Francisco abre fuego

El Papa Francisco ha abierto varios frentes. Algunos de ellos son de disciplina interna en los que se han iniciado reformas (finanzas vaticanas), se ha reforzado el ritmo de su predecesor (lucha contra la pederastia) o limitaciones a los tradicionalistas que cogían alas (intervención de los Franciscanos de la Inmaculada).

En estos días nos encontramos ante la primera batalla que el Papa Francisco está desarrollando abiertamente y ya no por cuestiones disciplinares, sino doctrinales. Había programado un Sínodo de Obispos con la familia como objeto.

El Sínodo de Obispos fue creado por el Papa Pablo VI como una especie de comisión permanente del Concilio y que le diese a estos voz directamente y no, una vez disuelto, únicamente a través de la Curia.

Ésta fue la idea, pero desde las lecciones aprendidas en el Concilio y con sus sucesores los sínodos eran menos escaparates en los que las ideas principales del texto aprobado, que es la base para un ulterior documento papal, no se discutían. A lo más un pon aquí un infinitivo no concertado o un quítame ese “ex” que me da grima y cámbialo por un “ab”. Y el Sínodo fue tan monolítico como una asamblea búlgara porque los papas así lo quisieron.

Francisco, como muchos más, saben que el cardenal Ottaviani tenían en mente lo que el Concilio Vaticano II habría de hacer y todo el trabajo realizado mediante unos documentos preparatorios (los schemata) que fueron concienzudamente trabajados. Pero este trabajo de años saltó por los aires cuando un grupo de jerarcas centroeuropeos propusieron el rechazo de un importante schema y el Papa, entonces Juan XXIII, primeramente calló y posteriormente tomó decisiones que apoyaba lo que era una inesperada disidencia.

En este Concilio el Papa Francisco sabía que no podía contar con ningún cardenal Alfrink o Frings, ni mucho menos prelados con el respaldo teológico de la talla de Schillebeeckx, Ratzinger o Rahner. El hecho del bajo nivel del Episcopado, unido al control curial de los ascensos y descensos impedía que nadie planteara nada que no fuera un elogio de lo de siempre, salvo que se garantizase la inmunidad.

El Papa lo hizo indirectamente, como se hacen esas en el Vaticano: apoyando al cardenal Kasper (con más de ochenta años y famoso teólogo) y sus llamadas a una solución diferente a la actual en el caso de los divorciados vueltos a casar. Aplaudió al cardenal ante el resto de los cardenales, además de recordar la práctica del Cristianismo oriental.

Pero que los deseos del Papa hayan quedado claros no quiere decir que todo vaya a ser un camino de rosas, pero su intervención ha convertido una cuestión cerrada en una quaestio disputata y a los más altos niveles jerárquicos. Los sectores defensores de la práctica vigente han sacado un libro, escrito por cinco cardenales, con el cardenal Müller, prefecto de Doctrina de la Fe a la cabeza y el próximamente cesado cardenal Burke en segunda fila.

El hecho de que Müller lidere personalmente la línea “vigentista” es algo más que simbólico, porque él fue nombrado prefecto por Benedicto XVI y es el encargado de la edición de la obra teológica del anterior Papa. La línea argumental es clara: no se puede cambiar la práctica porque hay una tradición constante que la respalda. Esta misma línea hizo que en los años setenta Pablo VI desatendiera la opinión mayoritaria de la Comisión Papal encargada de asesorarle en materia de moral sexual y reproductiva y firmase la versión que conocemos de la encíclica Humanae Vitae, cosa que tampoco le costó demasiado.

Naturalmente Francisco tiene sus propios recursos y ha tirado de su orden de procedencia, los jesuitas, para rebatir esta línea argumentativa: hay dos importantes precedentes en sentido contrario. Uno de ellos fue la negativa del Concilio de Trento de condenar la práctica oriental y el otro fue la tolerancia expresa del Concilio de Florencia a la práctica oriental. Hechos conciliares desconocidos para el gran público pero de conocimiento común para los avezados, por más que a los teólogos no se les haya permitido hasta ahora sacar las consecuencias lógicas.

Parece que el Sínodo está dividido y que a pesar de que los que están de acuerdo con el Cardenal Kasper no han hablado nada, para evitar el destripe mediático, no eran pocos. El Papa se ha mostrado encantado con la diversidad de pareceres pero ha aclarado, por si a alguien se le olvidaba, que la última palabra la tiene él.

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