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Archive for the ‘Diseño de Jugadas’ Category

En los estertores del verano escribía sobre el margen de supervivencia que tenía Ciudadanos en el actual panorama político. El presupuesto era que Ciudadanos debía olvidarse de ganar elecciones para transformarse en una fuerza influyente a ambos lados de su posicionamiento político. Un reto difícil que Ciudadanos comenzó a construir y que parece que se ha bajado al retrirar su apoyo inicial a los Presupuestos.

Ciudadanos tendrá que competir por el voto desde el centro a la derecha, tras haber renunciado a ser una opción para el votante de centro izquierda. La cuestión es cuánto voto de la derecha puede quedar entre sus redes.

A estas alturas me parece inevitable que Ciudadanos vaya en coalición a las próximas Generales con el Partido Popular, en una repetición de lo que hemos visto en las Elecciones Vascas. Los populares tienen que evitar que el voto residual a Ciudadanos les quite votos (los votos de C’s que habían de irse a Vox ya se fuera y no fueron pocos) y, sobre todo, escaños en los enrevesados cocientes de nuestro sistema electoral, de forma que la pérdida pueda suponer no sumar con Vox a la hora de la investidura.

Lógicamente Casado le va a hacer a Arrimadas una oferta de esas que no se puede rechazar. En primer lugar le dejará a los naranjas tener más candidatos en puestos de salida que los escaños que Ciudadanos pueda obtener en la más optimista de sus previsiones y, en segundo lugar, le ofrecerá a Arrimadas un puesto en el Consejo de Ministros y alguna Secretaría de Estado en otro Ministerio para los suyos.

Si Casado consigue la investidura en unión a Vox, todo lo que le haya ofrecido a Arrimadas por la coalición va a parecer nada en comparación al logro. Si Casado no lo consigue, a Casado le dará igual porque estará acabado y acompañará a Hernández-Mancha en el panteón de los presidentes populares que lo lograron La Moncloa.

Pase lo que pase, porque Arrimadas no va a tener más remedio que aceptar la oferta, Ciudadanos dejará de existir como entidad política diferenciada, más allá de su subsistencia en el registro de partidos políticos.

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Esta semana se ha filtrado un chat compuesto por altos mandos de las Fuerzas Armadas en situación de reserva (jubilados). Sin lugar a dudas de todo lo dicho en ese chat, lo que más repercusión ha tenido ha sido la consideración de unos de los mandos intervinientes de que habría de fusilar a 26 millones de españoles, supongo que para dejar el país como él quiere.

Reflexionemos brevemente sobre esta afirmación:

1) Si en España hay 46 millones de habitantes, 26 millones son una holgada mayoría. De forma que este mando reconoce que lo que él piensa y representa, en su máxima extensión, es una minoría. Admite que España es otra cosa y que él va contra España.

2) El mando jubilado reconoce que las diferencias no es con Sánchez, Iglesias o cualquier líder político a la izquierda de Abascal, sino que tiene un severo problema con la sociedad española, estando dispuesto a acabar con la mayoría de ésta. Los miembros de ese chat y el que escribe esta afirmación se reconocen ajenos y enemigos de la sociedad.

3) La Transición fue fallida en muchos aspectos. Uno de ellos fueron las Fuerzas Armadas. Un generalato compuesto por militares franquistas fue sustituido por un generalato cooptado por los anteriores. Supongo que el “mainstream” militar no valora precisamente como un mérito la disconformidad con el pensamiento político expresado en ese chat.

4) Ya es hora que se tomen medidas y que se ponga fin a este sistema de reproducción de valores antidemocráticos dentro de las Fuerzas Armadas, antes que de la conciencia se pase a la acción, una acción que está siendo jaleada desde determinados sectores minoritarios pero influyentes entre los militares.

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Tanto la izquierda como la derecha en España comparten el mismo anhelo: otro adversario.

La izquierda reclama una “derecha europea”, centrista y liberal. La derecha quiere una izquierda centrista y que no toque casi nada de lo establecido, más allá de un poco de folklore.

La izquierda española es la que es y la derecha española es la que es y se negociará o no dependiendo de los incentivos que las dos partes tengan para hacerlo. Actualmente muy pocos incentivos.

Cada cual es libre de desear tener el adversario que más le convenga, incluso un adversario más cercano a uno que los sectores más ideológico del espectro en el que cada cual se ubica; pero es conveniente no confundir el deseo con la realidad.

Llegar a acuerdos es importante aunque no es fundamental, porque en caso de desacuerdo tenemos el voto mayoritario como modo de decisión. Si se quiere tejer acuerdos, debe hacerse con los adversarios reales, no con los adversarios deseados. Otro asunto es que las polarizaciones políticas hagan imposible, por convicción o estrategia, tener un terreno común.

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Los electores del Presidente de los Estados Unidos deben reunirse, en el lugar y la hora que determine la legislación de su estado, el primer lunes después del segundo miércoles de diciembre de acuerdo con la legislación federal (3 US Code § 7). Este año es el 14 de diciembre.

Habrá cincuenta y una reuniones parciales de los electores que conforman el Colegio Electoral, pero ninguna de todos ellos. No es un error, sino una decisión deliberada de los autores de la Constitución. ¿Por qué?

La principal magistratura electiva en los tiempos natilicios de los Estados Unidos era la del Rey de Polonia. La historia de las intervenciones extranjeras e internas en el proceso de elección de los reyes polacos era una sucesión de lo peor que podía sucederle a un país: intrigas, sobornos, candidatos cuya principal virtud era haber sido el amante de la Zarina, reyes que se marchaban si conseguían otra corona y un largo etcétera de infamias.

A los fundadores de los Estados Unidos les aterraba la idea de que el Presidente de su nuevo país pudiera convertirse en una versión trasatlántica del rey polaco y quisieron poner medios institucionales para evitar que ello fuera así. Eran conscientes que, siendo como eran un país con recursos limitados y pocas grandes fortunas, sobornar a los electores podía salirle realmente barato a cualquier potencia de la época y tener un simpático aliado en aquella parte del mundo.

Alexander Hamilton explica en el capítulo LXVIII de The Federalit Papers señala que esta elección descentralizada impide las presiones sobre el cuerpo elector (más sencillas si está reunido en un solo lugar) y, además siendo un órgano “ad hoc” resulta más difícil preparar el terreno para su corrupción y las tentaciones a la influencia extranjera.

En la reelección sin límites veía Hamilton una acumulación de ventajas, mientras que Thomas Jefferson consideraba que las grandes potencias extranjeras solamente tendría que pujar una sola vez para conseguir que su candidato fuera Presidente, ya que consideraba que echar del puesto a un Presidente en ejercicio era prácticamente imposible (algo que él mismo comprobó falso cuando le ganó las Elecciones al Presidente Adams tras un solo mandato).

Hasta 2016 no hay una seria injerencia extranjera en las Elecciones.

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La ley eletoral del estado Georgia (OCGA § 21-2-501) exige que los cargos públicos elegidos en este estado tengan el respaldo de más de la mitad de los votantes, de modo que si no es así, los dos candidatos más votados tienen que ir a una segunda vuelta.

El pasado 3 de noviembre se elegían los dos senadores por Georgia, una elección ordinaria al agotarse el mandato de seis años y otra especial por la renuncia hace un año del senado Isakson. En ninguna de las dos elecciones, ningún candidato ha obtenido más de la mitad de los votos, de forma que los dos más votados habrán de someterse nuevamente a las urnas.

Como ya todo sabemos, estos dos escaños definirán la mayoría republicana en el Senado o si los demócratas empatando y encomendándose al voto de desempate de la Vicepresidenta Harris, pueden tener mayoría. La agenda de la Presidencia de Biden depende de tener mayoría en las dos cámaras del Congreso, aunque la del Senado sea tan apurada e insuficiente para cerrar los debates.

Varios senados republicanos le han comentado a algunos medios que su silencio a la hora de reconocer la victoria de Biden se debe más a estos dos escaños en disputa que a participar de la estrategia de Trump. Esto puede obedecer a dos estrategias, que no se excluyen necesariamente:

– Considerar que un Presidente-electo tiene una gran fuerza de arrastre, y más en un estado que ganó, de modo que la polémica sobre la elección dificultará ese arrastre y una dedicación intensa a la campaña de Biden y de Harris.

– Ofrecer un acuerdo tácito a los demócratas, de modo que el reconocimiento general de la victoria de Biden por los senadores republicanos, implicaría una campaña menor de los demócratas, no acelerar la tremenda maquinaria de Stacey Abrams y que el ticket presidencial, especialmente Harris, no acampe en Georgia hasta el día de la segunda vuelta.

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Hace doce años me entretuve en mirar los resultados de las Elecciones Europeas en relación con la abstención. Tradicionalmente en estas Elecciones la abstención y alta y existe el tópico de que los grandes abstencionistas son los votantes de izquierda, de forma que quise comprobar si una alta abstención tenía por consecuencia una permanente victoria electoral de la derecha.

Si actualizamos los datos y eliminamos las convocatorias que coincidieron con las Elecciones Municipales y Autonómicas en muchas regiones, obtenemos que con bajas participaciones ha ganado tanto la derecha como la izquierda (formaciones de ámbito nacional):

Como se puede comprobar las candidaturas de  izquierda fueron las más votadas en dos de las tres Elecciones Europeas con participación inferior al 50%. Al menos estos resultados nos deberían hacer pensar si siempre la abstención beneficia a la derecha.

Muchas dinámicas política están llenas de “mayorías silenciosas”, esto es, amplios grupos de votantes que de pronunciarse electoralmente removerían las mayorías existente o al menos la relación entre los principales grupos.

Existía la idea de que en Cataluña había una gran masa de abstencionistas unionistas, que se ir a las urnas revolucionarían el mapa político regional. En las dos últimas elecciones autonómicas, las que han tenido mayor participación desde 1980, las fuerzas no nacionalistas han sido las más votadas en su conjunto, pero desde luego no se dio el vuelco que vaticinaban las colas ante los colegios electorales.

El último ejemplo lo tenemos en las Elecciones Presidenciales de este año en los Estados Unidos. El voto masivo hacía pensar a muchos que la “marea azul”, un victoria arrolladora de los demócratas, era seguro y aunque los demócratas han ganado la Presidencia por un margen nada desdeñable en este momento de voto popular de 5.267.488 votos, en muchos lugares la victoria ha sido muy estrecha, lejos de lo anrumador. Se ha descubierto que los demócratas o los potenciales votantes de los demócratas no eran los mayores abstencionistas, sino que entre los republicanos y sus potenciales votantes también había un bolsa importante.

Esas masas abstencionistas muchas veces son meras quimeras que se usan con otros fines, como los que dentro del PSOE que aún hablan de recuperar la mayoría de 1982 sin caer en la cuenta de que se ha conseguido posteriormente más votos que en 1982 y que bueno parte de ese voto ya no vota, y no porque se abstenga.

Los mitos políticos como el que hemos tratado de exponer tienen el peligro de ser muchas veces presupuestos implícitos en la toma de decisiones, porque se basa en el sesgo de la mayoría silenciosa piensa como yo. Y presupuestos erróneos pueden viciar el proceso y el resultado, intentando cazar un electorado que no existe o que si se moviliza, vote a otro.

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Cuando Teresa Rodríguez formalizó el fin de su relación con Podemos, Pablo Iglesias y ella publicaron un elegante vídeo en el que intentaban que la separación se llevase por los derroteros del mutuo acuerdo. Pero como sucede en las separaciones de las parejas y los matrimonios, cuando se respira, se toma tiempo y se comienza a contar cosas y a inventariarlas, entonces desaparece la civilización y comienza la lucha encarnizada.

Teresa Rodríguez registró una marca, Adelante Andalucía, que fue con la que se presentaron a las elecciones Podemos, Izquierda Unida y algunas fuerzas más, uniéndose los anticapitalistas donde Teresa Rodríguez milita tras su salida de Podemos. Adelante Andalucía no es una coalición, sino desde 2019 un partido político, un partido instrumental de los que tan de moda han estado desde el advenimiento de la nueva política.

La que fue candidata de Adelante quiere continuar bajo la marca Adelante Andalucía y el resto de los componentes, evidentemente, no quiere que una escisión se adueñe de un nombre que ha conseguido una señalada representación en el Parlamento de Andalucía y familiaridad entre los ciudadanos andaluces. Construir una identidad desde cero es difícil y más cuando esa identidad tiene que ser forzosamente colectiva. La expulsión de ocho de los diputados del grupo parlamentario supone un punto de no retorno.

El destino de Adelante Andalucía es una de las piezas fundamentales en el futuro tablero política y parlamentario andaluz. Si Teresa Rodríguez y los que la sigan forman una candidatura independiente para las próximas autonómicas, supondrá la presencia de una nueva fuerza de izquierda con posibilidad de conseguir representación, pero sobre todo con la capacidad de estar cerca de obtener representación (umbral del 3%), dividir voto, generar más voto de izquierda no representado o infrarrepresentado y disminuir las posibilidades de la izquierda de cara a un pacto de gobierno.

Teresa Rodríguez está teniendo tanto tiempo en los medios de comunicación precisamente porque es la esperanza de la derecha andaluza de mantenerse en el gobierno autonómico. No solamente porque puede generar “voto perdido” en la izquierda en las venideras autonómicas, sino porque en el caso de que la izquierda sumase con Teresa Rodríguez, ella no consentiría un pacto con el PSOE de Andalucía.

No sé con demasiada precisión qué es ser anticapitalista y por tanto no puedo calificar el “anticapitalismo” de Rodríguez, ni mucho menos su andalucismo, pero de lo que no cabe ninguna duda es que la mejor forma de calificar a la política de Teresa Rodríguez es de “anti-PSOE”, una posición legítima, pero que puede tener sus consecuencias perversas.

Rodríguez nunca pactará con el PSOE y como Iglesias en sus primeras elecciones pensará que el gobierno de la derecha es siempre mejor que el del PSOE, al menos porque acentúa esa dialéctica que algunos no atisbamos. Su primer objetivo es que el PSOE no gobierne y si para ello no tiene que gobernar la izquierda, lo asume. Teresa Rodríguez es consecuente, de eso no cabe duda.

Ante resultados de las Elecciones Generales y encuestas que hacen de Juan Moreno un presidente de un solo mandato, toda estrategia para terminar con una popsible mayoría alternativa está sobre la mesa y más cuando esa estrategia se funda en la puridad izquierdista, que es tan de izquierda que antes de la que considerada “falsa izquierda” prefiere que la derecha y la ultraderecha decidan en San Telmo qué hacer y qué no hacer.

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Muchos de los análisis que en estas horas se están publicando inciden en la idea de que el Trumpismo es un problema para el Partido Republicano, que no puede vivir sin él, pero con él tampoco, porque moviliza como nunca a los adversarios. Creo que es un debate que se deshará con el tiempo, como sucedió con la preponderancia del Tea Party en su momento.

El Partido Republicano no necesita a Trump para nada. Gana con solvencia la Presidencia y el Congreso, gobierna un montón de estados y tiene mayoría en sus legislaturas. Eso lo hizo antes de Trump, con Trump y lo hará después de Trump. Para eso existen los partidos políticos que es darle estructura a una sensibilidad, o varias como el GOP o los demócratas, más allá de las personas que ocasionalmente ocupen cargos o sean candidatos.

Los candidatos republicanos al Congreso han obtenido mejores resultados que el Presidente. Mientras Trump tiene una desventaja en estos momentos en el voto popular del 2,9%, los candidatos republicanos a la Cámara de Representantes la tienen del 1,4%. La diferencia de votos entre las presidenciales entre la candidaturas presidenciales y las candidaturas a la Cámara es de 1.840.634 votos a favor de la presidencial, mientras que en el campo demócrata es de 4.160.751 a favor del Presidente electo, es decir, el Partido ha pesado más que el candidato.

El único peligro que tienen los republicanos con Trump es que monte su propio partido fuera del GOP y compita por parte de su electorado. Eso en un sistema electoral como el estadounidense es letal. Pero no sólo sería letal para el GOP, que a los pocos años se restablecería, sino también para Trump que no tendría ninguna posibilidad, con tres candidatos, de acercarse de nuevo a la Casa Blanca. Y el GOP es idefinido y Trump es muy mayor para intentarlo cada cuatro años.

Ello no quiere decir que los republicanos no le tenga que dar alguna vuelta a todo esto, porque desde 1992 solamente han ganado el voto popular una Elección Presidencial, las de 2004, y viven parapetados en el sistema electoral, que minimiza sus pérdidas y maximiza sus logros.

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Donald Trump se une al escogido grupo de presidentes de los Estados Unidos que solamente han servido por un único mandato, al haber perdido la reelección. Entre los muchos escenarios que en estas horas hemos leído, uno insistente habla de que Trumpo va a mantenerse activo para poderse presentar a las elecciones dentro de cuatro años.

Supongamos que Trump, tras aceptar que no reconocer su derrota, sigue adelante y se presenta a las primarias republicanas para el año 2024. Todo lo que puede hacer es aspirar a un único mandaro en la Casa Blanca, pues la XXII Enmienda impide un tercer mandato, sea consecutivo o no. Su segundo mandato nacería ya muerto, porque todos estarían pensando más en la sucesión que en el presente. ¿Es ésa la mejor opción para el Partido Republicano?

Entre los republicanos hay bastante silencio, pero es un silencio más táctico que de otro tipo. Habrá un nutrido grupo de representantes, senadores, gobernadores y un ex vicepresidente que están comenzando a ver sus posibilidades de cara a la carrera de las primarias que se lanzará justo después de las “midterm” de 2022.

Nadie quiere descalificarse a priori, estando a favor o en contra de nada, porque las Elecciones de 2024 pueden ser unas elecciones sin reelección, normalmente más abiertad que unas en las que el Presidente comparece nuevamente ante los electores después de cuatro años.

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El otro día me refería a las mayorías desprotegidas, que son aquéllas que establece una norma que necesita de una mayoría menor para ser modificada, de modo que en vez de obtener la mayoría requerida, se reforma la ley y se rebaja la exigencia. En la entrada puse como ejemplo la reforma de la Ley de RTVE que llevó a cabo el PP durante la presidencia de Mariano Rajoy, haciendo que el presidente de RTVE fuera elegido por mayoría absoluta, modificando la ley que marcada los dos tercios del Congreso.

El otro día recordé un bue ejemplo de una mayoría desprotegida, fuera de nuestro sistema político.

En 2011 la Fixed-term Parliaments Act quitó a la Corona la prerrogativa de disolver el Parlamento y convocar elecciones (prerrogativa ejercida de hecho por el Primer Ministro). Desde entonces la legislatura quedó fijada en cinco años y solamente cabía convocar elecciones por medio de una mayoría de dos tercios de la Cámara de los Comunes del número de total de escaños, incluidos los vacantes. Se estableció otro procedimiento, más tortuoso, en el que es necesario aprobar una moción de no confianza al gobierno y en el plazo de catorce días la Cámara no aprobar una moción de confianza en sentido contrario.

Boris Johnson y sus aliados norirlandeses tenían la mayoría absoluta, pero los laboristas se negaban a una convocatoria extraordinaria como la de 2017 en la que sí asintieron y los dos grandes partidos reunieron los dos tercios necesarios. Una autocensura era implanteable. Por tres veces los conservadores intentaron aprobar la convocatoria de las elecciones, pero no fue posible alcanzar los dos tercios de votos, ya que la oposición o bien votaba en contra (unos pocos), o bien se abstenían (casi todos).

Vista la negativa los conservadores decidieron tomar otra vía, aprovechando un propuesta de los nacionalistas escoceses y liberales-demócratas. En el Reino Unido todas las leyes, tengan trascendencia constitucional o no, se aprueban con la misma mayoría, que es la simple. Se presentó un proyecto de Ley que si bien no modificaba la ley de 2011, convocaba elecciones generales por sí misma, por ministerio de la Ley que diríamos por aquí.

En cuestión de días el Parlamento aprobó la Early Parliamentary General Election Act 2019 que convocaba las elecciones de acuerdo con la sección 2 (7) de la Fixed-term Parliaments Act, pero no contando con las mayorías ni con los procedimientos requeridos.

La ley de 2011 establecía una mayoría de dos tercios que hacía precisa la concurrencia de los dos grandes partidos del Reino Unido a la hora de convocar elecciones, como sucedió en 2017, pero esa mayoría de dos tercios se cimentaba en una ley que podía ser modificada o excepcionada, como hemos visto, por una mayoría simple.

Se puede llenar un ordenamiento de fuertes mayorías para tomar numerosas decisiones, pero si las normas que las establecen no requieren al menos la misma mayoría para ser modificadas o excepcionadas, no tienen ningún sentido.

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