobrina se lo pasó estupendamente. Una ventaja de tener cuatro años y de no ser una pirada de la Hermenéutica, las Ciencias Políticas, la Filosofía y el Derecho.

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