Los retos del Laicismo

El movimiento en defensa de los derechos de homosexuales, transexuales y bisexuales nació en un ambiente social absolutamente contrario, en un ambiente que los estigmatizaba, los patologizaba e incluso los criminalizaba.

En su lucha, heroica sin duda, buscó los pocos apoyos que consiguió reunir, pero en el momento adecuado este movimiento se supo abrir a todos los sectores sociales y políticos para dejar de ser una reivindicación privativa para convertirse en un patrimonio común, esto es, se ha convierto en un valor transversal (aunque la palabrita comienza a estar manida).

El punto de partida del laicismo en la democracia española ha sido notoriamente más ventajoso. Se partió de la convicción de que determinado grado de desconfesionalización del Estado era un mínimo necesario para poder evidenciar un cambio respecto del régimen anterior y para que la nueva estructura política superara cualquier “test” de democraticidad dentro del mundo occidental.

Nuestro movimiento laicista peca, y lo digo como laicista, de idealista. Tiende a confundir el ámbito normativo con la realidad y el ámbito normativo vigente con el deseado o el deseable. La no oficialidad de una religión, la separación entre Iglesia y Estado o el propio Laicismo admiten grados, matices y márgenes.

El Catolicismo no es solamente una religión en España, sino que es un elemento más de nuestras acciones sociales y de nuestra concepción del mundo. Naturalmente no me refiero al Catolicismo en cuanto elaboración sistemática de creencias religiosas, sino a un Catolicismo socializado que proporciona a la sociedad española buena parte, si no todos, sus ritos asociados al ciclo vital, así como una serie de costumbres populares que están íntimamente emparentadas con fiestas católicas.

La dificultad es encontrarnos con millones de católicos nominales, esto es, de personas para las que el Catolicismo solamente es un conjunto de convenciones sociales sin repercusión dentro sus decisiones diarias y vitales y para quienes su filiación católica no supone ningún esfuerzo y/lo sacrificio. Esta secularización de lo religioso es el mayor obstáculo porque los que la profesan no valoran como problemático el Catolicismo “zero” que consumen.

Se confunden porque no existe la religión puramente ritual. Los contenidos se cuelan y porque hay una serie de agentes profesionalizados que aprovechan los ritos y las preparaciones para los ritos precisamente para dar contenido lo que muchos piensan que es “zero”.

Muchas veces vivimos la profunda ironía de que son los más laicistas los que más en serio se toman lo religioso y sus formas. Frente al aparente nihilismo de los católicos “zero” que le abren las puertas subrepticiamente a los que no son “zero” y a sus organizaciones.

En España los grandes oponentes del laicismo no son los creyentes católicos, sino los que profesan el Catolicismo socializado.

El laicismo español debe hacer una labor pedagógica señalando que la socialización de la religión no hace que deje de ser religión y, por tanto, pueda afectar a un derecho fundamental. Es fundamental enseñar y sensibilizar en un derecho fundamental, el de la libertad religiosa, tan poco practicado en España.

Hay que enseñar también que el ejercicio de la libertad religiosa no es un capricho, un juego, una forma de tocar las narices a los que quieren imponer su disfrute de la religión socializada. Y esto no va a ser fácil porque supone tomarse en serio algo que solamente se toman en serio en su rito.

Y finalmente el laicismo español debería tener un gran nivel de preparación en sus actuaciones. Numeritos como los del recurso de inconstitucionalidad imposible desacreditan al movimiento y es mejor dar fuerte jurídicamente en dos puntos que disparar a los más llamativos. Igualmente lo relativo a la propia religión y a su sociología es esencial en la dinámica del movimiento, porque de la comprensión todo lo relacionado con la religión, la creencia, la experiencia religiosa y la propia increencia es el objeto de la libertad que el laicismo lucha por proteger y promocionar.

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