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Archive for 30 junio 2014

La mayoría de los aforados españoles son jueces y magistrados, esto es, los miembros del Poder Judicial. Sus casos son los más numerosos y no se engañen, el gobierno pretenderá reducir el número de aforados reduciendo el de los miembros del Poder Judicial y del Ministerio Fiscal.

No hay que confundir, como sucede habitualmente, aforamiento con inmunidad y hay dudas acerca de si el aforamiento en algunos casos (donde uno es juzgado en única instancia) realmente es un privilegio o una desventaja procesal.

Pero en el caso de los jueces, además de los motivos habituales que justifican el aforamiento, creo que hay una justificación garantista. Pongamos un ejemplo: alquien se querella por prevaricación contra un magistrado que sirve un juzgado de su partido judicial y el caso le corresponderá instruirlo, si no hay aforamiento, a algunos de sus compañeros de ese mismo partido judicial.

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Nos hemos considerado demasiado grande para caer, tanto por la dimensión de nuestra deuda pública como por la delirante cantidad de deuda privada que soporta nuestro país. Otros también nos han considerado así y han hecho que los italianos y los españoles tengamos un trato diferenciado por parte del BCE y del FMI.

Esto ha llevado a algunos, los mismos que critican la reforma del artículo 135 de la Constitución, a pensar que nos seguirían prestando indefinidamente dinero aún no devolviendo lo ya recibido por miedo a perderlo todo.

Esto no es más que jugar a trilero con las cuentas públicas, las pensiones, las prestaciones por desempleo o los sueldos de los empleados públicos. A alguien le merece la pena prestar aún habiendo impago previo si se dan alguna de estas circunstancias:

a) Certeza de pago de todo
b) Certeza de pago de casi todo, siendo menos lo que se deja de recibir en devolución que el coste de nuevos préstamos

Puede llegar el momento en el que, por mucho que se vaya a perder, deje de merecer la pena financiar al que impaga porque lo único que se va a hacer es incrementar la cuantía del total perdido. Entonces es cuando tienes que explicar a los pensionistas que no ven sus pensiones, a los parados sin prestación ni subsidio y a los empleados sin sueldo que al menos “hemos resistido a las imposiciones neoliberales”. Puedes probar a convocales a una manifestación contra el imperialismo del FMI cosa que siempre queda mona si se quema un monigote del Tío Sam.

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Alguien con gran acumulación de poder suele tener problemas con las asambleas representativas, en las que los representantes tienen permanencia, autonomía y un conocimiento amplio de los temas que se tratan y sobre los que hay que decidir.

Si esa persona con acumulación de poder cuenta, como suelen contar, con el favor de la mayoría de los miembros de esa sociedad, sea un Estado o un equipo amateur de balonmano, se sentirá más cómodo pudiendo respaldar sus decisiones con la voluntad de todos y con la voluntad de representantes, con permanencia y cierto conocimiento.

El recurso a la ratificación popular o general sitúa al poder en una situación ventajosa. El poder controla los tiempos y puede decidir someter la cuestión a votación en el mejor momento para sus intereses, lo cual puede incluir tanto un adelanto como un retraso.

El hecho de poder controlar los tiempos, permite que uno controle la elaboración del mensaje y así el propio mensaje, así como los argumentos que se manejen. El control de los tiempos es uno de los elementos que dan más libertad de acción dentro de la política y que le te dan muchas opciones de éxito.

Esto explica muy bien que Pablo Iglesias ganase la selección de las personas que organizarán el asamblea fundacional de Podemos recurriendo al plebiscito por Internet. ¿Por qué? Apliquemos algo de lo expuesto:

1) Decidió sacar el tema de la selección del grupo organizador a pocos días de la asamblea de representantes de los Círculos.

2) Como esto no gustó a los representantes, propuso un sistema de listas cerradas y bloqueadas y por el curioso sistema de “el que gana se lo lleva todo”, tan característico de las Elecciones presidenciales estadounidenses: la lista ganadora, aunque fuera por un voto, era elegida en su totalidad y en proporción a sus votos. Impuso el proceso de elección.

3) No dudo que su lista fuera la mejor de las posibles, pues él tenía el tiempo y el carisma suficiente después del éxito electoral como para conseguir a mejores elementos que sus oponentes del Círculo de Enfermería.

4) Llegó el plebiscito internáutico. El votante tenía que elegir entre la opción propuesta por el líder carismático y la candidatura propuesta por un grupo de absolutos desconocidos que los medios afines al líder califican negativamente.

5) Además este tipo de votaciones plebiscitarias eliminan los matices, el debate, la enmienda y el acuerdo. Es un sí o un no, pero nunca un condicional, ni una tercera o cuarta vía. A todo esto se le pueden unir elementos afectivos o grupales como decir que votar en contra de la propuesta del líder es manifestar desunión, desestabilizar o darle argumentos a los adversarios.

Como ya indiqué en una entrada anterior sobre un tema muy semejante, la igualdad aplicada a situaciones desiguales no hace sino aumentar la desigualdad.

 

 

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John Elliot

Era la década de los noventa. “Lo más plus” era un programa de enorme popularidad con una audiencia mayoritariamente joven. Cada día había un invitado al que se entrevistaba y al que se le sometía a bromas muy blancas.

Uno de esos días el invitado fue el historiador británico John Elliot. Hablaron de sus libros, especialmente de El Conde-Duque de Olivares, biografía de gran calidad que había vendido ejemplares como rosquillas. Todo era normal y el programa terminó.

¿Os imagináis ahora a cualquier programa con gran audiencia en su franja horaria con un historiador británico especialista en la España de los Austria hablando de sus libros? La clave de la ciudadanía no son ni las élites, ni los grupos aborregados, porque ambos siempre los habrá, sino el nivel medio de la mayoría de los ciudadanos. Y éste es uno de nuestros problemas.

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Fernando Ónega le hizo un gran favor a la causa de la República durante sus comentarios en la retransmisión de TVE de los actos de proclamación de Felipe VI: sus perlas, sus insinuaciones, su sumisión combinada con desdén clasista y su desconexión con la realidad han hechos más republicanos en un día que muchas semanas del caso Nóos.

El gran teórico contemporáneo de los autoritarismos fue el jurista alemán Carl Schmitt. Él mantenía que el pueblo podía expresar su voluntad no sólo mediante un sistema de voto individual y secreto (donde dejaba de ser pueblo para convertirse en suma de individuos) sino con igual y mayor validez también en actos de aclamación donde era el pueblo como un todo el que se expresa y no los individuos.

La doctrina de Schmitt fue acogida, conservada y desarrollada en España por un discípulo directo, Francisco Javier Conde, y transmitida a profesores y estudiantes tanto a través del Instituto de Estudios Políticos como en buena parte de las cátedras universitarias, como también en las organizaciones del movimiento y el sectores políticos católicos. No es extraño encontrar personas que hayan asumido, muchas veces sin darse cuenta, esa teoría de la expresión de la voluntad popular por medio del clamor como algo normal, no percibiendo que es un cuestionamiento radical de los fundamentos de las democracias liberales.

En el fondo la tentación de Ónega, reprimida a la vista de la escasa concurrencia, es necesaria para instituciones como la Monarquía, especialmente la de Felipe VI.

La narrativa de Juan Carlos I, conocida como Juancarlismo”, se fundaba en las siguientes ideas, que únicamente vamos a enunciar, pero no a enjuiciar.

1) El Rey abrió un proceso democratizador desde el Tardofranquismo renunciando al poder que le daban las Leyes Fundamentales para convertirse en un Rey ceremonial. Lo hizo porque consideraba que era lo mejor para la reconciliación entre los españoles, el progreso del país y la posibilidad de un Estado equiparable al resto de los de Europa Occidental.

2) Como Jefe del Estado tomó decisiones fundamentales para hacer posible una Transición ordenada que fuera asumible tanto para el aparato del régimen, especialmente para las Fuerzas Armadas, como para las fuerzas de oposición.

3) Pese a no necesitarlo, el Rey recibió la legitimidad democrática al aprobar los españoles de la Constitución de 1978 en referendum. Pasaba Juan Carlos I de ser nombrado por Franco a ser aceptado en las urnas por los españoles.

4) Haber sabido manejar los resortes políticos y militares necesarios para que en el momento en el que el nuevos sistema político entró en ruptura (23-F), se impidiese la involución a un sistema anterior o se intentara una hibridación de lo anterior con lo nuevo.

5) El Rey no es un personaje distante ni estirado: rompe continuamente el protocolo, le gusta el fútbol y vive la vida como lo haría la mayoría de los españoles si estuvieran en su lugar. Vamos, el Rey es campechano.

Esta narrativa ha funcionado hasta hace bien poco. Los dos hechos que han provocado la desintegración de ésta han sido la corrupción y el tiempo.

El caso Nóos, la imputación de la hija y del yerno del Rey y la sensación de avidez sin límites han cuestionado que la Monarquía sea mejor que esos políticos sobre los que teóricamente está. Pero de estas cosas se ha hablado siempre y la ciudadanía nunca ha sido ajena, aunque haya salido poco en los medios de comunicación, de que se comentaban cosas de negocios en el entorno regio.

Todo eso se ha perdonado por la fuerza de la narrativa. Lo que ha destrozado esta magistral justificación ha sido algo sencillo e inexorable: el paso del tiempo. Medio país no vivió la Transición o la vivió durante su infancia y han dicho que si los méritos contraídos en los años setenta y principios de los ochenta no caducan nunca, que si no hay que renovarlos de vez en cuando.

La Transición es algo muy lejano, pese a que TVE se ha esforzado en producir numerosas series y reportajes para que a nadie se le olvide nada que deba recordar. Los libros de Historia que estudian en la ESO y Bachillerato también la repiten, pero es eso, mera Historia.

La narrativa que se le ha ido deshaciendo entre las manos a Juan Carlos I no puede ser la de Felipe VI, sencillamente porque una cosa es heredar la corona y otras los méritos del padre. Nuestra época es diferente y la épica de nuestros días no es institucional, sino económica, que es poco lucida y que normalmente escapa a la esfera de acción normal de un monarca.

Evidentemente recuperar de la narrativa la aprobación en las urnas ni forma parte de lo que es una Monarquía hereditaria y si en el referendum de 1978 no se hubiese aprobado la Constitución la Monarquía habría continuado y se habría presentado otro proyecto de Constitución.

Lo único que le queda a Felipe VI es ganar el clamor popular, sacar masas a la calle para verlo y así reclamar para sí el favor del pueblo aunque sea a lo schmittiano. El entusiasmo es difícil inocularlo cuando todo el mundo es consciente de que sobre ti no recibe información sino propaganda, pero ahí tiene trabajo el Rey y sus asesores, trabajo amplio y costoso porque la demografía la tiene en contra: cada año que pasa hay más republicanos y menos personas que asocian al Rey a la democracia, más bien lo asocian a lo contrario.

El Juancarlismo fue un apuesta de la Monarquía y de muchas de las fuerzas que convergieron en la Transición para mantener y fortalecer al Rey en una sociedad que a priori podía perderle rápidamente el afecto.

El Juancarlismo tenía fecha de caducidad y todos los sabían y lo saben, y esa fecha ha llegado. El hecho de que la sucesión haya sido causada por la abdicación, además de por el desgaste sufrido estos años, se debe a que el rey Juan Carlos podrá sostener a los juancarlistas supervivientes como cierre del sistema, en vez de que el Rey se tenga que enfrentar a un escenario sin apoyos propios y sin tener respaldo alguno.

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En términos generales las ceremonias de la proclamación del nuevo Rey han sido, en mi opinión, aburridísima, carente de ritmo y acciones y llenas de palabras, demasiadas palabras y además las palabras solamente reproducían centenares de tópicos.

Lo que sí ha sido un acierto ha sido la eliminación de cualquier ceremonia religiosa en torno a la proclamación del Rey. Hasta ahora casi toda solemnidad del Estado pasaba, de alguna manera, por la horrorosa Catedral de la Almudena.

Además de no estar demasiado en corcondancia con la Constitución (la misma que ha hecho Rey a Felipe VI) esta costumbre de repente daba el protagonismo y la palabra a alguien que no es nadie en la configuración constitucional del Estado, sea el Arzobispo de Madrid o el Presidente de la Conferencia Episcopal.

Esperemos que, durante el Reinado que hoy comienza, se modifiquen los rituales del Estado para que haya un ceremonial desde el punto de vista religioso e ideológico. Sinceramente no esperaba que el cardenal Rouco no tuviera su enésima ocasión de decirnos que hemos perdido el horizonte moral, que no tenemos trascendencia, que sin su guía sabia nos perderemos y que marquemos la casilla de la Iglesia en el IRPF.

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Los medios han sido aleccionados desde que el Rey Juan Carlos anunció su abdicación y casi ninguno de ellos ha hablado de coronación, sino de proclamación antes las Cortes. Los reyes castellanos tradicionalmente han sido proclamados y no ha habido una ceremonia parecida a las coronaciones de otras monarquías, y menos a los grandes fastos de las monarquías inglesas o de los borbones franceses.

Pero nuestra monarquía es española y no castellana y en las otras monarquías españolas los rituales de inicio de Reinado eran diferentes. En Aragón se practicaba la autocoronación, mientras que en Navarra se daba el sacramental de la coronación y la unción de los reyes.

Es cierto que tanto la autocoronación como el sacramental de coronación y unción son muchos más aparatos que la proclamación en Cortes y se dan dentro de las iglesias, que es algo de lo que han huido con mucho instinto en esta ocasión. En todo caso nadie ha dicho nada de la aceptación de lo castellano como lo español.

Felipe de Borbón y Grecia adoptará el nombre de Felipe VI para reinar en España hasta que se proclame la III República. Pero como indicamos en la entrada anterior el ordinal elegido es propio de Castilla, porque como Reyes de Aragón solamente ha habido cuatro reyes llamados Felipe (Felipe El Hermoso solamente fue rey en Castilla) de tal forma que el todavía Príncipe Felipe sería Felipe V en Aragón

En cambio en Navarra había tenido reyes de nombre Felipe antes de la instalación de los Habsburgo, concretamente a tres. Para establecer el ordinal navarro hay que restar al ya mencionado Felipe I de Castilla, de manera que el jueves tendremos a Felipe VIII.

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Los defensores de la continuidad de la Monarquía tienen muy claro lo que quieren, todo lo contrario a lo que sucede con los defensores de la República que se ponen tanto apellidos a su propuesta que no habrá forma de que muchos no estén de acuerdo con el régimen republicano que eventualmente pueda instaurarse. Si se celebrase un referendum los republicanos deberían tener varias opciones.

Esto generaría una situación injusta para con los monárquicos, ya que ellos tendrían que votar solamente a un único modelo y siempre se podrá encontrar personas de sólidos sentimiento monárquicos que prefieran otro modelo y ellos deberían tener derecho a elegir el tipo de Monarquía que mejor les pareciera.

Aquí llega mi humilde propuesta: que cada ciudadano pudiera elegir entre un modelo de Monarquía y un modelo de República y realizar posteriormente una segunda y definitiva vuelta entre la opción monárquica y la republicana que hayan obtenido más votos en la primera vuelta.

¿Qué opciones podrían ser propuestas a los ciudadanos?

A. Opciones monárquicas

1. Monarquía juancarlista: Felipe VI

Es la conocida por todos, en la que muchos hemos crecido. El Rey es un tipo que tiene cualidades extraordinarias, pero que sobre todas ellas brilla su “campechanidad”. Ahora el modelo renace por el procedimiento de reducción de la Familia Real y ya tenemos únicamente Rey, Reina, Princesa e Infanta, un núcleo reducido y la mitad en minoría de edad como para dar los problemas vivimos los últimos años por Zarzuela.

2. Monarquía saboyana

La familia real italiana está al pleno sin ocupaciones regias. Tanto la línea de Víctor Manuel III como la del ex Rey de España Amadeo I se encuentran listas para reinar donde les dejen y no sepan demasiado de Historia.

3. Monarquía de los Habsburgo

Sería el modelo monárquico de muchos nacionalistas, la vueltas al “austracismo”. El Rey sería rey de cada uno de los reinos que se gobernarían por su cuenta y solamente se encontrarían unidos en la persona del rey y a través de la Inquisición, que habría que reinstaurarla. podrñia reintroducirse también la popular figura del “valido”. Habsburgos sin nada que hacer mañana hay todos los que queramos y muchos pueden argüir todo tipo de derechos preferentes sobre los otros habsburgos.

4. Monarquía de los Trastámaras

Esta me encanta, porque obvia la entrada de Castilla en el Estado moderno con la última de las Trastámaras, Isabel I. El Rey tendría todo el poder ejecutivo (olvidaos de Rajoy, Zapatero, Aznar o González) y el legislativo y financiero estaría en manos de unas Cortes que se reunirían unos cuantos días al año para votar en bloque las propuestas del Rey.

5. Monarquía carlista

Esta opción es encantadora. Los carlistas podrían ser llamados al trono de España del que fueron excluidos por la célebre Pragmática Sanción de Fernando VI que promulgaba leyes de Cortes que eliminaban la exclusión de la mujer del trono.

Pero si se pone en el trono a los carlistas nada de versiones modernizadas ni de carlistas postmodernos. Un monarca carlista de verdad ha de ser un reaccionario hasta el tuétano, más católico que el Papa Francisco y con intentonas continuas de restablecer el Absolutismo y la sociedad estamental.

6. Monarquía de los Braganza

Puede funcionar como la juancarlista, pero ser parte de un proyecto secreto de Iberismo monárquico, poniendo a monarcas portugueses en España para que Portugal devenga en española y, por qué no, también Brasil.

7. Monarquía alterborbónica

Hay muchas casas reales de los Borbones sin corona y muchos candidatos hipercualificados y con el conveniente matrimonio morrganático realizado, que ellos también saben estar a la altura de los tiempos. Desde las dos ramas de los borbones franceses, a los napolitanos y a otras ramas menores podemos encontrar un Borbón para reemplazar a otro Borbón pero que la flor de lis permanezca en nuestro escudo.

8. Monarquía bonapartista

Puestos a recuperar dinastías históricas, la familia Bonaparte debe ser tenida en cuenta pues nos dio un Rey, efímero y poco popular. Los bonaparte dieron grandeza imperial a Francia y puede que a muchos españoles le apetezca ese resabor y lo mismo, sin darnos cuenta, pasamos de tener un Rey de España a tener un Emperador de España o de los españoles.

B. Opciones republicanas

1. IV República francesa

Imagínense un Congreso con cuarenta partidos políticos, veinticinco han formado grupo parlamentario pero ninguno de ellos supera los cuarenta escaños. No hay manera de investir un Presidente, aprobar una ley o sacar para adelante un Presupuesto pero todo sería hiperproporcional y megarepresentativo.

2. V República francesa

El enorme éxito de la opción anterior llevó a establecer el curioso sistema semipresidencialista francés: un sistema de oscila del Presidencialismo al Parlamentarismo dependendiendo de la sintonía política entre el Presidente de la República y el Primer Ministro. Las cohabitaciones en España iban a ser una delicia, de verdad. Mirada con cariño la Presidencia de nuestra Segunda República tenía algo de semipresidencial.

3. República china

Este modelo en estado puro es maravilloso. Todo el entramado de la República es una mera fachada para quienes ejercen realmente el poder independientemente de los cargos que ocupen. Lo más cercano que hemos tenido en nuestro país ha sido la dirección del PP realiza por Fraga más allá del cargo ocasiones u honorario que desempeñase. Si la transparencia se nos da regular, imaginaos cómo sería con este sistema sínico.

4. República directorial helvética

En Suiza, ese maravilloso país con un montón de instituciones de democracia directa en los diferentes niveles del gobierno y un control ciudadano envidiable, el gobierno federal está en manos de siete personas que no son reemplazados normalmente después de las elecciones, sino cuando deciden retirarse, repartiéndose los principales partidos los siete ministerios federales. Solbes, Rubalcaba, Rajoy o Cañete han estado tanto tiempo en el gobierno como si fueran ministros suizos.

5. República parlamentaria

Básicamente es lo que tenemos, pero cambiando al Rey por el Presidente, ahorrándonos el atributo de “campechanidad”, las bodas reales, los estupendos yernos del monarca y cambiando al Presidente de vez en cuando para que prohombres y líderes jubilados tengan su reconocimiento durante algunos años.

6. República presidencialista norteamericana

Los españoles podríamos elegir al Presidente en una sola vuelta con un voto indirecta por comunidades autónomas correspondiéndole a cada una de ellas la suma de los diputados y senadores elegidos en sus provincias y parlamentos regionales. Cada uno de esos senadores serían elegidos en distritos uninominales llenándose nuestras cámaras de caciques provinciales y personajes con popularidad local que echen a patadas a la casta. Ellos acordarán con el Presidente sobre la base de los intereses de su distrito para decir yo apoyé la privatización de los hospitales sí, pero a cambio tenemos diez kilómetros más de autovía, un nuevo colegio de educación infantil y primaria (todavía sin comedor) y el próximo Museo Nacional del Vino Rosado.

Pero si se estableciese cierta disciplina de voto y el Presidente y las cámaras fueran de sensibilidades políticas diferentes, los bloqueos institucionales iban a ser de aupa.

7. República romana clásica

Tendríamos dos cónsules para la dirección del Estado, con derecho a veto sobre las decisiones de su colega y de otros magistrados. Para cada función del Estado elegiriamos colegios de magistrados también con derecho a veto de los unos sobre los otros. Habría tribunos de la plebe (elegidos por Pablo Iglesias) también con derecho a veto y con la posibilidad de hacer plebiscitos internáuticos.Luego nos reuniríamos de tanto en tanto organizados en centurias, curias o tribus para hacer comicios, vamos un lata porque los comicios serían en fin de semana y sería incompatible con el fútbol y con ir a misa.

8. República cubano-norcoreana-siria

Es una dictadura con fachada de defensa de los más débiles y un amplísimo y desarrollado aparato represor. Pero lo realmente peculiar y que la distingue de las repúblicas comunistas o baazistas felizmente extintas es que la Presidencia de la República pasa de hermano a hermano (Cuba), de padre a hijo (Siria) o de abuelo a padre y después al nieto (Corea del Norte). Eso sí, es importante poner algún candidato o candidatos para las supuestas elecciones, candidatos de los que nunca más se sabrá.

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Alan García, en la primera ocasión que fue Presidente del Perú, anunció solemnemente ante el congreso y vistiendo su banda presidencial que su país solamente iba a desembolsar en pago de la deuda una cantidad fija, el 10%, sobre el total de los ingresos por exportaciones. De hecho proclamó un impago.

Como lógicamente el Estado peruano perdió toda la financiación externa, recurrió a un mecanismo que había hecho furor durante las décadas anteriores: la emisión de moneda para pagar los compromisos del Estado. La inflación fue tal que hubo que cambiar en dos ocasiones de moneda, una decisión que no aportó ninguna solución.

Muchos han criticado desde los sectores más a la izquierda la reforma constitucional que tuvo como resultado el actual artículo 135 de la Constitución. Acusan a los que la apoyaron de ceder ante los mercados y el neoliberalismos y contraponer sus intereses a los de los españoles.

Básicamente el artículo 135 de la Constitución establece que España se compromete a pagar su deuda pública y que ningún Presidente tendrá poder para presentarse ante las Cortes Generales y decir que dejamos de pagar la deuda. Luego vienen una serie de disposiciones sobre control presupuestario a modo de refuerzo.

Que un país se comprometa a pagar sus deudas no creo que sea malo ni reprobable. Que los que nos prestan su dinero, en muchas ocasiones nosotros mismos, quieren que les sea devuelto con los intereses acordados no se pueden juzgar como algo desproporcionado: todos queremos que nos devuelvan el dinero y con intereses si así lo pactamos.

Las consecuencias de no pagar son muy sencillas: nadie te vuelve a prestar porque se arriesgan a perder su dinero.

Un Estado cuyo presupuesto tiene que estar en déficit, como el español en la actualidad, necesita de dinero prestado para tener dinero con el que pagar lo que no consigue ingresar.

Incluso cuando un Estado tiene un presupuesto equilibrado o un presupuesto con superávit necesita de la deuda. ¿Por qué? Porque ese Estado puede necesitar dinero para hacer determinadas inversiones que supera su capacidad anual.

Hay una necesidad común a todos los Estados, independientemente de que se encuentren en superávit o déficit; ningún Estado dispone de todos los ingresos el primer día del ejercicio presupuestario de tal forma que en ocasiones tiene que recurrir a préstamos a corto plazo para algo tan vano como pagar a tiempo sueldos o pensiones a la espera de los ingresos que le permitirán devolver lo recibido.

Si uno no paga su deuda ni podrá financiar su déficit, ni tendrá esos préstamos a corto que te permiten llegar a tiempo en pagos perentorios como son los sueldos de los empleados públicos y las pensiones.

Decir que la reforma del artículo 135 de la Constitución ataca los servicios públicos y a las prestaciones sociales es radicalmente falso. Esta reforma lo que nos ha garantizado es que nos presten dinero para pagar a las personas que hacen posibles esos servicios públicos y poder atender el pago de la mayor prestación social que en España son las pensiones.

El PSOE no debería avergonzarse ni mirar para otro lado cuando desde más allá de la Socialdemocracia se le acusa por haber impulsado y apoyado esta reforma constitucional. Debería enorgullerse, debería defenderla y decir las cosas por su nombre.

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Uno de los libros que más me han fascinado de política se titula Los principios del gobierno representativo. A esta obra de Bernard Manin ya le dediqué una entrada hace tiempo.

En este libro Manin expone que a los antiguos demócratas les repugnaba la elección de los representantes y gobernantes y preferían para ello el sorteo basado en la idea de igualdad. Pensaban que en cualquier elección no todos partes en igualdad y habrá quien es más conocido, quien es más guapo o guapa, quien ha aprendido a hablar mejor o tiene contactos en todos lados que tendrá ventaja para el resto de los contendientes.

Como en casi todas las cosas de la vida, la igualdad radical es una forma de consagrar las desigualdades iniciales. Me acordé de esta idea en la ya famosa primaria de Podemos en la que Pablo Iglesias, hijo predilecto de todos los medios de derecha y de pseudoizquierda, se enfrentó a ciento cuarenta perfectos desconocidos. Ganó Pablo Iglesias, como era lo lógico porque las primarias no hicieron otra cosa que consagrar la desigualdad inicial entre los candidatos.

¿Por qué no se hizo unas primarias a cuatro vueltas? En la primera podrían haber seleccionado a los cinco candidatos con más votos; en la segunda a los tres; y finalmente en la tercera vuelta se podría elegir al que iba a luchar contra Pablo Iglesias por el número uno de la lista de Podemos. Después de haber superado tres rondas electorales, el candidato seleccionado no tendría la celebridad de Pablo Iglesias, pero se habría hecho conocido entre los votantes de las primarias de Podemos y habría aprendido a hacer llegar sus mensajes al electorado interno.

Lo mismo le hubiera ganado a Pablo Iglesias y hubiera tenido que ir encabezando una lista con el careto del número dos.

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