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Archive for the ‘Lingüística’ Category

El otro día decía que la regla ortográfica que prescribe la necesidad de utilizar puntos en las abreviaturas me parecía una horterada. Un comentarista aplicó a mi apreciación ‘la doctrina del porro’ (por ahí se comienza y se termina sólo siendo capaz de escribir en ‘lenguaje de móvil’).

Las reglas de ortografía son necesarias si se quiere mantener la cohesión de un idioma y que la escritura y la ulterior lectura sean posibles independientemente de cómo cada hablante articule oralmente ese idioma.

En los países influenciados por el racionalismo francés, y en nuestro caso por importación de los Borbones, el establecimiento de las reglas está en manos de una institución de carácter público que, solamente en los últimos años, ha decidido coordinarse con otras instituciones homogéneas de otros países con nuestra misma lengua.

Las reglas ortográficas establecidas por la Real Academia, junto a las otras academias, tienen el valor de ser reglas y de ser medio para cohesionar el idioma (que es un fin que a muchos nos parece apreciables). Pero la regla concreta puede ser mejor o peor y eso entra en el debate lingüístico, ya que la Real Academia podrá poner muchas normas pero se le debe otorgar una autoridad petrina sobre el castellano.

Yo no soy lingüística, por más que me interese, y por ello intento no meterme en esos procelosos terrenos. Pero mi juicio sobre que los puntos en las abreviaturas eran una horterada ni pertenecía a la necesidad de tener reglas o al contenido de la regla, sino que podríamos encuadrarlo dentro de los juicios estéticos, de una subjetiva insultante y radical.

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De pequeño consultaba compulsivamente la Enciclopedia Larousse en diez volúmenes que estaba y está en casa de mis padres. No había Internet que permitiese buscar un dato puntual, hacer una consulta rápida ni saltar de un sitio para otros. Esos diez volúmenes, y sus dos suplementos de actualización, eran mi gran ventana al pasado, al presente y al futuro.

Las siglas que empleaban los autores de aquella enciclopedia para referirse a los Estados Unidos eran las de EUA, cuando ya en esa época la que se solían emplear en España eran USA, las correspondientes al nombre inglés.

Es cierto que en los textos en castellano, especialmente los de la prensa, se usa corrientemente la abreviatura EE.UU., con esa curiosa duplicación que no se sabe bien cuál es la razón y que hace que los Emitaros Árabes Unidos sean EE.AA.UU. en vez de EAU [los puntos me parecen una horterada], pero se les desliza las USA en muchas ocasiones, quedando las siglas españoles prácticamente relegadas a una minoría que la que formamos parte mi Enciclopedia Larousse, el señor Egócrata y un servidor.

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Ayer se cumplieron ciento cincuenta años del nacimiento de Lázaro Zamenhof, el inventor del Esperanto. La idea no estaba mal, como la de todos los lenguajes planificados, pero no ha terminado de calar su iniciativa como lengua internacional, excepto para un grupo muy determinado de personas.

¿Por qué no ha logrado su objetivo?

1) Hay lenguas planificadas que sí consiguen su extensión universal, porque se demuestran útiles para sus fines. Éstas son las lenguas formales de programación o lenguajes de programación (no seamos estrictos con lo de Saussure)

2) La utilidad comunicativa que pretendía ser el esperanto ya está cubierta y, anteriormente, también lo ha estado. La lengua común de comunicación internacional se “elige” en virtud de predominancia política, económica y cultural. Desde la antigüedad han existido estas lenguas de intercomunicación.

3) El hecho de que la lengua de intercomunicación sea también la lengua de importantes comunidades de hablante ha permitido que ésta incorpore nuevos términos y cambios, sin necesidad de decisiones centralizadas.

4) El hecho de que una hegemonía política y económica vaya acompañado de cierta hegemonía lingüística no es casual. Es consecuencia de la primera y la primera tiene un punto de apoyo en ésta. Nadie va a renunciar a estas ventajas.

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Hace varias semanas encontré en una especie de panel de “libre expresión” que hay en mi trabajo, un correo electrónico impreso en el que se argumentaba contra el uso del término “presidenta”, diciendo que “presidente” es un participio de presente del verbo presidir y que no tiene género.

Lo simpático de todo esto no es la estúpida cuestión lingüística (por más que quieran tratar a la lengua como un hecho de la naturaleza y no como una convención social), sino que solamente se fijan en eso cuando se escribe “Presidenta Esperanza Aguirre”, pero nadie ha reparado durante décadas en este “clamoroso error” cuando hablamos de “asistenta” o de “dependienta”.

Curioso. Cuando una mujer ocupa puestos de escaso poder decisorio, entonces el participio de presente importa un pimiento, pero cuando una mujer preside una comunidad autónoma y su cargo sí es importante, el participio del presente se convierte en un criterio fundamental de calificación o de descalificación política.

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El otro día escuché en la sección de “Fútbol” (que no de Deportes) de un informativo televisivo, a un precandidato a la Presidencia del Real Madrid hablar del agotamiento o no de la legislatura en este club de fútbol.

Como dice Citoyen el Derecho es uno de los pocos ámbitos donde las palabras tienen una importancia vinculante. El mandato de un cuerpo legislativo, que solamente lo es si tiene potestad legislativa (capacidad de hacer leyes) se llama “legislatura”.

Un mandato de un cuerpo no legislativo, como es una corporación local, o de un órgano no pueden llamarse “legislatura”, y menos el periodo de gestión al frente de un club de fútbol.

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letras
No soy muy ducho con las concordancias, como os habréis dado cuenta si me leéis de vez en cuando. Quizá sea así porque tengo albergado a un idealista profundo que sigue creyendo que si la realidad no es como uno dice, pues peor para la realidad.

Me encanta como Moreno Cabrera explica las incorporaciones y las excorporaciones de partes de la oración dentro del verbo. Últimamente le estoy dando muchas vueltas a este asunto, pero no precisamente por cuestiones lingüísticas.

La persona, el número, el tiempo verbal o el modo dejan de ser conceptos de una lingüística mejor o peor aprendida, para convertirse en una forma de entender el modo. Cuando uno cambia sus conjugaciones, cuando el número varía pese a que la persona permanezca, cuando el tiempo con más relevancia es el futuro rompiendo con los más diversos pretéritos, no sólo se transforma la expresión, sino que se transforma el que habla o escribe.

Uno piensa, o más bien aprende a pensar, en esas nuevas conjugaciones. Uno lo hace porque en el fondo sabe que el Idealismo es mentira, que hay realidades que se nos imponen y que trastocan tanto nuestra percepción del mundo que hacen que las conjugaciones anteriores no tengan sentido. Primera persona del plural del futuro.

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