Tetrapartidismo y pactos

En estos años nuestro el voto se ha concentrado en los dos principales partidos políticos. El escenario que se dibuja progresivamente es el de un sistema de partidos de 2+2, esto es, con el PP y el PSOE como principales partidos nacionales y con Podemos y Ciudadanos como partidos secundarios en términos generales.

Todavía quedan muchas cosas que perfilar. La primera y más importante la existencia o no de sintonía para los que todo el mundo cree que son los pactos naturales entre PSOE y Podemos y entre PP y Ciudadanos. Si Ciudadanos optase por no secundar al PP, el PSOE multiplicaría sus opciones como eje político desde el centro a la izquierda.

Todos estos años se ha vendido, especialmente a través de los medios de comunicación derechistas, que los pactos entre partidos después de las elecciones son antidemocráticos.

No era una convicción, que de haberlo sido debería haber conllevado un sistema político y electoral más parecido al británico (“el primero se lo lleva todo”), sino una mera estrategia electoral.

La estrategia a largo plazo del PP ha consistido en ser la única fuerza desde el centro a la derecha, optimizando todos los votos. La doctrina de que ha de votar el que más voto haya tenido era el cierre de bóveda para los casos en los que los populares vencieran sin mayoría absoluta.

El último ejemplo de que esto no es una convicción sino una estrategia lo encontramos en el proceso de investidura de Susana Díaz como Presidenta de la Junta de Andalucía. La mera abstención del PP hubiera posibilitado la investidura de la candidata más votada, con diferencia, y ellos han votado “no” por tres ocasiones.

Los pactos tienen que ser revalorizados y no ser presentados con la infantil y falaz imagen de “ganar en los despachos, lo que no se ha conseguido en las urnas”. Si hay pacto es porque realmente no ha habido un ganador.

Los pactos posibilitan gobiernos fuertes y programas que se pueden ejecutar, algo mejor que la aritmética variable que solamente tienen sentido como solución ante la imposibilidad de pactos estables.

Se desprecia el reparto de funciones como si se tratase “per se” de un mercadeo de puestos. Puede convertirse en un mercadeo, pero delimitar qué socio de gobierno se encarga de ejecutar cada parte del programa y concretar los medios y presupuestos con lo que habrá de contar es imprescindible.

Parece que la mayoría de izquierda demanda a las candidaturas y partidos que han votado un acuerdo que posibilite gobiernos de izquierda allí donde han vencido. Deben hacerlo estableciendo antes que nada a un programa de gobierno y han de nombrar a los mejores disponible y, sobre todo, deben colaborar a cambiar el imaginario colectivo donde el pacto es malo.

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