Objetivo San Telmo (XLVIII): Susana Díaz y el parlamentarismo

Sin lugar a dudas la campaña del PSOE-A ha sido la campaña de Susana Díaz. Muchos comentaristas han destacado que el centro de la campaña ha sido la líder de los socialistas andaluces incluso más aún que el partido.

Siendo todo ello cierto creo que no se ha reflexionado suficientemente sobre la causa que han llevado a centrar en la candidata socialista la campaña de su partido como nunca lo había hecho en Andalucía.

Unos dirán que todo esto no es sino un paso más en el proceso de “presidencialización” que viven nuestras campañas electorales. Pero creo que es una respuesta demasiado genérica e insuficiente.

Otros podrán indicar que era la única opción de campaña que tenían en el PSOE-A ya que centrarse en el partido, como en otras ocasiones, implicaba meter en campaña todos los asuntos de corrupción que aparecerían, pero que no les interesaba que protagonizasen el proceso electoral. También es una respuesta correcta pero insuficiente, ya que hacer campaña sobre temas hubiera sido suficiente.

Creo que la clave de todo ha estado en el conocimiento de la candidata. Encuesta tras encuesta era la candidata más conocida y también la más valorada. Otros candidatos, además de hacer campaña tenían que empeñarse en darse a conocer. Épico lo de Juanma.

Y Susana Díaz era la candidata más conocida porque se presentaba como Presidenta de Junta de Andalucía en ejercicio. Tras la dimisión de José Antonio Griñán, Susana Díaz fue investida por los diputados socialistas y de IU como Presidenta, tomando la salida para las elecciones con la ventaja decisiva.

En España los presidentes no son elegidos por los ciudadanos, sino por los cuerpos legislativos o por las corporaciones locales, de modo que dependen de la confianza de estas cámaras, legislativas o no, para ser nombrados.

El hecho de que un presidente, que no va a presentarse nuevamente por las circunstancias que sean, esté en su puesto hasta el día de las elecciones, mientras que su partido se empeña en lanzar al candidato a sucederle, supone un desperdicio de una enorme ventaja que el parlamentarismo vigente otorga al partido en el gobierno. Un presidente, en un sistema parlamentario, elegido por el parlamento no es un presidente ilegítimo ni un presidente al que le falte nada. Es lógico que a la oposición de turno no le guste, porque les pone en desventaja.

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