De la omnipotencia infantil en la política española

Parte de la maduración como persona pasa de la aceptación de los límites a nuestras acciones y proyectos, de que todo exige un sacrificio y que normalmente las cosas tienen un precio. Este proceso que todos llevamos a cabo en nuestras vidas personales no lo trasladamos a la sociedad en la que vivimos y a las decisiones que tomamos como sociedad.

Alimentamos sobre el Estado sueños de omnipotencia. Creemos que el Estado lo puede todo sin que haya contrapartidas proporcionales a lo que exigimos. Deseamos la mejor sanidad del mundo, autopistas estupendo que no autovías y gratuitas, pensiones dignas, una educación de alto nivel y prestaciones que sean una seguridad para todos y, sobre todo, que nos bajen los impuestos y las tasas buscando la utopía del “todo gratis”.

La falsa idea de que los impuestos no son necesarios, alimentada en cuarenta años de Franquismo, ha calado tan honda en la sociedad que los españoles deslindan afectivamente, aunque lo pesan intelectualmente, que el Estado necesita ser financiado y que ya no se puede poder a fabricar pesetas y crear monopolios como en años pretéritos. El otro día en “Agenda Pública” lo decían mejor que yo.

El problema que tenemos, ya en el plano político, es que las dos narrativas principales en estos meses, la del PP y la de Podemos, coinciden en no afrontar claramente la necesidad de financiar los servicios públicos, si es que queremos tenerlos.

La narrativa de los populares es deudora de la curva de Laffer, teoría que ha provocado el crecimiento endeudamiento y del déficit en los Estados Unidos desde la época Reagan. En síntesis dice que si bajas los impuestos, subirá la recaudación porque habrá más dinero en el mercado, más operaciones que podrás gravar con impuestos.

Con algunas excepciones parece que la curva de Laffer nunca ha arrojado los resultados previstos, lo cual a los populares no les importa, porque esta hipótesis les permite desconectar el mantenimiento de los servicios públicos de la recaudación tributaria.

La segunda narrativa dominante, la de Podemos y la de todos los cabreados de este país, se basa en la idea de que quitando las pensiones a los diputados, bajándole el sueldos a los ministros y poniendo impuestos salvajes a la banca (porque no existe peligro de que trasladen su sede social y su tributación a Luxemburgo) se resuelve todo el problema fiscal español.

Es cierto que el sistema tributario está a bastante distancia de cumplir con la exigencia constitucional de progresividad, pero también es cierto que tres o cuatro medidas o, peor aún, unos impuestos confiscatorios tampoco son la solución.

La tercera narrativa, la socialdemócrata, la de considerar a los ciudadanos personas adultas a las que se les cuenta las cosas como son, está en silencio, acomplejada, viendo como unos y otros, con palabras diferentes, destruyen lo que ella ha edificado y sin arrestos siquiera para hacer una defensa visceral. El partido socialdemócrata español, el PSOE, prefiere hablar de toros y de temas periféricos en vez de afrontar los temas económicos y fiscales que son las claves de nuestro futuro.

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