Pulse F6

El descrédito de la Corona no es sólo el desafecto creciendo que las encuestas de opinión nos reflejan, sino que el soporte de la Monarquía está perdiendo su soporte final: los millones de juancarlistas (republicanos ocasionalmente monárquicos).

Los medios oficiales intentaron hacer un lavado de cara al monarca las pasadas navidades: una entrevista y un programa especial. Todo fue un fracaso porque los éxitos que se reivindican (Transición y 23-F) no son vida sino historia para todos los españoles menores de cuarenta años.

El Rey se parece cada día más a la involuntaria parodia protagonizada por Juanjo Puigcorbé en esa infame miniserie de Telecinco titulada ‘Felipe y Letizia’. Entre sus más que frecuentes hospitalizaciones, sus intervenciones quirúrgicas menores que terminen con tratamiento en una clínica especializada en Oncología y el escándalo de la cacería de paquidermos, así como su más que evidente envejecimiento, el Rey Juan Carlos es una sombra.

A todo ello se le une que sus hijas parecen que no anduvieron muy diestras en las selección de los que habría de ser sus esposos y los agraciados con la entrada en la Familia Real fueron dos tipos que reflejan el espíritu de sus esposas pero no la altura deseable (aunque hay que señalar que Cristina se ha llenado de gloria).

La Monarquía está sitiada. Desgaste, falta de imaginario común con los españoles del presente y de las futuras generaciones, escándalos de derroche y la corrupción de Urdangarín hacen que quien necesita del calor popular solamente sienta frialdad.

La salida tendría que ser a la nederlandesa. No porque haya un ambiente tranquilo, sino porque no lo hay y porque si el Rey y los monárquicos piensan que la institución es lo realmente importante, deben salvarla antes que termine siendo uno de los chivos expiatorios de la crisis multidimensional que vive España.

El Príncipe Felipe no tiene méritos excepcionales pero da la impresión de que su mundo no comienza en un chalet en Estoril y termina conteniendo a unos generales fascistoides. La Princesa Letizia puede recibir opiniones muy diversas, pero todos saben que ha sido, hasta su matrimonio, de las nuestras (familia de trabajadores que han promocionado con los estudios, madrugones, condiciones laborales cambiantes, inestabilidad y esas cosas) de modo que es capaz, pese a todo, de generar mayor empatía que la que actualmente causa Sofía Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg.

Los Príncipes no son dos jovenzuelos, tienen dos hijas que garantizan la sucesión y no hay motivos para cerrarles el paso (están absolutamente limpios). Precisamente en esta crisis multidimensional (como fue la de los años setenta) pueden ellos elaborar una nueva narrativa de legitimación monárquica válida para otros treinta o cuarenta años, porque querer vivir de la Ley de Reforma Política o del 23-F en 2030 puede ser ridículo y suicida.

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