Implicar a la mayoría

Los mecanismos del Estado del Bienestar requieren una gran financiación. Este dinero se obtiene normalmente a través de los impuestos. Los servicios recibidos por los ciudadanos, que debieran ser mayores y mejores que si cada cual tuviera que pagárselos, justifican el pago de esos impuestos más allá de la obligatoriedad legal. Que el Estado del Bienestar sea una cosa de todos o al menos de la inmensa mayoría posibilidad la propia subsistencia del sistema, ya que esa inmensa mayoría deseará mantener un sistema contributivo del que se beneficia.

Existe una tendencia, dentro de la izquierda, que está convirtiendo los servicios públicos en servicios de beneficencia o de socorro social. La idea de que no está bien que alguien que gane x reciba el mismo servicio que alguien que gana x/4, lleva a echar de los servicios públicos a una gran cantidad de ciudadanos, de la mayoría de los trabajadores, y forzarle a financiar por sí mismos esos servicios públicos que antes recibían mediante el pago de sus impuestos.

Si alguien tiene que pagar impuestos y además le dicen que debe pagarse privadamente los servicios públicos, se preguntará por el sentido de los impuestos. Y si además antes sí recibía un servicio o parte de éste y ahora tiene que sufragárselo, lo mismo pide pagar menos impuestos porque al fin y al cabo no recibe nada de ellos. Es lógico que se plantee el voto a opciones políticas que defienden una tributación menor. Las apelaciones a la solidaridad tienen más eco cuando la mayoría, la gran mayoría, se siente beneficiada en algún grado de esa misma solidaridad.

Un ejemplo magnífico de esta pésima política social lo encontrado en el Decreto-Ley 1/2017, de medidas urgentes para favorecer la escolarización en el primer ciclo de la educación infantil en Andalucía, que reduce significativamente el número de potenciales beneficiarios entre las clases trabajadoras y, además, le sube el precio a parte de los grupos más débiles económicamente.

Susana Díaz, como la derecha más derecha, reduce lo social a lo caritativo.

La mejor forma de crujirse vivo a un Presidente es censurarlo

El secretario general del Partido Socialista de la Región de Murcia intentó conseguir los apoyos suficientes para ser investido Presidente de la Región, aún cuando ese apoyo no implicara un gobierno de coalición, como sucedió en numerosas regiones.

Podemos, en su línea discontinua, terminó aceptando esa posibilidad y el principal dirigente regional de Ciudadanos en Murcia estaba receptivo. Entonces Albert Rivera tomó la determinación de que Ciudadanos posibilitaría los gobiernos de los partidos con más votos y escaños (el PP) y así redimirse de los votos a favor para la investidura de Susana Díaz.

La decisión de Rivera llegó cuando estaba claro que la dirección de Ciudadanos en Murcia no controlaba a sus diputados y era una convicción en los medios políticos regionales que algunos diputados habían advertido que ellos no se habían sumado a Ciudadanos para elegir a un presidente socialista. Terminaron firmando un acuerdo de investidura con el PP que, salvo una cuestionable reforma de la Ley Electoral aprobada por unanimidad, ha dejado al PP gobernar a sus anchas como si tuviera mayoría absoluta.

Las circunstancias han variado y la previsible investigación de Pedro Antonio Sánchez supone una ruptura del acuerdo de investidura. Ciudadanos no tiene fuerza para forzar la dimisión del presidente murciano, porque las radicales fobias a coincidir con Podemos en una moción de censura les invalidan como elemento de control, dado que es incapaz de imponer la sanción máxima.

Ahora prometen nuevamente algo que no pueden hacer: controlar más y mejor a Pedro Antonio Sánchez. Y si el presidente no quiere ¿con qué les van hacer cumplir su voluntad?

En España la oposición no gobierna y institucionalmente tiene un papel limitado. Ni Ciudadanos en Murcia, ni el PSOE en las Cortes logran parar al Partido Popular, una vez que le han entregado la posición ganadora en el juego político. Creen que alguien que sabe que no lo van a echar, va a dejar de hacer las cosas mal.

¿Quiénes deberían poder votar en las primarias del PSOE?

Las primarias del PSOE traen causa de la dimisión del secretario general, Pedro Sánchez, el día 1 de octubre después de un tormentoso Comité Federal. Más de medio año va a transcurrir entre el hecho causante y las elecciones primarias y se plantean algunas dudas sobre el censo de votantes.

1) El hermetismo del PSOE sobre el número de militantes en cada agrupación provincial e insular no tiene justificación, porque si no se sabe la totalidad del censo es difícil tener referencia sobre la limpieza del proceso.

2) La candidatura de Pedro Sánchez ha llamado a afiliarse y el aparato de Susana debe estar afiliando hasta a los animales de compañía. Estos movimientos pueden desestabilizar el censo y más cuando no hay ningún control sobre este listado, aunque afiliarse al PSOE sin la anuencia de los aparatos locales es arduo.

3) Lo sensato sería permitir votar solamente a los militantes actuales que hubieran podido votar el 1 de octubre.

El valor económico de los militantes

Si uno repasa los principales casos de corrupción del PP, muchos de ellos tienen relación con la financiación de las campañas electorales del Partido. Y es que al PP las campañas electorales le salen más caras que al resto de los partidos, porque aunque digan tener cerca de un millón de afiliados, realmente tienen muy poco porque han sido y son un partido de cuadros.

Es por ello por lo que el PP, en campaña, tiene que pagarlo todo o casi todo, mientras que otras formaciones hacen campañas sobre el apoyo del trabajo de su militancia, además de la contratación de otros servicios.

Sabemos que en el PSOE de la Gestora corre la opinión de que la militancia no es importante, sino que lo importante es ser eficaces electoralmente, pero muchos de ellos no caen en la cuenta de que lo que no se dona, hay que pagarlo y que los costes electorales son muy altos para una financiación cicatera.

Cultura fallida de partido

Decía Felipe González que a Pedro Sánchez le faltaba cultura de partido, pero nunca ha aclarado qué significa eso tan importante de la cultura de partido. Al final de la Edad Media se describía el método de enseñanza de la Universidad de París como modus parisiensis, infiero que existe un modus psoensis en la forma de proceder.

La gestión de las crisis internas en el PSOE suele tener un patrón más o menos definido. Cuando los disidentes tienen el apoyo de la mayoría de los órganos representativos se busca dar un golpe de mano para que la decisión pase a una instancia superior.

Cuando los disidentes tienen el apoyo de la militancia, entonces se aplica el control de los tiempos. Se prometía un congreso o asamblea y se dilataba en el tiempo todo lo posible, para que los disidentes tuvieran que abandonar el activismo y ocuparse de su trabajo y el aparato, liberado, se hiciera con el control.

Esta medida propia de la cultura de partido del PSOE se ha aplicado a Pedro Sánchez con la finalidad de esperar que la rabia se deshiciera, los apoyos se enfriaran y la falta de recursos hiciera el resto. Pero han fallado, porque esta situación no paralela a lo que haya podido suceder en cualquier agrupación provincial o local.

Estamos ante los medios de comunicación que demandan ser alimentados, de forma que cualquier movimiento de Pedro Sánchez es seguido y reportado. Esto ha permitido que los muchos militantes enfadados no se enfríen, a lo que ha ayudado no poco las decisiones de la Gestora y el sentido del voto del Grupo Parlamentario.

Tener tiempo ha permitido a un Pedro Sánchez que se encontró solo, volver a juntar sus apoyos y a organizarse en todo el territorio nacional, no sólo para ganar las primarias, sino también para ganar el congreso. Tener tiempo ha dejado días y días a Pedro Sánchez para recorrer Andalucía de un extremo a otro para buscar apoyos y parece que está encontrando muchísimos en la federación de Susana Díaz. Tener tiempo le ha permitido a Pedro Sánchez hacer ver a sus seguidores que hace falta financiación y se ha mostrado un músculo tremendo al recaudar bastante dinero, tanto que la Gestora no sabe qué hacer.

La Gestora le ha regalado una campaña electoral a Pedro Sánchez y acaba de darse cuenta.