Lo de Cataluña (XXV): Cuando todos jugamos a lo mismo

En un mes los separatistas solamente han tenido un éxito: las porras del 1 de octubre. A pesar de que la estrategia de resistencia pacífica civil era obvia, el Gobierno no articuló los medios eficaces alternativos a mandar a los antidisturbios.

Vista la repercusión del hecho, en Moncloa y en la clase dirigente se encendió la bombilla de que los antidisturbios tenían que quedarse en los barcos y en los hoteles, hacer patrullas pero poco más. Entonces la estrategia separatista se vino abajo porque el enemigo bestial y represor sencillamente había desaparecido.

La resistencia civil pacífica es un instrumentos muy bueno cuando una de las partes juega a otra cosa, pero no cuando los dos juegan a lo mismo. Se convierte en algo inútil. Se provoca y no hay nada más frustrante que una provocación no atendida. Se roza el ridículo pero nada evita un baño de infantilismo.

Los separatistas, en su supremacismo, pensaban que “los españoles” eran tan burros de no darse cuenta, pero ellos fueron tan burros de considerar tonto a un adversario que primero por las buenas y ahora por las malas lleva saliendo airoso toda la vida.

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