Las consecuencias de la firma de Wert

Todavía no voy a decir nada sobre el Anteproyecto de la LOMCE, porque no he podido leerlo y solamente sé de éste por medio de mi ‘timeline’ tuitero. Tampoco sobre Esperanza Aguirre, y ganas tengo, porque no tengo demasiado tiempo y ella se merece una entrada de las buenas.

Realmente escribo para hablar de Wert. No sé si la LOMCE será buena o mala, lo que sí intuyo es que Wert no ha puesto una sola coma y dudo que se haya leído más de una página. El otro día escuché unas declaraciones en la que instaba a que los libros de los alumnos fueran prestados de unos a otros, cosa que se hace inmemorialmente sin necesidad de los consejos del ministro-tertuliano. Lo que el ministro-tertuliano no dice o, más bien, no sabe es que sus propias decisiones impiden seguir la práctica inmemorial ahora convertida en consejo ministerial.

La aprobación de la modificación de los contenidos de Educación para la Ciudadanía (que parece ser que era uno de los verdaderos problemas de los españoles) ha conseguido que todas las editoriales, siguiendo la normativa vigente, cambien los libros y todos tengan que ser nuevos. Y lo que no era más que una necesidad psicopatológica-ideológica de la derecha española se transforma en un gasto casi necesario para un buen puñado de conciudadanos. Creo que Wert debería comenzar a estudiar las consecuencias de su firma.

La derecha ya ha conseguido colocar el debate donde le interesa

El debate político está donde a la derecha le viene bien que esté: en la identidad. Mas y Rajoy se mueven muy bien expresando identidades, naciones, banderas y otras gaitas mientras las zarandajas de la pertenencia y la patria esconden los monumentales, y habitualmente, ideológicos recortes que están practicando.

A Artur Mas le conviene un ambiente polarizado en torno a lo nacional, porque así no se habla ni de cuestiones sociales, ni de problemas económicos y de muchas de las cosas que su gobierno autonómico va haciendo. A Rajoy le conviene por las mismas razones, porque él se mueve en el terreno nacionalista como los de CiU, ya que es nacionalista como ellos pero de otra identidad.

Ambas formaciones lanzarán a sus perros mediáticos a calentar el ambiente: una declaración incendiaria en Barcelona o Madrid eleva el apoyo al gobierno del otro lado por parte de sus ahora flaqueantes núcleos duros de votantes y mientras tanto, con una tupida cortina de humo, se seguirá realizando una política en la que derecha hispana dice creer pero que solamente es capaz de ejecutar a escondidas.

Nos vamos de elecciones

Habrá elecciones en Euskadi y en Galicia.

Las primeras se hacían venir desde que el Lehendakari perdiera la mayoría parlamentaria que le permitía gobernar. Justo antes de tener que enviar al Parlamento un proyecto de Presupuestos que iba a ser rechazado, los ciudadanos vascos tendrán que ir a las urnas. Las incógnitas de estas elecciones son el alcance de la marea de votos nacionalistas, la dimensión del electorado de Bildu y la redimensionalización de los socios de gobierno de esta legislatura.

A pesar de todo no deja de llamar la atención que el actual Lehendakari siga siendo la opción favorita, aunque el tercero en opciones electorales. Sin duda es un ejemplo de cómo el candidato medio, un ideal a presentar si lo tienes, pierde posibilidades en procesos electorales como los de Euskadi donde parece que el voto útil casi no existe.

Tras el anuncio de las autonómicas vascas, llegó el de las autonómicas gallegas. Más allá de las explicaciones que se hayan dado, están claro que es una convocatoria a golpe de encuestas, ya que el PP tiene mayoría absoluta en el Parlamento de Galicia y las elecciones tocaban para el próximo año.

Da la impresión que el Presidente de la Xunta no ha querido esperar que el deterioro de su formación sea mayor y, respaldado por la tradición electoral conservadora en Galicia, se ha lanzado a unas elecciones para salvar los muebles, que para el PP gallego solamente es ganar por mayoría absoluta.

Cuando la realidad es uno mismo

El pasado domingo el Presidente del Gobierno abría el curso político con una entrevista en ABC en la que hacía gala de un idealismo tan radical que ni el mismísimo Hegel sería capaz de concebir. A Mariano Rajoy le estorba la realidad, algo común a todo ser humano, pues podríamos hacer o ser cualquier cosa si la realidad se acomodase a nuestros deseos.

Recuerdo ahora un artículo de Juan José Millás, cuando faltaban días para las elecciones generales, que decía que era posible que Rajoy no solamente pareciera un incapaz, sino que lo fuera realmente. Las palabras del pasado domingo son prueba indiciaria de que Millás andaba en lo correcto.

Cuando el PP y Rajoy como líder del partido decían que la crisis solamente tenía el nombre de Rodríguez Zapatero y que lo que había que hacer para solucionar la crisis era realizar un cambio de gobierno, siempre pensé que era un eslogan electoral bastante bueno: simple, breve y con la solución al principal problema. Los eslóganes electorales tienen que ser eficaces, no tienen que ser verdaderos.

Uno puede mentir lo que quiere en el ‘motto’ principal de una campaña con una sola condición: no creerse las propias mentiras. Parece que al menos Rajoy se creyó la mentira principal de su campaña electoral y una vez investido como Presidente se ha dado cuenta de que nada cambiaba porque Zapatero ya no estuviera, más bien que todo seguía empeorando y que a los suyos, como dijo el ministro De Guindos, se le acabaron las ideas a los tres meses de tomar posesión.

Ahora Mariano Rajoy tendrá que afrontar peores realidades como un rescate cada día posible, con unos recortes salvajes, con una recesión peor aún como consecuencia de los recortes actuales y venideros, con un gobierno que puede que llegue a su primer aniversario con el rechazo mayoritario de sus propios votantes y sobre todo sin saber qué hacer porque Zapatero ya se fue y la memoria política es muy endeble.