La trampa musical de Gallardón

Volvamos con Gallardón. El tipo es un maestro de liar a la oposición en cosas que le hacen a ésta tomar posturas absurdas y a él arañar un puñado de votos, que es de lo que se trata antes de las elecciones y que él hace muy bien.

Hace unos días anunció una ofensiva contra los músicos callejeros por las molestias que ocasionan a los vecinos y comerciantes de los lugares donde se instalan. Y en ese preciso instante PSM e IU cayeron en la trampa atacando la medida de Gallardón y manteniendo que la música callejera era estupenda (supongo que siempre que no estén debajo del balcón de uno).

Lo que buscaba Gallardón era eso. Que defendieran a un grupo que probablemente no esté ni empadronado y si lo está, no vote, mientras él se muestra defensor de unos vecinos fritos a molestias que sí están dispuestos a utilizar su voto como arma.

Y la ineficacia de Gallardón queda diluida gracias a la incapacidad de la oposición. Gallardón es el alcalde de Madrid desde 2003 y ha tardado ocho años en reconocer un problema de ruidos que tienen determinados vecinos de su ciudad y que él ha empleado casi una década en detectar e intentar poner remedio. Un verdadero inepto, populista, que en vez de ser denunciado en este sentido por la oposición, ve cómo ésta defiende a quienes molestan a determinados madrileños.

La contaminación no es un problema político en Madrid

Hoy hemos comentado en Twitter, fugazmente, el asunto de la contaminación en Madrid, ahora que la ‘boina de mierda’ se encuentra en su máximo apogeo. Junto a ello la Fiscalía ha calificado muy negativamente el cambio de ubicación de las estaciones medidoras de la contaminación que realizó hace un tiempo el Ayuntamiento dirigido por Ruiz-Gallardón.

Por alucinante que pueda parecer la contaminación en Madrid no tiene trascendencia política ninguna porque no tiene trascendencia social. A nadie le gusta esa contaminación pero nadie quiere que nada cambie para que desaparezca la celebérrima ‘boina de mierda’.

Madrid tiene una red de transporte público que, sin lugar a dudas, es la mejor de España (aunque tenga puntos negros). Millones de viajeros la utilizan todos los días porque funciona correctamente. Pero a la vez hay demasiados coches porque la red de transporte público no llega a todos los lugares precisos y, en ocasiones, implica un tiempo de espera que en el coche puede que se reduzca. Los peajes son una buena idea, pero son muy regresivos.

Junto a ello en Madrid está el asunto de las calefacciones. Muchas de estas calefacciones pertenecen a las comunidades de propietarios y queman fuel-oil del baratito a altamente contaminante. La clave se encuentra allí, en las calderas a máximo rendimiento todo el día y sin ningún incentivo que haga que cambiarlas no sea una ruina para la comunidad de propietarios y que el combustible alternativo (o la fuente alternativa) sea igualmente efectiva y más económica.

¿Por qué Gallardón no hace nada para reducir la contaminación? Porque las medidas que podría tomar para ello serían muy impopulares y tendrían costes electorales y, además, la inmensa mayoría de los ciudadanos madrileños no le dan importancia dentro de sus preocupaciones al problema de la contaminación.

De lo pasivo a lo activo en el discurso medioambiental

Ayer en twitter mantuve una pequeña conversación con María Gálvez sobre costas, transferencias autonómicas e inversiones. Ella llamaba la atención sobre los gastos que se hacen en regeneración de costas, cuando lo más sensato y barato es gastar dinero en conservar el litoral y especialmente las dunas.

Intentaré exponer cuál era mi impresión. Muchas veces las personas más concienciadas con la necesidad de tener una buena política medioambiental confunden el lenguaje y emplean ‘términos pasivos’ frente a la utilización de ‘términos activos’ y más atractivos que hacen sus oponentes.

En las numerosas polémicas que ha habido por la explotación inmobiliaria de zonas que están protegidas o que debieran estarlo se ha hablado mucho de ‘conservación’, mientras que los idólatras del ladrillo hablaban de ‘inversión’. Es más fácil venderle al público una inversión, siempre susceptible de crear riqueza, que una simple conservación.

Lo activo y dinámico ser más atractivo para las personas que lo pasivo. Es necesario cambiar determinada terminología y eliminar del vocabulario palabras como ‘conservación’ o ‘preservación’, pasando a hablar de ‘capital natural’. Volviendo al ejemplo inicial, tengo la impresión de que es preferible hablar de ‘invertir en el litoral’ o ‘revalorizar el litoral’ que ‘conservar el litoral’. Las energías renovables son un ejemplo en este terreno.

Cada vez hay más antitaurinos

Portada de http://www.publico.es (28 de julio, a las 16:00)

Más allá de las miles de consideraciones sobre la prohibición de las corridas de toros en Catalunya hay que sacar la conclusión de que un partido extraparlamentario (PACMA) y un conjunto de asociaciones han sido capaz de hacer la primera movilización social significativa que ha tenido éxito en España.

El resultado de la votación en el Parlamento de Catalunya es un éxito, pero más importante aún es que millones de españoles han pasado de disgustarles los toros pero pensar que era posible su abolición, a ver cómo sí es posible y que esta iniciativa puede reproducirse en otras comunidades, con un éxito proporcional al apoyo social de la prohibición.

Los antitaurinos, más allá de la interpretación nacionalista, han conseguido sacar de la indiferencia a una parte importante de la población y que engrosara en las encuestas las filas partidarias de la prohibición de las corridas de toros.

Creo que es de justicia indicar que el ‘mundo taurino’ con sus toreros, ganaderos, esposas y novias de los toreros, cuernos, chulería vestida de valentía, estiramiento y locuacidad clásica, así como la impagable labor de la prensa rosa han hecho que muchos se hagan antitaurinos tanto porque no consideran las corridas dignas de su sociedad como porque el ‘ambiente taurino’ les provoca repulsión moral y, sobre todo, estética.

Boda verde

La pasada semana escuchamos una nueva expresión: “boda verde”. Este concepto correspondía al enlace matrimonial entre la princesa heredera de Suecia y su actual marido. Por lo visto “boda verde” es llevar a los invitados en buses ecológicos y no tirar fuegos artificiales. Para cuenta en el debe de la “boda verde” las emisiones de los aviones de los invitados y de la prensa acreditada, las emisiones de los vehículos de los miles de agentes de seguridad y otras emisiones y actos contaminantes que esta “boda verde” ha ocasionado. Una nueva idea “ecoguay” nada verde.

Devolviendo los cascos

Uno se da cuenta de que ya se está haciendo algo mayor, cuando cae en la cuenta de que hay cines a los que fue que ya no existen. Pero también esta sensación se da en otros aspectos, como el descubrimiento de que antes había un sistema de reciclaje de vidrio del que nadie se acuerda.

Cuando uno acumulaba cierta cantidad de envases de bebidas en casa, entonces casi todos eran de vidrio, se iba a la pertinente tienda y allí te los ‘compraban’ a un determinado precio por envase. Nunca era mucho, pero existía un incentivo económico para llevarlos. Luego pasamos a la generalización del plástico y la desaparición de este incentivo. Con el tiempo, y con cierta recuperación del vidrio como envase, llegaron los contenedores verdes a nuestras calles para que los ciudadanos pudiéramos reciclar el vidrio sobrante, pero ya sin incentivo económico.

Ahora, cuando uno separa y pone el vidrio en el contenedor verde, está realizando gratuitamente una parte del trabajo de una industria que se dedica y se lucra precisamente con este material. Los vidrios son gestionados, creo, por una empresa pública que los vende a las empresas del sector del envase, pero sin que sepamos cuanto pagan por ellos y cuanto vale la aportación de los ciudadanos al proceso.

Creo que no estaría de más que se recuperase alguna forma de incentivo económico para los ciudadanos, cuando llevan vidrio y/o papel. Así se uniría algo tangible al sentimiento de estar cumpliendo un deber con el planeta y las futuras generaciones, deber que  buena parte de los ciudadanos les trae sin cuidado cuando implica molestias por su parte. No termina de parecerme justo que una parte esencial de esa industria (el que clasifica, almacena en su casa y lleva por sus medios), sea precisamente la única que no percibe ningún rendimiento económico.

El precio de la incompetencia

Hace unos días os contaba que la pésima gestión el agua realizada por el PP en Ceuta ha provocado que la ciudad esté al borde de quedarse sin agua. No es un problema de que llueva o no, sino de que apagaron la desaladora en pleno verano liquidando las reservas.

Pues bien, las mentes pensantes del PP de Ceuta ya han llegado a la solución, que es la única, a su total incompetencia: alquiler un barco que traiga agua todos los días a Ceuta desde los depósitos de la Junta de Andalucía en el puerto de Algeciras.

El barco cuesta, nada más este mes, 747.500 euros y el PP de Ceuta ya está pidiendo que los pague el Gobierno de España.

Si habéis leído informaciones sobre la sequía como causante de este abastecimiento son falsas: ¿por qué no existe el mismo problema en Algeciras o en el Norte de Marruecos?