Remembranza weberiana

Las declaraciones de Juan Carlos Monedero sobre la situación de Podemos me han remitido inmediatamente a la categorización, que Max Weber hacía, de la dominación o de la legitimación en tres tipos puros: carismático, tradicional y burocrático-racional.

Podemos está viviendo un proceso de institucionalización, de paso del tipo carismático al burocrático-racional no por capricho, sino por pura necesidad de supervivencia. El partido de la espontaneidad, de las ocurrencias, de los conceptos afortunados y sobre todo del gran líder está construyendo un aparato, que es la única forma para que su proyecto pueda sobrevivir después de no conseguir metas significativas de poder en los venideros procesos electorales.

A Podemos le quedan años de oposición, de construir proyectos más centrados en las regiones, comarcas y municipios que en las grandes ciudades y en los macrorrelatos. Si Podemos sobrevive a este tremendo año electoral lo harán porque se ha organizado y tiene cuadros que saben lo que hay que hacer.

Los momentos fundacionales son maravillosos: sensación de poder hacer mucho e ilusión. Todos los veteranos de Podemos recordarán las reuniones de los “Círculos Podemos” en los parques y en las plazas y sobre todo la noche electoral de las Europeas de 2014.

Las normas de educación nos permiten portarnos bien con las personas a las que no amamos; las instituciones políticas permiten continuar adelante cuando las sensaciones iniciales se han diluido y los primeros momentos son poco más que un recuerdo.

Juan Carlos Monedero parece no estar de acuerdo con la “aparitización” de Podemos (que es cierto que está reproduciendo los defectos de los actuales partidos), pero un partido que no alcanza el poder rápidamente, si no se institucionaliza, desaparece.

Un partido no puede vivir solamente en la calle, ni en reflexión (que no sé si Monedero y yo coincidimos sobre ese concepto). La lucha electoral te hace aprender y te hace ser más práctico (y menos radical) porque un programa sin vencer en unas elecciones no tiene sentido, pero es aquí donde llegamos a punto axial crítica de Monedero.

Para él el Estado basado en la representatividad parlamentaria es una trampa. Caer en una, casi sin fin, lucha electoral no tiene sentido. Monedero, inspirándose en otros procesos relativamente cercanos que se han dado en países presidencialistas que no parlamentarios, considera que si no se consigue el poder y se cambia el “régimen” se fracasa y se traiciona.

El carisma solamente puede sobrevivir un poco, realmente muy poco más, si la victoria es inmediata. Aunque el carisma victorioso también se institucionaliza pero no lo hace como partido, sino que se convierte en Estado.

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