Sobre listas abiertas

Recopilo tres entradas que escribí en 2009 sobre el tema y cuyas posiciones sigo manteniendo. La redacción es la misma que originalmente, por lo que hay referencias cronológicas que en una edición debería suprimirse.

I

Uno de los tópicos de quienes desean cambiar el sistema electoral radicalmente consiste en decir que la votación por lista de candidatura es malísima, mientras que la votación sin lista de candidatura es estupenda. Evidentemente estos no son los nombres que se les da, sino otros dotados de una fuerte connotación valorativa: listas cerradas y listas abiertas.

Se habla de las listas abiertas como si fueran una especie de bálsamo para todos los males de la política española, cuando realmente nuestro sistema sí utiliza este sistema, en la elección del Senado. Las ventajas de las listas abiertas no se ven en ningún sitio en lo que respecta al Senado de cuya reforma siempre se habla e incluso, unos cuantos atrevidos, propugnamos su extinción.

La papeleta del Senado es endiablada en su extensión y por la cantidad de nombres desconocidos para los votantes que se encuentran en ésta. Imagínense cómo sería una papeleta en una circunscripción como la de Sevilla, donde se eligen doce diputados y en las pasadas elecciones se presentaron diecinueve formaciones diferentes, lo cual produciría una papeleta con doscientos veintiocho candidatos, sin contar los suplentes.

¿Qué ventaja produciría en las elecciones? Sencillamente ninguna, porque no habría forma de conocer a todos los candidatos, ni casi para los más “frikis” de la política. No quiero ni pensar lo que pasaría en circunscripciones como Madrid o Barcelona.

Lo que no dicen los defensores de las listas abiertas es que este sistema únicamente tiene sentido para circunscripciones muy pequeñas, óptimamente unipersonales. El sistema mayoritario, o los que se le parece, tienen problemas de sobra conocidos, especialmente en lo tocante a la proporcionalidad, que ahora tanto se discute.

Que las listas abiertas planteen problemas no quiere decir que las listas cerradas sean estupendas. Pero de eso hablaré en otra entrada.

II

El otro día hablaba de los problemas que, en mi opinión ocasionaría la implantación de un sistema de listas abiertas. Ahora me propongo hablar del sistema que considero que es el menos malo, el de las listas cerradas, pero no pretendo hacer un elogio, sino señalar algunas de las virtualidades indicadas “sensu contrario” en la otra entrada e indicar los problemas que plantean.

Las listas cerradas sirven para que haya proporcionalidad en la circunscripción, aunque no en el país (la Constitución solamente exige la primera y no la segunda), para que el ciudadano pueda votar a un proyecto con el que se identifica y los elegidos se vean “forzados” (pese a la inexistencia de mandato imperativo) a sostener lo que sus electores apoyaron en las urnas, así como para crear grupos parlamentarios con personas cuyo objetivo no sea el mercadeo para conseguir mejores partidas presupuestarias para sus circunscripciones y desarrollar una política de país y no de campanario.

El problema que tiene el sistema de la lista cerrada es anterior al día de las elecciones. La cuestión es la conformación de la lista y las posibilidades que este proceso da. En primer lugar está la cuestión de quien elige a los va en los “puestos de salida” de la lista y rellenar los restantes puestos de personas que presten su nombre para no salir.

Nuestros partidos suelen llevar el proceso de los “puestos de salida” en una oscuridad casi total y las decisiones finales aparecen tomadas sin posibilidad ninguna de revisión si no es a precio de someter al partido a un aprieto público, que es un arma de disuasión enormemente efectiva.

El voto del ciudadano va al partido, de forma que se suele cuidar la cabecera de lista, que es lo que la mayoría lee y que da algunos mítines en su circunscripción, mientras que se puede jugar con completa libertad con el resto de la lista.

La consecuencia es que pueden salir elegidos perfectos desconocidos para el electorado y cuyos deberes de “seducción política” solamente lo han realizado dentro de su partido, esos diputados anónimos cuyo casi único objetivo es estar en los “puestos de salida” la siguiente ocasión.

La “seducción política” de estos no ha sido ni siquiera de una amplia extensión dentro de la militancia de su partido, porque normalmente vale más una decena de buenas seducciones que ser trabajar por el apoyo de sus compañeros de partido.

El principal problema de las listas cerradas no es que sean cerradas el día de las elecciones, sino que muchas veces, años antes del día de los comicios, están cerradas excepto para unos pocos.

III

Varios días atrás estuve hablando del tema clásico, de las listas abiertas y de las listas cerradas (I y II), intentando indicar lo que en mi opinión son algunos tópicos que se enfrentan a la realidad más tozuda. Quiero terminar, siempre provisionalmente, este tema señalando el contexto más adecuado a cada tipo de elección.

Las listas abiertas pueden ser un instrumento adecuado cuando el número de candidatos es relativamente pequeño, el número de puestos a cubrir también y los electores tampoco son muchos, de forma que se puedan dar las condiciones necesarias para un conocimiento suficiente de los candidatos. Por ejemplo en una asociación de unos cien miembros a los que le una un interés común y haya lazos de interrelación éste es un sistema bastante adecuado.

Por el contrario las listas cerradas las considero más convenientes cuando el número de puestos a elegir es alto (o de un órgano numeroso), o cuando el conocimiento de los candidatos no es alto o realmente no es posible un conocimiento suficiente.

Un comentario en “Sobre listas abiertas

  1. En las circunstancias actuales estoy de acuerdo contigo. Pero si cambiáramos la circunscripción a una autonómica y redujéramos bastante el número de electos, probablemente ya conoceríamos a más. En parte el no conocer a los diputados viene de que no necesitan ser conocidos. O por ejemplo un sistema mezcla de uninominal y proporcional, en el que se pueda votar a personas concretas pero se mantenga la proporcionalidad. Fórmulas hay, pero no interesa buscarlas a los grandes partidos ( y me temo que tampoco a los pequeños a poco que crezcan). Y si hay que cambiar la constitución, pues hágase. Lo que se hizo mal en un momento no tiene que quedarse mal para siempre.

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