El dedo y la luna (I): políticos profesionales y políticos amateurs

Una de las grandes críticas que, desde sectores no pequeños, se le hacen a determinados políticos es que nunca han ejercido ninguna profesión fuera de la política o que, si bien la ejercieron, fue en la época anterior a la invención de la imprenta.

Yo soy de los que piensa que la política, como otras muchas acciones humanas, es lo que tradicionalmente se ha llamado un “oficio”, algo que se aprende poco a poco, con la práctica, de un o varios maestros y que requiere tiempo. ¿Puede haber excepciones? Naturalmente, como en casi todo, pero como excepciones que son han de ser poquísimas.

Actualmente se ha hace un perfil del político ideal que por ser precisamente ideal es irreal.

Pero lo peor es que el debate sobre si el político ha de ser profesional o amateur deja fuera el aspecto fundamental: ¿es un político bueno o malo? Se identifica al político profesional como alguien malo por sí mismo y al político amateur como alguien con bondad inherente.

En todos los partidos políticos, incluso en los nuevos, hay un tipo de político profesional que es aquel especializado en las cuestiones internas, que sin gestión ni contraste de su actividad en la arena electoral, consigue estar, permanecer y hasta ascender. Es el clásico trepador o “trepa”, una lacra que no es privativa de la política y de los partidos.

El político amateur puede ser también un diletante, alguien que dice comprometerse pero cuando haya dificultades, exposición, críticas o que simplemente las cosas no salen como pensaba, decide dejar a la organización y a la ciudadanía plantada y volverse a sus quehaceres o, como diría Séneca, a la tranquilidad de la vida privada. En definitiva, gente que en el fondo busquen un reconocimiento en la política sin aceptar sus costes personales.

Lo importante no es la procedencia profesional de los políticos, sino que sean buenos políticos. Ha habido y hay grandes políticos profesionales y grandes políticos que vienen de actividades profesionales (no confundir con los diletantes), como también ha habido y hay lo contrario.

La cuestión no es “si tiene a donde volver”, porque notarios y registradores que no quieren volver tenemos unos cuantos, la cuestión es si tenemos buenos procedimientos de selección de políticos de todos los niveles y que formas de evaluación y control existen dentro de los partidos para detectar y quitarse el lastre.

Hace mucho que no soy sustancialista, desde que me leí Sobre la esencia de Xavier Zubiri [aunque el autor nunca piense en procesos, estructuras y conceptos sociales], y es por ello que considero que uno de los elementos a tener en cuenta en la selección de los político ha de ser su experiencia laboral o si tiene a donde volver (que es sinónimo a ser funcionario), pero uno más, ni el único ni el más importante.

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“El dedo y la luna” es una serie de entradas del blog “Geografía Subjetiva”, dedicada a la Nueva Política y a los temas, criterios y prejuicios de los que se alimenta.

El título hace referencia a ese cuento-tópico-new-age de que el necio, cuando alguien señala la luna, mira el dedo.

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