Igualdad de oportunidades y empleo universitario

La entrada de ayer en contestación a la posición de Pérez Tapias, decano granadino y ex diputado del PSOE, sobre la empleabilidad como elemento a tener en cuenta a la hora de financiar las universidades ha tenido una interesante repercusión.

Fruto de ella me ha surgido una reflexión en el punto donde terminaba la entrada. La izquierda ha asumido desde hace décadas que la Educación es un instrumento de la igualdad de oportunidades y cuando hablamos de igualdad de oportunidades hablamos de cosas concretas como de tener un mejor puesto de trabajo que permita mejores ingresos y mayor nivel de vida.

El hecho de que la instituciones universitarias, o un dirigente universitario como Pérez Tapias, abomine públicamente del interés que debían tener las Universidades públicas por el empleo de sus alumnos y de que se establezcan incentivos en este sentido, dice muy poco de que realmente se crea que la Educación sea un instrumento de igualdad de oportunidades. Si ser de izquierda fuera su cierta ideología, haría algo a favor y no centraría sus esfuerzos en mantener la indemnidad de grupos cerrados, cooptativos y algo predadores.

Empleo y toma de decisiones

José Antonio Pérez Tapias obtuvo un gran resultado en las elecciones para Secretario General del PSOE, un resultado gracias al cual Pedro Sánchez es quien dirige el Partido. Es el miembro más destacado en la actualidad de la corriente interna “Izquierda Socialista” (la única corriente existente) y ahora representa la voz más crítica dentro de los socialistas respecto a la actual dirección y a la política de pactos con Ciudadanos. Cabe decir que ahora representa al sector podemita que todavía está dentro del PSOE

Desde que dejó el escaño en el Congreso, es el decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Durante estos días ha criticado la posibilidad de pactar con Ciudadanos a partir de una propuesta programática del partido de Rivera:

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No sé qué le parece tan mal al decano de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada.

Creo que es hora de que el criterio de la empleabilidad entre en las instituciones universitarias a la hora de tomar decisiones. Evidentemente no debe ser el único, pero sí uno importante. No veo el problema en que los contenidos de los títulos estén orientados a que los alumnos puedan obtener un empleo acorde a sus estudios, a que la Universidad se interese por práctica en empresas e instituciones que los puedan contratar (y no solamente a través de una oposición o un centro educativo concertado), así como la búsqueda de sectores donde los alumnos titulados puedan encontrar un futuro laboral.

La Universidad cumple muchas funciones y una de ellas, y no la menor, es capacitar a los ciudadanos para encontrar un trabajo. ¿Cuántos documentos sobre empleabilidad fuera del sector público se puede encontrar en los expedientes para la aprobación de los grados y los postgrados? ¿O es que facultades como Filosofía y Letras deberían cambiar su denominación para ser “Facultad de Profesorado de Secundaria” ya que no hay otra opción, ni los responsables universitarios la buscan?

A los dirigentes universitarios les pagan, entre otras cosas, por pensar en el futuro y por el empleo de los alumnos, asunto que normalmente está fuera de sus agendas. Actitudes como la expresada por el decano Pérez Tapias muestra como un cuerpo de profesores con plaza vitalicia es poco sensible sobre si sus decisiones condenan o no a sus alumnos al desempleo. Y alguno pensará de sí mismo que es de izquierda.

Comparando universidades públicas con universidades privadas

El otro día se publicó una nueva edición del esperado/temido ranking de Shangai de Universidades. Aunque la media ha sido superior a otros años, la cuestión de no tener ninguna universidad dentro de las cien mejores plantea reflexiones, unas serias y otras de “todo a un euro”.

Leí un artículo en el que se comparaba el modelo de las universidades públicas con el de las escuelas de negocio españolas que suelen estar en la parte de arriba de los rankings internacionales de su ramo. Y aquí debería haber terminado la comparación, porque una escuela de negocios y una universidad se parecen tanto como una guardería y un ciclo formativo de mecánica.

Las escuelas de negocio no forman docentes e investigadores, están especializada en la docencia de lo que podríamos llamar una FP de altísimo nivel y todo en ellas es a corto o medio plazo a lo sumo. Pero la comparación entre el modelo público y privado puede hacerse, mientras se compare correctamente, esto es, se compare lo comparable.

Nadie ha reparado, o al menos yo no lo he leído, en que ninguna de las más de veinticinco universidades privadas está entre las quinientas mejores del mundo. Los universidades privadas no tienen los inconvenientes que generalmente se piensa que gravan a las públicas: funcionariado, falta de la cultura de evaluación o no selección del alumnado. No los tienen y no hay ninguna que esté entre las quinientas mejores.

¿No merece la Universidad en España una reflexión más profunda que la titularidad de la institución?

Errejón y Carracao

Iñigo Errejón (Podemos) tiene un contrato, que expira este mes, cuyo horario no cumple obviamente. Dicen desde Podemos que los trabajos que tiene que hacer Errejón se entregarán en su fecha, confundiendo lo que es un trabajo con un contrato por obra y servicio.

José Antonio Carracao (PSOE de Ceuta), como hace semanas expusimos en este blog y ahora se han hecho eco numerosos medios nacionales, trabaja como asesor para un grupo parlamentario que está en otro continente. Cobra pero ni él ni nadie sabe dar cuenta de cuál ha sido su trabajo a distancia, porque que no va todos los días a trabajar a la sede del Senado es obvio.

Y es que se podrán dar todas las justificaciones que se quieran, se imaginen o se inventen, pero ir a tu puesto de trabajo todos los días y cumplir con un horario, aunque tenga alguna flexibilidad, es parte inherente a eso que se llama “tener vergüenza torera”.

Ambos dos, Errejón y Carracao, provienen de ambientes endogámicos como son el universitario y el político. Los dos consiguieron puestos sin competidores y con seleccionadores que a la vez son amigos y/o partidarios, todo lo contrario a lo que viven y luchan la mayoría de los ciudadanos de su misma generación.

Becas o premios

Una de las cosas que más ha dolido a los sectores más conservadores de la sociedad española ha sido la extensión de la enseñanza universitaria, desde la tardofranquista Ley General de Educación, hasta nuestros días.

Hasta entonces la Universidad, pública y subvencionada al 90%, era para los que tenían que ir gracias a un sistema de enseñanza en el que los factores sociales pesaban sobre todas las cosas.

Estos sectores siempre han hecho encomio del sistema de becas del Franquismo más puro: muy pocas, con durísimos exámenes de acceso, no fuera a perderse un genio nacido entre las ‘clases humildes’. Alguien humilde solamente tenía posibilidades de cursar estudios universitarios si se lo merecía, es decir, si tenía un talento fuera de lo normal. Por el contrario si uno pertenecía a las escasas clases acomodadas podía tener enseñanza superior aunque fuera un arquetipo de la mediocridad.

Que los grandes talentos deben tener todas las ayudas creo que está fuera de discusión. Lo que sí plantea el ministro Wert es qué hacer con los inteligentes o los normales que, perteneciendo a sectores más débiles de la sociedad, quieren realizar estudios superiores.

Dice que hay que tener en cuenta más el rendimiento académico que la renta. Curiosamente estos parámetros ya se dan, pues la renta se tiene en cuenta para el acceso a la beca y el rendimiento académico para mantenerla. Lo que propone el ministro es bajar los requisitos de renta y subir los académicos para que las becas dejen de ser becas y se conviertan en premios de fin de Bachillerato (que ya existen y tienen dotación económica).

Un sistema en el que sea mucho más determinante el rendimiento puede producir muchos casos como el siguiente: alumno con una familia acomodada, que vive en la ciudad donde quiere estudiar, gana por dos décimas en una examen una cuantiosa beca frente a un alumno de familia de escasos recursos y que tendrían que desplazarse de localidad para hacer sus estudios.

Casuística se puede hacer mucha, pero se debe hacer porque las circunstancias que atienden las becas son también muchos y eso es lo que parece que ni hacen ni conocen los que le escriben las intervenciones en materia educativa al ministro Wert.

Una facultad pensada para los alumnos (acusación)

Una facultad de estudios jurídicos estaba instalada en un edificio histórico, realmente soberbio, pero absolutamente inoperativo para la función que desempeñaba. Clases cochambrosas, profesores hacinados en trasteros a los que se accedía a través de un laberinto de pasillos, un número de puesto de biblioteca absolutamente ridículo y todas las carencias y servicios que debería tener un centro de enseñanza superior.

Pero como en el mundo, en esa facultad también se daba una distribución desequilibrada del espacio, que era la gran riqueza del lugar. Había determinados profesores que tenían despachos dignos de Napoleón III, con mobiliario catalogado y que, en muchas ocasiones, solamente utilizaban para sus actos de representación profesional no universitaria.

Con algunas décadas de retraso la administración competente decide construir una nueva sede para dicha facultad. Se construyeron varios edificios con despachos de unos 14 metros cuadrados para cada profesor, salas de reuniones, aseos, clases de las que el techo no se caía, salas de estudio, de informática, comedores y esas cosas que suelen considerarse deseables.

El grupo de los profesores que habían perdido sus despachos imperiales estuvieron musitando durante las semanas de traslado todo tipo de quejas. Al tiempo, son lentos, consiguieron formular sintéticamente su queja bajo el lema: ‘han hecho una facultad pensada en los alumnos’.

De ese axioma sacaron grandes e importantes aportaciones para la reforma inmediata de la nueva sede. Lo importante era eliminar los comedores y otros los lugares destinados a los alumnos (que con los nuevos planes de estudios van a estar doce horas al día allí), para hacer despachillos donde acumular a los profesores de menos abolengo, con la finalidad de poner coger varios despacho y, tirando los tabiques, hacer uno a medida de su dañada dignidad.

No quiero generalizar un caso concreto, pero sí me parece que muestra un síntoma del sistema universitario español. En muchas instituciones universitarias el alumno es un mal tan necesario como molesto, al que hay que relegar a un papel inevitable y tratarlo con el mayor desprecio. Una universidad donde lo importante era que unos pocos tuvieran despacho dignos de jefes de Estado a costa del especial esencial para trabajar, dar clases y estudiar.

Carencia de médicos y notas de corte


El 45% de los nuevos ‘Médicos internos residentes’ (MIR) son extranjeros. ¿A qué se debe una cifra tan alta? La respuesta es sencilla: a que las facultades españolas de Medicina ofrecen pocas plazas para las necesidades sanitarias de nuestro país.

Hay pocas plazas y los requerimientos para acceder a esas plazas de Medicina son altos, muy altos. La nota de corte más baja del año pasado fue de un 8.1, que es ciertamente una barbaridad y que deja fuera a muchos estudiantes esforzados y valiosos que no llegan a ese punto o cuya facultad de Medicina más cercana pide aún una nota superior.

Se han creado numerosas universidades en los últimos treinta años, pero solamente un puñado de ellas tiene facultades de Medicina y en un buen grupo de las que sí la tienen, ésta es pequeña. Se ha gastado mucho dinero en titulaciones, muchas veces casi sin estudiantes, que resultasen poco costosas y lustrosas, pero con un rendimiento social un tanto cuestionable.

El “paro médico” de los setenta y principios de los ochenta legitimó la restricción de plazas pero quienes lo hicieron o quienes no crearon nuevos centros (prefiriendo llenar el país de escuelitas de Derecho) no se pararon a pensar con la perspectiva puesta en unas cuantas décadas adelante. No sólo son responsables quienes lo hicieron, sino quienes han mantenido esta absurda restricción mientras ellos mismos extendían el sistema sanitario.

El resultado de todo ello es que un alumno o una alumna que haya cursado sus estudios de Bachillerato en España tiene más posibilidades de poder terminar presentándose al MIR en su propio país, si estudia la licenciatura en Medicina en otro país, dando igual en muchos casos que no sea necesaria una nota de ingreso y sí el dinero para pagar los estudios.

Muchas especialidades médicas carecen de facultativos en toda España y no hacemos más que impedir a muchísimos jóvenes españoles (con un 8 de media en sus estudios) ser los médicos que necesitamos.