La crisis y los vicios creados

Ésta podría haber sido una época de oro para la Monarquía en España. Buena parte de la mitología de respaldo del Rey se basa en su actuación durante una crisis, la del 23-F, donde reportajes, series y películas insisten en su papel absolutamente determinante para el fracaso del intentos o intentos de golpe de Estado.

En las crisis es cuando estas instituciones que simbolizan la estabilidad y la quietud, así como una concepción sin tiempo ni mandato de la política, se encuentran más cómodas. Ellos pueden representar la cara amable de un Estado cuyo gobierno tiene que ser, por necesidad y/o ideología, la desagradable. La Monarquía británica sigue viviendo del papel desempeñado durante la Segunda Guerra Mundial con una estupenda película que ha avivado el mito como es ‘El discurso del Rey’.

Las funciones del Rey en la España actual están tan acotadas que es muy difícil hacerlo mal. El Rey solamente tiene que firmar lo que el Presidente del Gobierno le ponga por delante.

Una vez terminada esta función constitucional se debería haber ido a visitar cada barrio de las grandes ciudades y cada comarca y pueblo con más de cinco mil habitantes del país para que le enseñen de lo que están más orgullosos, que el pueblo salga treinta segundos en la televisión, escuchar los problemas que no serán pocos ni leves y dar muchos ánimos a los allí residentes comprometiendo el afecto de la Corona.

Si este hubiera sido el proceder del Rey de su familia no hay duda que el apoyo social a esta institución sería tremendo y más en unos tiempos en los que nadie se fía de nadie y, por pura necesidad psicológica, se busca algún refugio de seguridad.

El Rey y su familia no han hecho ese trabajo que es sencillo pero es monótono y fatigoso. Ellos han preferido seguir dando juego a los vicios creados y mantenidos en silencio hasta que todo ha saltado casi a la vez. El problema, desde un esquema de preservación y promoción de la institución, no es que el Rey se haya ido a Botswana a matar elefantes en medio de una crisis con casi seis millones de parados, lo peor es que él ha seguido haciendo lo que siempre ha hecho porque la crisis y fenómenos parecidos son ajenos a él y a los suyos.

Es cierto que hay más personas en España a las que no les afecta la crisis y que viven ‘a todo tren’. La diferencia es que ninguna de ellas es el Jefe del Estado y tiene unas obligaciones morales con la ciudadanía, además de sus escasos deberes constitucionales.

Si nos retrotraemos al clásico esquema de la legitimidad elaborado por Max Weber, la Monarquía es muy difícil que encaje en una legitimidad burocrático-racional y una legitimidad meramente tradicional, la que mejor ajuste tiene con esta institución, tiene pocos apoyos en una sociedad como la española. Si la Monarquía quiere preservarse y proyectarse en el futuro lo primero que tiene que hacer es romper con los vicios creados.

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