Consejo de Seguridad y Capitalidad Europea de la Cultura

El mayor objetivo diplomático del Presidente Rajoy se ha cumplido: España será miembro del Consejo de Seguridad durante los próximo dos años. A principio de los noventa y a principio del siglo XXI también habíamos estado en el Consejo. Ésta será la quinta presencia.

¿Es mejor ser miembro del Consejo de Seguridad que no serlo? Desde luego, porque al Consejo de Seguridad llegan los asuntos más sustanciales de las relaciones internacionales y especialmente los más conflictivos. Los países que lo conforman están en el centro de la vida internacional aunque, naturalmente, en un segundo plano, después de los miembros permanentes que sí que tienen relevancia “per se”.

No es signo de nada en especial, salvo que el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación, en medio de un empeñecimiento sistemático y unos recortes salvajes de nuestro servicio exterior ha destinado buena parte de los reducidos recursos disponibles en proporcionarle al Presidente un punto para ser utilizado en política interna.

La operación para entrar en el Consejo de Seguridad me ha recordado a tantas operaciones promocionales de ciudades españolas concentradas en ser “Capital Europea de la Cultura” como lanzamiento de la localidad a rivalizar en el mundo con lo más granado de los centros urbanos del orbe.

En vez de trabajar año a año en los transportes, en la infraestructura y en la oferta educativa y cultural, en los servicios a los ciudadanos, se crean costosísimos organismos para conseguir la declaración y se construyen teatros, auditorios y museos para los que se prepara una carísima programación a golpe de presupuesto que, terminado el proceso sin conseguir la declaración o terminado el periodo, no se sabe muy bien qué hacer con ellos. Ser “Capital Europea de la Cultura” debería ser el colofón a décadas de trabajo bien hecho, no el inicio artificial y con caducidad de un cambio de un modelo de ciudad.

La operación para entrar en el Consejo de Seguridad ha sido similar. La proyección exterior de España es cada vez menor. No tenemos una política exterior coherente y hemos convertido a nuestro Ministerio de Exteriores, en demasiadas ocasiones, en una especie de oficina de intereses de algunas empresas patrias y solamente en eso.

No gastamos nada en el servicio exterior, cerramos embajadas y consulados, reducimos el número de diplomáticos pero queremos ocultarlo todo con un asiento en el Consejo de Seguridad. Esas permanencias son beneficiosas para un país cuando hay una política precedente y subsecuente, no cuando el potencial es escaso y la continuidad en el primer plano internacional es equivalente a las posibilidades de clasificación para la Champions de mi Betis.

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