Pangolpismo (I)

Hubo una época que el mal absoluto, pleno y paradigmático era el terrorismo. Si pretendíamos que algo fuese malo para la sociedad tenía que parecerse al terrorismo y así tener acceso a la cobertura de los medios de comunicación.

La violencia contra las mujeres comenzó a llamársele ‘terrorismo machista’, los delitos medioambientales empezaron a ser denominados como ‘terrorismo medioambiental’ y a los comportamientos delictivos en el tráfico también se le dio el nombre de ‘terrorismo’. Alguien, con inteligencia y sentido común, señaló que si todo era terrorismo al final nada era terrorismo, incluso el terrorismo en sentido propio. Aunque era un uso incorrecto, era bienintencionado: e pretendía adoptar la importancia y la relevancia social de un hecho, compartiendo su nombre.

Desde que el PP ganó las elecciones del 20 de noviembre de 2013 y en previsión de una legislatura llena de protestas una vez que pusieran en marcha su programa oculto, no el programa con el que se presentaron a las elecciones, sacaron una primera versión de la descalificación de los manifestantes. Mantenían que manifestarse era un ataque a la soberanía parlamentaria emanada en las urnas, pues una vez que las urnas han hablado no hay otra opción que callarse y ver Intereconomía o 13TV.

Lo primero fue decir que las protestas iban en contra de la ‘soberanía parlamentaria’. Era un argumento con ciertas dosis de refinamiento intelectual que expandieron por medios de comunicación y páginas en Internet. El problema es que este argumento fue desmontado rápidamente y muchos de los que lo mantenían realmente no sabían nada de la ‘soberanía parlamentaria’ ni de nuestro sistema constitucional.

Los creadores de consignas del PP se pusieron manos a la obra para dar una nueva formulación a la misma idea: la democracia es solamente democracia formal y cuando el PP (que no otros partidos) ganan las elecciones, se pierde cualquier derecho político hasta las siguientes elecciones. En medio, con una vía paralela, está la cuestión ridícula de la ‘Marca España’, pero esto merece comentarios propios en una entrada sobre el particular.

Ahora la consigna es que las manifestaciones son intentos de golpe de estado, como también lo son la publicación de los ‘papeles de Bárcenas’. Todo lo que no sea del agrado del PP o que toque la línea de flotación del gobierno de Rajoy es calificado del golpismo.

El golpismo, en un rápido intento de definición, es el ese conjunto de acciones coordinadas que buscan un cambio inmediato en el gobierno o en la forma de gobierno de un Estado, sin atender a los procedimientos legales para conseguirlo y utilizando normalmente métodos coercitivos.

Querer la dimisión del gobierno, exigirla a gritos e incluso reclamar un proceso constituyente no entra dentro de esta definición, pues todo ello está amparado dentro de un marco jurídico que las ampara, protege y promociona.

El problema de llamar golpismo a todo es el mismo de llamar terrorismo a todo: al final nada es golpismo. La democracia, y más en nuestros días, tiene que ser defendida porque sus enemigos tradicionales están tan presentes como siempre por más que se disfracen de demócratas formales. Toda disidencia es golpismo

Quizá estos, los que dicen que democracia no tiene nada que ver con el derecho de la minoría o el del disidente a serlo, o el derecho a expresarlo, sean los que quieren dar un golpe a nuestra democracia en sus derechos fundamentales, en la parte que no es disponible para su mayoría absoluta.

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